jueves, 21 de febrero de 2008

Il giorno della civetta (El día de la lechuza)


Leonardo Sciascia, escritor italiano, nacido en Rocalmuto, Sicilia, en 1921 (y cuya literatura se centra especialmente en el poder y la corrupción de la Cosa Nostra siciliana) nos ofreció uno de los más sombríos preceptos para todos aquellos que indagan en los misterios de Sicilia: "Si descubres algo, divúlgalo inmediatamente, y todo lo que puedas; es la única manera de permanecer a salvo. Aunque se trate de un secreto entre la persona que te lo ha confiado y tú. No lo mantengas oculto más de una hora: ¡dentro de una hora con toda exactitud, la persona que te lo ha contado puede ser..."



Tras este impulso reglamentador de ciertos ingredientes morales que propone Sciascia, tan característicos de esa especie de existencia insensata a la que se acoge un pueblo en constante descomposición ética, provocada por el terror a que aboca el más feroz de los caciquismos, se esconde el viejo discurso convencional de un mundo al que jamás se le facilitan las cosas, y una necesidad imperativa por sobrevivir frente a las "Mafias" intocables y camufladas a través de las ramificaciones sicilianas que, en efecto, parecen ejercer una función nefasta y desintegradora entre la contextura genérica de las maquinaciones del miedo.Y que, en Sicilia, hallan su diapasón doméstico más puntual y oportuno: el que respira bajo la atmósfera melancólica, emblemática y cruel de amplios núcleos familiares obligados así a rendir pleitesía a la que es sin duda la más conservadora, concisa, brutal, pero necesaria, de todas las instituciones humanas: "La progenie"


... "Y lo mismo que no hay un fanático que no sea estúpido", insiste Sciascia, "no hay estúpido que no sea fanático. En estos tiempos, la estupidez y el fanatismo son indistinguibles e inseparables. En Sicilia la idea de la muerte origina más intolerancia u obcecación que la de la vida. Es más, sólo la muerte engendra ambas posturas. Porque el hombre necio, primario, como los cuervos y los buitres, únicamente siente las cosas muertas. Son tantos los que se agolpan en las cosas muertas que, a menudo, dan la impresión de algo vivo"

Il giorno del delitto

 







... puede ser (decía Sciascia) víctima del arrepentimiento", y empuñar su arma, frío como la víbora, transpirando su lumbre de hierro, y disparar contra ti desde lo más profundo de las esencias resecas de una Naturaleza tentadora, que tiñe paisajes y cielos sicilianos de una íntima sensación de pavores erizados.

Il paese




 



Sicilia siempre ha sido tierra de feroces batallas en miniatura. Posee cierta nota discordante de un mundo obsesionado por la muerte. Es un pequeño universo salpicado por una majestad elemental, revoltosa, que lleva a la deriva, entre las sutilezas impactantes de la más cegadora luz, las desconcertadas almas de sus habitantes (ésas que fueron concebidas para el hombre), como jirones suspendidos de melancólica torpeza. Por ello mismo parecen haberse quedado perpetuamente evanescentes, inconclusas y destartaladas, buscando su materialización y su permanencia en el medio, a través de la más deslucida noción de la violencia. Vive entre el estruendo amortiguado de sus erráticos viajes vindicativos. Es como si los hombres y mujeres que la habitan se hubiesen olvidado de la eternidad. El aire incoloro se estanca, rancio, con su olor a éter suntuoso. Sabe a secretos inconfesables. Sus brisas, de nerviosas ráfagas, no persiguen los alegres colores de sus paisajes, sino la danza violenta entre el buscador y su víctima. Es como una gigantesca ventana de manicomio que siempre se halla de par en par frente a un mutismo de infierno recóndito, paralizado frente a las carnes aldeanas.


" La familia es la única institución verdaderamente viva en la conciencia del siciliano; pero viva más como dramático nudo contractual, jurídico, que como agregación natural y sentimental. La familia es el Estado del siciliano. "


 ...della civetta
 
 
   
 
     
... Una carretera en construcción, un capataz asesinado, y un joven carabinero, el capitán Bellodi (Franco Nero), proveniente del continente, ansía aclarar, a través de ese nexo, duro y feroz, de la Sicilia profunda, que jamás conocerá del todo, los motivos del homicidio. Mas allá del vaho de los caminos, el pueblo hunde su frente ante la eminencia egregia del boss "Mafioso" local, Don Mariano (Lee J. Cobb). Bellodi se enfrenta al mecanismo de su poder, retablo de lujo solitario con olor a muerto.


Frente al capitán, inmóvil y negra, la "Cosa Nostra" consigue, pese al preventivo arresto de Don Mariano (que acabará puesto en libertad y logrará la destitución de Bellodi) que acabe por prevalecer su propio "sistema" sobre la ley del Estado. Silencios, mentiras, exclusión de culpas. Y un inesperado confidente, Parrinieddu (magnífico Serge Regianni) que "sabe algo", que desea "divulgarlo", exigiendo protección al capitán de carabineros, a fin de mantenerse a salvo a toda costa... Mas, el ritual suntuoso y omnipotente de la muerte, a través de la "Cosa Nostra", acabará por sumergirlo en una tumba de cemento ante los ojos atónitos del capitán y sus barruntadores subalternos policiales.


Don Mariano evita, no obstante, un atentado contra el "presuntuoso" Bellodi: "Presuntuoso es aquél que quiere saber la verdad... (trivializa irónicamente el boss Mariano, que, pese al fondo de crueldad todopoderosa que promueven sus actos, admira la inteligencia y constancia de Bellodi) "Yo divido a la humanidad en cinco categorías: hombre, medio hombre, hombrecito, rufián y "quaquaraquà"... Los hombres son pocos, la mayoría pertenece a la segunda condición,... lo terrible es llegar a convertirse en un quaquaraquá"

            ... Bellodi es vencido.





Un nuevo capitán observará, finalmente, desde la jaula sin poder de su comisaría, ahora sumisa cumbre de humildad, al depravado monstruo de Don Mariano y sus secuaces en su altar abalconado, y a través de cuyos gestos desdeñosos y soberbios se trasluce la oscura virtud santificadora de la todopoderosa "Cosa Nostra"



El asesino pudo ha
ber sido el marido de esa mujer








Esa mujer es Rosa Nicolosi. La brisa ardiente, sus vestidos, su rostro contraído se llenan del olor antiguo de los campos sicilianos... De repente, detona el disparo, que se aproxima, amenazador, hasta la escultura de su cuerpo, formas de diosa, hasta sentir el sempiterno aliento siciliano del miedo. Se desliza recóndita desde el hogar labrador, ahora abandonado por un marido, cuyo paradero se desconoce. Rosa estalla, con brío de descaro y mirada de luz, en el "lacrimatorio" enfebrecido a que la somete el interrogatorio del capitán Bellodi.


Busca el arrimo del remilgo plenipotenciario y falsamente generoso del boss Don Mariano. Y, por momentos, trata de confiar en Bellodi, con asomos de mujer virgen y una clara interpelación sobre la verdad imposible que recaban los ojos del capitán de carabineros. 

Y, por fin, desolada y forzadamente enceguecida frente al cancel de los poderosos, acepta la piedad de su liturgia "Mafiosa", para volver al oficio de tinieblas que le impone el miedo. Y se pierde para Bellodi, en la escapada exacta de su soledad, cuando comprueba estremecida que el confidente Parrinieddu, y no el esposo huido, ocupa el túmulo de cemento alzado por la "Cosa Nostra". En su pensamiento, observando la mirada vencida del capitán de carabineros, se reanuda una esperanza por ese marido oculto, que aún puede volver...

El sentido de la violencia









"Amigo, la mierda è siempre la mierda", lanzaba su anatema popular al gringo Lou Castel, el gran Gian María Volonté, medio italiano, medio mexicano, en "Yo soy la revolución" ("Chi lo sa? en Italia), uno de los más excitantes y estupendísimos spaghetti western rodados en Europa por Damiano Damiani.


En efecto, este pintor frustrado, nacido en Pordenone, fue un gran especialista en tratar el tema de la criminalidad "Mafiosa", y afrontó, junto a Francesco Rosi y Elio Petri, todo tipo de temas sociales, políticos y civiles. Una de sus trilogías más famosas, en la década de los sesenta, fue la formada por "Il rosseto", "Il sicario" y "L´isola i Arturo".






"Me encanta el gesto cotidiano de la gente común en su vida rutinaria, pero amo y comprendo sobre todo sus tentativas de fuga", declararía Damiani, "Pero lo que más me atrae es el espacio, el tiempo, y la luz sombría que narra la existencia en que se afianza el universo de la Mafia, que vive aislada del mundo en el mundo.

Su adaptación de "Il giorno della Civetta", ejemplo plecaro de ese universo independiente que forma la "Cosa Nostra", es, probablemente, su film más recordado. Superior, incluso, (sin pretendr generalizar), a la novela de Leonardo Sciascia.


 




Y Claudia Cardinale es, a no dudarlo, el excelso lujo solitario, tortuoso y motivador, del film. A través de esa dolorida Rosa Nicolosi, recaba uno de los mejores roles de toda su carrera artística. Garra y rabia agradecibles que rebasan, con su presencia exquisita, el sutil juego de los personajes masculinos y las reflexiones que el director vierte sobre las cuestiones más puntuales de la "Mafia" (un Franco Nero relevante, por fin, que se convertiría en el actor fetiche de Damiani, y el siempre efectivo y brillante Lee J. Cobb). 








La belleza fascinante de la Cardinale se estampa por entre esos largos corredores silvestres de luz siciliana como talla reverencial, adornada de esas guedejas desperdigadas que emanan de sus sienes como jazmines primaverales, mientras asume una soledad casi mística, entre el elogio de una beldad que nos desborda como un aleluya "Hendeliano". Su rostro único, de ojazos atigrados, posee todo el color caliente aplicable a los melodramas de fuerza, entre los que se ensalza la solidez femenina y se agradecen ciertos silencios turbadores. Es rotunda, dulce también, reivindicativa, y hermosísima. Guapa hasta la mitificación, aunque arrastre consigo la pesadumbre de todo un mundo cerrado que la vierte en la pantalla en toda su elementalidad popular, que es como más la amamos. En sus estallidos y encontronazos con Franco Nero destripa entrañas, y ofrenda el más olímpico semblante de la angustia en su retrato perfecto de la psicología del perdedor. ¡Sin ella el pórtico vernal siciliano que abre las puertas a esta turbia historia de denuncia no se hallaría tan esenciado de emociones! Claudia Cardinale, piel y orla, merced a ese gran acierto de Damiani al elegirla, es también toda ligereza, ímpetu felino, delectación en sus ojos y en su sangre: ¡¡sin ella!! no podríamos idolatrar este asfixiante "Giorno della Civetta" 

Con la lucidez y la fuerza de la Cardinale ¡¡es así de espléndida, majestuosa y sublime!! ¡V.O. obligadísima!!









                                                               Nel     set: si gira (En el set: se rueda)