sábado 6 de junio de 2009

The roots of heaven (Las raíces del cielo)

Centrar nuestra mirada en África es como sollozar por el despojo profanado, cuya belleza fue mancillada, y no querer detenerse en observar el brazo ejecutor que siempre la aguarda para herirla. En África, hontanar de vida, una vez dulce y limpio, parece resonar siempre un lamento, una especie de gemido terrorífico que clama por ese tesoro perdido del dios que le concedió su júbilo de Creación, en cuyo seno brotaron las más exquisitas mesuras de la tierra. Y que, mitigando hosquedades, renovaron en ella el mesiánico sueño paradisíaco de los hombres. En sus lechos remotos, entre los azules del mar y de sus ríos inmensos, de sus cielos embriagados de lumbre, esculpidos en selvas, valles y montes de abundancia infinita, jamás se agotaron sus dulzuras, como medidas por una exaltada y protegida eurítmica de indómita monumentalidad, capaz de proponer al mundo una eterna vigilia de emoción misteriosa. Pero los pingües campos de África, el tacto primitivo de su tejido, la bulla regocijada y hermosa de sus criaturas, las preseas consagradas de sus riquezas vírgenes, los desgranados collares de sus selvas, su opulento y titánico templo de Creación, que se derramó en ella con aturdido goce e hizo estremecer a los hombres, muestra hoy sus ciclópeos miembros corroídos. Su paisaje ancho parece leña mordida por el gorgojo, y sus bellas túnicas, como párpados de la aurora, semejan velos fatídicos, andrajosos, entre los que se arropa el gesto cerril y penoso de sus hijos moribundos, la osamenta cercenada de su fauna. África parece estremecerse entre un perpetuo rugir de mar atormentado, entre huracanes arenosos sin fin, aserrada dentro de sus sequedades, de sus selvas, una vez suntuarias, en las que el verdor parece demacrarse en una espantosa desgana de vivir. Y en la que la desidia, la indiferencia de Occidente, las sequías, la pobreza y la feroz rapacidad crean esta vez en ella un designio de suicida. África vive azotada por el más horripilante rescoldo de sediciones. Es un continente cautivo, al acecho de las más crueles voluntades del mundo. Despide un hedor de entrañas abiertas y pisoteadas. Nació del alimento piadoso de la Creación, entre un alboroto de divinidades vivas, relajadas y generosas. En ella habitaron más dioses que hombres. Y hoy los dioses del tiempo la ven pudrirse, resquebrajada, desollándose de reseca, árida y blanca hasta la ceguera, baldía de aguas, devorado su suelo verde, implorante, ardiente como un sepulcro por el que asoman sus millones de calaveras de huesos arrugados. África es hoy morada de Leviathán. Un gigante mutilado con mueca horrible entre sus osamentas, y cuyas ruinas sustituyen su divinidad primigenia.

África cinematográfica
África aparece una vez más en la gran pantalla para exhibirse como un monstruo entrañable en la ingente galería circense del mundo. Toda ella como plasmación del mito de la Bella y la Bestia, para atraernos, a través del siempre soñado y positivo personaje humano, enriquecido con la savia de las fuentes literarias, con su papel de "propiciatorio continente inmolado".



En su misión de profundizar en el conocimiento físico del mundo que nos rodea, la cinematografía, como fundadora excepcional del documental científico, abre así su escenario público no sólo como espejo de la historia o vehículo de información masivo, sino como primera plana colosal, cuyo destino es el de contribuir a que los hombres, de diferentes latitudes y de diversas costumbres, puedan conocerse y comprenderse mucho mejor, limando sus posibles diversidades, y que, en consecuencia, se sientan más solidarios en sus problemas y en sus objetivos, como únicos habitantes racionales de este planeta.

La misión más importante del ser humano debe ser la de mostrarse humanitario e iniciarse en sus experiencias cognocitivas desde las vidas microscópicas hasta los cuerpos celestes que se mueven en el infinito. Y en esa realidad, fiel y veraz reproducción del mundo físico, la pura aventura analítica de la cámara, a fuerza de veracidad, meticulosa en su filiación expresionista, consigue atraer al público, seduciéndole también con los ambientes y tipos que forman la dominante plástica del mundo animal, y permite a los espectadores contemplar con ojos nuevos el mundo cotidiano, pero ignorado y fascinante, de los fenómenos del reino animal: desde los movimientos protoplasmáticos al ser vivo más deslumbrante y noble que habita la tierra: el elefante.


Violencia antepuesta a la concepción roussoniana del simple existir

Tratar de sincronizar, aunque siempre con retraso, a la hora europea los temas tabús, que acabarían pulverizando el monopolio heroico de una sociedad enriquecida por la caza en África, y que con la desenfadada ironía del cazador de trofeos, del comerciante de marfil, del guía turístico, apresados todos ellos en su particular jungla de intereses, se mostraban así plenamente conciliadores con el expolio de tan maravilloso continente, significaba evidenciar una fórmula espectacular de violencia o una manifestación de brutalidad que no admitía paliativos. Se imponía, por tanto, advertir al mundo que uno de los mayores crímenes que gravitaban sobre la la humanidad era el atentado contra la Naturaleza y la indiferencia con que aquélla contemplaba el cruel y polémico aniquilamiento de esos paraísos perdidos en los más apartados continentes, entre cuya visión lírica y su concepción roussoniana, sus habitantes "con un sentido social más definido que el de Occidente", no desencadenaban sobre su espectacular y bellísima fauna, símbolos mesiánicos del más soñado de los edenes, los vientos apocalípticos del exterminio.


"Les Racines du ciel : Romain Gary






Prix Goncourt 1956 et grand roman écologiste. S'il faut sauver les éléphants ; n'est ce pas aussi pour sauver l'homme ?










Un francés, Morel, emprende en África una campaña para la defensa de los elefantes amenazados por las inexorables leyes del progreso. Tras la Conferencia para la Protección de la Fauna (Congo, Bukavu, 1953) se constata que "será en vano tratar de imponer a la opinión pública mundial el respeto únicamente por los métodos legales". Morel no teme ni siquiera recurrir a la lucha armada. Ayudado por algunos compañeros, convencidos como él de que el respeto a la Naturaleza no es incompatible con las exigencias del progreso humano, emprende su particular cruzada contra la barbarie y la crueldad bajo todas sus formas, bien que los siempre hábiles e incontrolables conspiradores, a todos los niveles sociales, traten de utilizar su magnífica obsesión y su aparente ingenuidad, basada en la bondad original que se le supone al hombre y la rigurosa concepción sociológica que se aglutina como un tesoro en su corazón y lírico temperamento, para sus propios fines. Ridiculizado y avergonzado, acusado constantemente de preferir las bestias a los hombres, tratado de misántropo y de nihilista, traicionado por unos, ayudado por otros, explotado por un aprendiz de "dictador", y por los agitadores políticos, el "Francés loco amante de los elefantes" se enfrenta a todo y a todos, logra que su imagen sobresalga de la masa anónima perdida en África, su lucha obtiene la máxima veracidad, inmunizándose contra el propagandismo cruel de los cazadores de marfil. Será un protector directo y eficaz en la defensa de la amenaza exterminadora de los elefantes, exponiendo incluso su vida en dicha causa. Atacará la "irracional jungla capitalista y cazadora", ya sea europea o americana, cuyos intereses gananciales se basan en el marfil, y se convertirá en acusador portavoz de una sociedad tan turbia como sanguinaria, tan feroz como implacable, que planea, convertida en atroz ave de presa, sobre la fauna más fascinante que puebla el planeta. Frente al odio racial y religioso, a la demagogia nacionalista, Morel prosigue su incesante campaña por la protección de la Naturaleza, por el respeto de lo que él llama "el margen humano", sean cuales sean los sistemas, las doctrinas y las ideologías que se le opongan. De aventura en aventura, de avatar en avatar, Morel triunfa en su apacible confianza frente a decepciones y ardides, siempre persuadido de que los hombres son lo bastante generosos como para no acabar por desembarazarse de las más extraordinarias y nobles criaturas de la tierra: los elefantes, en su difícil marcha hacia el futuro; y de que jamás habrá de ceder a la totalitaria tentación que se mantiene al margen de lo humanitario, ni al desatinado axioma de que "el fin justifica los medios", ni a la rendición absoluta. Poco a poco, el hechizo que dimana de su magnífica filosofía atraerá sobre él y sus gigantes amenazados una complicidad sonriente y amigable, que, como Morel mismo, "no desesperará". Surgirán sin excepción voluntarios de todos los países, de todas las razas y de todas las opiniones, una sensibilidad popular, solidaria y enternecedora que, tras demostrar que el alma y el corazón humano siempre acaba por acomodarse mal a la barbarie y a la violencia, convergerá armónicamente alrededor de este aventurero de la humanidad, demostrando su repulsa al mundo de la caza, su crítica no menos virulenta a una sociedad sumida en la hipertrofia significativa de sus ambiciones destructivas y exterminadoras para con el paradisíaco planeta que ha sido legado a la especie humana y a cuantos restantes seres vivos y especímenes gozan de la significativa fascinación que supone vivir en él, convirtiéndolo en el más deslumbrante de los habitats de nuestro universo conocido.


John Huston equitativo

Existe un goce de holgura única en la obra ingente de este titán inquieto. En todos sus films permanece una voz, caliente y sencilla, que parece resbalar desde un misterio de silencio hasta crear un recinto o estrado de intimidades en los que se sienten con más pureza los vuelos mansos o huracanados del aire, los olores de la tierra, las mieles de los frutos, las recias tallas de los rostros, el celo pensativo de sus gentes, el latido de los cuerpos que siempre parecen sorprendidos frente a todos los encantos de la tentación, y, no obstante, osan levantarse contra cuanta iniquidad inunda la existencia de los hombres. En su mundo los poderosos jamás se juntarán en revuelta, sino que los más débiles se tornarán fuertes contra los que los escarnecen. Y porque el hombre permite la abominación y consiente en quebrantar la ley, él alzará siempre su grito, y difundirá y propugnará un rumor de lucha a favor de la equidad entre las muchedumbres marginadas o menos afortunadas. Huston se aflige. Pero es la suya una congoja fuerte, henchida de una claridad honesta. Si es maldecido, Huston ríe, pero su risa nunca será siniestra. Remueve la desventura mordiendo sus ataduras. Sus hombres y mujeres jamás se encogen anillados en una rinconada de cobardía. Recogen el terror, pero no se modelan en él. Son capaces de florecer bajo la imperfección y la gloria perversa del ritmo de la vida. Rehuyen la opulencia nacida de la injusticia. Entienden y aman el poder de la armonía que les rodea, y en su discurso cabal hallan el escudo que detiene al enemigo.

Inquieto y apasionado, fue boxeador, periodista, novelista, agregado militar estadounidense en el ejército mexicano, criador de caballos y coleccionista de arte, incluso pintor callejero en París. Actor, redactor en una famosa revista neoyorquina, y uno de los mejores directores cinematográficos de todos los tiempos. Agnóstico, fue capaz de adaptar a la gran pantalla, con una fidelidad textual inigualable, los veintidós primeros capítulos del Génesis, declarando que: "La Biblia es una creación colectiva de los hombres, destinada a resolver provisionalmente y en forma de fábulas cierto número de misterios demasiado inquietantes para el pensamiento de una era no científica"



Su primera película fue también su primera obra maestra: "El halcón Maltés". Humphrey Bogart, Mary Astor, Peter Lorre y Sydney Greenstreet reforzaron las dimensiones inusitadas de esta genial trama detectivesca, llevando hasta las últimas consecuencias el ambiente sórdido de conflictiva psicología basada en el juego de la mentira y de la verdad, como inigualable sintaxis visual de la novela policíaca (Dashiell Hammett) en su elemento más convincente y casi hechizante. Walter Huston, su padre, consiguió su único Oscar dirigido por su propio hijo, en el pseudo-western "El tesoro de Sierra Madre". Dignificó la revuelta cubana contra el dictador Gerardo Machado convirtiendo a John Garfield y Jennifer Jones en sugestivos activistas, figuras solitarias sumidas en un romanticismo negro y desatadas pasiones revolucionarias como pocos directores norteamericanos se habían atrevido a abordar todavía en la absorbente "Éramos desconocidos". Fue significativa y magnífica su incursión en el mundo pictórico-bohemio de Toulouse-Lautrec al rodar "Moulin Rouge" con José Ferrer, ganador también de un Oscar. Adaptó modélicamente "Moby Dick" de Herman Melville, con Gregory Peck, en una de sus mejores interpretaciones, y un mesiánico Orson Welles. Transformó a un Montgomery Clift (ya abocado hacia la autodestrucción, inmerso en el repudio artístico a que se había consagrado en sus últimos años, tan lejano a la limpia modelación de su juvenil imagen primeriza), en un memorable "Freud", probablemente su última gran creación como protagonista absoluto. Adentrándose en el oscuro mundo de los predicadores religiosos, convirtió en un auténtico y conflictivo detonante cinematográfico su adaptación de la obra de Flannery O´Connor, "Sangre Sabia", con uno de los más grandes evocadores del fatalismo, el desorbitado Brad Dourif. Atrapado por los mosquitos, entre un calor intenso y todo tipo de enfermedades, fue capaz de demostrar hasta dónde podía llegar, rodando en el Congo, con Humphrey Bogart y Katharine Hepburn, otra de sus obras maestras: "La reina de África". Idénticas penalidades sufrieron en el Chad Trevor Howard (papel que rechazó William Holden), Errol Flynn y Juliette Gréco durante el rodaje de "Las raíces del cielo", de la novela de Romain Gary, donde su inconformismo y sus códigos de censura en contra de la matanza indiscriminada de elefantes en África, fue mostrado, quizás más artesanalmente que en otras realizaciones suyas, aunque sin falseamientos ni retoques, de forma tan aleccionadora como un profético episodio bíblico, dado el terrorífico drama de exterminio animal que, por medio de la ignominia de los cazadores de marfil, desangraba al siempre martirizado continente africano. Fue decisivo su film "Fat city", quizás una de las más penetrantes visiones que el cine ha ofrecido sobre el alcoholismo y el miserable mundo del boxeo en Norteamérica. Stacy Keach y Susan Tyrrell ofrendaron en sus interpretaciones nuevos aspectos creadores de un talento insospechado. La aventura colonial de Rudyard Kipling halló en su versión de "El hombre que pudo reinar" una de las más exuberantes vitalidades, y una trayectoria a la inversa sobre la automutilación que el heroísmo puede ejercer sobre los perínclitos semidioses de la épica, en este caso los excelentes Sean Connery y Michael Caine. El cine negro halló en él muchas de sus más inteligentes meditaciones a través de "La jungla de asfalto", con un inolvidable Sterling Hayden, una sorprendente y enternecedora Jean Hagen, y el estimulante hechizo de una recién llegada Marilyn Monroe, y "El honor de los Prizzi". Abordó, junto con imágenes que tienen la autenticidad de un documental, un guión del dramaturgo Arthur Miller, la caza de caballos salvajes cuya carne acabará convirtiéndose en un triste monopolio de alimentos enlatados para perros, examinando atentamente una de las crisis más veraces de la vida cotidiana, capaz de abocar hasta el suicidio a grandes estrellas de Hollywood, como Montgomery Clift o Marilyn Monroe, de quien obtuvo la más degustable, fascinante y creíble de sus interpretaciones, pese a la visión sombría y tempestuosa que acompañó todo el rodaje del film (tras la absurda muerte de la actriz aseguró: "Marilyn no fue asesinada por Hollywood. Fue una adicta a los somníferos, resultado del maleficio endiosado de los médicos en Norteamérica) Convirtió al más varonil de los mitos vivientes estadounidenses, Marlon Brando, en homosexual y cobarde, a la incandescente y bellísima ventila-hombres Elizabeth Taylor, en un arquetipo perfecto de la atrasada mental, sin la menor personalidad ni originalidad (una de las más convincentes recreaciones interpretativas de la Taylor), e hizo deambular, entre la amodorrada y machista sociedad militar acuartelada, a una tan sensible como etérea, tan nostálgica como imborrable Julie Harris, en la mejor adaptación jamás llevada a cabo de una novela de la inquietante Carson McCullers: "Reflejos en un ojo dorado", consiguiendo estructurar un final apasionante, caprichoso y loco al abordar el siempre apasionante tema de los desmanes instintivos que pueden desembocar en un turbio asesinato. Al acometer el western con "Los que no perdonan" creó una deslumbrante concentración dramática y una opresión ambiental que se movió a través del drama fatalista y se prolongó vigorosamente desde la consabida odisea vivida por los granjeros americanos hasta la tragedia expropiadora y vejatoria en que se vieron inmersos los pueblos indios. Creó su humanismo más polémico, resistiéndose al encasillamiento formulario de la aventura medieval, a través de una fantástica historia de amor, casi surrealista, y de una extraordinaria calidad estética, en "Paseo por el amor y la muerte". Convirtió en retablo de maravillas uno de los más soberbios espectáculos del alcoholizado dramaturgo Tennessee Williams, "La noche de la iguana", cerrada unidad, marginal e insólita, de caracteres y convivencia entre un abanico desafiante de las más desaforadas, conflictivas y, finalmente, poéticas concepciones vivenciales, desparramando remordimientos entre el calor abrasante del Puerto Vallarta mexicano, potenciadores de una de las más agobiantes e implacables angustias sensuales en las que se ven inmersos sus tres personajes señeros. Tres perturbadoras interpretaciones que ocuparán ya por derecho propio un lugar preeminente en la historia del Séptimo Arte: las de Richard Burton, Ava Gardner y Deborah Kerr, que logran alcanzar, a través de la mágica visión hustoniana, el más idolatrado límite de su madurez y evolución creadora frente al podium de la cámara. En su último film, "Los muertos", adaptación de la novela corta de James Joyce, Huston nos brindará un mágico testamento desenfrenadamente elegíaco y barroco.

Humphrey Bogart, José Ferrer, Clark Gable ("Vidas rebeldes"), Burt Lancaster, Audrey Hepburn ("Los que no perdonan") Robert Mitchum ("Sólo Dios lo sabe") Albert Finney ("Bajo el volcán"), Katharine Hepburn, Kathleen Turner ("El honor de los Prizzi") y su propia hija, Anjélica Huston, ganadora del Oscar a la mejor secundaria por dicho film, revalorizaron también la importancia del actor al formar parte de los conflictos pasionales y de los sentimientos que los ligó al marco seductor, inconformista, culminante, magistral de este austero, sensual, nostálgico, poético, violento y populista director cinematográfico norteamericano. Abnegado apóstol de un estímulo creativo tan inteligente como poco común, y que, al margen de los particulares contenidos estéticos, definió su cinematografía como una búsqueda del particular aspecto poético de las cosas y de los ambientes, o crispado, quizás dotados de un romanticismo exasperado, de los seres humanos.

Nació el 5 de agosto de 1906 en Nevada, Missouri y falleció el 28 de agosto de 1987 en Middletown, Rhode Island, USA, de un enfisema.


Zoótropo mágico: actores, personajes


Trevor Howard: Nacido el 29 de septiembre de 1913 en Clifftonville, Kent, UK-Fallecido el 7 de enero de 1988 en Bushey, UK. Una presencia en la gran pantalla capaz de echar por tierra todas las convenciones y artificiosidad que pudieran conllevar los relatos cinematográficos. Ilustra magistralmente su personaje de Morel, concediéndole una apasionada óptica humana capaz de recuperar la perdida pureza épica de la más honorable actitud filantrópica en defensa de la Naturaleza contra el genocidio animal perpetrado en África.

Errol Flynn: Nacido el 21 de junio de 1909 en Hobart, Tasmania, Australia- Fallecido el 14 de octubre de 1959 en Vancouver, Canadá. "Cobro, pero me esfuerzo siempre en economizar mis medios", frase que se atribuye a este poco aspirante a actor que, acabó convirtiéndose, con su primer film "Captain Blood", 1935, de Michael Curtiz, en uno de los más indiscutibles sex-symbols masculinos de todos los tiempos. Mito, pues, de escasa vocación, fue capaz de abrirse y cerrarse las puertas del estrellato cinematográfico en su período de mayor esplendor. Fue portavoz de un ideal romántico basado en la indisciplina, aunque impulsiva y aventurera. Irrespetuoso con las normas morales de Hollywood, fue el perfecto héroe históricamente necesario en un arte popular y de masas como era el cine. Pero sus interpretaciones, como posibilitadas por fugaces rayos luminosos, capaces de encandilar a millones de espectadores, y que se desarrollaron a remolque de cualquier intelectualidad, vivieron una intensa y confusa reacción de banalidad frente al cine-mercancía y al cine-alienación en que él ejerció su mayor influencia. Fue la suya una existencia turbulenta y disipada. A finales de los 50, ya en sus últimos años, el alcoholismo, el sexo y las drogas minaron su vida, plagada de escándalos y persecuciones fiscales. Tres veces divorciado. Sus postreras apariciones cinematográficas, "Fiesta", 1957, y "Las raíces del cielo" (donde todavía se muestra capaz de infundir vida, dotándolo de su magnetismo inolvidable, al alcohólico, atormentado y desprendido Major Forsythe), 1958, captan a la perfección la materialización decadente, bien que estremecedoramente hipnótica, de este jerarca supremo de la insubordinación interpretativa, capaz de reinar en el terreno de la fantasía romántica sin fronteras, y que, todavía hoy, permanece como una de las más inquietantes y atractivas leyendas de la era dorada de Hollywood. "Tuvo el mundo entero en la palma de sus manos, y no supo aprovecharlo": Irving Rapper, director cinematográfico.

Juliette Gréco: Nacida en Montpellier, sur de Francia, el 7 de febrero de 1927. Cantante y musa indiscutible de la vida bohemia del Barrio Latino Parisiense y de Saint-Germain-des-Prés. A los 16 años fue apresada por la Gestapo durante la invasión alemana en París. Ayudada por la actriz Hèléne Duc, estudió arte dramático e intervino en algunas obras de la Comédie Française. Auténtica leyenda del club Le Tabou, que abrió sus puertas en 1947, punto de encuentro de jóvenes bohemios, y frecuentado también por Boris Vian y Jean Cocteau. Raymond Queneau escribió para ella la extraordinaria "Si tu t'imagines" y Jacques Prévert ""Les feuilles mortes". Intervino en 1949 en "Orphée", dirigida por Cocteau. Su triunfo en el Olympia Music-Hall de París, en 1954, fue igualmente legendario. Obtuvo le "Grand Prix" con la canción "Je hais les dimanches", escrita por Florence Véran y Charles Aznavour.

Recibió ofertas de Hollywood. Un fugaz affair amoroso con Darryl F. Zanuck, gran magnate de la 20Century Fox la conduce directamente a intervenir en "Las raíces del cielo", 1958, en el papel de Minna, como regentadora de un nightclub en el África Ecuatorial Francesa; interpretación a la que concede cierto etéreo y oscuro misticismo erótico, aunque todo su provocativo erotismo carnal se desplace luego hacia una pública defensa y entrega de platónica relación con Morel, uniéndose a él en su humanitaria cruzada en defensa de los amenazados elefantes.

Tras interpretar "Crack in the mirror" (un remake de "The rope" de Alfred Hitchcock), 1960, también para Zanuck, dirigida por Richard Fleischer, junto a Orson Welles y Bradford Dillman, vuelve a Francia, e interviene en la serie francesa para televisión "Belphégor". En 1965 contrae un nuevo matrimonio con el actor Michel Piccoli. Y en 1967 sus conciertos en Berlín acaparan audiencias de más de 60.000 espectadores. En Chile, bajo la Dictadura Militar de Pinochet, Juliette Gréco intervino en un famoso concierto donde se opuso abiertamente a la política del nefasto dictador. Uno de sus últimos multitudinarios conciertos tuvieron lugar del 8 al 20 de Enero de 1991 en el Olympia de París.

Esta musa del existencialismo francés jamás se definió a sí misma como una estrella: "No lo soy. Las estrellas existen únicamente en el cielo. El resto somos seres de carne y hueso. Tan sólo creo y amo a esos seres especiales que irradian una atracción especial. Soy contestaria, lo he sido siempre y ello me hace feliz"


África dialogada

Amigos y enemigos de Morel: (Noche en el nightclub. Orsini-Herbert Lom, cazador de elefantes a Minna) "Necesito pasar esta noche en la ciudad. Quiero una habitación. (Minna) Lo siento, no queda ninguna. Le advierto que hablé con Habib. Me aseguró que usted podría ayudarme. ¿Comprende?... Puedo, pero no quiero. ¿Qué tengo yo de malo? Soy bastante mejor que los que están ahí. Tal vez, monsieur Orsini. Pero no me gustan sus ojos, ni su modo de hablar. No. Me es usted desagradable (Minna lo aparta de sí)... (Habib-Gregoire Aslan) Oye, Minna, preciosidad. ¿Qué recado te dio Morel para mí? (Mirada de desprecio en Minna) Dijo que si os sorprendía a ti y a toda esta basura disparando a los elefantes, os mataría. (Comentarios en el nightclub) Y ese lunático de Morel pidiéndome constantemente que firme una petición así de larga para prohibir la caza de elefantes en África... A mí me lo ha pedido también. Es un pajarraco extraño. Ha intentado impedir que coja ejemplares para los circos. ¿Qué espera que haga, morirme de hambre? Por lo visto va a todos con esa historia. (Orsini) A todos menos a mí. Pero yo voy a procurar que mis colaboradores le quiten esa idea. Voy a hacer que esta ridícula petición sea motivo de burla en la comarca. ¿Lo veis? Ja, ja, es un valioso documento... Tu mujer debe ser la primera de su lista negra. ¿Cuántas piezas ha cazado?... Ciento cinco hasta hoy, para ser exactos, sin contar leones, búfalos y otros animales. (Orsini lee la petición de Morel) Pero escuchen esto: El hombre en este planeta ha llegado a un punto en que necesita toda la amistad que pueda encontrar. En su soledad tiene necesidad de todos los elefantes, de todos los pájaros, y de todos los animales. Ja, ja, ja. Esperen, esto es mejor: Es hora de demostrar que somos perfectamente capaces (Entra Morel-Trevor Howard en el nightclub. Minna le sonríe) de conservar este gigantesco y espectacular esplendor que todavía vive en nuestro medio, que probemos que aún hay sitio entre nosotros para la libertad. ¡Libertad!, este tipo necesita una camisa de fuerza. Oigan este párrafo: Nosotros, los firmantes, pedimos la prohibición de la caza en todas sus formas, empezando por la más innoble: la caza de trofeos por placer. (Morel empieza a repartir peticiones) (Orsini) Dígame, amigo, ¿cuántas firmas ha conseguido ya para su petición. ¡Ninguna! (Minna) ¿Me da una?, por favor. Quiero firmar... Gracias, muchas gracias.... Un momento (Forsythe-Errol Flynn, un tanto bebido y balbuciente) Yo también quiero firmar. ¡Tres hurras por los elefantes! Mademoiselle, por favor, quiere ponerme un vasito de whisky. ¡Y quiero brindar por los nobles animalitos. Deme una petición... o cómo se llame eso. Bueno, señor Morel, debo decirle que me ha impresionado lo que ha escrito ahí. Me gusta mucho eso de que necesitamos amistad. ¡Amistad! Me gusta,... (tras firmar) ahí tiene... (Orsini) ¡Vaya, vaya!, su principio resulta impresionante. Esa... (con ironía) dama con su amplia experiencia de la naturaleza humana, según tengo entendido más que del reino animal, y este simpático y valiente militar con su gloriosa hoja de servicios. Dos firmas muy edificantes, debo reconocerlo. (Morel lanza a todos una mirada de desafío y explota) ¡No se puede exterminar una especie animal sólo para fabricar bolas de billar y figuritas de ajedrez! (Sale enfurecido)

El Gobierno persigue a Morel

(Saint Denis-Paul Lukas, representante del Gobernador) "Tenían razón. Veo que no se encuentra solo. (Morel) Un hombre nunca está solo cuando lucha por una causa justa. (Saint-Denis, dirigiéndose ahora a uno de los colaboradores de Morel) Monsieur Peer Qvist, cuando le ofrecimos hospitalidad en África Ecuatorial suponíamos que su objeto era una misión científica. (Peer Qvist-Frederick Ledebur) Y así es. Proteger todas las especies. Las raíces vivientes que el cielo ha plantado en la tierra. Toda mi vida he luchado por su conservación. El hombre destruye los bosques, envenena los océanos, empozoña el aire con radiaciones atómicas. Los océanos, los bosques, las especies animales, la humanidad son las raíces del cielo. Envenene el cielo y sus raíces y entonces el árbol morirá, las estrellas desaparecerán y el cielo será destruido. (Saint-Denis a Watari-Edric Connor, nacionalista africano que lucha contra el dominio colonial francés) ¡Ah, está usted ahí. Creí que era la última persona en el mundo interesada en la protección de los elefantes. (Watari) Monsieur Morel ha señalado con insistencia que los elefantes son el símbolo de la libertad de África. Ellos serán el emblema de nuestras banderas, y cuando tengamos el poder en nuestras manos, les protegeremos. (Saint-Denis a Morel) Se da cuenta de que está siendo explotado con propósitos políticos. (Morel) Me está ayudando. Usted lo ayuda a él. Nos ayudamos el uno al otro. Personalmente me tienen sin cuidado los nacionalistas. Pero nadie prestó el más mínimo interés a mi petición. Ahora que está siendo utilizado políticamente se asustan. Aún están a tiempo de remediarlo. Morel, si se rinde ahora y vuelve conmigo sólo se le castigará con una amonestación o un simple arresto. ¿Le han enviado para que me diga ésto? No valía la pena cansar a su caballo. La Junta de Protección de la Naturaleza se reunirá en el Congo. Cuando la ley prohiba matar a los elefantes, entonces será cuando me rinda. Pero antes no... (Saint-Denis) Se continuará matando, decida lo que decida la Junta. Lo llevamos en la sangre. (Morel siniestramente) Se apunta en el delicado lugar entre el ojo y la oreja. Sólo porque es grande y hermoso. A eso le llaman un buen disparo. Dicen que los elefantes deben desaparecer en la aurora del progreso. Bloquean las carreteras, tiran los postes de telégrafos. No hay sitio en el mundo moderno para tal libertad. Pues yo no lo acepto..."

Amistad

(Minna, tratando de despertar a Forsythe de su modorra alcoholizada) "Dick, despierta... ¿Que ocurre? ¡Ah, eres tú, Minna, cariño! Otro whisky doble, por favor... quiero que me ayudes. Tengo que ver a Morel. ¿Morel? Sí, tú le conoces. Firmaste su petición. ¡Ah, Morel!, te refieres al tipo de los elefantes. Crees que es tan fácil encontarle. Nadie puede... He hablado con alguien que le conoce. Que sabe dónde está. Tengo un mapa. Quiero que me ayudes. Nos necesita. Bueno, cariño, si me lo pides así como voy a negarme."

(Cy Sedgewick-Orson Welles, informador televisivo neoyorkino, convaleciente en el hospital de una perdigonada propinada por Morel) (El Gobernador francés-André Luguet) Monsieur Sedgewick, vengo a expresarle mi profundo sentimiento en nombre del Ministro de Colonias por esta tremenda y desagradable contrariedad. Desgraciadamente, en estos momentos hay un hombre que... Sí, lo sé, Morel. Tengo aquí precisamente un manifiesto dirigido a mí... Ni que decir tiene que el culpable será apresado y recibirá el castigo que merece... (Sedgewick con admiración) Deje a ese hombre en paz. ¿Me ha comprendido? Deje que siga adelante. ¿Entiende lo que le digo, Excelencia? Me es simpático. Nos escupe a todos nosotros y tiene razón. He estado esperando toda mi vida que alguien me escupiera. Por fin una persona se atreve a hacerlo, y sabe una cosa: de pronto me resulta soportable ser hombre. Así que se lo advierto. Déjele usted en paz... Querido monsieur, yo no acepto órdenes de nadie... Escuche Gobernador, mañana regreso a New York y cuando esté allí no sólamente voy a conmover al ingenuo y numeroso público de la televisión con mi historia sobre el hombre que se atreve a escupir a la humanidad en plena cara, sino que si algo le sucede a esa persona, Excelencia, conseguiré que el nombre de su país sea detestado, odiado. ¿Lo ha oído? Haré que su país sea odiado incluso por las generaciones venideras"

Castigo

(Morel y sus seguidores irrumpen, armados, en un baile organizado por el matrimonio Orsini) "¿Qué significa esto? (Morel) Hemos venido a hablar como madame Orsini. Comunicado de la Junta Mundial de Protección a la Naturaleza: Se ha sancionado a madame Orsini, campeona de caza mayor en África Ecuatorial. La acusada ha sido sentenciada a castigo público. La Junta recuerda que no tiene carácter público y que las consideraciones de ideología, doctrina, partido o raza, clase o nacionalidad son completamente ajenas a ella. Apela sólo a los sentimientos y a la dignidad de cada ser humano, sin discriminación, y con la única idea de pedir un nuevo acuerdo internacional sobre la protección de la Naturaleza, empezando por los elefantes, la mayor compañía del hombre en la tierra. Y ahora la sentencia se va a cumplir. Profesor Peer Qvist... ¿Cómo se atrevan ustedes a tocar a mis esposa...? No se acalore, monsieur Orsini. Para evitar cualquier mal entendido he designado al más viejo de entre nosotros para que le propine doce buenos azotes. (Peer Qvist toma a madame Orsini y la azota) ¡Ah, déjeme! ¡Cómo se atreve!, bruto, ... déjeme, ahhh, déjeme en seguida, bestia,... esto es un ultraje! (Morel cuenta) ¡Uno, dos, tres!... ¡Basta ya!,... cuatro, cinco, ... ¡Déjeme, se lo ordeno, Orsini, Orsiniiii!... Seis, siete, ocho. ¡Basta, esto es horrible, ahhh!... Nueve, diez, once... ¡Basta, basta!... Doce. Eso es todo por esta noche. (Salen Morel y sus colaboradores) (Orsini, gritando) ¡Me las pagará, cerdo!"


Grandeza

(Morel, observando junto a Minna, al alba, una inmensa manada de elefantes que se dirigen al lago a beber) "Fíjese Minna, fíjese. Mire, tal vez sea el mayor conjunto de carne viviente que se haya visto jamás en muchos años. (Minna) Usted hablaba de la libertad gigantesca, eh. Ahora lo entiendo. (Morel) Son las criaturas más fuertes de la tierra y ningún animal les teme. Son amigos de los pájaros, las gacelas conviven con ellos. El hombre. Sólo el hombre es su enemigo. Él los persigue, los mata y martiriza, transformando su mansedumbre en odio. Y después los llama fieras. La mayor matanza de elefantes de la historia tuvo lugar aquí hace treinta años, durante una sequía como esta. Los buscadores de marfil aprovecharon la oportunidad y mataron quinientos en un día. Cuando aquello acabó el lago estaba rojo por la sangre. Sangre de infelices animales que se alimentan de las ramas tiernas de los árboles del bosque. Y también de los lirios salvajes del río."



Una figura solitaria, en su patria o fuera de ella, reflejo de las inquietudes ecológicas que deberían latir en el acervo cultural humano, irrumpirá en una nueva matización psicológica, estremecedora, capaz de proscribir la violencia, tantas veces furibunda, errática y carente de sentido, a la que se entrega ese eterno coloso con pies de barro que es el hombre. Inspiración siempre realista, aun a través de una positiva aportación artesanal, de un gran creador de atmósferas inquietantes y amenazadoras, John Huston, premiando las retinas de los espectadores con la audacia plástica de los escenarios exteriores, que siempre abren una inconmensurable dimensión imaginativa y subjetivista a la producción cinematográfica. Un homenaje meritorio al más voluntarioso reflejo moral del hombre, que, acentuado por cierto extremismo de las soluciones formales, se orienta hacia el estudio naturalista del humanismo, proscribiendo cuanta sordidez puede promover esa tentación de lo irracional que también late soterrada en la tradición cultural de Occidente.


Plenitud sonora de un gran sound-track de Malcolm Arnold, que parece despuntar con el alba y alcanzar el mayor calor vital con los liberadores atardeceres africanos. Y que enriquece como un nuevo ornamento expresivo este canto profético a la libertad en el planeta, acompañando de manera profética la estructura narrativa que converge en la Naturaleza, y en el sentido liberador y rebelde de su protagonista principal.

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viernes 22 de mayo de 2009

Daisy Miller (Una señorita rebelde)

"Daisy es el prototipo de todas aquellas jóvenes turistas americanas capaces de desconcertar continuamente a sus enamorados europeos con una inocencia siempre puesta en tela de juicio, dado que se hallan dispuestas a soñar con sus Giovanellis europeos y desean hallarse junto a ellos bajo la luz de la luna. Y en lo que al varón estadounidense concierne, hay que decir que éste siempre fracasa en su comprensión por esa ingenuidad de la joven americana, candorosa por definición, tan mítica como inocente. Y que dicha pureza no sufre el menor desdoro por nada de cuanto diga o haga... Daisy Miller hizo cuanto le apetecía para satisfacción de ella misma y disgusto de los demás"


Siempre nos aguardará un consuelo de ilusión. Los que entienden la belleza prefieren la palmera solitaria en nuestros eternos jardines cerrados, aunque se hallen afincados en el entono únicamente participativo de la rigidez intolerante de la alta sociedad. Penitencias que se contuvieron en la delicia opaca de una agónica contrición con respecto al comportamiento humano. La sociedad Victoriana decimonónica habló siempre con el ardor, cifra y pompa de sus títulos. Y poseyó su ángel con espada. Ángel fácil al cabo, de buena vida, reflejado en mil medallones que recordaban a su portadores, sobriamente, aunque a través de un mundo artesonado por un ambiente barroco y la lumbre gozosa del lujo, su tributo constante a los elogios protocolarios. Una sociedad capaz de morir avenida a sus errores, sin perder una sonrisa, pero exhibiendo la imaginería, siempre confortadora en sus noches de angustia e incomprensión, de su ángel armado. Su precioso mancebo intolerante multiplicado en sus salas, en sus dormitorios, en sus libros, en sus diócesis, o en el primor reconfortante, dispendioso, murmurador y cerrado de sus fiestas palaciegas. Ningún otro ángel hallaría su monasterio en la complaciente igualdad que tan sólo concedía su especial audiencia a esos oratorios ungidos por la firma de un rey o una reina. Los mismos que solemnizaban toda fórmula de intimidad etiquetada y ritual, sancionadora de los preceptos intransigentes de aquella sociedad encumbrada donde hombres y mujeres, como viejos caudillos de un vasallaje que los envolvía en incomprensibles arrebatos de superioridad, espiaban, no obstante, otros entusiasmos repentinos para contenerlos. Y desconfiaban del fortuito tumulto juvenil, dejaban un suspiro de desprecio en sus ceremoniosas fiestas, y, tras excluirse de la menor confirmación de sus propios deseos ocultos, acababan desfalleciendo de miedo ante los preceptos que iluminar pudiesen de venturosas y novedosas eficacias nuestra humana libertad de acción. Una luz capaz al fin de atravesar la tierra, y caer sobre nuestra frente como una bendición, probablemente frente a una graciosa cabellera de ángel femenino, devolviéndonos los colores de una nueva salud que, esta vez, se mostraba incapaz de contener cualquiera de sus inesperados entusiasmos.


"Tour de force"

Por primera vez el elemento psicológico del drama, que viviera grandes y trágicas leyendas amorosas, entre atmósferas poéticas e inquietantes gracias a rigurosas y magistrales composiciones plásticas, utilizando para su acepción más epidérmica la influencia determinante de la literatura y del enérgico estimulante romántico que para Europa significara el siglo diecinueve, realiza un auténtico tour de force en abierta oposición al tono moralizante, subjetivo e intimista, que conllevan esas conmociones perturbadoras de cuanto estigma pasional, destructivo, infatigable y extremista suele secundar la más exacerbada expresión del amor.




"Daisy Miller" parece adelantarse a la distancia de los tiempos. En lo más oscuro de su voluntad, que se resiste a acatar la obstinación de aquel rancio dogma moral, tan irracional como absurdo, impuesto por la alta Sociedad Victoriana en casi toda Europa, ama, y seguirá amando después de la muerte. Pero, antes, su pasión, su virginal concepto de la libertad, siempre pura en sus deseos y en su promesa de vida auténtica, iluminará de vehemencia y exaltación los anquilosados principios de unas conciencias que rehuyen despavoridas, intolerantes, la caricia de unos ojos que prefieren observar un mundo redimido de sus retorcidos apartamientos de superioridad, de su firmamento melancólico cuyo único brillo semeja un paño de funeral, y de sus dolorosas mortificaciones que se revuelcan en los retablos agónicos y peligrosos de la hipocresía más altanera en cuanto a sus propias emociones se refiere.

Frente a esos relojes decimonónicos, cuyas campanadas suenan más a lloros de mujeres revolcadas de contrición y lástima ante el gesto desdeñoso de sus envarados caballeros, que a alegrías de una preciosa claridad interior, ungidas por el más libre de los alborozos, que jamás blande la vieja espada envidiosa y vindicativa de la insignia jerárquica, y se condecora a sí misma con una liturgia menuda, ingenua, amorosa y adolescente, se alzará una nueva doctrina del comportamiento femenino que ha aprendido a conocer el valor de la insignificancia que conlleva la oscura virtud social de las clases preponderantes. Y la luna que brillará sobre esa noche Victoriana, luna grande capaz de adueñarse de todas las magnificencias de una juventud que palpamos en el corazón como una mano de excelsa suavidad; luna que ondula en el silencio de una pasión que no se sonroja de la delicia de sus sentimientos; una luna, al cabo, toda belleza, que esconde mieles de rosas, lejos de tantos rígidos y huecos terciopelos negros, y en la que estaban ahí amasados (ante los ojos atónitos, desorientados, y por ello mismo inmisericordes, de Mr. Frederick Winterbourne, -agónico, perplejo y casi amortajado galanteador de la desprendida "señorita rebelde"-, siempre tan ciegos, tan espesos y no menos rancios y asustadizos que las ligaduras de su bullonado estatus social), los dedos de alabastro, los virginales cabellos de diosa, el rostro radiantemente bello de Daisy Miller.


El novio italiano de Daisy

(Mr. Winterbourne) "Le acompaño a casa... (Annie "Daisy" Miller) ¡Oh, no!, voy a ver a señor Giovanelli. ¿Tiene que ir? Claro, me está esperando. No le ayudaré a buscarlo. Lo encontraré. ¿No me ira a dejar? Verá, ¡ahí está!, apoyado en el árbol. ¿No le parece atractivo? (Mr.Winterbourne, escandalizado) ¿Pretende hablar con eso? No me comunicaré por señas (ríe Daisy) ¡Iré con usted! Se está poniendo autoritario. Quería expresar lo que pienso. Nunca he permitido que ningún caballero me dé órdenes. Debería escuchar a un caballero alguna vez, al adecuado. (Aparece Ms. Walker en su coche) Buenas tardes, Ms. Walker, ¿qué la trae por aquí? Esa joven no debería hacer lo que hace. Pasear con dos hombres. La ha visto mucha gente. No está bien armar escándalo, ni que ella se eche a perder. (Mr. Winterbourne comprensivo) Es inocente. (Ms. Walker encendida) ¡Es imprudente! ¡Quién sabe hasta dónde puede llegar! ¿Ha conocido a una persona más estúpida que su madre? Permite que su hija... (Se acercan Daisy y su acompañante) Hola. Me complace presentarle al Sr. Giovanelli. Ms. Walker, quien amablemente le ha invitado a su fiesta. Suba y pasee conmigo. Me encanta estar donde estoy. ¡Quizá, pero no es costumbre aquí! Si no paseara, me moriría. Pasee con su madre. Ella jamás ha dado diez pasos seguidos. No soy una niña. Ya tiene edad para ser razonable y no ser tema de conversación. ¿Qué quiere decir? Entre en mi coche y se lo explicaré. Creo que prefiero no saberlo. ¡Pero debería!, ¿o prefiere ser considerada una insensata? ¡Por Dios!, ¿Mr. Winterbourne quiere que suba al coche? ... Creo que debería. ¡Qué idea tan anticuada! Si esto es inadecuado, yo también. No debería hacerme caso. Adiós, disfrute del paseo Ms Walker. (Mr. Winterbourne recriminando a Ms. Walker) Eso no ha sido muy conveniente. Sólo he querido ser sincera. Sólo ha conseguido molestarle. Si pretende ponerse en evidencia, cuanto antes lo sepa, mejor. Su intención no era mala. Eso pensaba hace un mes. ¿Y qué es lo que ha hecho? ¡Todo lo que aquí no se hace! Sentarse en esquinas con misteriosos italianos. Bailar toda la noche con uno sólo. Recibir visitas muy tarde. La madre desaparece... El hermano se acuesta a las dos. ¡Hará lo que ve! Cuando un caballero va a buscarla, los criados del Hotel se ríen. No debería hacer caso de los criados. Su única falta es tomar a Giovanelli por caballero, un mal imitador. ¡Exactamente! Una especie de artista mediocre. No lo conoce. ¡Es indiscreta por naturaleza. ¿Cuánto hacía que la conocía! Dos días. ¡Y el comentario sobre su viaje a Ginebra! Los Miller nunca han sabido nada sobre el buen gusto. Aunque, por otra parte, Ms. Walker, tal vez hayamos vivido demasiado tiempo en Ginebra. No debería... ¿El qué? ¡Animarla!, flirteando con ella. Dando pie a que siga exponiéndose. ¡Déjela!... No sé hacer algo tan inteligente. Me gusta mucho. Pues no la deje provocar un escándalo. No hay nada escandaloso en mis intenciones. He dicho todo lo que debía. si desea volver con ella..."

Henry James

Novelista, crítico y dramaturgo norteamericano (New York 1843- Londres 1916). Narrador introvertido, su novelística adolece de una mesura versátil, no excesivamente compleja, bien que las psicologías descriptivas de sus personajes le concedan a sus tramas un profundo y agradecible contenido humano, siempre dotados de gran intelectualismo y muy alejados del rompecabezas que crear pueda el caos de la acción. Establecido en Inglaterra a partir de 1875, consigue publicar en 1878 su novela corta "Daisy Miller" en una revista. Tras el éxito popular que la misma alcanza, aparece ya como volumen en 1879.



Henry James utiliza la historia de Daisy como tema de discusión sobre las idiosincrasias Europeas y Norteamericanas, y su proximidad en cuanto a los prejuicios que laten en ambas culturas. En una de sus cartas, Henry James expresa que la indisciplinada señorita Miller es una víctima de una "social rumpus" ("ruptura social"), que planea tanto sobre su propio pensamiento como bajo su propia e inocente atención. La joven Daisy es una flor en plena lozanía, sin inhibiciones y en la primavera de su vida. Ofrece un tajante contraste con Winterbourne, un joven norteamericano que estudia en Suiza (y en el que queda también reflejado una especie de autorretrato juvenil del propio Henry James y su jamás desmentida sexofobia), contaminado por la cultural preeminencia petulante de la aristocracia Europea, que dicta sus rígidas normas de comportamiento, y cuya sugestión le lleva a extremar su rigurosidad puritana, apartándole de la promiscuidad en que se desenvuelven otros compatriotas suyos, símbolos, como la misma Daisy Miller, enfebrecida e ingenua turista estadounidense, del desprejuicio y la puridad de la nueva Norteamérica.

Y en defensa de esa atmósfera de inclemente moralidad, representada por la aristócrata Mistress Walker y la propia tía de Winterbourne ("Esa Anne Miller que corretea por ahí, día tras día, hora tras hora, como durante la Edad de Oro. No me imagino nada más vulgar que eso") capaz de mofarse de la baja extracción de aquellos "cándidos, bien que adinerados, turistas estadounidenses", se mostrará más ambivalente en su salvaguarda de las conveniencias sociales y dubitativo ante el error que conllevar pudiera cualquier trato excesivamente amistoso o afectivo con sus compatriotas, y muy en especial con la emancipada familia Miller. Las flores como Daisy Miller mueren en invierno..., o perecen, lisa y llanamente, atrapadas por la Fiebre Romana ("la endémica malaria padecida por muchos ciudadanos romanos durante el siglo XIX"), tras haber acaparado la atención y admiración, únicamente, de sus gentiles galanteadores extranjeros.

Enfermo de amor

(Daisy) "Hola, Mr. Winterbourne. ¿Se sentirá solo? ¿Por qué? ¿No encuentra con quién pasear? No tengo la suerte del Sr. Giovanelli. ¿Piensa que he salido mucho con él? Como todo el mundo. Sólo fingen estar sorprendidos. Pero la verdad es que no les importa nada de lo que hago. Resulta que sí. No le invitan a salir. ¿No lo ha notado? Lo que he notado es que usted es tan rígido como un palo. Ni la mitad que muchos otros. Debería usted verlos. ¿Qué harían? Le harían el vacío. ¿Sabe lo que significa? (Daisy entristecida por primera vez) ¿Lo que hizo Ms. Walker la otra noche? No creo que dejara usted a las personas ser tan antipáticas conmigo. Pensé que iba a decir algo. ¡Sí!... ¿Sí? Quiero decir que... ¿Sí? su madre dice que cree que usted está prometida. Bien, eso creerá. Ya que lo menciona, ¡lo estoy! ¿No lo cree? ¡Por supuesto que no! (Daisy se aleja con Giovanelli) ¡No, no se lo cree! Pero, si lo cree, ... ¡no, no lo estoy!..."

En el Coliseo

(Charles, compañero de Winterbourne, habla con él) "Hoy he visto a Miss Miller. ¿Dónde? En el Palacio Doria. ¿Estaba sola? No. Con ese italiano que siempre lleva un ramo de flores en la solapa. Es muy bonita... ¡Sí!, y un misterio. ¿Cómo dice? No sé si llamarla imprudente o... ¿Inocente? Sí, supongo. Sin duda es usted todo un galán. Parece que siempre está con él y no en los ambientes más selectos. Será simplemente una chica americana y punto... Sea lo que sea que no he entendido sobre ella, ya es demasiado tarde. Se ha dejado llevar por Giovanelli. No creo que haya perdido nada. Anímese, será un buen verano. Nos veremos en la Ópera.

(Winterbourne penetra en el Coliseo. Risas. Aparecen Daisy y Giovanelli) Nos mira como miraban los leones a los cristianos. Esperemos que no sea por hambre. (Giovanelli) Primero yo, y usted de postre. Pero si era Mr Winterbourne. (Frederick hace ademán de irse) ¿Me deja con el saludo en la boca? ¿Cuánto tiempo lleva aq? Pues... toda la noche. Ya veo... Nunca había visto nada tan curioso. No pensará que es curioso un ataque de malaria. Así es como se coge. (Giovanelli) No temo por mí mismo. Lo digo por la señorita. Ya le he asegurado que era una indiscreción... ¡Bah!, nunca enfermo. Tengo una salud de hierro. Quería ver el Coliseo a la luz de la luna. Lo hemos pasado de maravilla. Si hay riesgo, Eugenio tiene unas pastillas. Le aconsejo que se tome una lo antes posible. Tiene mucha razón. Iré a ver si están los cocheros. (Daisy y Winterbourne se quedan solos) Me enloquece el Coliseo. ¿Por qué está siempre tan serio? ¿Creyó de verdad que estaba prometida?... No importa lo que creí el otro día. Bien, ¿qué cree ahora? Creo que no importa si está prometida o no. (Aparece Giovanelli) Deprisa, si llegamos a casa antes de las doce, estamos a salvo... No olvide las pastillas de Eugenio. (Daisy con tristeza) ¡Me da igual tener la fiebre romana o no!...

(En la Ópera, días después. Comentarios)... Muy enferma, he oído. ¿Está en el hospital? No, la cuida su madre, pero la han visto varios médicos. No me sorprende. (Winterbourne, intrigado, a Charles) Charles, ¿qué sabe de Daisy Miller? Ah, es verdad, no sabe. ¿Saber qué? La muy tonta ha cogido la malaria. Dicen que está muy mal. (Winterbourne sale corriendo) ¡Freddie!, adónde vas?. ¡Freddie!..."


Peter Bogdanovich

Nacido en Kingston (New York) el 30 de julio de 1939. Su padre fue un pintor y pianista servio, y su madre descendía de una rica familia judío-austriaca, que emigraron a Estados Unidos huyendo de la Alemania Nazi. Estudió con Stella Adler, famosa profesora de arte dramático. Influenciado por los críticos franceses, escribió para Cahiers du Cinema, especializándose como comentarista de los films de François Truffaut. En 1968 dirige su primera película "Targets". Su segunda película "Voyage to the Planet of Prehistoric Women" del mismo año queda definitivamente relegada en el olvido. Inicia de nuevo su etapa de periodismo como comentarista cinematográfico y se granjea la amistad del legendario Orson Welles.

Cuando en 1971, a la edad de 32 años, rueda "The last picture show", es recibido por la crítica como el nuevo "Wellesian wunderkind" ("el nuevo chico prodigio Wellesiano"). El film recibe ocho nominaciones a los Premios de la Academia, en el que se incluye a Bogdanovich como Mejor Director. Ben Johnson y Cloris Leachman se alzaron con los dos Oscar a los mejores actores secundarios. Cybill Shepherd, modelo de 19 años, interpreta el papel principal de la película, y mantiene un tórrido romance amoroso con Bogdanovich que se divorciaría de su esposa, la diseñadora Polly Platt.




Los mayores éxitos cinematográficos de este joven realizador se suceden en la década de los 70: "What's up, Doc",1972, con Ryan O'Neal y Barbra Streisand, "Paper Moon", 1973, de nuevo con O'Neal y su hija, la jovencísima Tatum, que recibe al Oscar de la Academia a la mejor actriz secundaria, y "Daisy Miller", 1974, de nuevo con Cybill Shepherd y el malogrado actor juvenil Barry Brown, magnífica adaptación de la novela de Henry James, que, no obstante, recibe una fría acogida por parte de la crítica (pese a todo, será elegida como una de los "1000 Best Movies of all time" por los críticos del New York Times, y Bogdanovich siempre la considerará, entre todos sus trabajos, como "su pieza personal favorita") . Se sucede un nuevo fracaso al dirigir "At long last love", 1975, musical de Cole Porter, en la que Cybill Shepherd interpreta con su propia voz las canciones de Porter. El famoso "affair" con la actriz finalizará en 1978.

En 1981 rueda "They all laughed", una de las últimas apariciones de la la legendaria Audrey Hepburn, y en la que hace su debut Dorothy Stratten, bellísima "1980 Playboy Playmate of the Year", de la que Bogdanovich acaba enamorándose. Casada con Paul Snider, su patrocinador, hombre de carácter agresivo e inestable, morirá aquel mismo año asesinada por Snider, quien, tras el crimen, acabaría suicidándose. La historia de Dorothy Stratten será llevada a la pantalla en 1983 con el título de "Star 80", por Bob Fosse, y en cuyo film el mismo Bogdanovich se interpretará a sí mismo, con el nombre ficticio de Aram Nicholas. Su reputación será objeto de todo tipo de habladurías y murmuraciones cuando contrae matrimonio, en diciembre de 1988, con la joven de 19 años, Louise Stratten, hermana de la fallecida Dorothy, de la cual se divorciaría en 2001. En 1999 dirige una secuela de su película de mayor éxito "The last picture Show", que recuperará a los personajes del su antecesora, y que, bien recibida por la crítica, se estrena con el título de "Texasville", esta vez rodada en color, y de nuevo con Cybill Shepherd. Tras la misteriosa muerte de Natalie Wood, realiza, en 2004, un famoso docudrama para la ABC TV: "The mystery of Natalie Wood".

Retirado de la dirección cinematográfica, en la actualidad aparece como presentador en el programa "The Essentials" en TCM. "The last picture show" pasó a formar parte en 1998 del registro nacional de cinematografía en USA por la "Junta Nacional de Preservación de la Librería del Congreso", reivindicada como uno de los clásicos más preeminentes de la década de los 70, honor con el que únicamente se distingue a los films más sobresalientes y representativos dentro del panorama cultural del Séptimo Arte.

Cybill Shepherd

Nacida el 18 de febrero de 1950 en Memphis, Tennessee USA. Bella y famosa modelo (elegida "Miss Teenage Memphis 1966") se convierte en "Model of the year" en 1968. Debuta brillantemente en "The last picture show" 1971, de Peter Bogdanovich, iniciando una relación sentimental con el joven director cinematográfico. Su segunda película será "The heartbreak kid", 1972, dirigida por Elaine May. En la misma, su interpretación adolece de ciertas improvisaciones poco acertadas, alentadas por su directora.

En su siguiente film, de nuevo con Bogdanovich, "Daisy Miller", 1974, como la epónima heroína de la novela de Henry James, la Shepherd adquiere ante la cámara su más grácil liviandad (pese a que los críticos de la época se ensañen con el film considerándolo un auténtico desatino, de frívola e inaceptable perspectiva en cuanto a lo que el exilio turístico americano pudo significar en aquella provecta Europa del diecinueve).

"Daisy Miller", a través de Cybill Shepherd, enamorada e irónica, romántica y barroca, agridulce y libre, resplandeciente y conmovedoramente hermosa, frente a los conceptos morales y amorosos de la encopetada Sociedad Victoriana decimonónica y sus puritanas conciencias, se convierte a los ojos del espectador y de sus admiradores en un testimonio de impresionante fuerza expresiva, prefigurando en su viraje moral un nuevo y atractivo tipo romántico (adelantándose así a un género que hallaría sus mayores resonancias en los importantes ciclos costumbristas que más tarde llegarían de mano de Ismael Merchant y James Ivory). Cybill Shepherd impone, por medio de uno de los más brillantes ejercicios de estilo interpretativo, la más fascinante faceta de su personalidad, resaltada, al igual que sucediera en "The last picture show", con particular eficacia por la magnífica dirección de Peter Bogdanovich. Libre y desenvuelta, erótica y excitante, seductora y misteriosa, la Shepherd crea el arquetipo acelerado de un nuevo mito erótico, soliviantador y proscrito del reaccionario y caballeresco universo masculino incapaz de aceptar la menor osadía de liviandad en la mujer (pergeñado también en la misoginia novelística de Henry James), que no se avendrá tampoco a admitir aquel otro atavío mítico que revistiera a personajes tan irreales y distantes como las divas de antaño, y cuyo puritanismo restrictivo quedó vinculado a la fuente bautismal, siempre al acecho de los sacrilegios, de aquellos santuarios que gestaron sus rebuscadas, asépticas, ponderadas, y tranquilizantes estampas confiándolas al misterio tradicionalista de aquella inmaculada sociedad de matriarcal procedencia virginalmente romántica.

Annie "Daisy" Miller - Cybill Shepherd, muchacha-que-quiere-vivir-su-vida lejos del desdeñable capítulo de una sociedad engañosamente confortable (intolerantemente excitada por una imaginación erótica, y siempre encubierta por las más rebuscadas e insostenibles argucias freudianas), exigirá a los dioses del Olimpo que la bajen a la tierra, y la conviertan en un auténtico ser humano.

Y así recreada por Bogdanovich, frente al atosigante y represivo andamiaje moral propuesto por la sexofobia de Henry James, sin reservas ni complejos, Cybill Shepherd se integra, de manos del joven director, en la estética audiovisual del Séptimo Arte como un nuevo fenómeno del cine literario, para permanecer en nuestro recuerdo como un auténtico, inolvidable y triunfante mito de la década de los 70.

"At long last love", su siguiente película en 1975, musical de dudosa calidad, fracasa estrepitosamente. En 1976 interviene en "Taxi Driver", de Martin Scorsese, contrariando los deseos de su productora Julia Phillips, que prefería a Farrah Fawcett. Su compañero en el film, Robert De Niro tachó la interpretación de la Shepherd de incompetente y odiosa. No obstante, su trabajo fue celebrado por la crítica como su "primer éxito" en cuatro años. Un nuevo fracaso, "The lady vanishes", 1979, desastroso remake del clásico de Alfred Hitchcock, la apartan casi definitivamente de la gran pantalla. Tras su ruptura con Bogdanovich, vuelve a su ciudad natal, Memphis, donde se casa con David Ford (del que se divorciaría en 1982), y da a luz un hijo.

Su popularidad, deslindada de la industria cinematográfica, asciende de nuevo verticalmente tras rodar la serie televisiva "The yellow rose", en 1983, y alcanza por fin una nueva edad adulta por medio de la siguiente serie detectivesca "Moonlighting", en 1985, en compañía de la futura superestrella masculina, Bruce Willis (a quién Cybill Shepherd no se reprime en considerar públicamente como a uno de los "más detestables y odiosos compañeros artísticos de su vida") que se convierte en uno de los puntales de audiencia frente a la pequeña pantalla. En 1987 contrae nuevo matrimonio con Bruce Oppenheim. Tienen dos hijos. El divorcio llega en 1990. Bogdanovich la requiere en ese año, 1990, para "Texasville", segunda parte de la excepcional "The last picture show". Aparece de nuevo en TV, 2003, con éxito, en la serie: "The story of Martha Stewart". En 2000 había publicado su autobiografía: "Cybill Disobedience: How I Survived Beauty Pageants, Elvis, Sex, Bruce Willis, Lies, Marriage, Motherhood, Hollywood and the Irrepresible Urge to Say What I Think", by Cybill with Aimee Lee Ball.

Barry Brown

Nacido el 15 de abril de 1951 en San José, California. En su árbol genealógico se agrupaban orígenes sicilianos, irlandeses y escoceses. Aparece por primera vez en la pantalla en 1958, rol no acreditado en el film "In love and war", con su hermana Marilyn, también actriz. Como actor infantil había actuado en dos espectáculos musicales, uno junto a Van Johnson en "Bye, bye Birdie" y otro en "The music man" con Forrest Tucker, ambos en San Francisco, 1963. A los 14 años sus apariciones en el escenario se prodigan, mientras estudia en la Laurence Merrick Academy. En 1967, el joven Barry abandona sus estudios de Arte Dramático, y escribe, produce y dirige su obra teatral "Flowes farts", luego rebautizada como "Charity". Sus representaciones en Los Ángeles reciben favorables críticas.

Debuta oficialmente en 1970, junto a Jeff Bridges, en "Halls of anger". Aparece en televisión en el rol de Henry Wheeler, con Cliff Robertson y Robert Duvall en la serie "The great Northfield Minnesota raid". Y de nuevo junto a Jeff Bridges, irrumpe en la gran pantalla con una excelente interpretación, como Drew Dixon, en el drama enclavado en la Guerra de Secesión, "Bad company", 1972.

Tras incansables búsquedas de actores jóvenes, Peter Bogdanovich elige a Barry Brown, en 1974, como actor principal para su film "Daisy Miller". Barry Brown lee todas las obras de Henry James y muchas biografías del autor a fin de prepararse para su papel de Frederick Forsyth Winterbourne. Peter Bogdanovich reconocería en algunas de sus declaraciones, extras aparecidos en el DVD del film, que el joven Brown salvó con enorme naturalidad y probado tesón los escollos que representaban el serio desarrollo de la compleja personalidad de Winterbourne, reconciliando excepcionalmente los ambivalentes sentimientos que propugnan su desconcertadora conducta con respecto a la atracción que sobre él ejerce la desenvuelta y desconcertante Daisy Miller. "Fue uno de los pocos actores jóvenes americanos atraídos por la lectura, y al que, por supuesto, podías considerar capaz de leer un libro", reconoció Bogdanovich.

En 1973 fue muy celebrada su interpretación en los escenarios como el joven Edmund en "Long day's journey into night" de Eugene 0'Neill junto a Gerladine Fitzgerald. Una de las últimas apariciones del joven Barry tuvo lugar en televisión en 1977, en la mini serie "Testimony of two men". A partir de ese año su carrera cae en punto muerto, fruto de su carácter depresivo e insatisfecho. No en vano sus ídolos son Montgomery Clift, James Dean y Bela Lugosi. Emprendido el doloroso camino que lo arrastra hasta el alcoholismo, se aboca morbosamente en obsesivas lecturas de cuantas necrológicas aparecen publicadas en los principales diarios estadounidenses (imagen del joven Brown reproducida fotográficamente por Bogdanovich en las primeras secuencias de "Daisy Miller"). Su postrer aparición cinematográfica tiene lugar en 1978, en el film de terror, dirigido por su amigo Joe Dante, que crearía exclusivamente para él un pequeño papel como guía de la selva, en su fallida "Piranha".


Era famosa su afición por los films de terror y ciencia ficción de serie "B": "Cuando crecía en San José, y vivía enganchado a los films de terror, no existían otros clásicos para mí. Por 10 centavos la docena me apresuraba, junto a otras compañías infantiles, a gozar repetidamente de ellos. En mi mente ""La criatura de la Laguna Negra" era mi exclusivo clásico de horror, aunque también consideraba como mi gran favorita "La invasión de los ladrones de cuerpos", a las que tendría que añadir "Tarántula", "La criatura con el cerebro atómico", "La invasión de los Platillos Volantes", "Los muertos-vivientes y el sueño negro". Adoraba a Bela Lugosi, y, os lo creáis o no, a Tor Johnson" (Publicado por "Cult Movies Magazine)

Tras un breve matrimonio (4 de marzo de 1972, con Jennie Vlahos, de la que se divorciaría en mayo de aquel mismo año) Barry Brown se suicidaría de un disparo en 27 de junio de 1978 en su casa de Silver Lake, California. Fue incinerado, y sus cenizas, de acuerdo con sus deseos, fueron esparcidas sobre el Checo River, en Oregon.



Cloris Leachman: Mrs. Ezra Miller. Absolutamente insólita. Charlatana y enfermiza. Desbordante y convincente, resume a la perfección el moderno espíritu de materna libertad que estructura el film: "Daisy habló de usted el otro día, Mr. Winterbourne, y muy bien. Casi nunca sabe lo que dice, a causa de la fiebre. Pero, esta vez, creo que sí. Me pidió que le dijera que nunca fue la prometida del Sr. Giovanelli. Yo me alegro. No le hemos vuelto a ver desde que está enferma. Pensé que era un caballero, pero no ha sido nada cortés. Dicen que temía que yo no aprobara que estuviera con ella. Debería saber que soy una dama y no me escandalizo. Bueno, Daisy quiere que usted sepa que no está prometida. Me lo dijo tres veces: Díselo a Mr. Winterbourne. Y dijo que le preguntara si recordaba su visita al castillo de Chillon, en Suiza."




Eileen Brennan: Mrs. Walker. Un rostro capaz de suscitar en el espectador una actitud mental semejante a la de las peores convenciones morales que asolaban la Europa decimonónica. Con extraordinario verismo y riqueza de detalles, la Brennan, "grande cocotte" encubierta de Roma, refleja a la perfección las hipócritas y soterradas inquietudes sociales impuestas en el complejo acervo cultural de la Sociedad Victoriana.




James McMurtry: Randolph Miller boy. Portentoso sujeto dramático, agitado acróbata infantil cuyos desplazamientos, siguiendo a los principales intérpretes, espiando sus gestos, y aniquilando los actos absurdos de sus adultos, crea una de las experiencias más inolvidables de observador fantasmagórico atrapado por la "desencadenada cámara". Particularmente notable será el acusado realismo con que el pequeño Randolph encauza sus sentimientos de despecho y de odio hacia el remilgado y confuso Forsyth Winterbourne, cuando sean sus ojos acusadores los que sustituyan la interioridad recriminatoria, esta vez cobijada en el silencio más despectivo, contra el automatismo un tanto conflictivo y siempre desconcertado que acomete de continuo la perpleja presencia de Mr. Winterbourne.

Duilio del Prete: Sr. Giovanelli: "Era la joven más bella que nunca vi. Y la más amable. La más inocente. (Winterbourne) ¿Por qué diablos la llevó a aquel lugar?... Yo no temía por mí mismo. Ella... ¿Sí?... Ella hacía lo que quería.





(Mr. Frederick Winterbourne. Voz en off) "Me pesa en la conciencia. He cometido una injusticia con ella... Creo que habría... apreciado mi cariño. Llevo demasiado tiempo en el extranjero"





Peter Bogdanovich despliega un inmenso esfuerzo material y un respeto minucioso para captar las excelencias del relato de Henry James. Particularmente sensible, se apasiona hasta tal punto con "Daisy Miller" que es capaz de sustraerse al éxito, sin falsear lo más mínimo la compleja realidad del legado moral engendrado por el puritanismo, y que acabarán condicionando la felicidad o la infelicidad de ambos protagonistas. Dos polos que se subliman en una de las culminaciones dramáticas más poéticas y tristemente atenazadas por la concepción disparatada y destructiva de una deformada y subjetivista realidad social, que fue capaz de arrasar las emociones más primitivas del ser humano convirtiéndolas en máscaras de rasgos desgarrados y hermético romanticismo.

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martes 7 de abril de 2009

Nôtre-Dame de París














"En la noche que siguió al suplicio de Esmeralda, las gentes de los bajos fondos se llevaron su cuerpo del cadalso para trasladarlo a la cueva de Montfaucon. Dos años después de los acontecimientos con los que acaba esta historia, se encontraron dos esqueletos, uno de los cuales estaba fuertemente abrazado al otro. Cuando se intentó separarlos se convirtieron en polvo"


París nos ronda como un gran espectáculo de sombras animadas. Alienta la existencia. Posee una primera mirada engatusadora. Es el venerando molde de una ritualidad tras el que se esconden las más escalofriantes emociones de la vida. Es una herida de pasión, una corona de impresiones terribles que se esconden en los rincones de sus callejuelas inacabadas. Tiene esa rusticidad inmensa que no se puede abarcar, miles de ángulos de confusión por entre los que se extravían las osadías de sus hombres y mujeres, como si recorrieran una vereda de bosque radiante a la que no se le ve el fin. Es fatal, honda y mentirosa. Una invención de la casualidad como tantas otras ciudades. Pero París, siempre atirantada por los vientos maliciosos que arrastran la historia, vence al tiempo con su toca de reina. Es una ciudad destinada a lucrarse de un gran destino. Es un diamante para el disfrute ajeno. Pero también es un castigo a la caridad. Un silencio para arrinconar a sus gentes. Un camino característico de resentimientos. Un cauce inhóspito que inocula en el aire viciado de su laberinto volutas gigantescas de cinismo y crueldad. París duele. Frente a sus palacios imponentes se cierne una sombra de miedo, de vasallaje. Es doctrinal y santa. Pero desleal. Posee, como baraja usada, una "Corte de Milagros", que rompe la marcha monumental de sus sueños de grandeza, y que sirve de antídoto al vagabundo y al delincuente, al hijo de la miseria y al despechado de la fortuna. La abarca un cielo que raras veces sabe ponerse un traje azul. Es una ciudad que late en un flirteo doctrino. Una gran centinela de la moralidad cristiana. Un ensueño catedralicio frente a los bandidos que la infestan, y que asistida por el culto a los monumentos, se reconoce siempre el derecho a disponer de la vida de sus siervos. Nôtre-Dame la condena. Su piedra es una especie de vicio mental, un ojo deletéreo del feudalismo bárbaro, graciosamente concedido por los poderosos que viven holgadamente. La esplendidez de unos pocos y la miserable condición de la mayoría conviven, pues, en la misma ciudad. Y por ello se comprende que esta gran urbe limosnera, desordenada y rica pueda aparecer distinta según los ojos que la miran. Pero también ejerce su concubinato sensual, como si constituyera el ejercicio de un derecho. Y así se desangra en el lecho del amor. Su idea de Dios se mezcla en los juegos de prestidigitación lujuriosa. Sus hombres y mujeres naufragan en la religión y se escapan a su cita de reposo sensual. París es una ciudad grata y corrompida, donde sus víctimas conocen ya la "fatalidad": "En un rincón sombrío de una de las torres de Nôtre-Dame se halló esta palabra grabada a mano en la pared, ANÁPKH, mayúsculas griegas que el tiempo ennegreció, profundamente señaladas en la piedra, y ciertos signos propios de la caligrafía gótica, como para revelar, por el sentido lúgubre y fatal que encierran, que los marcó una mano de la Edad Media"




Literatura animada



El cine que, a través del ojo nervioso de la cámara, es, ante todo, movimiento, ("moving picture" según Hollywood), favorecido por un clima exterior que lo aleja de la escenografía teatral, aunque igualmente ilustrado por una necesaria retórica interpretativa, como superación dialéctica que hubo de moverse constantemente hacia nuevas y prometedoras formas expresivas, se abocaría en consecuencia de un modo natural hacia el perfeccionismo que aporta la palabra escrita. Camino, hasta cierto punto doloroso, el de la literatura, que, cuando abre sus fascinantes recursos y descubre al cine todos sus secretos, poblados de fantasía, de ingenio y de imaginación creadora, ofrece nuevas posibilidades al aparato óptico. La cámara es, pues, capaz, además de moverse con facilidad en ese realismo y naturalidad que transmite el aire libre, de ofrecer una colección de joyas cinematográficas tras beber, al parecer sin saciarse jamás, en el elocuente elemento de expresividad dramática que ofrece la literatura (si bien mediante la siempre necesaria síntesis de la obra escrita exigida por la temporalidad del celuloide filmado). Nacería así una inesperada simbiosis con literatos ya consagrados. Un flamante milagro madurado en estudios o en espacios naturales; un elaborado trucaje de ilusionista o nueva forma de espectáculo que uniría los dos polos antitéticos entre los que parecía que no tendrían cabida cine y literatura. Logrando más de una vez que este juguete nuevo y complicado de la cinematografía llegara a encumbrar a muchos talentos literarios, algunos de ellos un tanto olvidados, y que alcanzaran de nuevo su lugar en la historia.

No obstante, sobre el enorme esfuerzo que la inventiva visual requiere cuando trata de ahondar en el temario tantas veces árido de la gran literatura planea constantemente el espectro de la estructuración básica más elemental, sujeta en todo momento a medios y presupuestos que impiden alcanzar la emoción purísima que se desprende del relato escrito. El poema lírico, según afirmarían constantemente "grandes poetas del cine mundial" como el ruso Alexandr Dovjenko (1894-1956) siempre saldrá malparado por mucho que sea el interés experimental que, en plasmarlo en la pantalla, promueva el Séptimo Arte.

Este criterio realista no impediría los intentos del cine por abordar los problemas complejos que la literatura ofrece y que éste prosiguiera con mayor o menor fortuna la rica tradición de una narrativa que tratara de imprimir, fijar y difundir en la pantalla la estética y el elemento perturbador que el talento de grandes escritores confiriera a sus obras literarias. No hay, pues, por qué asombrarse de nada y aceptar hasta las más sorprendentes piruetas con que el nuevo medio, a través de la alquimia del fotograma, trata de potenciar su desarrollo, vocacional y masivo, entre las sinuosidades o violentas tensiones que tantas veces preceden la falta de prejuicios y purismos. Pero que, a pesar de todos los pesares, en infinidad de ocasiones, merced a esta obsesión literaria, probablemente la más constante de cuantas se han posesionado de la cinematografía mundial, ha logrado ofrendar al público espectáculos de una gran finura psicológica, de una sutileza poco común, y de una genialidad inolvidable.


Jean Delannoy: (Noisy-le-Sec, Francia, 12 de enero 1908-Guainville, 18 de junio 2008) Se inicia como actor en 1920. A partir de 1930 su carrera toma un nuevo giro. Primero como editor y luego como director de cortometrajes. A mediados de dicha década su reputación se ve acrecentada. Artesano excelente, de gran sensibilidad, su cine alcanza una nueva dinámica refrendada por una gran popularidad, que no le impide ser reconocido como sinónimo de "qualité française". Obtiene un gran éxito en 1943 con "Pontcarral, colonel d'empire", y con la inapreciable colaboración de Jean Cocteau realiza uno de sus films más prestigiosos en ese mismo año, "L'eternel retour". En 1961 Cocteau adaptaría para él "La Princesse de Clèves". Nunca ajeno a la importancia de la literatura en su cinematografía, dirigiría en 1947 "Les jeux son faits" de Jean-Paul Sartre. Se adentra en planteamientos cinematográficos de ambientes épicos como guionista: "Le secret de Mayerling", 1949, "La route Nápoleon", 1953, "Marie-Antoniette reine de France",1956, y en este mismo año dirige, producida por los prestigiosos Raymond y Robert Hakim una particularísima y distinguida versión de la obra de Victor Hugo, "Nôtre-Dame de París", la más fiel a la gran narrativa del gran escritor de cuantas versiones se han trasladado a la pantalla.



El 12 de enero de 2008, Delannoy pudo celebrar su 100 aniversario en su casa de Bueil, Normandía, rodeado de grandes amigos entre los que se hallaban la actriz Michèle Morgan.


"Nôtre-Dame de París" vuelve a la pantal
la en 1956

Rehuyendo los medios superindustrializados de las producciones de Hollywood (incapaces de captar, en sus dos descabaladas, un tanto absurdas, y, por supuesto, adulteradas versiones anteriores rodadas en la Meca del Cine, esta obra poética y delicadamente intimista, con la que el gran escritor Victor Hugo recompensaría a sus fieles lectores, a la hora del balance histórico-literario, con una de las más impactantes reconstrucciones históricas del París del siglo XV, inevitablemente ligado a las masas populares; que sorprende, además, por su veraz y penetrante observación de costumbres y diversiones, siempre bajo la milenaria teocracia oscurantista de la Iglesia Católica y el absolutismo sombrío de la realeza, centrada por aquella época en la testa improductiva, supersticiosa y gazmoña de Luis XI), Jean Delannoy, merced al espléndido guión adaptado que realizan Jean Aurenche y Jacques Prevert, y el expresivo pintoresquismo, por entre el que surge el sugestivo armazón de la catedral de Nôtre-Dame, que al film conceden los decorados que realiza Rene Renoux, la gran aventura cinematográfica se corona con un perfil romántico, puro y simple, más que recomendable para la Europa de la década de los cincuenta. Y que, aunque pueda aparecérsenos hoy también como una exageración más del gran drama histórico-romántico entre la "Bella y la Bestia" excepcionalmente propuesto por Victor Hugo (y a través del cual el gran escritor francés ofrecería al mundo, además de un gigantesco retablo animado por desarraigados y asociales bajo el rarefacto universo de la Edad Media, un "naturalismo poético" capaz de atravesar con inaudita excelsitud los tintes sombríos y el axiomático determinismo pesimista y desgarrador con que se ilustrara nuestro Medioevo Europeo), es capaz de rememorar el ciclo populista de nuestro mejor cine comercial con una lúcida puesta en escena, lo más fiel posible a la monumental obra literaria; demostrando también que, por muy profundas que fueran las convencionales divisiones fronterizas y artísticas que separaran a Europa del gran imperio cinematográfico de Hollywood, no resultaba descabellado en absoluto tratar de rizar el rizo articulador y reivindicativo de la narrativa literaria en nuestro continente, una vez extrapolada a la pantalla (lo que fuera al parecer espejismo inalcanzable lejos de la Meca del Cine). Celebramos así que esta siguiente (y ya casi definitiva) nueva versión del inmortal clásico de Victor Hugo, catapultada de nuevo al celuloide por Jean Delannoy con gran elegancia, con una muy significativa y agradecible elección de sus protagonistas, dotada igualmente por las suficientes categorías que le ofrendaran el irreprochable script historiado de sus guionistas, y dirigida con ritmo de frenético ballet colorista y en Cinemascope por Delannoy, resulte, a todas luces, notablemente superior a los infumables y anquilosados pastiches perpetrados por Wallace Worsley, en 1923, contando para el personaje de Quasimodo con el polifacético Lon Chaney, y por William Dieterle, en 1939, esta vez con un auténtico titán de la interpretación: Charles Laughton, que no lograría, sin embargo, levantar de su postración al personaje del campanero de Nôtre Dame, dado que el film de Dieterle resultaría, además de acartonado, inexacto hasta el ridículo, y por ello mismo incongruente, por completo isócrono con el gigantesco reloj del tiempo histórico propuesto por el genial Victor Hugo.


"ANÁRKH" (Fatalidad): Es
meralda, Quasimodo, Dom Claudio Frollo, Pierre Gringoire

"¡La Esmeralda! ¡La Esmeralda está en la plaza!-Esta palabra produjo un efecto mágico. Aquel nombre debía ser egipcio. ¡Hermosa visión!... ¡Debe ser una salamandra, una ninfa o una diosa!-Exclamó Gringoire. Rendida al fin la bailarina gitana, acabó de bailar. Y el público la aplaudió calurosamente. ¡Djalí!-Profirió Esmeralda. Apareció una hermosa cabrita blanca, lista y lustrosa. La muchacha se sentó en el suelo y presentó graciosamente la pandereta a la cabra; ésta levantó la pata delantera y dio un suave golpecito en el pandero"




Gina Lollobrigida: De nombre Luigina Lollobrigida, nace en Subiaco, Italia, el 4 de julio de 1927. Sus padres se trasladan a Roma tras la Segunda Guerra Mundial. En dicha ciudad cursa estudios de pintura y escultura. Consigue en 1947 ser la tercera finalista en el concurso de Miss Italia, que ganaría Lucía Bosé. Italia se erige ya por aquella época en pionera de un nuevo estilo cinematográfico: el neorrealismo, totalmente contrapuesto al glamour de Hollywood. Su debut se produce en "Aquila Nera". Siguen varios films italianos en los que "la Lollo", como se la conocería a partir de entonces, se va afianzando.

Su papel de Maria Pizzicarella, la Bersagliera, en "Pan, amor y fantasía" y "Pan, amor y celos", 1953-1954, de Luigi Comencini, junto a Vittorio De Sica, la convierten en una de las actrices más famosas del cine europeo. A través de este encantador, irrepetible e inolvidable personaje, queda entronizada como una de las reinas indiscutibles de las famosas comedietas neorrealistas que ven la luz en la citada década, aprovechando los elementos formales de dicho movimiento (escenarios y ambientes populares entre situaciones que, aunque con finalidades bien distintas, y mucho más alejado de aquellas imágenes tristes, dolorosas y miserables de una discriminada Italia de posguerra, permanecen inscritas en las técnicas veristas del neorrealismo)






Actriz versátil, incomparable en sus papeles más populistas, y de una impactante belleza. Heredera, pues, de la guerra y del postneorrealismo, se encamina con grandes zancadas, inimaginables en aquella época, hacia el más alto podium de la fama. Sus millones de fans la apodan "la mujer más bella del mundo" Sus aspectos interpretativos más auténticos y en cierto modo fascinantes quedan finalmente relegados a sus primeras comedias de corte popular. A partir de ahí, Gina Lollobrigida, con su provocativo y dinámico erotismo campesino, tras una fugaz etapa en Francia ("Fanfan, la Tulipe", de Christian-Jacque, y "Les belles de nuit", de René Clair, ambas de 1952 y con el gran Gérard Philipe), se impone como gran estrella internacional con el subsiguiente y ansiado salto a Hollywood. Puerta del éxito que no tardaría mucho en abrírsele de par en par. Howard Hugues, que había visionado casualmente una de sus películas italianas, voló en 1947 tan sólo para verla en carne y hueso. En 1950 la invitaría a Estados Unidos. Aceptada la invitación, regresaría de allí a los seis meses, por sentirse, según sus propias declaraciones, "constantemente vigilada" La Lollo se había casado en 1949 con un médico eslovaco llamado Milko Skofic, que produciría un film para el exclusivo lucimiento de su flamante esposa: "Anna di Brooklyn" (Premio David di Donatello al mejor Productor en 1958), dirigido por Carlo Lastricati, con la colaboración e interpretación de Vittorio de Sica y el norteamericano Dale Robertson, y donde Gina Lollobrigida retomaba de nuevo su arquetipo, esta vez más sofisticado, de mujer fatal a la italiana. De su matrimonio nacería un hijo. El divorcio llegaría en 1971.

John Huston, que la incluye en su "broma" cinematográfica "Beat the Devil", junto a Humphrey Bogart, Jennifer Jones y Robert Morley, revaloriza únicamente su impresionante busto, ya que su interpretación alberga una de las mayores frustraciones en que se viera inmersa la Lollo tras su primera etapa cinematográfica en inglés. Expectante y aureolada por una publicidad lo suficientemente astuta como para asegurarle una sugestiva realidad de nuevo arquetipo femenino europeo que pueda afianzarse en Hollywood y convertirla en un gran mito, interpretaría "Trapeze", 1956, dirigida por Carol Reed, con Burt Lancaster y Tony Curtis, "Never so Few", 1959, de John Sturges, con Frank Sinatra, "Solomon and Sheba", 1959, de King Vidor, con Yul Brynner, "Come September", 1961, de Robert Mulligan, con Rock Hudson, "Go naked in the world", 1961, de Ranald Macdougal, con Tony Franciosa; y de vuelta a Europa, en Gran Bretaña, "Woman of straw", 1964, de Basil Dearden, con Sean Connery, y "Hotel Paradiso", 1966, de Peter Glenville, con Alec Guinnes; en Francia, "Nôtre-Dame de París", 1956, de Jean Delannoy, con Anthony Quinn, y "La loi", 1958, de Jules Dassin, con Marcelo Mastroianni e Yves Montand. En la década de los 70, permanece retirada del cine y emprende con éxito una nueva carrera de periodista fotográfica. Se hicieron famosos sus trabajo y entrevistas a Paul Newman y Fidel Castro, entre otros muchos, más tarde recopilados en una colección titulada "Italia Mia".



En abril del 2000 hace unas exclusivas declaraciones para la Parade Magazine: "Fui actriz por error, ya que yo había estudiado pintura y escultura. Mi vida ha sido tan sólo un cúmulo interminable de amantes y romances. Estoy verdaderamente cansada"



Esmeralda la gitana: a través de la suntuosidad vivificante que la belleza de Gina Lollobrigida propone en el lenguaje intuitivo que el público percibe de esa temática influenciadora que ejerce sobre él el cine-mercancía, de buena manufactura, se convierte de nuevo en aquella esplendorosa y sugestiva sintaxis visual, mujer fascinante donde las haya, que ella misma supo crear y mitificar. La cámara la acaricia sin llegar a saciarse jamás de su belleza arrebatadora. Asistimos a la peripecia estilística de un intenso fatalismo romántico, y que, como precioso fetichismo al que hay que mimar, servirá de pretexto para intercalar un imborrable número musical de la Lollo, repleto de rítmicos movimientos arabescos, que, en algunos momentos, enlazan su impactante y hermosísima presencia con sus inolvidables años de "maggiorate postneorrealista".


... "Sacaron en triunfo al bienaventurado papa de los locos, y entonces fue cuando la sorpresa del público llegó a su colmo... Toda su persona era una mueca. Su cabeza gruesa estaba erizada de cabellos rojos; ostentaba atrás una enorme joroba, cuyo contrapeso sentía por delante; su configuración de muslos y de piernas era tan extraño, que éstas sólo podían tocarse por las rodillas, y vistas de frente se parecían a dos curvas de hoces que se hubiesen juntado por el mango; sus pies eran grandes, sus manos monstruosas, y a pesar de tanta deformidad, tenía un aspecto temible de vigor, de agilidad y de fortaleza... Cuando esta especie de cíclope apareció en el umbral de la capilla, inmóvil, rechoncho y casi tan ancho como alto, todo el público gritó a la vez: ¡Es Quasimodo el campanero! ¡Es Quasimodo, el jorobado de Nôtre-Dame! ¡Quasimodo el tuerto! ¡Viva Quasimodo!"


Anthony Quinn: Antonio Rodolfo Reyna Oaxaca Quinn, nacido en Chihuahua, México, el 21 de abril de 1915. Su origen étnico entronca (según confesión del mismo actor) con padre irlandés (Francisco Quinn) y madre mexicana. Cuando su familia consigue trasladarse a Los Ángeles, USA, en 1920, sumidos en la pobreza, realiza labores de limpiabotas y vendedor de periódicos callejero. Y ya convertido en un adolescente belicoso y rudo en sus modales, se dedica a ser retratista de grandes estrellas cinematográficas. En 1935 inicia estudios de arquitectura que no acabaría nunca. A los 17 años se casa con una latina llamada Silvia, mucho mayor que él, que le introduce en el estudio del arte, y le obliga a tomar clases de dicción. Atraído por la interpretación, y apoyado por la famosa Mae West, debuta en el cine en 1936 con pequeños papeles en los estudios Paramount. Cecil B. de Mille, que acabaría convirtiéndose en su suegro, le ofrece su primer rol relevante como nativo americano en "The Plainsman".

Al cuarto año de su matrimonio, se divorcia de Silvia, y se casa con Katherine de Mille. En 1939, su primer hijo, Cristopher, de 4 años, muere ahogado en una piscina. Sus rasgos multiétnicos le proporcionan papeles secundarios que le encasillan en interpretaciones de indio, hampón y villano. Se siente discriminado en la vida real por los círculos sociales de Hollywood. Cecil B. De Mille, que no vio con buenos ojos la boda de Quinn con su hija Katherine, no representó jamás una ayuda importante en su carrera de actor.

Tras conseguir su nacionalización estadounidense en 1947 (ello le evitaria su participación en la II Guerra Mundial), consigue el Oscar al mejor actor secundario por "¡Viva Zapata!" de Elia Kazan en 1952. Famoso a partir de entonces por "anular" con sus interpretaciones de actor de reparto el protagonismo a actores principales, consigue de nuevo el Premio de la Academia en 1957, con su papel de Paul Gauguin en "Lust for life" ("El loco de pelo rojo") de Vincente Minnelli, film en el que un frustrado Kirk Douglas, magnífico en su interpretación de Vincent Van Gogh, vería como el Oscar le era arrebatado por Yul Brynner, mientras que su compañero de reparto volvía a ser premiado por tan sólo ocho minutos de presencia en la pantalla.

La carrera internacional de Anthony Quinn se revaloriza hasta límites insospechados. Dirigido por grandes directores norteamericanos como George Cukor, Martin Ritt, Nicholas Ray, sus interpretaciones le llevan también a Europa. Federico Fellini le reclama para "La Strada", 1954, Michael Cocoyanis le ofrece uno de los mejores papeles de su dilatada carrera en 1964 con "Zorba el griego". Interpreta el personaje de Quasimodo en la versión de Jean Delannoy de "Nôtre Dame de París", 1956. Alexander Mackendrick cuenta también con él para su extraordinaria "A high wind in Jamaica" ("Viento en las velas"), 1967. Interviene en la colosal "Lawrence of Arabia", 1960, de David Lean, y recrea en 1962 uno de sus mejores personajes en "Barrabás" de Richard Fleischer.

Trece hijos (Lorenzo Quinn, pintor y actor) y dos matrimonios más jalonan su vida: Iolanda Addolari en 1965; Katty Benvin, su secretaria, en 1997. Fallece en Boston en 2001 a los 86 años. Sus cenizas, por deseo del propio actor, fueron esparcidas en el Cañón del Cobre, Chihuahua, su tierra natal.

Quasimodo: vehículo incómodo que requiere un proceso de caracterización, que, a fin de exponer con convicción las sutilezas del conflicto psicológico en que se debate el controvertido personaje, debe basarse en la pura dinámica visual de su deforme monstruosidad. La imagen del campanero de Nôtre-Dame resistirá siempre mucho mejor la carcoma del tiempo a través de la literatura que del Séptimo Arte. No obstante, a pesar de sus limitaciones, este hombre contrahecho y giboso, movido como cualquier ser humano por pasiones y sentimientos, se beneficia de una magnífica interpretación por parte de un Anthony Quinn, que, ya premiado por la cinematografía hollywoodense, y cada vez más afianzado en la europea, se muestra espontáneo, regocijante, ingenuo y apasionado. Y pese a su obligada caracterización esperpéntica, el actor sabe recurrir a una matización expresiva, lo menos grotesca posible, de su difícil personaje. Y con perspicaz intuición dota a su Quasimodo de una sobriedad y contención interpretativa elogiable en todo momento.


"Claudio Frollo no era un ente vulgar. Destinado, desde niño, al estado eclesiástico, su padre le encerró en el convento de Torchi, situado en la Universidad, y allí creció entre el misal y el lexicón. Era triste y grave... Al volver, el día de Quasimodo, de decir misa, le llamó la atención el grupo de las viejas murmuradoras que rodeaban el tablado de los niños expósitos. Entonces fue cuando se aproximó a la pobre criatura... Una compasión profunda le hizo apoderarse del niño. Cuando le desenvolvió del saco quedó pasmado de su deformidad... Le bautizó con el nombre de Quasimodo. En efecto, sólo era una quisicosa... París se tendía a los pies de Dom Claudio, con las mil agujas de sus edificios, con el río serpeando bajo los puentes y con el pueblo ondulando por las calles. Por su sonrisa petrificada, hubiérase dicho que en Claudio Frollo sólo los ojos estaban vivos. La gitana bailaba; hacía dar vueltas a la pandereta. A Claudio Frollo le tembló todo el cuerpo. Vio a un desconocido, era sin duda el compañero de la gitana: ¿Quién será ese hombre?-se preguntó-¡siempre la he visto sola!... Bien está, maese Pedro Gringoire, ¿pero cómo os encuentro acompañando a esa bailarina de Egipto?... Porque es mi mujer... Los ojos tenebrosos del sacerdote se inflamaron: ¿Os atrevistéis a poner la mano sobre esa joven?"


Alain Cuny: 12 de julio1908-16 de mayo 1994. Nacido en Saint-Malo, Bretaña. Estudia medicina, e interviene por primera vez en la cinematografía francesa en 1930, de manos de Marcel Carné, en "Les visiteurs du soir", 1942. Trabaja con Federico Fellini en "La dolce vita", 1960 y "Satyricon", 1969. Aparece en el papel de Sitting Bull (su última interpretación) en el western bufo rodado en un París en obras, por Marco Ferreri en 1974, "Touch pas á la femme blanche"

Dom Claudio Frollo: el perturbador rostro de Alain Cuny, que no ha de servirse de los excesivos recursos expresionistas que refleja el desasosegante drama en que se ve envuelto su personaje, confieren a su interpretación el tono espectral y alucinante en todo momento requerido por la imagen del arcediano de Nôtre-Dame creado por Victor Hugo.


"Pierre Gringoire, que era conocedor de las calles de París, había observado que nada invita tanto a la meditación como el seguir a una mujer hermosa ignorando adónde va... Tres espectros inválidos le atraparon. ¿Dónde estoy?-Preguntó atemorizado el poeta... En la Corte de los Milagros... Lo comprendo-Repuso Gringoire- pues veo que los ciegos tienen vista y los cojos corren".


Robert Hirsch: Nacido el 26 de julio de 1925 en L' Isle Adam, Francia. Actor asociado a la prestigiosa Comédie Française desde 1952. Premiado con el Premio César, Actor Secundario, en el film "Hiver 54, l' abbe Pierre" de Denis Amar, 1989, en la que también intervino Claudia Cardinale.


Pierre Gringoire: imaginativo poeta que se debate en un ridículo idealismo de reflejos filosóficos. Hirsch se alza con una interpretación tan teatralizante como efectiva frente a los mástiles totémicos que salpican el París medieval, poblado por el hechizo fantasmal y la procesión dantesca de cuantos personajes pueblan la obra literaria y la película.



El film de Jean Delannoy sabe rehuir las formas dislocadas, de acentuado extremismo, siempre sujetas a ciertas servidumbres pictórico escenográficas de una historiografía falsa y extravagante impuesta por Hollywood en sus precedentes versiones. La película se erige en una fantasía colorista, estilizada, de loable linealidad, con una encomiable aportación argumental que elige y expresa cuidadosamente la perturbadora temática de Victor Hugo, consiguiendo potenciar la más degustable y entretenida adaptación de su gran obra sin desquiciar en exceso la fidelidad al texto. Enriquecida, además, por una magnífica banda sonora de Georges Auric.

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viernes 3 de abril de 2009

The stalking moon (La noche de los gigantes)

La concentración dramática, la opresión ambiental, el hermetismo atmosférico, el cerco angustioso y agobiante que conllevar puede la aventura, y del que tampoco se ha de descartar el fatalismo, casi siempre marginal e insólito, gravita obligatoriamente en cualquier odisea en la que se vea envuelta un grupo humano, por muy reducido o vasto que éste pueda ser. Pese a todo ello, alcanzar un patético acento de veracidad a través de esa pura dinámica física para que cualquier hazaña, por muy ínfima que sea, llegue a emocionarnos, o potenciar, en lo que al cine se refiere, la angustia y el interés del espectador, exige también enriquecer ese celuloide, que intangiblemente se proyecta en la pantalla, con la savia de la más "sensible de las emulsiones" (que diría un productor, director, cameraman o guionista hollywoodense). Y para que la acción y los diálogos que ilustran el marco social que la película en cuestión trate de ofrecernos se beneficie de un soporte bien definido y estudiado de sus personajes, a los que en todo momento habrá que seguir revalorizando por entre la arquitectura ambiental en que se hallen insertos, será imprescindible superar toda degradación del discurso naturalista, insistiendo en las posibilidades que, también en cine, consigue hasta la menor de las vocaciones realistas. Un estudio sensible de la psicología humana resultará no menos obligado. Un análisis que trasplante piedra a piedra cualquier "castillo de pasional aventura", y que sea capaz de inspirarse en el muchas veces polémico y comprometido testimonio veraz, indisolublemente ligado al suceso o crónica que se retrata, y que, como es natural, puede hallarse plagado de tipos abyectos y ambientes sórdidos, bien que haya de corresponderse con la mejor, más exacta y documentada recreación del espacio o fases del conflicto en que sus personajes se involucren, ya sean mediante escaramuzas de romántica bonhomía o a través del poético fragmento de la seducción. O entre la progresión estremecida de la debilidad humana y cuanto alegato embriagador emerger pueda de sus acciones menos pacifistas o más brutales. Al igual que en un espejismo que rezume una visión sombría o pesimista del hombre, sin atenuar los desafueros que lo vinculen a la génesis de la injusticia, rice el rizo de sus complicidades o simpatías, y acabe cristalizando en una especie de nihilismo existencialista de su protagonismo, como si de todo ello héroe alguno se hubiese dado cuenta en ningún momento.




Tándem

Alan J. Pakula, productor, y Robert Mulligan, director, cineastas de aliento poderoso, siempre modulados por una perfección técnica irreprochable y una densidad psicológica empapada de una asombrosa madurez artística, pese a lo reducido de su producción, se revelan como inspirados siempre, en cualquiera de los temas que abordan, por un extraordinario registro lírico así como por un relevante brío humanista y una asombrosa impetuosidad expresiva. En efecto, la envergadura del volumen de la obra de ambos creadores no se corresponde con su importancia cualitativa, pero es obra sólida y pujante, probablemente de las más importantes que ha ofrecido hasta hoy la cinematografía norteamericana. Pakula-Mulligan al erigirse, pues, en profundos y estudiosos especialistas de la psicología humana, procuraron, un tanto ingenuamente frente al colosalismo comercial hollywoodense, centrarse en un producto personal que se movería siempre a través de la abrumadora responsabilidad social que esto entraña. Los retos a la industria cinematográfica y sus imposiciones de naturaleza económica son como armas arrojadizas que habrán de luchar y acabar perdiendo su batalla frente a las emociones menos intensas que el Séptimo Arte ha promovido por medio de la espectacular masificación que, a todo lo largo del siglo XX, y como alimento que siempre se ha permitido el lujo de poder excluir nuevas experiencias creadoras que pudieran afectar a la más comercial de sus amortizaciones en taquilla, les ha permitido (o más exactamente, obligado) a sacrificar el talento de grandes realizadores al más espectacular de sus fastos, en todo momento recompensado por una mayor afluencia de espectadores, como portavoces caseros de los mitos y de ciertas emociones menos intensas, pero que siempre terminarían por conmover a las grandes muchedumbres que una vez abarrotaran las salas cinematográficas del mundo. Y así forzosamente autores de la valía de este inolvidable tándem acabarían por verse arrastrados hacia un balance creativo mucho más provisional y contingente, y cuyos seguidores, también irremisiblemente, irían desapareciendo a pasos de gigante.

Manifiesto: lectura o cine

El gran dramaturgo George Bernard Shaw, Nobel de Literatura, ya proclamó en 1915 que: "... En efecto, el cinematógrafo y el fonógrafo resultan dos de los de los últimos inventos más revolucionarios desde el advenimiento de la escritura y de la imprenta, por ser fácilmente asequibles a nuestros ojos y oídos. Más revolucionarios si cabe que aquellos dos primeros, puesto que si el número de habitantes de este planeta que saben leer y escribir es ostensiblemente reducido (estamos hablando de principios del siglo XX), más escaso resulta todavía el número de los que, aun conociendo los imprescindibles rudimentos de la escritura y de su lectura, entienden lo que leen. Y muchísimo más limitado resulta la cuantía de quienes, al terminar la fatiga que conlleva el penoso y cansino transcurrir de los días, no se hallen demasiado fatigados como para decidirse "a leer" sin caer dormidos sobre las páginas de un libro"

Sincronización

El nuevo Olimpo de Alan J. Pakula (New York, 7 de abril 1928-19 noviembre 1998) y Robert Mulligan (New York, 23 agosto 1925-Lime, Conneticut, 20 diciembre 2008) que acoge el prototipo de un nuevo "american rebel", hasta cierto punto, víctima también del entorno social o familiar ("The rat raise", 1960, "Baby the rain must fall", 1965, "The other", 1972 "Same time, next year", 1978, en solitario, y con Pakula, "Love with the proper stranger", 1963, "Inside daisy clover", 1965) rehuye, no obstante, ese personaje clásico, nacido en la década de los cincuenta, introvertido, complejo y especialmente atormentado, a la manera mítica de Erich von Stroheim, o James Cagney, Humprey Bogart, John Garfield, Marlon Brando o James Dean. El reverso está representado por nuevas psicologías, algo más planas, de jóvenes incomprendidos, incluso huraños, tipo Natalie Wood o Steve McQueen, o adultos del tipo de Alan Alda y Ellen Burstyn, o la exquisita Jennifer O'Neill de "Summer of 42", que parecen haber alcanzado un nuevo pináculo basado en la desmitificación, y los últimos velos de misterio de aquellas generaciones amargas y paroxísticas.

Pakula-Mulligan no rehuyen tampoco su alegato anti-racista. Y adaptan, con enorme acierto, la exitosa novela de la escritora Harper Lee "To kill a mockingbird" ("Matar a un ruiseñor"), Premio Pulitzer en 1961. Extraordinario film de denuncia, que con gran realismo convertirá a un joven negro, injustamente condenado por una violación no cometida, y defendido por un honesto y ejemplar abogado blanco de la ciudad de Alabama, Atticus Finch, excelentemente interpretado por Gregory Peck (que se vería recompensado por primera vez en su larga carrera con el Premio de la Academia 1962), en uno de los personajes más positivos de la película.



No obstante, las mejores virtudes de este gran director que fue Robert Mulligan aparecerán reunidas, de nuevo sin Pakula, en su sorprendente "Summer of 42", 1971, que sin echar leña al fuego sagrado del mito, logra conmover a la nueva juventud norteamericana a través del espejo o retrato de un nuevo símbolo generacional más gris y desafortunado, que se vería inmerso en los prolegómenos de la II Guerra Mundial, y dotado de cierto "primitivismo" para una nueva adolescencia americana baqueteada por el nuevo fenómeno muy en boga de la "inadaptación", y que jamás tuvo conciencia de las situaciones conflictivas, en especial sobre la conducta sexual, vividas por sus padres.


"Summer of 42" vive el importante relevo de aquel crepúsculo, fallecimiento o retiro de grandes y sólidos veteranos, que habían sido puntales de la historia del Hollywood opulento, y se adentra de nuevo en el sendero de este proceso de reeducación que nos muestra esta pareja anarquista asistida por un flamante clasicismo de exaltación romántica, con sus inevitables toques de buen material dramático. Y que movidos, como siempre ha sucedido y seguirá sucediendo, por sus instintos, rubricarán también el tema de la lucha contra la hostilidad del medio, pero sin caer en los excesos patológicos expuestos por los cineastas de la "generación perdida". Ese "Verano del 42" nos será mostrado como otros veranos de nuestras adolescencias, tan llenos de sol, cuando, dejando de ser niños, creímos estrenar nuestros uniformes de pubertad, y observábamos en la umbría lejana de alguna vivienda aislada, esa boca encendida, lisa y dulce; ese bello rostro femenino paseando quizás por un viejo jardín. Una mirada sobre la que todos hubiésemos querido desbordar las mieles de nuestros requiebros. El film recoge el ahogo apasionado de nuestras primeras vehemencias sexuales, guardadas en el cofre de nuestra adolescencia. Hay en el film de Mulligan un aliento de ansiedad atemporal, denso y súbito, pero que no nos aflige, porque tras la inicial crisis del crecimiento, fluye también la ternura de nuestra primordial respiración adulta, la que observa a través de aquella puerta entreabierta que prometiera cierto complot inocente con nuestras juveniles complacencias del amor, la inquietud del abrazo primero, exclusivista, fiel a esa nerviosidad conturbadora en que nos sumiera nuestro despertar al sexo, y la adquisición titubeante de nuestro primer preservativo. Y un último beso a la vista del mar cuando fuimos el amante candoroso, y ella aquel primordial sueño tras la cita inesperada, temeraria. Laberinto mágico cuyas puertas se abrían y cerraban por entre aquel obligado mecanismo de la discreción. Un preclaro canto al ocaso de nuestra pasión adolescente antes de que llegara. "Summer of 42" se erige, pues, en un grabado de lujo. Es única, viva y suprema. Es nuestra nodriza del primer amor, que se quedó ahí, en el ángulo en sombra de nuestra pubertad.

Novela de aventuras

No cabe la menor duda de que la violencia instintiva puede ser también un material dramático en manos de un gran realizador. Como una vez nos reseñara Darwin por medio de su tercer principio, los cambios de rumbo habrán de tropezar siempre con afrontamientos. Pero lo fundamental de la materia de la dramaturgia violenta, sea cual sea el campo al que fuere transferida, exige una narración auténtica, seria y expresiva, capaz también de transgredir los consabidos trucos antediluvianos y los esquemas más uniformes de que siempre se ha valido ese armazón representativo de toda virulencia y brutalidad.













"The stalking moon", western atípico donde los haya y de nuevo cuño, dotado de gran libertad formal y de una excepcional atención a los problemas individuales de sus personajes, acaba aquí triunfando al aportar como novedad cierto reconfortante alejamiento (ya muy presente en las sintetizaciones formalmente culturales emprendidas por las realizaciones de Pakula-Mulligan frente al marco opulento y obsesivo que, a pesar de todos sus pecados culturales e históricos, siguiera imperando entre la cinematográfica sociedad de consumo norteamericana) de las presiones comerciales, aunque sin obviar el culto a las estrellas, y cuyo único sistema eficaz de cine de éxito, que pudiera arrasar en taquilla (muy maltratada ya por el auge de la televisión), trascendiese hacia producciones de dimensiones gigantescas o exhumando los restos maltrechos de ciertos documentos sociológicos, tratados con fáciles apaños. Un cine que se erige ahora en testigo observador de exagerados desmanes intelectuales y psicológicos, y que prefiere entrar de lleno en los menos veraces, más agresivos y aterradores documentos sociológicos que generar pueda la égida de una nueva economía del bienestar, poco preocupada por lecturas complejas y difíciles, ya sean en cine o literatura, y que, en cuanto al tablero de la cinematografía contemporánea, prefiere recurrir a su tradicional circo hollywoodense.

A través de esa visión simple e ingenua del mundo del western, pero cuya grandeza, en manos de tantos gigantescos creadores, derivara siempre, unas veces para bien, otras para mal, de esa elementalidad cantora de gestas, que fue también capaz de abordar el complejo bagaje que conlleva toda crónica histórica de nuestro mundo, nace esta incursión del tándem Pakula-Mulligan por entre aquel retablo social, decisivo para Norteamérica, que fuera su gran odisea pionera, sin rehuir la pura dinámica física, la misma que tantas veces restara su patético acento de veracidad al cine del Oeste. Y frente a esa abierta ventana de sus monumentales espacios exteriores, sin desdeñar el clásico motivo de la amenaza india, rebrota un denso universo problemático en el que, pese a concederse ciertos actos de brutalidad sin paliativos (y que, por su planteamiento excepcional, no están necesariamente reñidos con la dignidad artística), a través de un sensible realismo pleno de las virtudes de sobriedad y grandeza narrativa, subyace un nuevo aliento épico, capaz, como pocas veces se ha visto en el western, de exponer las transformaciones psicológicas del débil y el fuerte, e integrarlo en una dimensión meticulosa, desbordante en expresividad y en capacidad de comunicación poética entre el clasicismo y el atractivo factor dramático determinante que también puede conllevar la aventura.

Territorio de Nuevo México. Como resultado de las escaramuzas llevadas a cabo por el ejército frente a los desplazamientos conflictivos de las tribus apaches, un grupo de mujeres y niños son hallados en depauperadas condiciones. Una mujer blanca (cautiva de los indios desde su infancia tras la matanza de toda su familia) y su hijo mestizo, antes de ser transportados a la reserva, solicita el auxilio de un explorador, complejo e introvertido (héroe gris, todo lo contrario de los viejos epónimos optimistas, prototipos de la simplicidad épica y la mítica ingenuidad de un Tom Mix, o de unos incipientes Gary Cooper, Clark Gable o John Wayne, por poner un ejemplo), quien, tras esta última misión, se dispone a abandonar el ejército y recluirse definitivamente en su granja. Soledades, una sombra de amenaza, un trastorno en las ansiedades humanas. El explorador cede, sorprendido ante la insistencia apremiante y desesperada de ella. Y tras la oscuridad de su existencia, se muestran señales fugaces del más elocuente de los horrores: una persecución macabra, una silueta específica que se anuncia dejando tras de sí una estela de muerte. Un irreversible pasado de terror que, obstinado, envenena sustancialmente la nueva vida emprendida. Una agonía lenta, reflexiva, que se mide en las distancias, en la salvaje leyenda de las tribus indígenas que se comunican sus cualidades agrestes. Y tras la intención de la fiera, desconfiada, con andares de pantera, una vez suprimido el concepto de su silencio, un enfrentamiento en la luminosidad encendida de los montes. La conciencia de la angustia, del pánico, y de la barbarie que se internan de nuevo en el paisaje. Y que allí permanece esperando, como un tiempo indolente y cruel, súbito para nuestros ojos. Un horror hecho memoria. No se oye más que la brisa en el yermo. Y el paisaje parece gritar que nos aguarda ya por última vez, porque tras la postrer tentativa, tras la resonancia de aquel careo con el horror que se extiende en la ancha desnudez que invade la lejanía, ya nada será como fue.


Gregory Peck (Sam Varner): Oportuno redescubrimiento para el western de un actor idolatrado por el público americano. Materializa, como si de un gran acto de fe se tratase, todos los excesos propios que conllevan las reacciones apasionadas. Peck arremete con violencia. Su enfrentamiento es comparable al del tigre en la selva. Desaparece el maleficio que siempre acompañara sus interpretaciones, dotadas de un escaso poder expresivo. Peck evoluciona. Deriva inesperadamente hacia uno de los más meticulosos estudios de conductas que se le recuerdan. Y concede a su interpretación esa inolvidable y exuberante vitalidad que poseen los significados icónicos en que nos envuelve el Séptimo Arte.


Eva Marie Saint (Sara Carver): Un rostro que penetra magistralmente en la realidad interior de su personaje. Una mirada que, partiendo de diálogos mínimos, como si de pronto fuera incapaz de comprender la radical novedad que comporta su nueva existencia, lejos del horror de sus vivencias pasadas, el gran drama de alienación que la tuvo apartada de su mundo, dota cada instante de una emotiva y poética complejidad y de una riqueza psicológica admirable.




Escenarios naturales. El vertiginoso ojo de la cámara es capaz de trasmutar la complacencia que nos acerca a la plenitud del espectáculo cinematográfico en una participación emotiva, aun concediendo su justificación a las mil variedades, unas veces pueriles, otras epopéyicas, de los procedimientos empleados por el western. Los elementos condicionantes del mismo parecen rehuir las fórmulas estereotipadas que operaban con la complicidad del espectador amaestrado. La codificación formularia del western se convierte en un mito escurridizo. Y así "The stalking moon" se transforma en una pesadilla que disloca los métodos narrativos, se concede una mayor sutileza de lenguaje, y vive un apasionante proceso de evolución en todas sus dimensiones clásicas.


Fred Karlin, gran músico nominado en infinidad de ocasiones al Premio de la Academia (que conseguiría finalmente por "Lovers and the others strangers" en 1971) creó un espléndido sound-track de exuberante vitalidad. Una memorable e impactante exploración sonora capaz de ahondar tanto en los sentimientos que mueven a sus protagonistas como en la insólita aventura en que se ven envueltos.

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martes 17 de marzo de 2009

Justine





















"Terminado en septiembre de 1936, reza mi libro. Increíble. Han pasado tres años. He vuelto a Alejandría. ¡Qué locura! Recuerdos. Ser sólo un recuerdo habría molestado enormemente a Justine. Ella dominaba Alejandría. Parecía envuelta en un halo dorado, era la hermana de mil reinas desticas. ¡Cómo envidiábamos a su marido Nessim! Su mujer, su poder, la gran vida que le suponíamos. Porsewarden, secretario de la Embajada Británica. Mientras reíamos con sus maliciosas pullas, temíamos ser su próxima ctima. Ellos eran las maravillas modernas de Egipto. Pero su verdad habría hecho a un mendigo contento de su suerte. Melissa. Sólo Melissa era lo que parecía. La ingenua Melissa nos ligaba a todos sin saberlo, con su mera existencia"



Alejandría, un mundo de contradicciones, un área propagandista de seres frustrados, pervertidos. Una cultura que prende, a través del proceso histórico, en los sentimientos autoritarios de quienes jamás logran inyectarse confianza en sí mismos, pese a sentirse ganadores. Una supremacía colonial que siempre lamentará su derrota. Un universo ofensivo, burlón, que esconde sus depresiones. Una forma de vida que suprime su desesperación a través de una comprometida capa de dignidad, y que siente horror a exteriorizar su debilidad, a su incapacidad de sentirse feliz. Alejandría late con violencia. Desfallece de nostalgia, de ansiedad, de corruptas emociones que la rebasan. Un instante decisivo en la historia de Egipto. Un estado letárgico preso de la angustia. Un mundo que busca otras salidas, mientras gira la bola de la ruleta histórica. Una medida oscura del amor que jamás compensa ni se colma. Un impulso fatídico por crear e inventar una nueva magia para los deseos y los sueños, que subsisten tan sólo en el engañoso filtro que proporcionan con cuentagotas esas deseadas emociones que podría alimentar, sin llegar a hacerlo, el verdadero amor. Alejandría conmovedora, espléndida y ávida. Un borde de la existencia en la que cada segundo de la vida parece necesitar de una milagrosa fuerza divina, y que acabará por desgarrarse en un torbellino de odios entre musulmanes y coptos; en una frágil nube de recuerdos irrecuperables, en una melancólica luz de fascinación inevitablemente interrumpida por el tiempo. Alejandría y un nombre "Justine" que acabará también disipándose como por encanto.


"El cuarteto de Alejandría": Lawrence Durrell

Nacido en Jalandhar, India el 27 de febrero de 1912. Hijo de unos colonos británicos, fue enviado a la edad de 11 años a estudiar a Inglaterra. Durrell, extrovertido, interesado en todo: poesía, teatro, biografías y novelas, gran viajero, se proclamó a sí mismo como gran cosmopolita, resistiéndose a ser asociado con el Imperial Colonialismo mantenido en diversas partes del mundo por Gran Bretaña, país por el que nunca sintió la menor atracción, y que abandonó tras sus estudios. Jamás poseyó la ciudadanía británica. Pese a no lograr entrar en la universidad, puesto que fracasó en sus exámenes de acceso a la misma, había empezado a escribir a los 15 años. En 1931 logró publicar "Quaint Fragment", su primera recopilación poética. En 1935, casado con Nancy Isobel Myers, se traslada a la isla griega de Corfú. Ve la luz su primera novela "Pied Piper of Lovers" En agosto de 1937 conocería en París a Henry Miller y Anaïs Nin. Unidos por una estrecha amistad, trataron de fundar su propio movimiento literario. El primer éxito de crítica lo obtiene en 1938 con "El libro negro". Tachado de grotesco, excéntrico y obsceno, no sería publicado en Inglaterra hasta 30 años después.

Cuando estalla la II Guerra Mundial, y tras la caída de Grecia, Durrell huye hacia Alejandría, Egipto, a través de Creta. Allí, tras ejercer cargos diplomáticos y docentes, conoce a Yvette Cohen, modelo femenino que reproduciría en "Justine". Se divorcia en 1942, y contrae matrimonio con Yvette en 1947. Tras estancias como director del British Council en Córdoba (Argentina), en Belgrado y Chipre, inicia su famosa tetralogía: "El cuarteto de Alejandría", formadas por "Justine", 1957, "Balthazar", "Mountlive" 1958, y "Clea", 1960. En sus cuatro obras, el amor, natural, caprichoso, embargado por el orgullo, por el poder, el dominio y la corrupción, alcanza, desde tan diferentes perspectivas, entre pasajes de impresionante belleza, la más compleja de las investigaciones sensuales. Alejandría y sus exóticas localizaciones se convierte en la principal protagonista de la tetralogía: "La ciudad que nos usaba como su flora, precipitando en nosotros conflictos que eran de ella y que nosotros erróneamente creíamos que eran nuestros: ¡querida Alejandría!" La crítica de "The Times", impresionada por la riqueza y la monumentalidad creativa de Lawrence Durrell en su cuarteto, afirmó: "Si alguna vez una obra llevó una firma instantáneamente reconocible en cada frase, ésta es".

Tras dos matrimonios más, en 1967 Durrell se establece en Sommières, una pequeña villa de la Provenza francesa. Obras posteriores serían "Tunc" y "Nunquam", 1970, que integran "The revolt of Aphrodite". Con "The Avignon Quintet", uno de sus últimos trabajos, intenta recuperar, sin el mismo éxito, los motivos y estilos empleados en su famosa tetralogía.

Muere de apoplejía en Sommières el 8 de Noviembre de 1990.


Poder, amor, mentira, intriga y muerte

Compromisos o pugnas siempre tentadoras que, a través de la magia del cine, entre paisajes que alcanzan la autenticidad de un documental, ofrecen imágenes inolvidables, más o menos veraces, del ciclo vivencial que cristaliza en un gran matiz crítico capaz de polarizarse, a través de una inteligente e intimista ironía, sin excesivas estridencias, y la más representativa, a todos los niveles, de las corrupciones morales y destructivos desmanes del complot y de la mentira, hacia un universo absurdo en el que se mueven y destruyen, como marionetas articuladas, personajes complejos, arrancados de todos los estamentos sociales, y sus demenciales situaciones, que no logran rebasar el ingrato período histórico que les toca vivir. Y que, atrapados por los perennes y dislocados impulsos definitivos, de todos conocidos, que siempre han potenciado el dramatismo de la existencia, provocarán el consabido desequilibrio de sexos (a través, por lo general, de la presencia turbadora de una mujer, ángel-demonio que precipita, valiéndose del misterio, todas las pequeñas tragedias de este ciclo) y el por lo común efectista aderezo que conllevan los "conflictos sentimentales" cuando estos se aplican a los "conflictos de personajes individualizados", y cuya realidad social es expuesta por medio de un retablo coronado también por el armazón de la intriga, de la aventura, de la atmósfera densa y cargada que precede a la tormenta de la guerra, a un momento de quiebra de valores y de desconfianza en la estabilidad social y religiosa, y al fracaso final que impedirá la construcción de una nueva vida.





Un joven profesor irlandés, Darley, escritor en cierne, se aproxima a esa realidad apasionada y corrupta que le circunda. Alejandría será en todo momento la presencia mítica. Un volcán cosmopolita: "Apareció un joven alto, de rara belleza, irradiando el gozo de la absoluta pureza. Un joven poeta sensible en una ciudad que ha pactado con la obscenidad" Una realidad humana de seres que se reinventan a sí mismos en el proscenio interminable, excitante, procesionalmente patético, que jamás traiciona a los conflictivos y deterministas dioses que insuflan vida a sus actos. El tímido Darley, aunque particularmente fascinado, se muestra incapaz de entender ese carrusel de oropel, ruidoso y depravado, a veces vulgar e improductivo, y en todo momento apasionado, intrigante y misterioso, alrededor del cual hombres y mujeres giran, se observan, se aman, se atormentan, mienten y fracasan entre la carcoma fangosa de sus tragedias cotidianas.






Ilustración de la encrucijada vibrante
de los personajes de "El cuarteto de Alejandría"
Cine y prosa: Dirk Bogarde- Anouk Aimée- Michael York- Anna Karina- John Vernon- Robert Forster.



















Justine (Anouk Aimée) "Hagamos memorable este carnaval. ¿En tu cuarto? Pursewarden (Dirk Bogarde) Márchate... Pasaré mañana por tu hotel... No estaré... Pasado entonces... Es el día que voy a zoo... ¿Es por lealtad a Nessim? ¿Tan bobo eres?... ¡Nunca me creerás ¿verdad? ¡Agotadora, maldita, obsesiva dama de sociedad! De ahora en adelante, déjame en paz. ¿Cuándo dejarás de ser la almohadilla pecadora en que todos debemos clavar nuestros alfileres?"


Justine (leyendo unos apuntes biográficos de Darley-Michael York): "Iba de hombre en hombre con enorme rapidez, pero yo vivía bajo la ilusión de que era el único que conocía su alma. Era capaz de cualquier falsedad. Su invención suprema era una hija, una niña raptada. Recorría los burdeles más sórdidos de la ciudad buscando la niña perdida que no era otra que ella misma... (Darley) No has debido leerlo... (Justine) La verdad es peor. Hay una niña. Nació en Esmirna en un hotel miserable. El portero hizo de comadrona. Yo tenía diecisiete años. La di. Ni siquiera sé a quién. Como un trozo de carne."

Pursewarden a Melissa (Anna Karina): "Liza, mi hermana, y yo, somos amantes. No podemos querer a otros. Nuestros padres murieron muy pronto y siempre estábamos juntos y solos. Vivimos felices algunos años. ¡Dios mío, qué felices son los niños! Ignoran que les puede caer encima el enorme peso de la culpa. Luego tratamos de librarnos el uno del otro pero no pudimos. (Melissa) Siempre se es víctima de alguien. Yo soy la víctima de Darley, y él la de Justine. Yo la odio. Y no es tan lista como cree. Algún día la descubrirán. Casi se lo cuento a Darley. Pero sé lo que pasa. No me habría creído. O se habría sentido herido en su orgullo. Le utilizó. Utiliza a todo el mundo. ¿Conocías a Mr. Cohen? No le gustaban los ingleses. Era un viejo. Quería dejar a su esposa y casarse conmigo. Una noche me llevó a un almacén donde habían muchas cajas de armamento. Bombas y eso. En las grandes ponía "Máquina de coser". No eran máquinas de coser. Nessim y Justine Hosnani, y otros las mandaban a Palestina para luchar contra los ingleses. Para acabar con John Bull decía Mr. Cohen. ¿Por qué odian todos a los ingleses?"



Pursewarden (hablando con Justine por teléfono, y sosteniendo entre sus manos una cápsula de cianuro): Justine, tienes la voz dormida. Escucha y no me interrumpas. ¡No!, no he bebido. Pero me embriaga la belleza de esta maravillosa cápsula. ¡Qué hermosa es! ¿Por qué no me hablaste de las armas? ¿Se te olvidó? Jóvenes ingleses de caras sonrientes cayendo por toda Palestina. ¡Qué asco de mundo! Una auténtica conspiración contra el Imperio. Mountolive (embajador inglés) lo sabe... Está amaneciendo. Más vale que Nessim y tú salgáis ya. Calculo que os queda una hora. ¡Ah Justine! ¡Es un plazo interminable! (Pursewarden ingiere la cápsula de cianuro).


Nessim Hosnani (John Vernon) a Darley: "Mandamos armas a Palestina para que se libraran del dominio inglés. A cambio, ellos, nuestros amigos hebreos, nos prometieron un refugio si ocurría lo peor aquí en Egipto. Somos coptos, y temíamos la represalia del gobierno musulmán una vez los ejércitos ingleses abandonasen este país. Mi hermano Narouz (Robert Forster) fue asesinado por sus creencias y su fanatismo. Justine y yo debemos seguir viviendo"



Darley a Justine: "No me importa lo que hicieras. Lo que me importa es lo que teníamos. Tú y yo. Y eso ha muerto... (Justine) ¿Tú y yo? En el fondo no importabas. Tú, ni Pursewarden, ni ningún otro. Todo lo que hice y lo que pensé fue por Nessim. Por el plan. Palestina. Por eso nos casamos. Pero se acabó. Tienes que irte. (Darley) ¿Qué he sido yo? Un idiota que estaba a mano. ¿No te he importado? (Justine) Había momentos en que te adoraba"



Final: (Darley reflexiona) "Había momentos en que te adoraba. Fueron las únicas palabras de amor que Justine me dijo. Muy propio de ella. Nunca la perdonaré, pero tampoco la olvidaré. No deseo hacerlo."







George Cukor: Nacido el 7 de julio de 1899 en New York. Hijo de emigrantes húngaros judíos. Interesado ya en su adolescencia por el teatro, logró graduarse en el De Witt Clinton High School. Su primer empleo lo obtuvo en Chicago como técnico de teatral. En 1920 crea su primera compañía. Logra mantenerla a flote y, a través de ella, da su gran salto a Broadway. Allí conoce e intima con Ethel Barrymore y Jeanne Eagles. Es contratado en Hollywood a partir de 1929, como director de diálogos en "River of romance" de Richard Wallace, para Paramount Pictures, y "Sin novedad en el frente" de Lewis Milestone. Contratado por David O. Selznick, trabaja para la RKO. Consigue premios importantes en sus primeras realizaciones, comedias sofisticadas en las que la psicología femenina es minuciosamente examinada y le permite mostrar un desconcertante e inusitado recurso sexista y fuerte frente a sus oponentes masculinos. El universo de Cukor, en el que la conducta de la mujer adquiere un carácter más expresivo en cuanto a impetuosidad se refiere que el meramente ornamental y remilgado en que se halla encasillada ya desde los tiempos de cine mudo, le vale el calificativo de "director de actrices", apelativo éste al que nunca se mostraría muy afecto.

Incomprensiblemente despedido por David O. Selznick, tras un año de preproducción, de su monumental "Lo que el viento se llevó", (probables causas se achacan a las aberraciones patológicamente homófobas de Clark Gable), Cukor dirige para Metro-Goldwyn-Mayer en ese mismo año 1939 "Mujeres", la que fue considerada su más sofisticada venganza al mundo masculino, ya que el film fue interpretado únicamente por mujeres: Joan Crawford, Norma Shearer, Rosalind Rusell, Paulette Godard y Joan Fontaine, entre un gran elenco femenino.

Su gran musa fue Katherine Hepburn, que interpretaría muchos de los grandes clásicos de su filmografía: "Little women", 1933, "Sylvia Scarlett", 1936, "Holiday", 1938, "The Philadelphia story", 1940, "Keeper of the flame", 1942, "Adam's rib", 1949, "Pat and Mike", 1952. Modélicas e inolvidables fueron sus realizaciones de "Camille", 1937, con una espléndida Greta Garbo, "Edward my son", 1949, con Spencer Tracy y una genial Deborah Kerr, "Born yesterday", 1950, que le valió un Oscar a Judy Holliday, "The actress", 1953, con una deliciosa Jean Simmons, "My Fair Lady", 1964, gran superproducción que le valdría un Premio de la Academia así como a su protagonista Rex Harrison, y "Justine", 1969, en la que intervendrían dos grandes actrices de "nouvelle vague francesa": Anouk Aimée y Anna Karina. En 1981 dirige su último film "Rich and famous" con Jacqueline Bisset y Candice Bergen.

Fallece en Los Ángeles el 23 de enero de 1983.


Cukor frente a lo imposible: la perfección y la estética literaria llevada a súmmun. Consigue, no obstante, plasmar el clima fantástico, inquietante, pictórico y torturado de "El cuarteto de Alejandría". Infundir vida a "Justine" mediante su eterna fórmula mágica: un sentido de la narración capaz de rebasar todos los terrenos de la fantasía sin fronteras. "Justine" es pura calidad plástica en la que irrumpe la prosa viva y activa de Lawrence Durrell. La parábola más desenfrenada, fantástica, hipnótica, tardía y maldita del gran Cukor.



Coherente con el gran marco plástico de su exotismo irrumpe una de las más memorables e inolvidables bandas sonoras del Jerry Goldsmith.


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