jueves, 1 de mayo de 2008

King Rat


"Esta no es una historia de fuga, es una historia de supervivencia. Está ambientada en la cárcel de Changi, Singapur, en 1945. Los japoneses no tenían que vigilar Changi como un campo de prisioneros de guerra normal. Los presos de Changi no tenían una agradable frontera suiza o cualquier otro país neutral a su alcance. Estaban cautivos, no tanto por paredes altas o alambres de púas, o puestos de ametralladoras, sino por la tierra y el mar a su alrededor, y la jungla no era neutral ni el océano tampoco. No vivían en Changi: ¡existían! Esta es una historia de esa existencia"






Esta exposición austera de una realidad a la que no mueve el menor espíritu investigador, sino más bien cierta franqueza documental etnográfica, frente a esa episódica exposición de enloquecida ingenuidad, o pútridos horrores en que se sumergen los hombres en cautiverio, y que imponen los comprensibles virajes de la supervivencia (y en este film no menos impregnadas de cuanta insoslayable y apasionada denuncia social conllevan los retablos alucinantes o aquelarres goyescos de la guerra), no escapa a la ferocidad y al esquematismo trágico con que James Clavell, autor de la excelente novela del mismo nombre, publicada en 1962, y en la que se basa la película, expuso su propia odisea, muy alejado de la sinrazón que conlleva el heroísmo, como prisionero de guerra, tras sufrir los vejatorios tratos a que lo sometieran sus captores Japoneses en Changi (gran parte de cuyos guardias eran en realidad Coreanos).

 





Changi frente al Kwai



"King rat" tiene mucho de arma corrosiva. En esa cárcel sin rejas no se proyectan sombras simbólicas enfrentadas a una dinámica visual de exotismo, sino hombres cuyos apremiante alegatos naturalistas se internan en la contradictoria selva de instintos y pasiones que anidan en todo ser humano (como si la acción que relata se hallase ilustrada por las célebres teorías espontáneas, a veces ingenuas, y psicológicamente conflictivas, que impusieran los inolvidables destellos condicionantes ofrecidos por el irrepetible "Free Cinema Inglés") Sentimientos rudimentarios del hombre, que, movido siempre por su incapacidad de comunicación, ejerce esa constante violencia psíquica sobre sus semejantes cuando le mueven sus ineludibles intereses privados. Muy alejados pues del cine épico, "King rat" es dinamita pura, truculenta, frente a esas instituciones terribles de los campos de concentración, refrendados por el "Convenio de Ginebra" (que fue estructurado, no hay por qué negarlo, con escrupulosa consideración, a fin de salvaguardar cierto grado de dignidad humana, si ello fuese posible, tras el cataclismo que iba a afectar todas las facetas de la existencia del hombre al enfrentarse a la absurda crueldad de la guerra), y que, frente a los acontecimientos históricos, relativizaron la pirotecnia bélica, cuando esta se tambaleaba en torno a sus batallas perdidas, integrando y humillando al superviviente prisionero bajo el simbolismo, cerebralista, despiadado y lacerante, de la gran araña vencedora.

 


El recuerdo imborrable del sorprendente film de David Lean, "El puente sobre el río Kwai", hizo tambalear seriamente su éxito en pantalla. Pero no hay duda de que en "King rat" redescubrimos, con una reveladora veracidad de documental, fotografiado en un translúcido y portentoso blanco y negro, ese sabor que nos es tan caro, del implacable realismo que nos impusieran aquellos patéticos oratorios visuales del "Free Cinema", dotados de un admirable ritmo de autenticidad, y de un magnífico lenguaje fílmico. Y que, muy alejada del gran film de Lean, la convirtieron en una película insólita, de una extraña, conmovedora y sublime plasticidad, pese a la crueldad, a veces terroríficas, de sus imágenes.

 



Campos de concentración: un mundo sin identidad


Todo el juego dramático del film se halla conformado en la geografía escénica, selvática, del reconstruido campo de concentración de Changi, próximo a Singapur en la realidad perdida del tiempo. Rodada así íntegramente en interiores, aunque a ras de un cielo deslumbrante, su belleza plástica resulta incontrastable. La complejidad psicológica de un mundo de hombres sumidos entre las crecientes mareas de la desesperación, del hambre, y de la muerte, (el eterno retorno a las fuentes mismas del cine social como curiosa pieza de museo) alcanza en este film inolvidable una demoledora objetividad integral, un expresionismo estético-histórico-espectacular, que une a esas visiones tenebrosas con que el hambre logra tantas veces imponer ciertos grados de sadismo a la condición humana y a su lucha por la supervivencia, alguna que otra mordaz ironía de comedia negra inglesa (en la línea de los famosos "Ealing studios"), y que arremete contra esos cánones teatralizantes que imponen las veneraciones fetichistas del uniforme, desmoronamiento incluido de ese símbolo autoritario por antonomasia. Y que la no menos despiadada impasibilidad de la pupila de cristal de la cámara recoge, por medio de las experiencias intimistas de sus excepcionales intérpretes, entre una procesión de horrores, episodios alucinantes, y una inesperada toma de fraternal conciencia (por lo menos, en uno de sus personajes más individualistas, y que da título al film) que, una vez, formaron parte de la tragedia de la guerra. Y de la realidad cotidiana de unos hombres que, sumidos en el caos moral, turbio y ruin, de los campos de concentración, llegaron a olvidar la existencia de sus propias vidas privadas, el estado embrionario de sus humanas características sociales, extraviadas entre el cosmopolitismo de un mundo que había dejado de pertenecerles, tras la violenta requisitoria trágica, sanguinaria e irracional que supuso aquella especie de preludio apocalíptico de la II guerra mundial. 




Pero aunque en la película tan elemental tipificación maniquea como la de su incidencia argumental se pasee a través de esa especie de aniquilación psicológica a que se ven expuestos los personajes, tema casi siempre concurrente en todo film bélico, una vez enjuiciado tras su esquema de naturalismo, palpita (dentro de ese marco de fijación entendido como consigna sobreviviente en el hombre) cierto grado de realismo socialista que no se prodigaría con demasiada frecuencia en aquella colectiva complejidad ególatra de los campos de concentración, fuesen de una latitud o de otra. Y que en cierto modo ya inspiraron ciertas pinceladas emocionales, didácticas, y exaltadoras de un alto grado de solidaridad, entre aquella galería caricaturesca y satírica con que envolviera a sus oscuros personajes, ya fueran alemanes o norteamericanos (en especial a su personaje principal, el no menos egocéntrico William Holden, capaz de asimilar, finalmente, para sorpresa de todos, la marginalidad inesperada de un héroe positivo, bien que insistentemente individualizado) aquel genial "todo-terreno" que fue Billy Wilder, en su inolvidable y brillantísima "Stalag 17".

 





 Astucia, odio y amistad



Desde ese abismo lívido de su sequedad, el corporal King, peón capital de la egolatría en el campo de Changi, se muestra como un auténtico convicto en las sutilezas regocijantes de la astucia, de la trapisonda. Se rodea de ayudantes, pese a su graduación inferior. Siervos dadaístas frente al oráculo, y sobre los que ejerce el despotismo de sus tracamundanas. Y en ese mundo concreto de hambrienta, desarrapada y suicida colectividad masculina, King adquirirá la indignante soltura del comparsa que, irrisoriamente, se beneficia de todo tipo de prebendas, ya sean alimenticias o de buen vestir, frente al ballet mortífero de Changi. King es intuitivo, fecundo, genial. "No importaba lo que hubiese sido antes de la guerra (escribiría Clavell). En Changi todo el mundo sabe ahora que posee el corazón de una rata. Reina como el tirano inmerso en el más infame estado de la naturaleza humana. Y su destino, finalmente, será como el de todo disidente injusto. Todo lo que halla y ve, posee la característica de un sueño perdido"...  



Entre ese triangulo protagonista sobre el que se asienta la historia, King vivirá la alternancia punzante de dos paralelismos simbólicos: el odio feroz que le profesa el lugarteniente Grey y la amistad comprensiva con que le obsequia el joven e intelingentísimo oficial Marlowe, y que viene a distorsionar los contornos impenetrables de la cuestionada y execrable ética que presiden los comportamientos de King. El arrogante Corporal norteamericano, capaz de acentuar los extremismos autocráticos de su reinado, alimentando a los hambrientos prisioneros de Changi, en especial a los oficiales de mayor graduación que le favorecen, con carne de roedores, memorfoseadas en ardillas, a los que cría en una subterráneo secreto de su barracón, arriesgará también su vida y cuanto posee por salvar el brazo gangrenado del joven Marlowe.

 


Artífices de "King rat"


Bryan Forbes director, guionista y actor, nacido en Londres en 1922, fue fiel colaborador de Richard Attenborough, que también produciría su primera película como director, en 1961, "Whistle down the wind". Fue guionista de la tercera adaptación de la obra de Somerset Maugham "Of human bondage", interpretada por Kim Novak. "King rat" significó su debut norteamericano. En 1975 se le diagnosticó una esclerosis múltiple.


 


George Segal- Corporal King: osado, irónico. Despide esa convicción contagiosa del épico rufián capaz de soslayar los premonitorios vientos de tragedia en que nos involucran los conflictos bélicos. A través de su mirada sardónica, propia de la supremacía del machismo norteamericano, consigue algunos de los mejores momentos de toda su carrera artística. Impone así al espectador una imagen de triunfador (retrato que ya no olvidaremos jamás) que, más tarde, al ser rescatado del campo de concentración por los vencedores ingleses, se perderá en ese auténtico mundo subterráneo de su inferioridad. Drama encubierto por esos ciclos pendulares de su reinado entre el horror de la guerra y de su derrocamiento tras el fin de la contienda. ¡Perfecto!

 


Tom Courtenay- Lugarteniente Grey: ardiente en su sentido moral, disciplinario y fanático en su celo. Integró aquella genial contemplación naturalista del importante movimiento sociológico que significara el "Free cinema", capaz de hacer añicos el Star-System americano como fórmula de gran cine-mercancía. Courtenay espoleó su ingenio creador único a través de aquellas nuevas concepciones populares del drama neorrealista inglés, donde parecía cocerse el pathos de la más auténtica tragedia cotidiana, completamente acorde con la idiosincrasia proletaria. ¡Grandioso!

 


James Fox- Peter Marlowe: encantador e inteligente. Hijo de nuevas formas expresivas, y, como era inevitable, de una no menos flamante estética masculina. Losey logró moldearlo entre el surrealismo sofocante de "El sirviente", en la que su talento interpretativo crearía una fusión casi mítica con otro de los grandes: Dirk Bogarde. Abandonó el cine para dedicarse a impensables y fanáticas prédicas evangelistas. David Lean y James Ivory lo rescataron. ¡Entrañable!


 


La crítica dijo: "King Rat" es la impetración más poderosa jamás filmada para que el hombre no vuelva a verse convertido en prisionero de guerra". Hoy pieza imprescindible por su sentido didáctico. "Lo que importa es mostrar tanto las semejanzas como las diferencias de los hombres, su parentesco con las animales, los vínculos (en este caso, nefastos) que los unen a los paisajes y a los climas, así como los esfuerzos que hacen para liberarse de las bestias o de su medio ambiente destructivo"-Walter Ruttmann, documentalista alemán.

 

 ¡¡Sublime "Sound-Track" de John Barry!!