domingo, 31 de octubre de 2010

The innocents (Suspense)

"... El día era bastante gris, pero la luz de la tarde todavía era suficiente para permitirme, al cruzar el umbral, ser consciente de la presencia de una persona al otro lado de la ventana y que miraba directamente al interior. Bastó un paso dentro de la habitación; mi visión fue instantánea, todo estaba allí. La persona que miraba directamente dentro era la persona que ya se me había aparecido una vez... Cuando lo vi, hizo que contuviera el aliento y sintiera una profunda frialdad. Era el mismo... Tenía su rostro cerca del cristal. Sólo permaneció unos pocos segundos, los suficientes para convencerme de que él también me veía y me reconocía; pero fue como si lo hubiera estado mirando durante años y lo hubiera conocido siempre... Y en aquel instante, recibí la impresión añadida de la certeza de que no era por mí por quien había venido hasta allí. Lo había hecho por alguna otra persona. Salí de inmediato por la puerta, alcancé la de la casa, y cruzando la terraza tan rápido como pude, giré la esquina y llegué a plena vista del lugar. Pero no había nada que ver allí..., mi visitante se había desvanecido"... Admitamos, pues, una sustancia capaz de promediar entre el mundo conocido, real, y los seres que lo habitamos. Unos mundos superiores después de la muerte. Un fulgor, una transmisión fantasmal que se revela a través de espacios luminosos, poblados de esos espíritus que las criaturas humanas magnetizadas aseguran poder llegar a ver. Y para consentir la existencia de esa virtud tenebrosa, será también necesario aceptar la anuencia de los demonios, y mostrarse como víctimas propiciatorias de esos supuestos aparecidos que ya quebraron el hilo sutil de la vida. Recorramos las huellas que nos arrastran hasta el terror; aquéllas que jamás envejecen, porque el terror posee un tránsito de mucho tiempo, atrapado por un eterno toque helado. El terror fue y sigue siendo por tanto una visita tan inesperada y rápida que, aunque mane de lo remoto y desconocido, siempre acontece como una verdad palpable. Es una vieja calavera para la que no pasan los siglos. Y aunque entre ella y nosotros medie un silencio, una distancia y una soledad, de su mirada fría siempre brota un lamento que acaba por convertirse en una emoción de pena y de miedo. Si observamos la huera profundidad de sus órbitas, veremos que en ellas humea un incienso: el incienso de nuestra curiosidad. Una exaltación que siempre va en aumento. ¿Descansarán esos ojos perdidos en la aparición de un muerto? En otros cánticos y en otras lejanías las voces del tiempo siempre han asegurado que los ejemplos de aparecidos son innumerables, y que el temor a creer en ello, es el que conjura y ordena su llamamiento... Cortinas que ondean lentamente al impulso de una brisa que se cuela por un cristal roto, cirios que balancean sombras, roce ligero de una respiración, cercanía de un ser impalpable, un último perfume ácido, una mirada desde una vidriera, y por fin una sensación precisa de posesión... ¿Todo apariencia? ¡Qué puede importar! De lo que se trata es de producirla...
 

Sugerencias visuales del terror

Internarse en el difícil terreno de la materialización fantasmal y concederle una capacidad hipnótica sobrehumana no significa ofrendar causas y razones lógicas que puedan hacer posible tan inquietante fenómeno. No obstante, la imponente fuerza expresiva que lo impulsa puede llegar a convertirse en toda una gesta dada la vehemente solemnidad que siempre conlleva el dilema de la culpabilidad o inocencia, incluso después de la muerte. La fascinación que ejerce este arsenal de imágenes oníricas frecuentado por espíritus siempre ha jugado a inventar y experimentar atrevidos recursos que naturalmente acabaron incorporándose de una manera lógica, no siempre madura, al lenguaje cinematográfico habitual. Las riendas del terror acabarían en consecuencia descubriendo audacias inesperadas a los métodos expresivos y a la revolución estética impuesta por el Séptimo Arte. Incluso se contagiaría en numerosas ocasiones de la fiebre surrealista ya que el horror posee mucho del automatismo psíquico que nos infligen los sueños y las pesadillas. Según André Bretón y luego Luis Buñuel los senderos del horror (como los del humor, la paradoja, el erotismo y la locura) deberían dinamitar los cánones ya establecidos por el arte en cualesquiera de sus manifestaciones, y retornar a la que se considera como "pureza" del ya referido automatismo psíquico, y con él a las motivaciones irracionales del subconsciente. El surrealismo necesariamente se inocularía así a los torrentes de imágenes oníricas que suele ofrendar el terror porque esta especie de "fiebre" es la que mejor imita el funcionamiento de la mente en estado de sueño o de "shock". La herencia del surrealismo es fecunda. Su inquietante atractivo resulta tan deslumbrante como malicioso. De sus muchas "atmósferas sin contenido" no se desprende por lo general demasiada preocupación por el mundo de los sentimientos (ya que teme derivar hacia el siempre eludido melodrama), pero se obsesiona por imágenes impresionantes y cautivadoras, y al no abocarse directamente hacia temas de decorativismo social, se deja muchas veces conducir hacia el teatro del horror.

La fascinación de la sordidez, del temperamento mórbido y del "suspense" conocerá, pues, aun rehuyendo la potencia corrosiva de los ya mencionados y también denominados "gustos surrealistoides" con sus cargas de denuncias a los mecanismos psicológicos que pueden arrastrar hasta la picota la debilidad y la vulnerabilidad de la sociedad, cualquiera que sea la época en la que se enclave, una vasta aceptación popular. El horror puede así, al contrario que el surrealismo y pese a hallar en él cierto sentido didáctico, complacerse en el "drama fatalista", en sucias interioridades que se cimientan en el escándalo y en la crueldad, el asesinato, e incluso en connotaciones necrofílicas; y hasta condimentar todo ello con sabrosos elementos sádicos y con evocaciones sobrenaturales dispuestas a buscar refugio en antiguos caserones en los que conceder nueva corporeidad a su protagonismo invisible. El horror puede vivir entre sueños extraordinarios y accidentadas aventuras de manifiesta anormalidad, sin dejar asimismo de alcanzar muchas veces cimas de elegancia y barroquismo, fantasías poéticas, y tesis rabiosamente intelectuales por entre las que se cuelan mágicas requisitorias a ese morbo surrealista que no renuncia tampoco a hurgar en las llagas más purulentas que conducen a la brutalidad y al crimen. El marco opresivo del horror posee así sus mareas de fango que salpican nuestra responsabilidad colectiva, la que hace posible que el hombre haya aprendido a matar; domina y deforma, aunque también denuncia, las ópticas morbosas que tantas veces aprueba la sociedad; goza "con todo candor" de los rituales macabros de la muerte; y asoma más allá del curso de la vida, al igual que si se tratara de una composición o poema trágico al "Nacer" y al "Morir". Es como si el miedo debiera imperiosamente aportar su voz de tentación onírica a este concierto universal, ilógico, irresponsable y cruel del que forma parte toda la humanidad.










Henry James: "The turn of the screw" ("Otra vuelta de tuerca")






La oscuridad total se impone a este difícil relato de Henry James. Se inmiscuye abusivamente en el planteamiento de un mito popular que jamás podrá ser demostrado: la existencia de fantasmas. Su esquema narrativo posee, pues, una estrategia fascinante: una realidad que juega con sus personajes, dos mujeres y dos niños, valiéndose del oportunismo desaprensivo en que nos envuelve e involucra la mentira. Una mentira que se aplica también, por medio de conflictivos "significantes y significados casi surrealistas" en los que nunca podremos llegar a creer, en explotar unos estudios de conductas y unas crisis de sentimientos, tanto infantiles como adultas, estimuladas en todo momento por el convencimiento de que para hallar cierto tipo de redención moral, probablemente tan imaginaria como innecesaria, resulte preciso recurrir a una no menos discutible investigación de incógnitas de origen fantasmal y a una nueva realidad apocalíptica pero indemostrable que se sirve del tradicional soporte de los ya indicados mitos subjetivistas del espiritismo.

La novela, a través de su narradora, se constituye así en una visión impúdica de ciertas obsesiones íntimas que no dudan en erigirse en realidades que parecen perpetradas por la misma protagonista del relato: una institutriz que trata de introducirnos en una cotidianeidad formada por el estruendoso caos figurativo de una visión fantasmal que se sustrae a la muerte para distorsionar la vida de dos niños y el mundo que les rodea. El testimonio aportado por la institutriz puede resultar tan riguroso en su modalidad como morbosamente traumático-familiar. La naturaleza post mortem que impregna sus tristísimas y pesimistas reflexiones sobre la posesión sobrenatural en que supone se hallan atrapados sus educandos parece corroborar una especie de lucha protectora contra las siempre temidas formas de dolor, soledad e injusticia que asolan la existencia humana. Estos niños abandonados a su suerte por un tío que desea en todo momento no ser molestado, y que los ignorará por completo dejándoles en manos de una vieja ama de llaves, y elípticamente "aleccionados" en un principio por una institutriz y un criado de catadura más bien dudosa, reflejan en efecto esa visión melancólica y pesimista que siempre conlleva la orfandad, aunque, como en este caso, se trate de una "orfandad adinerada". Su última institutriz, no menos aislada del mundo, iniciará un itinerario hacia el amor posesivo por ambas criaturas que la habrá de llevar a identificar las presuntas conductas "inmorales" de unos niños que a todas luces nos son presentados como angelicales con posesiones revulsivas de sus anteriores servidores, ya fallecidos. Pero, dado que "en la realidad jamás tendrá cabida lo fantástico" (máxima surrealista), lo admirable de lo fantástico y de su simplicidad es que Henry James acabará por hacernos creer que ese mundo poblado de fantasmas es realmente una materialización psicológica presente tan sólo en la mente de la protagonista, que acabará trastornando en efecto, y con resultados demoledores, la pacífica e "inocentemente inquietante" existencia de sus pupilos.


Henry James (New York, 15 abril de 1843-Londres, 28 de febrero de 1916), con "The turn of the screw" ("Otra vuelta de tuerca") se rige por impulsos irracionales e incoherentes, excesivamente elaborados. Su novela prefigura, no obstante, una originalidad de autoafirmación inquietante y fascinadora. El peso impresionante que deslinda a su principal protagonista de la realidad se adscribe con expresión afortunada, bien que no menos trágica, y entre insólitas vibraciones de una estética literaria violenta, a un esfuerzo híbrido de engañosos conformismos que se entrelazan constantemente entre la verdad y la mentira capaces de definir la tópica cultura decimonónica, convirtiéndola tan sólo en un capricho morboso de autor. Un autor que contribuye, al parecer sin querer compartirlo, con un manjar exquisito a nuestra hambre (en especial en el siglo XIX) de "tiempos oscuros". Y sin erigirse en testigo observador, se vale de lo que podríamos llamar "apaños y eufemismos de una posible fabuladora" (la misma institutriz que vuelca sobre el papel todas sus violentas emociones), para conseguir alertar con revelaciones en las que con toda probabilidad no cree, el aquilatamiento subjetivo de toda una sociedad lectora, cuya ingenuidad no es prudente menospreciar, pero frente a la cual se pronuncia con un enigmático documento sociológico que pueda abrir las puertas a todo tipo de interpretaciones.



Itinerario cinematogfico-novelístico

Miss. Giddens posee esa sencillez de damisela tímida mas no recelosa en la que se adivina una inmensa suavidad, ternura y devoción hacia el mundo infantil. Alberga una esperanza: conseguir su primer trabajo como institutriz. En respuesta a un anuncio asiste también a su primera entrevista. Un despreocupado y adinerado caballero, tutor de sus dos sobrinos, Miles y Flora, tras la muerte de sus padres en la India que significan una gran carga para él y que por fallecimiento de su última institutriz se hallan en aquellos momentos a cargo de un ama de llaves, Mrs. Grose, doncella de su madre, en su propiedad campestre en Bly, Essex. Una gran mansión familiar, lugar sano y seguro para ambas criaturas. El extravagante caballero ofrece a la nueva institutriz un gran salario que excede, para su sorpresa, a la modesta aspiración de la educadora. Le anuncia que habrá de actuar con autoridad suprema en Bly. Miles, enviado a la escuela tras la desaparición de su anterior profesora, pasará con ellas sus vacaciones durante el verano. El tío de los niños, finalmente, expone como condición primordial a la nueva aspirante, Miss. Giddens, seducida por su generosidad y entusiasmada tras haber logrado de forma tan sencilla sus ansiadas expectativas, que jamás, bajo ningún concepto, deberá ser molestado, ni mucho menos acudir a él, no quejarse ni escribirle. Recibirá todo el dinero necesario de su abogado, pero deberá hacerse cargo de todo y dejarle definitivamente tranquilo. Miss. Giddens emprende su marcha hacia Bly. La naturaleza proclama ante ella, pese a la rigurosa tutela que se le exige, el principio de una nueva vida; felices designios llenos de promesas y desconocidas ternuras.










































"Recuerdo el principio de todo aquello como una sucesión de altibajos, un ir y venir de esperanzas y miedos... En este estado mental pasé las largas horas de sacudidas y bamboleos de la diligencia. Recuerdo la agradable impresión que me causó la amplia fachada de la casa; recuerdo el césped y las brillantes flores y el crujir de las ruedas sobre la gravilla y las densas copas de los árboles sobre las que los grajos graznaban y trazaban círculos en el dorado cielo. Inmediatamente apareció en la puerta, con una niña de la mano, una persona muy educada que me hizo una reverencia como si yo fuera la dueña de la casa o una distinguida visitante... Flora era la niña más hermosa que jamás hubiera visto. Y otra cosa que me agradó mucho fue lo bien que congenié con la señora Grose. Vigilar, enseñar, "formar" a la pequeña Flora sería probablemente la tarea de una vida feliz y útil... "Y el muchachito, ¿se parece a ella? ¿Es también tan notable?..." "Oh, señorita, es de lo más notable. ¡Si le parece bien ésta... entonces se sentirá entusiasmada con el señorito!"... "Bueno, para eso precisamente vine..., para sentirme entusiasmada" Todavía puedo ver el amplio rostro de la señora Grose al oír aquello. "Bueno, señorita, no es usted la primera..., y no será la última" "Tengo entendido que mi otro pupilo vuelve mañana"... "Mañana, no, el viernes, señorita..."




A Bly y a sus escasos habitantes la ampara un paisaje privilegiado. Un pequeño lago en el que se trenzan guirnaldas de verdura y sobre el que se vuelcan los troncos de los álamos, un arrimo de muros entre grandes vidrieras que glorifican de luz sus enormes salas decadentes, la promesa auxiliadora de Mrs. Grose, la dulce ama de llaves; y, para acomodarse a tanta paz, la gentileza infantil, irresistible en su avidez imaginativa y entrañable, de la pequeña Flora. Miss Giddens teme no ser merecedora de tanta abundancia. Bly, no obstante, vivió su misterio. Fue hollada por las pisadas inquietas y rotas de anteriores asalariados. Y en el hoy por hoy mantiene un trastorno de pesadillas, de fiebres y convulsiones de las que el tiempo no habla, pero que esconden un pulso fantasmagórico, unas presencias que nunca duermen, uno mundo no arrepentido, de dolor y crueldad que jamás muere. La llegada del segundo educando, el jovencito Miles, comporta además de un tiemblo gozoso para ambas mujeres, un rigor que no se acomoda a su encanto. Una expulsión por corrupción en sus disciplinas escolares. Los adictos alumnos de Miss. Giddens poseen, no obstante, un signo de gracia. La institutriz recibe de ellos una merced de divinidad. Pero toda esa exaltación que inflama de amor a Miss. Giddens por ambas criaturas se ve perseguida por un secreto de congojas y trallazos de malignidad que gimen y ofrecen su presencia demoníaca desesperadamente, volviendo a la tierra que ya no les pertenece, imprecando su malévola presencia en el silencio de ambos huérfanos, afirmando su posesión triunfal en la conciencia inocente de los niños.




















































































 


"... Me hallaba frente a una magnificencia y una responsabilidad para las que no estaba preparada y en cuya presencia me hallé ahora un poco asustada, además de un poco orgullosa. Pensé que mi primer paso sería lograr, con las artes más gentiles que me fueran posibles, ganarme a la niña... Pasé el día con ella al aire libre. Flora tenía que ser la única que me mostrara el lugar. Lo hizo paso a paso y estancia por estancia y secreto por secreto, con una deliciosa charla infantil sobre todo lo que veíamos, lo cual dio como resultado que en media hora nos hubiéramos hecho grandes amigas... Mi pequeña guía, con su pelo dorado y su vestido azul, danzaba delante de mí doblando esquinas y recorriendo pasillos... Tuve la visión de un castillo romántico habitado por un rosado duende travieso... No; era una enorme, fea y antigua pero muy conveniente casa, en la cual tenía la impresión de que nos hallábamos casi tan perdidas como un puñado de pasajeros en un gran barco a la deriva. Y, sorprendentemente, ¡yo me hallaba al timón! Dos días más tarde, me dirigí con Flora a recibir, como había dicho la señora Grose, al señorito... Había recibido una carta para mí que, aunque escrita de la mano de mi patrón, y sólo contenía unas pocas palabras que acompañaban a otra carta, dirigida a él... Llevé la misiva hasta mi habitación, y sólo la leí justo antes de meterme en la cama. Me proporcionó dos noches sin dormir. Finalmente no pude resistirlo más y decidí abrir mi corazón a la señora Grose: "El niño ha sido expulsado de la escuela" Enrojeció visiblemente. "¿No lo van a admitir de nuevo?" "Lo rechazan tajantemente" Vi sus ojos llenarse de lágrimas. ¿Qué es lo que ha hecho?... "No entran en detalles. Simplemente expresan su pesar de que les sea imposible seguir teniéndole en su institución. Miles es una afrenta para los demás... Usted dijo que nunca había visto que fuera malo. Le gusta que sea travieso. Miles contamina... Corrompe... Es lo que dice la carta" "Tiene miedo de que la corrompa a usted?" Dejé de lado el asunto. "¿Como era la anterior institutriz? ¿Vio ella algo en el niño?" Pareció que la señora Grose intentaba ser concienzuda. "Bueno, señorita..., ella ya no está. No quiero contar historias"... "¿Murió aquí?..."



Bly, en efecto, esconde palpitaciones vibrantes y recónditas, pulsaciones fantasmagóricas de presencias agónicas que nadie puede evitar. Dos seres desaparecidos: Peter Quint, antiguo criado y Miss. Jessel, la anterior institutriz, capaces en su reciente pasado de transgredir todas las medidas exactas de la ética, y que acabaron por sumergirse en un torbellino abominable de perversiones, en un sensualismo que se complacía, ante las miradas inocentes de los niños, en ofrendar todos los matices más sádicos de cuanta grosera voluptuosidad puede rehuir la plenitud exquisita del verdadero amor. Ambos seres forman fragmentarias visiones letárgicas que transitan en los aposentos y corredores, en el frío lago, en las vibraciones tornasoladas de los jardines limítrofes, y en las encarnaduras de las torrecillas enladrilladas de Bly, como sueños malévolos que hubiesen dejado allí un surco de leyenda demoníaca. Miss. Jessel acabó ahogada en el lago de la inmensa finca, Peter Quint fue hallado muerto en una solitaria senda. Sus sombras, no obstante, han vuelto a Bly. El origen de unas voluntades perdidas en deleites de perversión forjan semblanzas de almas en pena, y tratan de renovar sus clamores innobles, el origen de sus mórbidas voluntades, posesionándose de la juventud virginal de Miles y Flora. Miss. Giddens se dispone a velar por la salvación de ambos niños. Resiste el castigo que le infligen aquellas apariciones. Se siente observada. Quint la pone a prueba: su imagen surge tras el vuelo de los palomos en la cercana azotea, la aterroriza tras un ventanal; Miss. Jessel llora frente a ella en su antiguo escritorio, sala dedicada a la enseñanza, y su negra imagen, lejos de la casona, despierta como de una pesadilla, frente a la ribera del lago, atrayendo la mirada de Flora de la que asoma una enigmática sonrisa y un ceremonioso cántico de misteriosa complicidad. Un acecho insaciable, una posesión silenciosa de dos nombres: Quint y Jessel que empañan las horas felices en Bly, y que los niños jamás mencionarán. Mas esa especie de tiniebla ávida de ambos espíritus condenados ejercen nuevamente un mandato pecaminoso y tratan de recuperar aquel espacio luminoso de lúbricas sensaciones que la muerte les arrebató, imprimiendo en la naturaleza frágil de los niños el giro innoble, ruin, vicioso y atormentador que frustró sus existencias y vivieron el vértigo horrendo de una misteriosa y nunca aclarada tragedia de pasión y muerte. Peter Quint y Miss. Jessel intentan de nuevo su asalto. ¿Mueven a Miss. Giddens, mujer de moral sólida, extrañas crisis nerviosas, dado su amor por Miles y Flora, de las que parecen desprenderse insondables impulsiones por imaginar fenómenos que el vulgo suele atribuir a los espíritus, dejándose arrastrar hacia algún tipo de neurosis visionaria, corriendo así el riesgo de que sus afirmaciones pasen a ser únicamente el inquietante testimonio de una conciencia que pueda haber perdido su lucidez? Jamás lo sabremos. Miss. Giddens hace partícipe de todas sus sospechas a la no menos aterrorizada ama de llaves, Mrs. Grose, quien también aporta, como argumentos que ratifiquen los temores expresados por la institutriz, el recuerdo sombrío y los actos nefandos llevados a cabo en Bly por los fallecidos. La naturaleza fantasmagórica de Quint y Miss. Jessel no constituyen, pues, una ilusión ni un mal sueño. ¿Puede la codicia atormentadora del espíritu humano hallar de nuevo una esencia capaz de provocar el terrorífico prodigio de la posesión? ¿Perciben los poseídos esas imágenes sin reconocerlas en su interior como un inextricable proceso físico que puede acabar por dominarlos y destruirlos? El hecho es ya indiscutible para Miss. Giddens. Es necesario enfrentar a los niños a ese principio fantasmal a que se hallan unidos. Miles y Flora lograrán liberarse únicamente de los espíritus malignos que los poseen dando testimonio de su presencia y reconociendo la esencia destructiva de los mismos...




























































































































 












"... Fue una tarde, durante el transcurso de mi hora personal; los niños se habían retirado, y yo había salido a dar mi paseo... ¡Estaba allí!, más allá del césped y en la parte superior de la torre a la cual, aquella misma mañana, me había conducido la pequeña Flora. Un hombre desconocido en un lugar solitario puede ser objeto de miedo para una mujer no muy habituada al mundo... Era como si, mientras miraba, todo el resto de la escena se viera sumida en un silencio mortal. Nos vimos enfrentados a través de la distancia el tiempo suficiente como para que yo me preguntara con intensidad quién era... Sí, mantuvo sus ojos intensamente fijos en mí, e incluso cuando se volvió siguió mirándome fijamente. Se dio la vuelta y desapareció... El rostro de la señora Grose había palidecido a medida que yo hablaba: "Entonces, ¿lo conoce?" Intentó visiblemente contenerse. "¿Lo conoce?"... "¡Peter Quint!",... el criado del amo, su ayuda de cámara, cuando él estaba aquí"... "¿Solo?"... "Bueno, con nosotros... a cargo de todo"... "¿Adónde se fue?" La expresión de la señora Grose se convirtió entonces en algo extraordinario. "!Dios sabe dónde! Murió"... "¿Murió?", casi chillé. Y expresó lo increíble: "Sí. El señor Quint está muerto"... Lo que acordamos aquella noche fue que creíamos que podíamos llevar aquella carga juntas; y yo ni siquiera estaba segura de que pese a su exención ella fuera a llevar la carga más ligera. Creo que entonces sabía muy bien, como sabría más tarde, que era capaz de enfrentarme a cualquier cosa para proteger a mis pupilos... "Y el tiempo que estuvieron con él, y su nombre, su presencia, su historia, lo que fuera. Nunca han hecho la menor alusión a ello"... "Oh, la señorita no lo recuerda. Nunca ha oído hablar de ello ni lo ha sabido", pareció inmensamente asustada la señora Grove. "¿Las circunstancias de su muerte? Quizás no. Pero Miles debería recordarlo... Miles tendría que saberlo"... "¡Oh, no intente hacerle hablar!", estalló la señora Grose... Salí a pasear con Flora, habíamos dejado a Miles dentro, había querido terminar un libro. Estábamos al borde del lago que llamábamos el mar de Azov. Me di cuenta de que al otro lado teníamos un espectador interesado. Había un objeto extraño a la vista, una figura cuyo derecho a estar allí cuestioné de forma instantánea y apasionada. Mi corazón se había detenido por un instante con la incógnita y el terror de si Flora también lo vería. Después de eso acudí de nuevo a la señora Grose: "¡Lo saben..., es demasiado monstruoso: lo saben, lo saben!"... "¿Y qué demonios...?", capté su incredulidad mientras me abrazaba. "¡Todo lo que sabemos nosotras..., y Dios sabe cuántas cosas más! Hace dos horas, en el lago, Flora lo vio!"... "¿Se lo ha dicho ella?", jadeó. "Ni una palabra..., ese es el horror. ¡Se lo guardó para ella! ¡Una niña de ocho años, esa niña!"... "Entonces, ¿cómo lo sabe usted?"..."¡Yo estaba allí..., lo vi con mis propios ojos; vi que se daba cuenta perfectamente"... "¿De él?"... "¡No, de ella! Apareció de repente, de donde sea que vienen"... "¿La señorita Jessel?"... "¡La señorita Jessel, sí. ¿No me cree?"... "¿Cómo puede estar usted segura?"... "Pregúnteselo a Flora... ¡ella está segura!... Pero dirá que no es ella,... ¡mentirá!"... De lo que más me costaba librarme era de la cruel idea de que hubiera visto yo lo que hubiera visto, Miles y Flora veían más..., cosas terribles e insospechables y que brotaban de terribles pasajes aterradores de relaciones en el pasado... La siguiente revelación de la forma en que Flora se vio afectada me sobresaltó mucho más. Nos hallábamos frente al lago: "¡Está allí, mi pequeña cosa desgraciada, allí, allí, allí, y la ves tan bien como me estás viendo a mí!"... "¡No sé lo que quiere decir. No veo a nadie. No veo nada. Nunca lo he visto. Creo que es usted cruel. ¡No la quiero!". Y entonces, tras pronunciar estas palabras, corrió hacia la señora Grose y enterró en su falda su espantada carita. "¡Llévame lejos de aquí, oh llévame lejos de ella!"... "¿De mí?", jadeé. "¡De usted..., de usted!", gritó... Miles, antes de sentarse, permaneció por un momento en pie con las manos en los bolsillos: "¿Es cierto, querida, que Flora está terriblemente enferma?"... "No tanto como para que no se encuentre ahora mejor. Londres le sentará bien. Bly ha dejado de convenirle."... "¿Bly empezó a sentarle mal de una forma tan brusca?"... "Era algo que ya se veía venir"... "Entonces, ¿por qué no se la llevó antes"... "El viaje disipará la influencia... y la anulará"... "Bien, al fin estamos solos"... "Oh, más o menos". Imagino que mi sonrisa fue pálida. "No del todo. ¡Eso no nos gustaría!"... "No, supongo que no, por supuesto tenemos a los otros. Y bueno, creo que me alegro de que Bly me siente bien a mí... Se lo diré todo, querida. Quiero decir que le diré todo lo que quiera. Se quedará conmigo, y estaremos bien, y yo se lo diré todo, ... lo haré. Pero no ahora."... "¿Qué es lo que hacías en colegio?"... "Bueno, decía cosas!"... "¿Sólo eso?"... "Creyeron que era suficiente"... "¿Para expulsarte?"... "Sí, era demasiado malo"... Allí de nuevo contra el cristal, como para frustrar su confesión y retrasar su respuesta, estaba el horrible autor de nuestra desgracia..., el blanco rostro de la condenación. Sentí un terrible vértigo. "¡No más, no más, no más!", le grité a mi visitante mientras intentaba apretar al niño contra mí. "¿Está ella aquí?, jadeó Miles. Entonces, mientras su extraña "ella" me hacía tambalear y, con un jadeo, le hacía eco: "¡La señorita Jessel, la señorita Jessel!", me empujó hacia atrás con una repentina furia... "¡No es la señorita Jessel! Pero está en la ventana, justo frente a nosotros. ¡Está aquí..., ese cobarde horror, aquí por última vez!" Miles se lanzó hacia mí con una feroz rabia, desconcertado, mirando en vano a todo su alrededor sin ver nada, pese a que ahora, para mis sentidos, su enorme y abrumadora presencia llenaba toda la habitación como el sabor de un veneno. "¿Es él?" Yo estaba tan decidida a obtener toda mi prueba que me convertí en hielo para desafiarle. "¿A quién te refieres por "él"?... "¡A Peter Quint..., diablesa!" Su rostro volvió a escrutar toda la habitación, en una convulsa súplica. "¿Dónde?"... Todavía resuena en mis oídos aquella suprema mención del nombre."¿Qué importa ahora, cariño? ¿Qué importará nunca? ¡Te tengo!", le grité a la bestia, "pero él te ha perdido para siempre" Luego, para demostrar lo que había conseguido, le dije a Miles: "¡Aquí, aquí!"... Pero él ya se había dado la vuelta con una sacudida. Dejó escapar el grito de una criatura lanzada al abismo, y la forma en que lo sujeté hubiera podido ser para atraparlo en su caída. Lo cogí, sí, lo retuve..., puede imaginarse con qué pasión; pero al cabo de un minuto empecé a comprender qué era realmente lo que sostenía..."







Virtuosismo frente al terror: Jack Clayton








Nacido el 1 de marzo de 1921 en East Sussex, UK. Se inicia en Alexander Korda's Denham Studios. Durante la Segunda Guerra Mundial filma un famoso documental "Naples is a battlefield", 1944. Tras el final de la contienda se convierte en productor asociado de muchos films de Korda. En 1956 su corto "The Bescope overcoat" (basado en la narración corta de Nikolai Gogol "The overcoat") consigue un Oscar. Sitúa la historia del fantasmagórico protagonista de Gogol, un infortunado judío, en el East End de Londres, empleando magistralmente un encadenado de elementos sobrenaturales que confieren un tono espectral y alucinante al relato.





En 1959, su primer largometraje importante "Room at the top", basado en la novela de John Braine, y magistralmente interpretada (tras la renuncia de Vivien Leigh) por la actriz francesa Simone Signoret (que ganaría un Oscar), consigue, además, otra nominación al mejor guión y al mejor director. Tras esta gran experiencia, Clayton abriría nuevas sendas en el difícil terreno del melodrama capaz de rehuir las formas teatralizantes al uso. En dicho film aparece oportunamente un nuevo agente dramático, el que a partir de entonces otorgaría a la creatividad de Clayton su originalidad más celebrada: un brillante ejercicio de estilo que encamina por primera vez al cine británico hacia un robusto realismo que rehuye toda erótica-sofisticación de tono moralizante.



En 1961 adapta "The turn of the screw" la famosa novela de Henry James con el título de "The innocents". Truman Capote escribe un inolvidable guión. El film provoca una auténtica conmoción estética. Utiliza elementos fantásticos que, aunque deriven de la temática legendaria del terror gótico, se valen al mismo tiempo de principios casi naturalistas que no constituyen obstáculo alguno a la atmósfera inquietante y poética del drama sobrenatural al que estamos asistiendo, ni a la exteriorizada utilización del decorado como elemento psicológico para expresar, en su acepción más epidérmica, la culpa, la pureza y la redención a través del enérgico estimulante terrorífico en que se involucran sus protagonistas, y cuya rigurosa composición plástica se inscribe en insuperables recursos expresionistas a los que ya trataría de no renunciar jamás. No obstante, estos virtuosos ejercicios de lenguaje cinematográfico, siempre un tanto a remolque de la mejor literatura, patrones que Clayton incorporaría impetuosamente en tan magnífica adaptación, se desplazan hacia producciones mucho más comerciales, débiles y mimadas por alientos menos revitalizadores de cuanta calidad acompañara sus dos anteriores realizaciones.



"The pumpkin eater" ("Siempre estoy sola"), 1964, basada en una novela de Penelope Mortimer, con tres grandes figuras de la interpretación Anne Bancroft, James Mason y Peter Finch, y con gran guión de Harold Pinter, se inscribe imperiosamente en los componentes patéticos, en contraste con el grado de realismo alcanzado por "Room at the top", del más sistemático y reiterado empleo del juego dramático amoroso en el que de nuevo será la mujer la que alce la espada de su gran protagonismo (Anne Bancroft fue nominada al Premio de la Academia y se hizo con el galardón a la Mejor Interpretación en el Festival de Cannes de 1964), convenientemente dosificado por la narrativa literaria o cinematográfica que trate de erigirse en testimonio y reflejo de una realidad de gran tradición: las un tanto apolilladas crónicas de relaciones sentimentales. Con "Our mother house" ("A las nueve, cada noche"), de 1967, con Dirk Bogarde y la jovencísima Pamela Franklin (descubierta en "The innocents"), Clayton trata de recuperar el itinerario brumoso y sórdido del terror sobrenatural nacido de aquella su celebrada primera experiencia, y que trata inútilmente de prolongar su pasada filiciación expresionista. Su convencional adaptación, en 1974, de la novela de Scott Fitzgerald "The great Gatsby", se tambalea en taquilla y es mal acogoda por la crítica.



"The lonely passión of Judith Hearne", 1987, será la última realización de Clayton; film de gran fuerza dramática, basada en una excelente novela de Brian Moore, enclavada en Belfast, por entre un turbio ambiente irlandés típicamente represivo; impresionante documento sobre la decadencia moral y física del ser humano, y a través del cual su director trata por todos los medios de retomar su inicial sendero de realismo social valiéndose nuevamente de una deslumbrante y compleja profundidad psicológica femenina que encarna a la perfección una portentosa Maggie Smith.

Estuvo casado con la actriz israelí, Haya Harareet, imposible protagonista de la mastodóntica "Ben-Hur", hasta su muerte el 26 de febrero de 1995 en Berkshire, UK.







Culminación psicológica de Miss Giddens: Deborah Kerr








Nacida en Glasgow, Scotland, el 30 de septiembre de 1921. Deborah Jane Kerr-Trimmer. Hija del Cap. Arthur Charles Kerr-Trimmer, arquitecto naval, veterano de la I Guerra Mundial, y de Kathleen Rose. Su hermano pequeño, Edward, periodista famoso, moriría en 2004 a causa de una desagradable discusión en carretera que provocaría una incidencia mortal. Deborah fue educada en la renombrada Independent Northumberland House School en la comarca de Clifton, lindante con Bristol, demolida en 1937. Se inicia como aspirante a bailarina de ballet, y debuta por primera vez en el escenario en Sadler's Well. Estudia actuación con Phyllis Smale, tía suya y directora del Hicks-Smale Drama School en Bristol. Interviene junto a James Mason y Bobert Newton en "Hatter's castle", 1942, y en 1943 es elegida por los prestigiosos Michael Powell y Emeric Pressburger como intérprete de tres personajes completamente diferentes en "The life and death of Colonel Blimp".


"Black Narcissus", 1947, atrae la atención de Hollywood. Deborah Kerr había conseguido el premio de interpretación New York Film como Actriz del Año. Contratada por MGM, interviene en "King Solomon's Mines", 1950, y en la colosal recreación de la novela de Henry Sienkiewicz "Quo Vadis?", 1951, en el papel de la cristiana Ligia, junto a Robert Taylor y Peter Ustinov, dirigida por Mervyn LeRoy en los estudios Cinecittà de Roma.







Su primera nominación al Premio de la Academia le llega a través de su sensual interpretación de Karen Holmes en "From here to eternity", 1953, de Fred Zinnemann, formando pareja con Burt Lancaster. El retrato femenino de Deborah Kerr, ociosa, atractiva y despechada mujer de un capitán de la base militar de Pearl Harbor, dispuesta a iniciar una relación adúltera con un sargento, ofrece una de las más turbadoras dimensiones míticas, muy próxima al arquetipo de la vamp, que cimentaran (sin repetirse) la celebridad de la Kerr. Junto a Burt Lancaster ofrendaría una de las escenas más turbadoras de toda la historia del cine: la tórrida escena de ambos amantes en una playa batidos por el oleaje, metafórico lenguaje erótico-visual del acto amoroso, carente de diálogo, y cuyo significativo silencio se alzó como un curioso reto a la censura imperante ya que fue capaz de obviar los más mórbidos elementos expresivos que conllevaran cualquier tipo de diálogos apasionados, generalmente impugnados por dicha censura.



La versatilidad interpretativa, siempre celebrada y extraordinaria, de la exquisita actriz escocesa aparece en los siguientes años dominada al mismo tiempo por el hechizo fotogénico que su imagen desprende en la pantalla. Deborah Kerr se convertirá en uno de los trasplantes artístico-interpretativos, de procedencia europea, más elegantes, estilísticamente resonantes, triunfal y fascinante, prefigurador de un nuevo y altamente atractivo romántico, e irrepetible culminación de una de las más impresionantes fuerzas expresivas en el arte de la interpretación que han enseñoreado el Séptimo Arte. "Edward my son", 1949, "Fron here to eternity", 1953 (nominación Academy Award for Best Actress), "The king and I", "Tea and symphathy" (nominada Bafta Award- Best British Actress) , ambas de 1956, "Heaven knows, Mr. Allison" (nominada Academy Award y Golden Globe), "An affair to remember", 1957, "Bonjour tristesse", 1958, "Separate Tables" (nominada Academy Award-Golden Globe), "The sundowners" (nominada Academy Award- Bafta Award), "The innocents", 1961, "The chalk garden", (nominada Bafta Award), "The night of the iguana", ambas de 1964, "The arrangement", 1969, corroboran entre muchas más la gran amplitud de registros creativos y expansiva vitalidad artística de este icono sublime e imperecedero que para el Séptimo Arte significó la personalísima dimensión interpretativa de Deborah Kerr.



En 1994 recibió el Academy Honorary Award en reconocimiento a "una artista de impecable gracia y belleza, y cuya carrera como actriz cinematográfica mantuvo siempre un celebrado refinamiento por la perfección, la disciplina y la elegancia". Nombrada "Commander of the Order of the British Empire" en 1998 no pudo recoger su nombramiento a causa de su falta de salud. Aquejada de la enfermedad de Parkinson, fallecería el 16 de octubre de 2007, a los 86 años de edad en su hogar de Suffolk, UK.

















Martin Stephens - Pamela Franklin

(Miles) - (Flora)

Hallazgos infantiles de una portentosa naturalidad interpretativa. Niños ante un juguete nuevo y complicado: el Séptimo Arte. Personajes ambos que, en manos de Jack Clayton, ofrendan fascinantes recursos creativos, repletos de ingenio y espontaneidad. Un simbiosis entre el naturalismo más expresivo y la superación más prodigiosa y prometedora del dinamismo inventivo en la niñez al enfrentarse a la ubicuidad devoradora de la cámara. Martin Stephens y Pamela Flanklin se transforman en auténticos artífices de un majestuoso autodidactismo interpreativo en la infancia. Los pequeños Miles y Flora, acogiéndonos a una frase mítica del cineasta Ferdinand Zecca (1864-1947), "logran ser prodigiosamente realistas incluso en las escenas de truco"













Michael Redgrave - Megs Jenkins

(The uncle) - (Mrs. Grose)



Máxima expresión de la fórmula perversa sobre las incógnitas espiritistas. Sintetización y conjugación de la inocencia frente al indefinible maleficio de una posible posesión fantasmagórica. Técnica verista frente a la versátil fascinación que el terror pueda ejercer en el espectador. Destrucción de la razón frente a la pura gratuidad de tradiciones primitivas emparentadas con seres demoníacos y sobrehumanos. Un deslumbrante rigor gótico, cuya atmósfera opresiva nos magnetiza, y nos obliga a reflexionar sobre la prédica moral ("¿Podemos a través de la mentira erigirnos en los salvaguardadores del bien y del mal, sin saber jamás si nos hallamos en el lado bueno o en el lado malo de sus fronteras?") cuando ésta se acopla a las gónadas de la ficción. Impetuosidad expresiva que acabará por convertirnos en víctimas de cuanta irrealidad pueda conllevar el subjetivismo humano. ¡Modélica e imperecedera!