martes, 7 de abril de 2009

Nôtre-Dame de París



















"En la noche que siguió al suplicio de Esmeralda, las gentes de los bajos fondos se llevaron su cuerpo del cadalso para trasladarlo a la cueva de Montfaucon. Dos años después de los acontecimientos con los que acaba esta historia, se encontraron dos esqueletos, uno de los cuales estaba fuertemente abrazado al otro. Cuando se intentó separarlos se convirtieron en polvo"


París nos ronda como un gran espectáculo de sombras animadas. Alienta la existencia. Posee una primera mirada engatusadora. Es el venerando molde de una ritualidad tras el que se esconden las más escalofriantes emociones de la vida. Es una herida de pasión, una corona de impresiones terribles que se esconden en los rincones de sus callejuelas inacabadas. Tiene esa rusticidad inmensa que no se puede abarcar, miles de ángulos de confusión por entre los que se extravían las osadías de sus hombres y mujeres, como si recorrieran una vereda de bosque radiante a la que no se le ve el fin. Es fatal, honda y mentirosa. Una invención de la casualidad como tantas otras ciudades. Pero París, siempre atirantada por los vientos maliciosos que arrastran la historia, vence al tiempo con su toca de reina. Es una ciudad destinada a lucrarse de un gran destino. Es un diamante para el disfrute ajeno. Pero también es un castigo a la caridad. Un silencio para arrinconar a sus gentes. Un camino característico de resentimientos. Un cauce inhóspito que inocula en el aire viciado de su laberinto volutas gigantescas de cinismo y crueldad. París duele. Frente a sus palacios imponentes se cierne una sombra de miedo, de vasallaje. Es doctrinal y santa. Pero desleal. Posee, como baraja usada, una "Corte de Milagros", que rompe la marcha monumental de sus sueños de grandeza, y que sirve de antídoto al vagabundo y al delincuente, al hijo de la miseria y al despechado de la fortuna. La abarca un cielo que raras veces sabe ponerse un traje azul. Es una ciudad que late en un flirteo doctrino. Una gran centinela de la moralidad cristiana. Un ensueño catedralicio frente a los bandidos que la infestan, y que asistida por el culto a los monumentos, se reconoce siempre el derecho a disponer de la vida de sus siervos. Nôtre-Dame la condena. Su piedra es una especie de vicio mental, un ojo deletéreo del feudalismo bárbaro, graciosamente concedido por los poderosos que viven holgadamente. La esplendidez de unos pocos y la miserable condición de la mayoría conviven, pues, en la misma ciudad. Y por ello se comprende que esta gran urbe limosnera, desordenada y rica pueda aparecer distinta según los ojos que la miran. Pero también ejerce su concubinato sensual, como si constituyera el ejercicio de un derecho. Y así se desangra en el lecho del amor. Su idea de Dios se mezcla en los juegos de prestidigitación lujuriosa. Sus hombres y mujeres naufragan en la religión y se escapan a su cita de reposo sensual. París es una ciudad grata y corrompida, donde sus víctimas conocen ya la "fatalidad": "En un rincón sombrío de una de las torres de Nôtre-Dame se halló esta palabra grabada a mano en la pared, ANÁPKH, mayúsculas griegas que el tiempo ennegreció, profundamente señaladas en la piedra, y ciertos signos propios de la caligrafía gótica, como para revelar, por el sentido lúgubre y fatal que encierran, que los marcó una mano de la Edad Media"
 

Literatura animada


 

El cine que, a través del ojo nervioso de la cámara, es, ante todo, movimiento, ("moving picture" según Hollywood), favorecido por un clima exterior que lo aleja de la escenografía teatral, aunque igualmente ilustrado por una necesaria retórica interpretativa, como superación dialéctica que hubo de moverse constantemente hacia nuevas y prometedoras formas expresivas, se abocaría en consecuencia de un modo natural hacia el perfeccionismo que aporta la palabra escrita. Camino, hasta cierto punto doloroso, el de la literatura, que, cuando abre sus fascinantes recursos y descubre al cine todos sus secretos, poblados de fantasía, de ingenio y de imaginación creadora, ofrece nuevas posibilidades al aparato óptico. La cámara es, pues, capaz, además de moverse con facilidad en ese realismo y naturalidad que transmite el aire libre, de ofrecer una colección de joyas cinematográficas tras beber, al parecer sin saciarse jamás, en el elocuente elemento de expresividad dramática que ofrece la literatura (si bien mediante la siempre necesaria síntesis de la obra escrita exigida por la temporalidad del celuloide filmado). Nacería así una inesperada simbiosis con literatos ya consagrados. Un flamante milagro madurado en estudios o en espacios naturales; un elaborado trucaje de ilusionista o nueva forma de espectáculo que uniría los dos polos antitéticos entre los que parecía que no tendrían cabida cine y literatura. Logrando más de una vez que este juguete nuevo y complicado de la cinematografía llegara a encumbrar a muchos talentos literarios, algunos de ellos un tanto olvidados, y que alcanzaran de nuevo su lugar en la historia.

No obstante, sobre el enorme esfuerzo que la inventiva visual requiere cuando trata de ahondar en el temario tantas veces árido de la gran literatura planea constantemente el espectro de la estructuración básica más elemental, sujeta en todo momento a medios y presupuestos que impiden alcanzar la emoción purísima que se desprende del relato escrito. El poema lírico, según afirmarían constantemente "grandes poetas del cine mundial" como el ruso Alexandr Dovjenko (1894-1956) siempre saldrá malparado por mucho que sea el interés experimental que, en plasmarlo en la pantalla, promueva el Séptimo Arte.

Este criterio realista no impediría los intentos del cine por abordar los problemas complejos que la literatura ofrece y que éste prosiguiera con mayor o menor fortuna la rica tradición de una narrativa que tratara de imprimir, fijar y difundir en la pantalla la estética y el elemento perturbador que el talento de grandes escritores confiriera a sus obras literarias. No hay, pues, por qué asombrarse de nada y aceptar hasta las más sorprendentes piruetas con que el nuevo medio, a través de la alquimia del fotograma, trata de potenciar su desarrollo, vocacional y masivo, entre las sinuosidades o violentas tensiones que tantas veces preceden la falta de prejuicios y purismos. Pero que, a pesar de todos los pesares, en infinidad de ocasiones, merced a esta obsesión literaria, probablemente la más constante de cuantas se han posesionado de la cinematografía mundial, ha logrado ofrendar al público espectáculos de una gran finura psicológica, de una sutileza poco común, y de una genialidad inolvidable.


Jean Delannoy: (Noisy-le-Sec, Francia, 12 de enero 1908-Guainville, 18 de junio 2008) Se inicia como actor en 1920. A partir de 1930 su carrera toma un nuevo giro. Primero como editor y luego como director de cortometrajes. A mediados de dicha década su reputación se ve acrecentada. Artesano excelente, de gran sensibilidad, su cine alcanza una nueva dinámica refrendada por una gran popularidad, que no le impide ser reconocido como sinónimo de "qualité française". Obtiene un gran éxito en 1943 con "Pontcarral, colonel d'empire", y con la inapreciable colaboración de Jean Cocteau realiza uno de sus films más prestigiosos en ese mismo año, "L'eternel retour". En 1961 Cocteau adaptaría para él "La Princesse de Clèves". Nunca ajeno a la importancia de la literatura en su cinematografía, dirigiría en 1947 "Les jeux son faits" de Jean-Paul Sartre. Se adentra en planteamientos cinematográficos de ambientes épicos como guionista: "Le secret de Mayerling", 1949, "La route Nápoleon", 1953, "Marie-Antoniette reine de France",1956, y en este mismo año dirige, producida por los prestigiosos Raymond y Robert Hakim una particularísima y distinguida versión de la obra de Victor Hugo, "Nôtre-Dame de París", la más fiel a la gran narrativa del gran escritor de cuantas versiones se han trasladado a la pantalla.



El 12 de enero de 2008, Delannoy pudo celebrar su 100 aniversario en su casa de Bueil, Normandía, rodeado de grandes amigos entre los que se hallaban la actriz Michèle Morgan.


"Nôtre-Dame de París" vuelve a la pantal
la en 1956

Rehuyendo los medios superindustrializados de las producciones de Hollywood (incapaces de captar, en sus dos descabaladas, un tanto absurdas, y, por supuesto, adulteradas versiones anteriores rodadas en la Meca del Cine, esta obra poética y delicadamente intimista, con la que el gran escritor Victor Hugo recompensaría a sus fieles lectores, a la hora del balance histórico-literario, con una de las más impactantes reconstrucciones históricas del París del siglo XV, inevitablemente ligado a las masas populares; que sorprende, además, por su veraz y penetrante observación de costumbres y diversiones, siempre bajo la milenaria teocracia oscurantista de la Iglesia Católica y el absolutismo sombrío de la realeza, centrada por aquella época en la testa improductiva, supersticiosa y gazmoña de Luis XI), Jean Delannoy, merced al espléndido guión adaptado que realizan Jean Aurenche y Jacques Prevert, y el expresivo pintoresquismo, por entre el que surge el sugestivo armazón de la catedral de Nôtre-Dame, que al film conceden los decorados que realiza Rene Renoux, la gran aventura cinematográfica se corona con un perfil romántico, puro y simple, más que recomendable para la Europa de la década de los cincuenta. Y que, aunque pueda aparecérsenos hoy también como una exageración más del gran drama histórico-romántico entre la "Bella y la Bestia" excepcionalmente propuesto por Victor Hugo (y a través del cual el gran escritor francés ofrecería al mundo, además de un gigantesco retablo animado por desarraigados y asociales bajo el rarefacto universo de la Edad Media, un "naturalismo poético" capaz de atravesar con inaudita excelsitud los tintes sombríos y el axiomático determinismo pesimista y desgarrador con que se ilustrara nuestro Medioevo Europeo), es capaz de rememorar el ciclo populista de nuestro mejor cine comercial con una lúcida puesta en escena, lo más fiel posible a la monumental obra literaria; demostrando también que, por muy profundas que fueran las convencionales divisiones fronterizas y artísticas que separaran a Europa del gran imperio cinematográfico de Hollywood, no resultaba descabellado en absoluto tratar de rizar el rizo articulador y reivindicativo de la narrativa literaria en nuestro continente, una vez extrapolada a la pantalla (lo que fuera al parecer espejismo inalcanzable lejos de la Meca del Cine). Celebramos así que esta siguiente (y ya casi definitiva) nueva versión del inmortal clásico de Victor Hugo, catapultada de nuevo al celuloide por Jean Delannoy con gran elegancia, con una muy significativa y agradecible elección de sus protagonistas, dotada igualmente por las suficientes categorías que le ofrendaran el irreprochable script historiado de sus guionistas, y dirigida con ritmo de frenético ballet colorista y en Cinemascope por Delannoy, resulte, a todas luces, notablemente superior a los infumables y anquilosados pastiches perpetrados por Wallace Worsley, en 1923, contando para el personaje de Quasimodo con el polifacético Lon Chaney, y por William Dieterle, en 1939, esta vez con un auténtico titán de la interpretación: Charles Laughton, que no lograría, sin embargo, levantar de su postración al personaje del campanero de Nôtre Dame, dado que el film de Dieterle resultaría, además de acartonado, inexacto hasta el ridículo, y por ello mismo incongruente, por completo isócrono con el gigantesco reloj del tiempo histórico propuesto por el genial Victor Hugo.




"ANÁRKH" (Fatalidad): Esmeralda, Quasimodo, Dom Claudio Frollo, Pierre Gringoire

"¡La Esmeralda! ¡La Esmeralda está en la plaza!-Esta palabra produjo un efecto mágico. Aquel nombre debía ser egipcio. ¡Hermosa visión!... ¡Debe ser una salamandra, una ninfa o una diosa!-Exclamó Gringoire. Rendida al fin la bailarina gitana, acabó de bailar. Y el público la aplaudió calurosamente. ¡Djalí!-Profirió Esmeralda. Apareció una hermosa cabrita blanca, lista y lustrosa. La muchacha se sentó en el suelo y presentó graciosamente la pandereta a la cabra; ésta levantó la pata delantera y dio un suave golpecito en el pandero"




 
















Gina Lollobrigida: De nombre Luigina Lollobrigida, nace en Subiaco, Italia, el 4 de julio de 1927. Sus padres se trasladan a Roma tras la Segunda Guerra Mundial. En dicha ciudad cursa estudios de pintura y escultura. Consigue en 1947 ser la tercera finalista en el concurso de Miss Italia, que ganaría Lucía Bosé. Italia se erige ya por aquella época en pionera de un nuevo estilo cinematográfico: el neorrealismo, totalmente contrapuesto al glamour de Hollywood. Su debut se produce en "Aquila Nera". Siguen varios films italianos en los que "la Lollo", como se la conocería a partir de entonces, se va afianzando.

Su papel de Maria Pizzicarella, la Bersagliera, en "Pan, amor y fantasía" y "Pan, amor y celos", 1953-1954, de Luigi Comencini, junto a Vittorio De Sica, la convierten en una de las actrices más famosas del cine europeo. A través de este encantador, irrepetible e inolvidable personaje, queda entronizada como una de las reinas indiscutibles de las famosas comedietas neorrealistas que ven la luz en la citada década, aprovechando los elementos formales de dicho movimiento (escenarios y ambientes populares entre situaciones que, aunque con finalidades bien distintas, y mucho más alejado de aquellas imágenes tristes, dolorosas y miserables de una discriminada Italia de posguerra, permanecen inscritas en las técnicas veristas del neorrealismo)






Actriz versátil, incomparable en sus papeles más populistas, y de una impactante belleza. Heredera, pues, de la guerra y del postneorrealismo, se encamina con grandes zancadas, inimaginables en aquella época, hacia el más alto podium de la fama. Sus millones de fans la apodan "la mujer más bella del mundo" Sus aspectos interpretativos más auténticos y en cierto modo fascinantes quedan finalmente relegados a sus primeras comedias de corte popular. 




A partir de ahí, Gina Lollobrigida, con su provocativo y dinámico erotismo campesino, tras una fugaz etapa en Francia ("Fanfan, la Tulipe", de Christian-Jacque, y "Les belles de nuit", de René Clair, ambas de 1952 y con el gran Gérard Philipe), se impone como gran estrella internacional con el subsiguiente y ansiado salto a Hollywood. Puerta del éxito que no tardaría mucho en abrírsele de par en par. Howard Hugues, que había visionado casualmente una de sus películas italianas, voló en 1947 tan sólo para verla en carne y hueso. En 1950 la invitaría a Estados Unidos. Aceptada la invitación, regresaría de allí a los seis meses, por sentirse, según sus propias declaraciones, "constantemente vigilada".
La Lollo se había casado en 1949 con un médico eslovaco llamado Milko Skofic, que produciría un film para el exclusivo lucimiento de su flamante esposa: "Anna di Brooklyn" (Premio David di Donatello al mejor Productor en 1958), dirigido por Carlo Lastricati, con la colaboración e interpretación de Vittorio de Sica y el norteamericano Dale Robertson, y donde Gina Lollobrigida retomaba de nuevo su arquetipo, esta vez más sofisticado, de mujer fatal a la italiana. De su matrimonio nacería un hijo. El divorcio llegaría en 1971.

John Huston, que la incluye en su "broma" cinematográfica "Beat the Devil", junto a Humphrey Bogart, Jennifer Jones y Robert Morley, revaloriza únicamente su impresionante busto, ya que su interpretación alberga una de las mayores frustraciones en que se viera inmersa la Lollo tras su primera etapa cinematográfica en inglés. Expectante y aureolada por una publicidad lo suficientemente astuta como para asegurarle una sugestiva realidad de nuevo arquetipo femenino europeo que pueda afianzarse en Hollywood y convertirla en un gran mito, interpretaría "Trapeze", 1956, dirigida por Carol Reed, con Burt Lancaster y Tony Curtis, "Never so Few", 1959, de John Sturges, con Frank Sinatra, "Solomon and Sheba", 1959, de King Vidor, con Yul Brynner, "Come September", 1961, de Robert Mulligan, con Rock Hudson, "Go naked in the world", 1961, de Ranald MacDougall, con Tony Franciosa; y de vuelta a Europa, en Gran Bretaña, "Woman of straw", 1964, de Basil Dearden, con Sean Connery, y "Hotel Paradiso", 1966, de Peter Glenville, con Alec Guinnes; en Francia, "Nôtre-Dame de París", 1956, con Anthony Quinn, y "Venere Imperiale", 1963, con Stephen Boyd, ambas de Jean Delannoy, y "La loi", 1958, de Jules Dassin, con Marcelo Mastroianni e Yves Montand. En la década de los 70, permanece retirada del cine y emprende con éxito una nueva carrera de periodista fotográfica. Se hicieron famosos sus trabajo y entrevistas a Paul Newman y Fidel Castro, entre otros muchos, más tarde recopilados en una colección titulada "Italia Mia". 


En abril del 2000 hace unas exclusivas declaraciones para la Parade Magazine: "Fui actriz por error, ya que yo había estudiado pintura y escultura. Mi vida ha sido tan sólo un cúmulo interminable de amantes y romances. Estoy verdaderamente cansada"  

 GINA LOLLOBRIGIDA: Esmeralda


Esmeralda la gitana: a través de la suntuosidad vivificante que la belleza de Gina Lollobrigida propone en el lenguaje intuitivo que el público percibe de esa temática influenciadora que ejerce sobre él el cine-mercancía, de buena manufactura, se convierte de nuevo en aquella esplendorosa y sugestiva sintaxis visual, mujer fascinante donde las haya, que ella misma supo crear y mitificar. La cámara la acaricia sin llegar a saciarse jamás de su belleza arrebatadora. Asistimos a la peripecia estilística de un intenso fatalismo romántico, y que, como precioso fetichismo al que hay que mimar, servirá de pretexto para intercalar un imborrable número musical de la Lollo, repleto de rítmicos movimientos arabescos, que, en algunos momentos, enlazan su impactante y hermosísima presencia con sus inolvidables años de "maggiorata postneorrealista".




ANTHONY QUINN : Quasimodo
... "Sacaron en triunfo al bienaventurado papa de los locos, y entonces fue cuando la sorpresa del público llegó a su colmo... Toda su persona era una mueca. Su cabeza gruesa estaba erizada de cabellos rojos; ostentaba atrás una enorme joroba, cuyo contrapeso sentía por delante; su configuración de muslos y de piernas era tan extraño, que éstas sólo podían tocarse por las rodillas, y vistas de frente se parecían a dos curvas de hoces que se hubiesen juntado por el mango; sus pies eran grandes, sus manos monstruosas, y a pesar de tanta deformidad, tenía un aspecto temible de vigor, de agilidad y de fortaleza... Cuando esta especie de cíclope apareció en el umbral de la capilla, inmóvil, rechoncho y casi tan ancho como alto, todo el público gritó a la vez: ¡Es Quasimodo el campanero! ¡Es Quasimodo, el jorobado de Nôtre-Dame! ¡Quasimodo el tuerto! ¡Viva Quasimodo!" 

Anthony Quinn: Antonio Rodolfo Reyna Oaxaca Quinn, nacido en Chihuahua, México, el 21 de abril de 1915. Su origen étnico entronca (según confesión del mismo actor) con padre irlandés (Francisco Quinn) y madre mexicana. Cuando su familia consigue trasladarse a Los Ángeles, USA, en 1920, sumidos en la pobreza, realiza labores de limpiabotas y vendedor de periódicos callejero. Y ya convertido en un adolescente belicoso y rudo en sus modales, se dedica a ser retratista de grandes estrellas cinematográficas. En 1935 inicia estudios de arquitectura que no acabaría nunca. A los 17 años se casa con una latina llamada Silvia, mucho mayor que él, que le introduce en el estudio del arte, y le obliga a tomar clases de dicción. Atraído por la interpretación, y apoyado por la famosa Mae West, debuta en el cine en 1936 con pequeños papeles en los estudios Paramount. Cecil B. de Mille, que acabaría convirtiéndose en su suegro, le ofrece su primer rol relevante como nativo americano en "The Plainsman". Al cuarto año de su matrimonio, se divorcia de Silvia, y se casa con Katherine de Mille. En 1939, su primer hijo, Cristopher, de 4 años, muere ahogado en una piscina. Sus rasgos multiétnicos le proporcionan papeles secundarios que le encasillan en interpretaciones de indio, hampón y villano. Se siente discriminado en la vida real por los círculos sociales de Hollywood. Cecil B. De Mille, que no vio con buenos ojos la boda de Quinn con su hija Katherine, no representó jamás una ayuda importante en su carrera de actor. 
Tras conseguir su nacionalización estadounidense en 1947 (ello le evitaria su participación en la II Guerra Mundial), consigue el Oscar al mejor actor secundario por "¡Viva Zapata!" de Elia Kazan en 1952. Famoso a partir de entonces por "anular" con sus interpretaciones de actor de reparto el protagonismo a actores principales, consigue de nuevo el Premio de la Academia en 1957, con su papel de Paul Gauguin en "Lust for life" ("El loco de pelo rojo") de Vincente Minnelli, film en el que un frustrado Kirk Douglas, magnífico en su interpretación de Vincent Van Gogh, vería como el Oscar le era arrebatado por Yul Brynner, mientras que su compañero de reparto volvía a ser premiado por tan sólo ocho minutos de presencia en la pantalla. 
La carrera internacional de Anthony Quinn se revaloriza hasta límites insospechados. Dirigido por grandes directores norteamericanos como George Cukor, Martin Ritt, Nicholas Ray, sus interpretaciones le llevan también a Europa. Federico Fellini le reclama para "La Strada", 1954, Michael Cocoyanis le ofrece uno de los mejores papeles de su dilatada carrera en 1964 con "Zorba el griego". Interpreta el personaje de Quasimodo en la versión de Jean Delannoy de "Nôtre Dame de París", 1956. Alexander Mackendrick cuenta también con él para su extraordinaria "A high wind in Jamaica" ("Viento en las velas"), 1967. Interviene en la colosal "Lawrence of Arabia", 1960, de David Lean, y recrea en 1962 uno de sus mejores personajes en "Barrabás" de Richard Fleischer.








Trece hijos (Lorenzo Quinn, pintor y actor) y dos matrimonios más jalonan su vida: Iolanda Addolari en 1965; Katty Benvin, su secretaria, en 1997. Fallece en Boston en 2001 a los 86 años. Sus cenizas, por deseo del propio actor, fueron esparcidas en el Cañón del Cobre, Chihuahua, su tierra natal.

Quasimodo: vehículo incómodo que requiere un proceso de caracterización, que, a fin de exponer con convicción las sutilezas del conflicto psicológico en que se debate el controvertido personaje, debe basarse en la pura dinámica visual de su deforme monstruosidad. La imagen del campanero de Nôtre-Dame resistirá siempre mucho mejor la carcoma del tiempo a través de la literatura que del Séptimo Arte. No obstante, a pesar de sus limitaciones, este hombre contrahecho y giboso, movido como cualquier ser humano por pasiones y sentimientos, se beneficia de una magnífica interpretación por parte de un Anthony Quinn, que, ya premiado por la cinematografía hollywoodense, y cada vez más afianzado en la europea, se muestra espontáneo, regocijante, ingenuo y apasionado. Y pese a su obligada caracterización esperpéntica, el actor sabe recurrir a una matización expresiva, lo menos grotesca posible, de su difícil personaje. Y con perspicaz intuición dota a su Quasimodo de una sobriedad y contención interpretativa elogiable en todo momento.


"Claudio Frollo no era un ente vulgar. Destinado, desde niño, al estado eclesiástico, su padre le encerró en el convento de Torchi, situado en la Universidad, y allí creció entre el misal y el lexicón. Era triste y grave... Al volver, el día de Quasimodo, de decir misa, le llamó la atención el grupo de las viejas murmuradoras que rodeaban el tablado de los niños expósitos. Entonces fue cuando se aproximó a la pobre criatura... Una compasión profunda le hizo apoderarse del niño. Cuando le desenvolvió del saco quedó pasmado de su deformidad... Le bautizó con el nombre de Quasimodo. En efecto, sólo era una quisicosa... París se tendía a los pies de Dom Claudio, con las mil agujas de sus edificios, con el río serpeando bajo los puentes y con el pueblo ondulando por las calles. Por su sonrisa petrificada, hubiérase dicho que en Claudio Frollo sólo los ojos estaban vivos. La gitana bailaba; hacía dar vueltas a la pandereta. A Claudio Frollo le tembló todo el cuerpo. Vio a un desconocido, era sin duda el compañero de la gitana: ¿Quién será ese hombre?-se preguntó-¡siempre la he visto sola!... Bien está, maese Pedro Gringoire, ¿pero cómo os encuentro acompañando a esa bailarina de Egipto?... Porque es mi mujer... Los ojos tenebrosos del sacerdote se inflamaron: ¿Os atrevistéis a poner la mano sobre esa joven?"


Alain Cuny: 12 de julio1908-16 de mayo 1994. Nacido en Saint-Malo, Bretaña. Estudia medicina, e interviene por primera vez en la cinematografía francesa en 1930, de manos de Marcel Carné, en "Les visiteurs du soir", 1942. Trabaja con Federico Fellini en "La dolce vita", 1960 y "Satyricon", 1969. Aparece en el papel de Sitting Bull (su última interpretación) en el western bufo rodado en un París en obras, por Marco Ferreri en 1974, "Touch pas á la femme blanche"

Dom Claudio Frollo: el perturbador rostro de Alain Cuny, que no ha de servirse de los excesivos recursos expresionistas que refleja el desasosegante drama en que se ve envuelto su personaje, confieren a su interpretación el tono espectral y alucinante en todo momento requerido por la imagen del arcediano de Nôtre-Dame creado por Victor Hugo.


"Pierre Gringoire, que era conocedor de las calles de París, había observado que nada invita tanto a la meditación como el seguir a una mujer hermosa ignorando adónde va... Tres espectros inválidos le atraparon. ¿Dónde estoy?-Preguntó atemorizado el poeta... En la Corte de los Milagros... Lo comprendo-Repuso Gringoire- pues veo que los ciegos tienen vista y los cojos corren".


Robert Hirsch: Nacido el 26 de julio de 1925 en L' Isle Adam, Francia. Actor asociado a la prestigiosa Comédie Française desde 1952. Premiado con el Premio César, Actor Secundario, en el film "Hiver 54, l' abbe Pierre" de Denis Amar, 1989, en la que también intervino Claudia Cardinale.


Pierre Gringoire: imaginativo poeta que se debate en un ridículo idealismo de reflejos filosóficos. Hirsch se alza con una interpretación tan teatralizante como efectiva frente a los mástiles totémicos que salpican el París medieval, poblado por el hechizo fantasmal y la procesión dantesca de cuantos personajes pueblan la obra literaria y la película.



El film de Jean Delannoy sabe rehuir las formas dislocadas, de acentuado extremismo, siempre sujetas a ciertas servidumbres pictórico escenográficas de una historiografía falsa y extravagante impuesta por Hollywood en sus precedentes versiones. La película se erige en una fantasía colorista, estilizada, de loable linealidad, con una encomiable aportación argumental que elige y expresa cuidadosamente la perturbadora temática de Victor Hugo, consiguiendo potenciar la más degustable y entretenida adaptación de su gran obra sin desquiciar en exceso la fidelidad al texto. Enriquecida, además, por una magnífica banda sonora de Georges Auric.