domingo, 9 de diciembre de 2007

Touch of Evil (Sed de mal)

Basada en la novela de Whit Masterson "Badge of Evil", la película fue recibida por la crítica como uno de los más sórdidos retratos policíacos de finales de la década de los cincuenta. Los prejuicios censores le hincaron el diente (no sabemos si lo harían también con la novela). Víctima de una incomprensión despiadada, como solía ocurrir con cuanto impacto expresivo pusiese en solfa el genial Orson Welles, la tacharon de grandilocuente y excesiva. El provincianismo americano, en todas sus vertientes, siempre ha odiado las denuncias al sistema, pese a que sus manifiestos antiracistas cayeran, por lo general, tan vertiginosamente como su falsedad intrínseca, en ese profundo pozo donde nuestras conciencias evitan por sistema (dogma y lejanos principios de patriotería) el eco flagrante de la más perniciosa de las verdades. Cierto, porque nadie en sus procesiones vivenciales, sea en un país o en otro, y tampoco vale sentirse en otro tiempo o ahora, desean la verdad desnuda. Y el genio de Welles siempre molestó demasiado.

La imprescindible revalorización del genio





Tras un montaje desastroso, "Sed de mal" fue condenada al ostracismo. Las copias que corrieron por todo el mundo ahogaron su rigor, y el crudo espectáculo propuesto por ese policía corrupto, al que da vida un Orson Welles absolutamente sublime, con su carga de amargura de hombre sin sueños ya, incapaz de recomponer la sórdida realidad en que se sume su existencia, y que, no obstante, arrastra y presume de la dogmática y perniciosa obstinación de una superioridad inmersa en la profundidad de su malsana conciencia. Pues bien, para dolor de muchos, esta película, debidamente recortada, nos fue servida en las pantallas comerciales, con su viejo montaje devastador, como una trivial investigación detectivesca, en la que se conceptuaban todos los altibajos y supuestos defectos de cualquier film de serie B, (pese a la constatación entre líneas de que el talento de Welles había sido ominosamente manipulado).


Hoy, para nuestra felicidad cinéfila, restaurada por fin gracias a la magia del DVD, la textura maestra del Gran Genio Norteamericano ha despejado todas las posturitas malévolas de las absurdas críticas que recibiera en su tiempo, y los entusiastas de sus imágenes castigadas y escondidas como mieles del panal irrepetible de la inteligencia de este Patriarca Excelso del Séptimo Arte, podemos saborear a cuerpo de rey la plenitud emocionante, como susurro lejano de una confidencia edificante que creímos perdida, de este relato policial único y magistral. Un "Touch of Evil" que, todavía hoy, nos eriza el vello; que nos hace estallar con el júbilo de "bienvenido seas"; que renace, para gozo de todos sus fans, prometiendo su castigo a los que se le resistieron severamente, y en el que retoña la excelsitud de todos los valores fílmicos (y no es pasión generacional) de un auténtico (si no el más grande) genio de la cinematografía mundial.



En el plano secuencia con que arranca "Touch of Evil" late uno de los travellings más aptos para atraerse lo extraordinario de este "Sabio Definidor del Gran Cine", Mister Welles, y de lo que debe ser una perfecta conmoción fílmica. ¡Un auténtico y largo juego coral en carne viva! Nos acecharán luego esos sus claroscuros siniestros del más contundente blanco y negro jamás captado por la cámara; los contrapicados que acentuarán esa especie de dramaturgia escénica angulosa con nuevos y vertiginosos travellings maestros, que nos resumen toda la opresión de unos personajes atrapados a través de avenidas ruidosas, y callejones aptos para la puesta en práctica de cualesquiera de los toques diabólicos que impregnan el film. Y se nos reservarán esos descampados polvorientos, entre una suciedad revoloteante, a través de la iteración indiferente de las martilleantes y enloquecedoras torres petrolíferas.


En esa víspera de sepulcros vivientes, entre celosías de acero y firmamentos de lamparines inmóviles, donde tan sólo se salvan las almas rurales del viejo México, repudiadas por el policía honorario de los vecinos EEUU, se labra un soberbio retrato de personajes implacables. Como absurdos teólogos, maestros y misioneros de esa veneración fecunda y pingüe del tópico racista que los norteamericanos suelen imponer en sus ciudades fronterizas con México. Pero en ese ámbito tan sensitivo de la superioridad estadounidense, pese a las falsas pistas y a los exabruptos maestros y cínicos con que el gran prohombre policíaco, que es Hank Quinlan, se entrega a las empresas fecundas de sus mentiras, será, finalmente, un mediocre policía mexicano (según él lo conceptúa) el que acabe con su insolencia y lance por tierra sus bravuconadas de circo americano. El halo nostálgico, estremecedor, del mejor Welles, nos obsequiará también, al son de una pianola que nos mutila las entrañas, con un tú a tú del más excelso nivel mítico: un encuentro que habla de implícitos delirios eróticos y de la ya imposible belleza de los recuerdos, tras abordar la más dolorosa imagen de la soledad en una dimensión temporal irrecuperable.  


Marlene Dietrich, decadente, melancólica e insondable, aparecerá frente al "egregio comecriminales", ahora pelele de una lenta peregrinación hacia su trágico declive, para responder, mientras extiende sus cartas sobre la mesa, a la solicitud de Quinlan de que le lea su futuro, como, al parecer, hiciera ya otras veces: "Tú no tienes futuro.... ¿Que quieres decir?, inquiere Hank... Tu futuro acabó..."



Entre esa perfecta conjunción de los variados niveles morales de los personajes, y la simetría soberbia de la narración, ahora en su versión íntegra, hay que resaltar también uno de los impactos expresivos más contundentes del film: un asesinato gargoliano del que se sirve la grandiosidad creativa de Welles para acentuar magistralmente toda contraposición entre inteligencia y maldad. Hank Quinlan queda de nuevo relegado a ese detective grotesco, capaz de concentrar todos sus esfuerzos en la razón del crimen y del odio que, con toda seguridad, siente por sí mismo... Ni que decir queda que el equipo de fotografía y los diálogos facilitan la digestión al espectador. La atmósfera del film, de un rigor casi inhumano, crearía escuela ("Última salida Brooklyn" de Uli Edel, por poner un ejemplo). La música de Henry Mancini llega a convertirse, por momentos, en un testigo irascible que confraterniza con las ideologías furibundas, agridulces, y nostálgicas de todo cuanto nos es contado.


En este "Touch of evil" (que el tiempo ha revalorizado como uno de los vehículos más insólitos de la majestuosa creatividad de Orson Welles), imperdible para sus seguidores, se agradecen cameos inesperados como el de Joseph Cotten,  y otro tan diabólico como el mismo film: el de Mercedes Mc Cambridge.


El virtuosismo mítico de Marlene Dietrich también nos conmueve, parece contener, aunque tan sólo sea para paladares muy mitómanos, el nomadismo rozagante de aquella gitana de forzados acentos ingleses que se luciera en "Golden Earrings". Welles la vuelve a regalar con su pechera de circo, sus andares de oficio, y pone en su lengua un "adiós" castellano, que trasciende en la noche como un melindre bondadoso de amistades muy particulares, pero de una dolorosa intimidad perdida.

La resolución trágica de la película a manos de un sorprendente Joseph Calleia es igualmente impecable. Y un Charlton Heston, casi apoteósico, se desmitifica por fin de sus clichés pasionales y selváticos, y logrando extraer la profunda moral humana de su estupendo personaje (por muy increíble que parezca su idiosincrasia mexicana), comprende a la perfección lo importante que fue para él formar parte, casi como protagonista de excepción, de esta eximia exaltación coral que nos ofrece "Sed de mal". Resaltan espléndidamente Akim Tamiroff y Janet Leigh. A Zsa Zsa Gabor casi ni se la ve, aunque tampoco hacía falta.  

 HANK QUINLAN




"Touch of Evil" queda así sometido, de por vida, a la deslumbrante servidumbre del genio. Es como si hubiese nacido para el más pasional y mágico blanco y negro de la milagrosa noche que siempre nos ofrece el impacto del celuloide. Descarnada, angustiosa. Asesinatos, falseamiento de prueblas, contraluces escalofriantes, barridos de cámara que alcanzan una plenitud apasionante para ofrecernos un retrato de perversidad concentrada en su genialmente diseñado y turbio personaje central, monstruo de calculada y rastrera moralidad, que se mueve a placer, con olor a cadáver, alrededor de un infierno donde la autodestrucción está casi siempre en marcha. "Touch of evil", como bien reza su título, cobija, pues, personajes inmersos en estructuras opresivas en las que parece no haber lugar para augurios felices. Un mundo donde el hombre sigue siendo un lobo para el hombre. Tanto es así que bastarán veinticuatro horas para que en ese día se pongan en solfa los peores retos a las normas de convivencia humana. Una convivencia despreciada constantemente; y que, para dar paso a ese ser extraño que es Quinlan, y a todas las punzadas de tanta soledad doliente como la que suele aquejar a los seres humanos, ofrendará el retrato definitivo de un hombre cuyo mayor enemigo es él mismo. Nada detendrá, por tanto, su toque de maldad cuando, finalmente, tras mostrar la mascarada que ha acompañado en realidad su nada memorable existencia, haga alarde postrero, ¡cómo no!, de los rasgos más acusados de su oscura personalidad por medio de la insatisfacción, el hastío, el odio y el asesinato,  tratando nuevamente de someter a sus conciudadanos a esa medida de sufrimiento con que también él ha sustentado el universo en que se halla enclaustrado. Únicamente la gitana Tana, que nada sabe de cuantos discursos farragosos se ocultan tras el mal, hará una revisión sublime de esa vida, de ese ejercicio todo veneno con que el policía Hank Quinlan ha contribuido a dar verosimilitud a otro de esos finales tantas veces grotescos como espantosos que jalonan la existencia del ser humano: "Era un hombre. Qué importa lo que se pueda decir de la gente"...



Gran cine de nuestras nostalgias. Uno de los aleluyas más gloriosos de la genialidad de Orson Welles que, de nuevo, insólitamente, vuelve a triunfar, sean cuales sean sus fijaciones personales -ambiciosas, crueles, reivindicativas o desvalidas- Porque la perfección siempre es "perfecta", por paradójico que parezca. Yo la propondría, o más bien la sumaría, a la lista de las "Maravillas del Mundo". ¡¡Aunque, únicamente, en V.O.!!