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domingo, 11 de enero de 2026

The Jewell in the Crown (La Joya de la Corona) -I Parte-


"The Jewel in the Crown" ("La Joya de la Corona"), serie realizada por  Granada Television para la cadena ITV en 1984 abarca sobre los últimos días del Raj Británico en la India durante y después de la Segunda Guerra Mundial, basándose en las novelas del "Raj Quartet" ("Cuarteto del Raj") del autor británico Paul Mark Scott (Nacido en Londres, U.K. el 25 Marzo de 1920 – Fallecido en Londres el 1 marzo de 1978 a la edad de 57 años).

La historia se ambienta en 1942 en Mayapore, una ciudad ficticia en una provincia sin nombre de la India Británica. La provincia, ubicada en el norte de la India, comparte características con Punjab y las Provincias Unidas. Los nombres de lugares y personas sugieren una conexión con Bengala; por ejemplo, Mayapore es similar a Mayapur en Bengala Occidental; sin embargo, las características físicas la sitúan en el centro-norte de la India, en lugar del noreste. La provincia cuenta con una llanura agrícola y, al norte, una región montañosa. Dibrapur es una ciudad más pequeña a unos 120 kilómetros de distancia. Mayapore, aunque no es la capital de la provincia, es una ciudad relativamente grande, con una importante presencia británica en la zona de acantonamiento, donde no se permite la residencia a los indios nativos. Al otro lado de las vías del tren se encuentra el "pueblo negro", donde reside la población nativa. También hay un Barrio Euroasiático, donde reside la población mestiza (angloindia) de la ciudad. 
 

 

 

 


La India se debate de nuevo entre décadas borrascosas de dominación occidental instaurada por el Imperio Británico en el subcontinente indio desde 1858 hasta 1947. Y es el teatro menesteroso, encadenado, que no logra arrancar de su inmenso cuerpo la originaria síntesis conflictiva de las tres culturas diametralmente opuestas que la llagan, como originaria fusión inequívocamente beligerante de una infinita batalla racial: una Inglaterra con su vieja moral burguesa y su tradicional catolicismo anglicano, al que se añade su antigua jerarquía endurecedora frente al extranjero oriental. El castrense imperio británico se erige en una praxis antidemocrática imputable en todo momento a las razones políticas de un colonialismo que vive impreso en el renombre de su represivo poderío militar; y que no ama ni acata tradiciones de otras estirpes a las que subyuga, mientras sigue venerando desde el lejano continente asiático los conceptos de una codiciosa magnificencia, de una gran joya para su corona, e inflexible en todo momento para acatar cualquier fermento de rebelión. Por ende, la Inglaterra arrebatada en su desprecio hacia el pueblo que somete, sigue sin divorciarse por completo del mundo occidental que secularmente la mantiene mientras impone la más feroz de las segregaciones raciales. No obstante, vive hipotecada también frente al miedo a la exaltada multitud oriental, siempre en busca de una merecida venganza contra el enemigo que la subyuga. Pero la India aún revive impetuosamente en sus estados principescos, la gran mayoría muy pequeños, y que al igual que documentos de la ancianidad indostánica, no se apagan en pesadumbres ni se inclinan a la voces del invasor, sino que se mantienen enraizados cono pueblo de respetada senectud con sus ritos sagrados y dioses custodios de cuyas primicias no participa la gubernamental corona inglesa. Pero los actos y designios de las otras dos culturas formadas  por musulmanes y brahmanes no son tampoco vanos y caducos. Poseen su gran pasado histórico, cifran la vida en los días futuros de una próxima liberación, abominan de la negrura invasora, áspera, engreída y acechante del pueblo británico, de la que su más destacado dirigente del movimiento independentista contra el Raj Británico, Mohandas Karamchand Gandhi, se distancia, blanco por la fatiga, los ojos recogidos, las manos sumidas en el manto de la oración, aunque de una ancianidad curtida como un acero, entre el clamor de las multitudes que lo veneran, y dejando tras de sí una emoción de paz y libertad para el pueblo. Pero el Raj Británico continúa abismado en la trampa de la simplificación y el esquematismo psicopático que frente a la vicisitudes políticas internas impone a 255 millones de hindúes, y es como el héroe que de sí mismo habla apeteciendo su propia gloria incierta. Y no despierta del sueño, y vuelve su rostro suntuoso e intolerante frente a los conflictos sentimentales que provocan los primeros chispazos humanos de unión sexual interracial entre la aria mujer británica y el hindú de piel oscura que puede hacer añicos ese mito embrutecedor del racismo encorsetado, siempre acomodado a sus premisas de superioridad. Una dimensión social de supremacía racial a la que Inglaterra, durante toda su etapa colonial, seguirá aferrándose inflexiblemente. Esa trayectoria de frustraciones sentimentales resuena torrencialmente como una inmensa bóveda herida por la violencia y la incomprensión, por el grito y la emoción de todos los hombres y mujeres indostánicos. Y parece que si un resurgido ave fénix atravesara por el límpido azul de la India, caería ahogada, rebotada sobre las piedras rota de dolor, entre techumbres de fuego y de polvo aniquilador de la pasiones humanas. Mas los que aman, se sumarán a la búsqueda de una sociedad más justa a través de la perspectiva personal de dos jóvenes protagonistas capaces de ofrecer una visión de la India y de la sociedad británica con un sello propio de indulgencia. Se cumple así su tiempo, y un nuevo capítulo de la historia de la India Británica se magnifica ante la doblez del mundo que la rodea. Y tiende su mano, y hay en su diestra un gesto de voluntad tan firme y generoso que parece entonces crearlo. Y todo se apaga tras la ciudad homicida del racismo, del mundo occidental y sus asechanzas intolerantes, entre un realismo poético y conmovedor en este magnífico “Raj Quartet” cuya buenanueva anuncia un cambio de rumbo en el futuro social de la India (que también tuvo un claro antecedente en la obra de E.M. Forster y su "A Passage to India" de 1924)... Trepidan las callejas de voces, de mugidos, y vuela el polvo, se esparce el olor de gente, lenta, apretada, ruidosa. Y hay un tiempo andante de hombres que cargan sus fardos, de mujeres que ansían su fertilidad, y que buscan en el río Ganges la reparación orgánica de sus cuerpos, y la espiritual después, bajo esas escalinatas tumultuarias y remotas que orillean ese constante fluir acuático.Y salen a los campos, bajo un sol ancho, rojo, como de lumbre de leña, en los que se estampan los cultivos emplumados de la cebada y el trigo; y la imagen distante del tren de Bombay participa de los tumultos atravesando valles plenos de las raíces arbóreas de los banianos, los neemens, el sal, el Árbol  de Lluvia Dorada, el pino hindú y el sagrado peepal bajo el cual dejó Buda la preeminencia de su inspiración sacra como gotas desleídas del panal platónico. Y se regocijan los saris de algodones jarifos y vistosos de las mujeres que lucen sus bindis rojos en las frentes, y los chatspts (turbantes) coloreados de los hombres, porque la India se abre como un exposición social de inmenso prestigio por la veracidad de sus cuidadísimas reconstrucciones ambientales y los conmovedores condicionamientos humanos que viven sus protagonistas entre una música que convida a la somnolencia del atardecer, una danza que llena de las altas aspiraciones del amor la, tantas veces, desfavorecida naturaleza de los hombres y de las mujeres. Y porque el gran padre Mahatma Ghandi, tras la demolición de una moral estricta durante y tras la II Guerra Mundial, también practica la desobediencia civil no violenta, y su mensaje de paz es para siempre, y es alabado, y su voz misericordiosa y comprensiva preside el día, y ruega con insistencia por el amor o atención como el pordiosero o necesitado, y sólo muestra el hueso amarillento, frío y afilado de su nariz sobre la que descansan sus espejuelos menudos, y los vidrios demacrados y menudos de sus ojos, y tiene en su frente y en su mirada una dulce resignación. La voz de Mahatma Ghandi fue tan sólo la de un hombre que cubría su desnudez  con un blanco lienzo de penitencia y que más tarde habría de seguir al avisado gobierno de sus antecesores, porque tras aquella purga política pacifista con que el gran Padre liberó a la India, y la fraccionó, a su pesar, entre inmensos ríos de sangre frente a una nueva filiación política musulmana, creadora del nuevo estado de Pakistán, el “Raj Quartet” revela una nueva forma de observar la realidad hindú en sus aspectos más auténticos. Como un documento vivo, documento novelado pero que nos ayuda a comprender mejor la condición humana de unos personajes como fruto de una convivencia, solidaria e insolidaria con sus semejantes, en una India sojuzgada por el colonialismo durante más de 100 años.[Texto de Kentauro]



[India is once again caught in the turbulent decades of Western domination imposed by the British Empire on the Indian subcontinent from 1858 to 1947. It is a destitute, shackled theater, unable to wrest from its immense body the original, conflictive synthesis of the three diametrically opposed cultures that wound it, as the unequivocally belligerent  original fusion of an endless racial battle: an England with its old bourgeois morality and traditional Anglican Catholicism, to which is added its ancient, hardening hierarchy against the Eastern foreigner. The militaristic British Empire stands as an anti-democratic practice attributable at all times to the political reasons of a colonialism imprinted on the renown of its repressive military power; And it neither loves nor respects the traditions of other peoples it subjugates, while continuing to venerate, from the distant Asian continent, the concepts of a covetous magnificence, a great jewel for its crown, and remaining inflexible at all times in suppressing any stirrings of rebellion. Therefore, England, consumed by its contempt for the people it oppresses, remains unable to completely separate itself from the Western world that has sustained it for centuries while imposing the most ferocious racial segregation. Nevertheless, India also lives mortgaged to the fear of the impassioned Eastern mob, always seeking just revenge against the enemy that subjugates it. But India still lives on impetuously in its princely states, the vast majority of them quite small, and which, like documents of ancient Hinduism, do not succumb to sorrow nor bow to the voices of the invader, but remain rooted as a people of respected old age with their sacred rites and guardian gods, whose first fruits are not shared by the governing English crown. But the acts and designs of the other two cultures, formed by Muslims and Brahmins, are not in vain and ephemeral either. They possess their great historical past, they place their lives in the future days of an imminent liberation, they abhor the invasive, harsh, arrogant, and menacing darkness of the British people, from whom their most prominent leader of the independence movement against the British Raj, Mohandas Karamchand Gandhi, distances himself, pale with fatigue, his eyes downcast, his hands clasped in prayer, though his old age as hardened as steel, amidst the clamor of the multitudes who venerate him, leaving behind an emotion of peace and freedom for the people. But the British Raj remains mired in the trap of simplification and psychopathic schematism that, faced with internal political vicissitudes, it imposes on 255 million Hindus, and it is like the hero who speaks of himself, craving his own uncertain glory. And it does not awaken from its slumber, turning its sumptuous and intolerant face away from the emotional conflicts sparked by the first human stirrings of interracial sexual union between the Aryan British woman and the dark-skinned Hindu who could shatter that brutalizing myth of entrenched racism, always comfortable within its premises of superiority. A social dimension of racial supremacy to which England, throughout its colonial period, will continue to cling inflexibly. That trajectory of emotional frustrations resounds torrentially like an immense vault wounded by violence and incomprehension, by the cry and emotion of all Indian men and women. And it seems that if a resurrected phoenix were to cross the limpid blue of India, it would fall drowned, bouncing off the stones, broken with pain, amidst roofs of fire and dust that annihilate human passions. But those who love will join the search for a more just society through the personal perspective of two young protagonists capable of offering a vision of India and British society with their own unique sense of indulgence. Thus their time is fulfilled, and a new chapter in the history of British India unfolds before the duplicity of the world around it. And it extends its hand, and in its right hand there is a gesture of will so firm and generous that it seems to create it. And everything fades away behind the murderous city of racism, of the Western world and its intolerant ambushes, amidst a poetic and moving realism in this magnificent “Raj Quartet” whose good news announces a change of course in the social future of India, (which also had a clear antecedent in the work of E.M. Forster and his “A Passage to India” of 1924)... The alleyways tremble with voices, with mooing, and dust flies, the smell of people spreads, slow, tight, noisy. And there is a time of men carrying their burdens, of women yearning for their fertility, and who seek in the Ganges River the organic repair of their bodies, and the spiritual one afterward, under those tumultuous and remote steps that border that constant aquatic flow. And they go out to the fields, under a wide, red sun, like the glow of a wood fire, where the feathered crops of barley and wheat are imprinted; and the distant image of the Bombay train participates in the tumults crossing valleys full of the arboreal roots of the banyans, the neems, the sal, the Golden Rain Tree, the Indian pine and the sacred peepal under which Buddha left the preeminence of his sacred inspiration like diluted drops from the Platonic honeycomb. And the women rejoice in the bright and colorful cotton saris who wear their red bindis on their foreheads, and in the men's colorful chatspts (turbans), because India unfolds as a social exhibition of immense prestige due to the veracity of its meticulously crafted environmental reconstructions and the poignant human conditions experienced by its protagonists amidst music that invites the drowsiness of the sunset, a dance that fills the often disadvantaged nature of men and women with the high aspirations of love. And because the great father Mahatma Gandhi, after the demolition of a strict morality during and after World War II, also practices nonviolent civil disobedience, and his message of peace is forever, and is praised, and his merciful and understanding voice presides over the day, and he pleads insistently for love or attention like the beggar or needy person, and shows only the yellowish, cold, and sharp bone of his nose on which rest his small spectacles, and the emaciated and small lenses of his eyes, and has on his forehead and in his gaze a sweet resignation. Mahatma Gandhi's voice was merely that of a man who covered his nakedness with a white shroud of penance, and who would later follow the wise guidance of his predecessors. For after that pacifist political purge with which the Great Father liberated India, and fragmented it, against his will, amidst immense rivers of blood before a new Muslim political affiliation that created the new state of Pakistan, the "Raj Quartet" reveals a new way of observing Hindu reality in its most authentic aspects. Like a living document, a fictionalized document that helps us better understand the human condition of characters as the product of a coexistence—both supportive and unsupportive—with their fellow human beings in an India subjugated by colonialism for over 100 years] [Text by Kentauro].

                                         

           "CRUZANDO EL RÍO" (CROSSING THE RIVER)

 
1942: Noche en la ciudad hindú de Mayapore, durante la II Guerra Mundia. Una una altruista inglesa conocida por Sister Ludmila Smith {Matyelok Gibbs} recoge a mendigos y enfermos de las calles y las afueras de la ciudad. Esa noche encuentran a un joven tendido junto al río que dividen las comunidades indias y británicas. Ludmila regenta un pequeño refugio hospital muy pobre y es ayudada por un médico hindú. El joven al que han recogido tan sólo se halla bebido, y permanece en el pobre hospital hasta la mañana siguiente, ya recuperado.
 
Esa misma mañana se presenta en el refugio El superintendente de policía local, Ronald Merrick {Tim Pigott-Smith}, de carácter inquietantemente militarizado, siempre rastreando a posibles alborotadores contrarios al dominio británico y sospecha que la Sister Ludmila los acoge en su hospital para indigentes.  Cuando ve en él al joven que han recogido frente al río la noche anterior, frente a las protestas de Ludmila y el doctor, decide llevárselo a comisaría para interrogarlo como posible sospechoso de alborotar en Mayapore. El joven insiste en que no sabe a qué se refiere, y cuando uno de los ayudantes del comisario le habla en hindú, responde que no conoce el idioma de la India y que sólo habla inglés, por haberse criado en el Reino Unido.
 
El doctor  lo reconoce como Hari Kumar {Art Malik} y explica a Sister Ludmila que proviene de Inglaterra donde se ha criado y ha sido estudiante en la escuela pública de Chillingborough. Y ahora vive en un deprimido barrio hindú junto a un familiar que lo ha acogido. El joven sólo habla inglés, pero la crisis financiera inglesa y el suicidio de su padre lo obligaron a regresar a la India. Y trabaja en el Mayapore Gazette de Mayapore escribiendo artículos periodísticos, y que quizá el nuevo  trance ambiental en que se halla sumido, lejos de Inglaterra, lo haya obligado a beber. Sister Ludmila se compromete a hablar con el intendente de policía para liberar a Hari, totalmente inocente de ser acusado de alborotador por el férreo Merrick
 
 
Una jovern inglesa en bicicleta se cruza con el camión que transporta a Hari en Mayapor, es saludada por el intendente, saludo al cual ella corresponde. Luego se dirige al Hospital Principal de la ciudad donde va a a ofrecer sus servicios como enfermera. La muchacha inglesa, recien llegada a Mayapore es Daphne Manners {Susan Wooldridge}, huérfana, que ha viajado a la India, para vivir con su tía Lady Manners {Rachel Kempson}, viuda de un exgobernador provincial. Ésta la envía a la ciudad de Mayapore para que viva  con su gran amiga india, Lady Chatterjee {Zohra Sehgal}, a la que denominará "Tia Lili", una encantadora aristócrata hindú que acoge con enorme cariño a Daphne y hasta bromea con ella, insistiéndole en que no debe llevar gafas, que probablemente no las necesita, y que restan encanto a su bello rostro, e incluso le pide que mire a lo lejos porque seguro que ve perfectamente cualquier imagen distante.
 
En una recepción que tía Lili ofrece al resto de ingleses y conocidos que viven en Mayapore para presentar a Daphne, entre los invitados se halla  Hari Kumar que ha sido liberado por la policía. Daphne es una joven comprensiva y sensible que no logra aceptar la actitud despreciativa de los ingleses hacia la India que colonizan. El encuentro con el joven Kumar resulta muy agradable y ambos intiman ,o suficiente  para que ello dé lugar a una atracción mutua, pese a que las relaciones interraciales están prohibidas por completo por la comunidad británica.
   
Se vuelven a encontrar en una exhibición patriótica de tropas sobre la intervención inglesa en la II Guerra Mundial. También se halla Merrick, a quien la presencia de Hari le resulta insultante, dado que en el mismo tan sólo se admite la asistencia inglesa.  
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Los encuentros  ya casi sentimentales entre Daphne y Hari se suceden. E incluso Kumar la invita a una comida en la casa de su tía Shalini Sengupta (Kamini Kaushal), el familiar que lo ha acogido, una agradable mujer hindú que agradece a Daphne aquel gesto de cordialidad  con ella y Hari. Una vez finalizada la cena, ambos jóvenes pasean y se encuentran con Sister Ludmila y el doctor que recorren las calles ayudando a los menesterosos.



 
Al mismo tiempo Ronald Merrick, invita a su casa a Daphne mostrándole a la muchacha que se siente atraído por ella, pese a que el hosco policía oculta cierta ambigüedad sensual. Es de cuna clase-media inglesa, y detesta a la clase privilegiada inglesa de la escuela pública como Chillingborough, unida a un total desprecio por los habitantes indios, sean musulmanes o brahmanes.
 
Cuando Merrick la acompaña en su coche a casa de Lady Chatterjee, le ha propuesto que contraiga matrimonio con él. Daphne no se muestra despectiva en absoluto con la petición de Merrick, pero no decide aceptar dado que no se siente interesada por él, y tan sólo responde al decepcionado policía que deberá pensarlo muy detenidamente. La muchacha, aunque no lo confiesa, se ha enamorado de Hari y espera ser correspondida por el joven hindú.

 

Daphne junto a la doctora Anna Klaus (Renée Goddard) se presta a ayudar en el refugio-hospital de Sister Ludmila a la que Hari presentará. En Mayapore Daphne y Hari vuelve a coincidir. El joven está hablando con Pandit Baba (Marne Maitland), un maestro de escuela afecto a la rebelión contra el Imperio Británico, seguidor de las consignas de Gandhi, que reprocha a Hari Kumar que no se sienta hindú y que no conozca el idioma de sus compatriotas y sólo hable inglés. Cuando Daphne se acerca a ellos, es saludada cordialmente por el profesor. Hari explica a la muchacha que ha sido reprendido por él, y por no unirse a la lucha contra el dominio británico. 

 

 

 

Luego, Hari se ofrece a acompañar a Daphne en bicicleta, y cuando de pronto empieza una tormenta, se refugian en los Jardines Bibighar que Hari, para sorpresa de Daphne, desconoce. 

 

Ambos concretan visitar juntos el templo hindú de Mayapore, al que Kumar acude también por primera vez, y allí acogerse a los ritos hindúes.  Daphne y Hari son ungidos por el bindi rojo del rito hindú.

Aquella noche, acepta de nuevo una invitación en la mansión McGregor. La atracción entre ambos jóvenes se hace cada vez más patente. Pero Hari comprende que dada las diferencias de clase y raza es imposible mantener una relación sentimental con la muchacha, que se muestra enamorada y decepcionada.

Merrick se presenta en el club para británicos, una presencia poco apetecible para Daphne, que ha acudido allí después de su trabajo en el hospital. El intendente de policía le explica que se están sucediendo las revueltas en Mayapore, y culpabiliza a Ghandi. al que tilda de "hombrecillo en taparrabos". Igualmente, pregunta por la visita al templo hindú junto a Hari Kumar, (visita que ella le había comentado en un encuentro anterior con Merrick) y si le resultó interesante. La muchacha le muestra su satisfacción por haberla llevado a cabo.

 

 

Sister Ludmila encontrará esa misma noche a Kumar en el santuario. Él le asegura que esta vez no se halla bebido. Luego confiesa que cuando lo encontraron borracho a orillas del río no fue por ninguna decepción amorosa, sino porque su amigo inglés, con el que había compartido colegio en Inglaterra, y que prometió encontrarse con él cuando volviera a la India, en un encuentro de cricket pasó  ignorándolo por completo. Para su antiguo amigo inglés Hari no era más que un hindú, y todos los hindués, según acaba confesando, son iguales. Luego se fue con sus amigos a beber y quemaron el blanco salacot británico.

 

 

 

 

 
 
Al día siguiente, tía Lili recibe una llamada del comisionado informándola de que Ghandi ha sido encarcelado junto con algunos conocidos. Luego aconseja a Daphne que no debería ir al hospital dadas las revueltas que se están sucediendo.
 
Pero la joven insiste en que no hay peligro y acude al hospital donde una compañera le explica que la profesora Edwina Crane (Janet Henfrey), que fue atacada junto a otro maestro hindú que murió en una revuelta, está hospitalizada.
Daphne acude al lado de Edwina y la consuela. La profesora parece delirar y entona una canción de las que le cantaba a sus alumnos, luego pregunta si todas sus cosas se hallan en el hospital, y los caramelos que llevaba para los niños. Entre sus pertenencias se halla una bella lámina que representa, como le explica Edwina, la joya de la corona con la reina Victoria, que, no obstante, nunca visitó la India.




 
 
 

 

   

"LOS JARDINES DE BIBIGHAR" (THE BIBIGHAR GARDENS)

 




 
 
 

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