lunes, 3 de diciembre de 2007

Chinatown

La osadía de Roman Polanski no tiene límites. No falla una. Fascina y aterroriza. Se puede permitir el lujo de ir a contracorriente de todas las reglas del juego sistemático impuesto por las cinematografías de los dos grandes continentes: el europeo y el norteamericano. Su cine es un constante road movie con propuestas tan valientes y diferentes, que su comercialidad nunca nos incomoda. Nos lleva de electroshocks a corredores sin retorno (en uno de los cuales ya tuvo su propia y más terrible experiencia personal). Pero la realidad y la ficción no se confunden en su mundo. El cine le redime ante los escándalos que han acechado su existencia.

"Chinatown" es un panavisionado prodigio en color, con rabia y con garra. Un asfixiante arrebato con el concupiscente y amoral look americano que, en blanco y negro, nos legara, por poner un ejemplo, el gran Howard Hawks. Un nuevo "The big sleep" ("El sueño eterno"), gran fénix, casi incomprensible y genial, que resurge siempre de sus cenizas, y aún nos electriza. Jack Nicholson nos deleita con su show detectivesco y barriobajero. Nos encantan las intrusiones desesperadas del envejecido y ladino John Huston que encubre la orgía lacrimógena y desmembradora de su familia.

Y, por supuesto, la frenética dignidad de una irrepetible y bellísima Faye Dunaway, erótica por todos los poros, se calza el número justo al reservarnos un clímax con suspense y venganza final, ¡fallida!, a lo largo del asfalto contaminado y sucio de Chinatown. El film de Polanski posee todos los apetecibles excesos del género negro que tanto amamos. Puede ser descarnada y angustiosa, y tan corrosiva como simpática. Una pirueta inteligente y enloquecida entre detectives privados, capitostes corruptos y policías incrédulos. Un laberinto incestuoso que acaba irremediablemente entre arenas movedizas. Una auténtica obra de arte de la década de los 70. Y eso es lo único que cuenta.







Es cine negro. Negro a rabiar. Pero es áurea y de platino. Sus colores se combinan milagrosamente entre seres que, pese a que se atrevan a acercarse a la luz diurna, mantienen una persistente sensación física siempre en la sombra. La fascinante sensualidad de la pareja protagonista se convierte en un juego de misteriosos recursos intelectuales, que penetran en la casa del espíritu valiéndose de los pliegues de la conciencia y de los velos de la ironía.




Compacta y magistral. Un Roman Polanski irrepetible. Jack Nicholson y Faye Dunaway olímpicos, entre un suspense maligno, vicioso y necesario.  

El tema de Jerry Goldsmith aún nos deja extasiados. ¡¡Irrefrenablemente lírico y evocativo!!