sábado, 19 de mayo de 2007

Greta Garbo, mito, espionaje y amour fou en "Mata-Hari"


Greta Garbo fue una esfinge, sí, pero llena de vida, dividida entre los deseos más apasionados y los transportes extáticos de una estrella refractada por cristales de hielo. Extraña, casi furtiva y tan sólidamente orgullosa como fascinante. Se materializaba en la pantalla con una sugestión irónica pero tan deseable como para contribuir a recargar cualquier atmósfera por la que ella respirase de espectacular leyenda.




No obstante, tras coincidir casi en el tema de "Mata-Hari", de 1932, con la "Dishonored" ("Fatalidad"), que el año anterior, 1931, interpretó Marlene Dietrich, dirigida naturalmente por su mentor Josef Von Sternberg, jamás hubo en ella casi nada de esa frescura descocada que la Dietrich repartía a diestro y siniestro.


"Camille" and  Ninotchka" 


 
















Pese a todo, fue también una actriz capaz de rozar y dejar plena constancia de los momentos más sublimes que se recuerdan en la Meca del Cine. Y con los que soñaran más de un actor o una actriz cinematográfica. La Garbo los tuvo todos: atractiva, misteriosa, patética, triste, real, mágica, nostálgica, divertida y conmovedora hasta hacernos saltar las lágrimas, y así lo demostró, dirigida en 1936 por George Cukor, en "Camille" ("Margarita Gautier"), y por Ernst Lubitsch, en "Ninotchka", en 1939.


































En el resto de su filmografía sonora hallamos algunos tropezones: "Anna Christie", 1930, de Clarence Brown, (su película más esperada, dado que con ella se iniciaba la nueva Garbo en el cine sonoro), "Susan Lenox", 1931, de Robert Z. Leonard, "Grand Hotel", 1932, de Edmound Goulding, "The painted veil", 1934, de Richard Boleslawski, "Anna Karenina", 1935, y "María Walewska", 1937, ambas de Clarence Brown, y "Two-faced woman", 1941, de nuevo con George Cukor (film con el que, tras exponerse a un público demasiado exigente -y a las críticas más acerbas que no se lo perdonaron- con una imagen de impensable y, por muchos otros, celebrada frivolidad, marcó su retirada definitiva del cine). Películas curiosas casi todas ellas, y sometidas a las necesidades de imagen de la misteriosa sueca, que, por supuesto, explotaron todos los valores de su inenarrable pathos, ya desde la etapa muda. Valores que se componían y descomponían más y peor, o mejor en contadas ocasiones, frente al público que interpretaba a su gusto esa psicología aplicada, misteriosa, desasosegante, muy mal comprendida a veces de la Garbo, pero que, rodeándola de un halo que quizás nunca fue totalmente de su agrado, la estilizó y encumbró hacia los niveles míticos más altos del viejo Hollywood .

Era bellísima, pero marmórea. Hasta ambigua -al igual que la Dietrich-, como demostró en "Queen Christine" ("La reina Cristina de Suecia"), de 1933, dirigida por el maestro Robert Mamoulian.



Sus poses de cine mudo, apasionadas y casi letales, rozaron muchas veces el ridículo, y hasta cayeron en él, desapareciendo por fin -con las excepciones citadas- al llegar el sonoro. Oírla hablar en inglés sigue siendo un goce inenarrable. Muchas la parodiaron. No fue jamás esa olímpica Garbo -visión siempre exagerada, que entraba de lleno en los placeres ya demodées de los silent-movies- con que han querido convencernos, pero no se puede negar que era maravillosa. Quizás hizo bien retirándose a tiempo del celuloide. Creó un mito que, visto hoy, se diluye un tanto, aunque jamás para los cinéfilos.


Esta "Mata-Hari", firmada por un director uncredited George Fitzmaurice, que quizás por eso ningún amante del Séptimo Arte logre situarlo en el firmamento hollywoodense, recarga la leyenda de la Garbo, convirtiéndola, como en sus mejores tiempos del silent-movie, en una mantis religiosa que devora, sin masticar demasiado, a ese mundo varonil, algo ridículo, que le presta su apoyo.









Ramon Novarro, el mítico y efébico "Ben-Hur" de 1925, el colosalista film rodado por Fred Niblo, y una de las joyas del cine mudo, era enfático, débil, irritante e inadecuado, pero, por ello mismo, resultaba presa fácil para las comehombres como la Garbo. Y entre el cúmulo de situaciones difícilmente salvables, era un típico y a veces necesario galán que, al igual que el infumable John Gilbert -fagocitado por el sonoro- dibujaban perfectamente las elegancias caballerosas de un tiempo sensualmente oscuro y absurdo, donde los hombres estaban perfectamente capacitados para cubrir las escenas de amor pasando de lo risiblemente poético hasta caer en lo humorísticamente vodevilesco. Greta Garbo, no obstante, no logra humanizarse hasta el momento final en que tendrá que enfrentarse al pelotón de fusilamiento, y conserva así su estatismo lujoso e inquietante.






Y el maduro militar que compone Lionel Barrymore, como militarista enamorado de la hermosa aventurera, se rige por el diseño habitual que hiciese furor en el género mudo. Se lo monta a su manera, es decir, "a lo Barrymore más desenfrenado", y se deja arrastrar sin el menor comedimiento frente a todos los delirios del espionaje puestos en solfa por la provocadora "soplona" en que se convierte la Garbo-Mata-Hari.



¡La danza de la Garbo probablemente, hoy, ya que no entonces, haría resaltar de colores vergonzantes a las danzarinas javanesas! Pero es un film curioso: vale la pena reírse de esa grotesca sociedad masculina que arrastró al mundo a la I Guerra Mundial. Y siendo "Mata-Hari", a los ojos del siglo XXI, algo grotesca también, lo bueno fue que se rió de todos. Se la cargaron, pero ella y la Garbo agravaron la atmósfera del esperpento bélico.¡Ojalá hubiesen existido más Mata-Haris como ella! ¡El mundo macho se lo merecía con creces! Y nosotros siempre tendremos un ¡hurra!, con toda la admiración del mundo y el más mítico de los recuerdos, por Greta Garbo"


 
¡¡Sólo por ella, "La Divina"!! ¡"La Esfinge"!