martes, 17 de julio de 2007

Europa 51

De todas las películas que Roberto Rossellini rodó con su mujer de entonces, la lúcida y exquisita Ingrid Bergman, "Europa 51" es mi preferida. Susan Sontag, la escritora norteamericana -R.I.P.-, confesó en repetidas ocasiones sentirse fascinada por dicho film, que también encabezó la lista de sus prioridades cinematográficas. Ingrid Bergman, dejando por aquel gran maestro que fue Rossellini su look hollywoodense, se rindió por completo a él, siguiendo e idolatrando cada unos de los pasos del recién nacido neorrealismo rosselliniano; y pasando de críticas acerbas y moralistas protocolos, tras elegir su propio confinamiento artístico, más depauperado pero más vital, en aquella nueva Italia de posguerra, le dedicó, para regocijo de la posteridad y de millones de cinéfilos, parte de sus mejores años.




Ingrid Bergman se entregó así, como inmensa prueba de amor, a rodajes infernales, consiguiendo, ya que no enriquecerse crematísticamente hablando, sí muchas de sus más geniales interpretaciones cinematográficas (papeles que, probablemente, aguardaban a Anna Magnani, y que la inolvidable romana también habría aceptado de mil amores). Las comparaciones son siempre odiosas, ya lo sabemos. Pero si la célebre y exquisita actriz sueca no hubiera aparecido por los horizontes de Cineccitá, no dudamos en que la genial Anna Magnani, interpretándolos, nos habría dejado también un imborrable recuerdo a todos los adoradores del neorrealismo.







INGRID BERGMAN DOLIENTE:
"EUROPA 51"












Pero la Bergman no es menos incomparable que la Magnani. En esta "Europa 51", pierde (mediante el suicidio de su hijo, ¡audacia inaudita de Rossellini!) su aborregada conciencia de burguesita estúpida, únicamente ocupada en lo que hoy se llamarían “stressantes” reuniones sociales y cenas absurdas con empalagosos comensales. El niño no se lo perdona, y ella lo acuna por segunda y última vez. Y cuando muere, nos deja a todos hechos polvo. Ingrid Bergman, destrozada, se santifica. Se aleja de su insoportable marido, en busca de una nueva perfección moral, y se desprende de todos sus lujos inútiles. Ansía redimirse, busca la purificación y hasta el martirio. El pueblo llano la ama y absuelve; su reaccionario esposo y su conservadora y estupidísima madre la llaman loca.









Bajo uno de los más brillantes aludes de reflexiones y comportamientos altruistas que se recuerdan en la cinematografía neorrealista, auténticamente santificadores, llega hasta nosotros la respiración impaciente y conmovedora de una nueva mujer, su creciente proximidad al verdadero amor por el prójimo, el misterio más evocador de una honda tristeza enfrentada ahora, con un matiz desconocido, febril y tierno, a una flamante luz que, tras arrancar nuestras lágrimas, trastorna todos los corazones que la contemplan. La Bergman acaba así en un manicomio, incapaz de reprimir aquella nueva confesión de un amor sin límites hacia una parte de esa humanidad más maltratada. No dudará en ser capaz de enfrentarse a la ceremoniosa y egoísta burguesía demasiado exigente para tratar de comprenderla, y que vive, como hiciera ella misma, instalada en su confortable indiferencia, tan vana como inútil. Sin victimismo, esta gran mujer usará así de su más conmocionador derecho "de redimirse a sí misma", oponiéndose con firmeza a la rigidez de cuantas actitudes reaccionarias han presidio su absurda existencia anterior. Y por ello sabemos que, gracias a las cerradas puertas de un mundo positivista y egocéntrico, que observa en silencio, negligentemente, las vicisitudes de los desheredados de la tierra, nuestra gran Bergman no se dejará devorar por el “Pozo de las serpientes” ¡El rostro de la sueca, de tan bello y expresivo, resulta escalofriante!....



















    
Giulietta Massina cobra también ante nuestros ojos, en sus breves apariciones, la expresión resplandeciente de una imagen que ya participa de la misma naturaleza neorrealista de Rossellini, y cuyos surcos, a manos de su futuro gran mentor y esposo, Federico Fellini, pronto se abrirán esplendorosamente ante ella. Nos otorga así  una gracia casi tan fascinante como mágica y embriagadora. Esboza sus muecas más adorables, nos arrastra hacia sentimientos que lindan ya con la veneración por venir, y preludia en consecuencia los ardientes vientos de sus extraordinarias  "La Strada" y "Le notti di Cabiria"

"Europa 51" sigue siendo la más preciada e imperecedera joya en la corona de Ingrid Bergman y de Roberto Rossellini.