Acumular desventuras y contratiempos del personaje burlesco, a costa de las cuales el hombre de la calle se ría de buena gana puede, aunque parezca trivial y casi cruel, hacer germinar muchas semillas en el campo del cine cómico No vamos a negar, pues, que los payasos cinematográficos monopolizaron prácticamente el humor en la pantalla. Pero su importancia histórica no habría rebasado un nivel discreto de no haber sido por las extraordinarias personalidades que dieron lustre al cine mudo. No es necesario, de todas formas, para arrancar la risa del espectador, recurrir al furor destructivo que caracterizó a casi todo el cine cómico-mudo primitivo. Su hilaridad nacía, simplemente, de la creación de situaciones comprometidas en las que, al parecer, jamás se llegaba a perder la compostura. Cierto que hubo un tiempo en que le bastaba al actor un maquillaje particularmente grotesco para hacer reír al público en cada una de sus apariciones. Pero esta época está ya enterrada. Ciñámonos entonces a las lecciones del slapstick (con bofetadas que van y vienen sin cesar), para que, finalmente, también se consiga una eficacia cómica saludablemente destructiva y provocadora. "Muertos de risa" de Alex de la Iglesia se ajusta a la perfección al humor dislocado y metódico que tampoco se separa del arte de la pantomima. Pero a la que esta vez se le añade una especie de llamada apremiante nada menos que al odio y al rencor con un catálogo de males, miserias y ansias asesinas para hacer resaltar, valiéndose al mismo tiempo de una guasa corrosiva y un feroz sentido satírico, como no podía ser de otra manera porque la caja tonta ya estaba inventada, a ese mundo masificado que engulle día tras día, noche tras noche, cualquiera de los muchos espectáculos que ofrece la pequeña pantalla del televisor. Y es que el simple hecho de que un pobre gordinflón que recuerda Oliver Hardy reciba un sopapo como personaje que se encuentra en una situación ridícula o difícil, no es risible. Pero sí lo es ver al pobre abofeteado, tras el guantazo, obstinarse en conservar su dignidad y querer convencernos también muy dignamente de que está sereno después del cachete aplicado con todas las ganas de poner la mejilla de color cereza, y que este simple acto no ha hecho mella alguna en él.
El legado del Slapstick




EL ASESINATO DE LA CABRA, MASCOTA DE LA LEGIÓN














El barman Bruno (que todavía no se llama así) acude en ayuda del pobre y aterrorizado Nino, que insiste en que prácticamente casi ni la tocó, solo le dio un golpecito: "¡Nos la matao!", exclama uno de los legionarios, cuya furia no tarda en ofrecer su venganza y el legionario jefe (Sancho Gracia) hasta los amenaza con una pistola, les asestan una buena tunda antes de incendiar el night club y que su dueño don Antonio (Alfonso del Real), Nino y el futuro Bruno se las compongan. 

EL CASTING TELEVISIVO

























Cuando se presentan en el casting televisivo, en
cuyo plató hay un terremoto de aspirantes a ser elegidos para la tele
entre los encargados de semejante show que no paran de gritar y
desbarrar como energúmenos de la caja tonta, despidiendo a casi todos
los candidatosdel casting. Nino acobardado y tembloroso, por más
que su compañero le insiste que en televisión podrá disfrutar de
compañías femeninas extraordinarias que encandilan al gordinflón con sus
curvas y ademáds están las chicas del 1-2-3 famoso programa de la época
dirigido por un famoso Chicho Ibáñez Serrador que ríen divertidas cuando contemplan a los dos recién llegados, a los que el listorro de Julian,
(manager que se dedica a engañar y cobrar por adelantado a pobres
aspirantes a firmar show en televisión) también observa maquinando algo.
El caso es que el dúo es
rechazado y de nuevo se hallan de patitas en la calle. A la salida del
casting televisivo llueve a cántaros. Nino insiste en que él no
tiene ninguna gracia y que no entienede nada del dichoso chiste del 600
en el desierto. No obstante, algo va a cambiar muy pronto.









Julián, el manager de tres al cuarto, (como se dijo) ya
les ha echado el ojo, y cree que pueden ser un dúo cómico que le
reporte algún beneficio crematístico, en especial por la cara de bobo de
Nino. Los lleva al museo de personajes famosos, Herrnán Cortés y Moctezuma, y también mostrándoles a los payasos famosos de la tele del "¿cómo están ustedes?,
añadiendo que basta esa frase para que todo el país grite y ría entre
aplausos. También les muestra a los dos humoristas súper famosos de la
época Tip y Coll mintiendo más que habla,ya que asegura
que fue él quien tuvo la idea de llamarlos así, y los elevó al éxito, y
el dúo de panolis parece acabar tragándose tanta trola.
Y finalmente les invita a aparecer en el escenario de un tugurio llamado Teatro Argentino (algo así como el de Manolita Chen, pero 100 veces peor)
donde todos los artistas sufren abucheos y lluvias de todo tipo de
verduras y hortalizas. Nino sigue insistiendo en que él no tiene gracia alguna, y que sigue sin comprender el chiste del 600. Pero Julián no
cede ante la timidez del pobre gordito, y los presenta en el escenario
del teatrucho, ve en un anunció que se halla en el escenario con el
nombre de Torre Bruno, y se le ocurre entonces llamarlos Nino y Bruno. Nino se siente aterrorizado ante el vociferante público asistente. Y está a punto de desmayarse.
Bruno
explica al público que aunque no lo parezca, su compañero es realmente
gracioso. Los espectadores esperan a ver en qué reside la gracia de Nino, que está como petrificado.Y Bruno insiste en que explique el chiste de una vez. Alguien del público grita que le dé un buen sopapo a ver si espabila.
A Bruno le parece una buena idea, y entonces le arrea un guantazo que
arranca de inmediato las risas de los espectadores. Cuando Nino observa las carcajadas de los espectadores pide a Bruno que le endilgue otro tortazo más descomunal. 


La tragedia
empezará a mascarse tras este primer tortazo del recién estrenado Bruno al gordinflas Nino. Así la fama de ambos se va cimentando a base de soplamocos cada vez más dolorosos. "En aquel momento lo comprendí todo", conjeturó Julian, "Lo
bueno estaba en las bofetadas, así de absurdo, una bofetada tras otra y
a la gente se le salían las tripas de la risa. Aquella bofetada era un
acto de anarquía total, una vibración absoluta de cualquier compromiso
ético como dijo no sé quién en un periódico"































































































































































































































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