martes, 27 de julio de 2010

Jeopardy (Astucia de mujer)

Tomemos como pretexto el más mundano de los acontecimientos: las vacaciones; esas incitantes semanas con su ilimitada carga de fantasías, capaces de animar sucesos mínimos y grandes, transformándolos en una ceremonia casi sacramental. Etiqueta ritual depositaria de cierto ideal de vida. Todo el modo de ser de una sociedad, de una burguesía que se deja arrastrar por esa especie de fuerza arrolladora que posee la escapada anual, atractiva y febril. Indefectiblemente unida, por la intensidad con que el pueblo participa en ella, al azar. Pero no hay que olvidar que el azar posee también su etiqueta puntillosa, una síntesis en absoluto intencionada, y una invisible expresión dramática. El azar nace por un contagio impalpable de pasiones que no controlamos. Su inclinación es, por supuesto, irracional. Suscita una espiral saturada de ilusión y de amenaza. No ejerce la menor influencia preconcebida en la vida, pero la abruma como una enfermedad que se reserva en una pandemia difuminada y, por tanto, sin contornos precisos. Y si flanquea su rastro conminador (ya que suele circular con bastante libertad), lo hace para compartir ese magnificado sentimiento de mundanidad que conlleva, en este caso concreto, la, ya citada, fuga anual (sin dejar por ello de ser banal, bien que un más que justificable acto de liberación procomún), y que la ciudadanía de este planeta perpetúa tras su primer siglo de desposorio con el más esperado de los símbolos: "su deslumbrante monumento a la teoría del bienestar económico, como prerrogativa de enorme importancia social" Una flamante prerrogativa que, por su juventud, cien años, -año más, año menos-, no nos mueve a la sospecha, porque en este tipo de azar casi adolescente no se descubre nunca autoría de amenaza capaz de prolongarse. Y cuando de golpe invierte la ilusión por imprudencia, le tomamos el pulso a ese "jeopardy", cuyos motivos ignoramos. No obstante, el "jeopardy", no lo olvidemos, siempre anda en busca de camorra. Poca ciencia, dicen, aleja el albur. Al "jeopardy", que posee su propia tradición como concurso de riesgo, le asiste un derecho no menos propio de erudición. Una erudición discordante que acerca en vez de alejar. Y da en el blanco por medio de soluciones forzadas, en las que, burlonamente, a veces se inscriben, justificando su carácter incidental, heroísmo y terror, sin descartar la astucia. El "jeopardy" constituye un testimonio muy particular en el que los contendientes reciben el beso sancionador del público, comprobación a su vez de nuestra tantas veces escasa categoría social. Pero al azar le divierte el desprecio hacia sus víctimas, quizás porque al erigirse en criterio sin equidad, es como una obra absurda, engañosa, representada constantemente, siempre incoherente para la multitud, y en la que no hallaremos más que esos eternos dilemas que reverencian lo imprevisible. La dimensión de su juego es infinita. Posee emociones de todas las épocas, porque ha jugado siempre y en todas partes. Es un dardo que, cuando da en el blanco, sabemos que lo ha hecho sin apuntar. Se ha convertido en un concurso universal cuya reincidencia tiene asegurada su éxito popular. Todo el mundo juega al "jeopardy", a sabiendas de que nos puede dejar marcados con su hierro candente. Y suele cargar la culpa sobre el que va a morir en vez de dársela a quien lo va a matar. El "jeopardy" es una turbia relación, que carece de una base. Nunca le desconsuela la fealdad del mundo. Si nos dedicáramos a reflexionar sobre ello, nos tomarían por enfermos. El "jeopardy" apoya su tradición como una sociedad anónima entre cuyas importaciones más brutales se hallan ciertos aventurados impedimentos o proscripciones. Pero esas mismas proscripciones son las que nos convierten a todos en la base de su economía. Habríamos podido vivir tranquilos, pero nuestro celo servidor del planeta que habitamos, en su conjunción de fluidos excitantes, exige la emisión prolífica del "jeopardy". Y pese a su tiranía, seguimos nuestro camino con la mirada en el cielo, perdidos en los sueños de un mundo armónico en el que todos, tarde o temprano, nos sentimos (hay que insistir en que de forma insospechada de antemano), y hasta acabamos, no menos casualmente, siendo héroes.



En los límites de lo asocial


Una vez dentro del juego de la que fuera gran industria de Hollywood, de sus técnicas estrictamente cinematográficas, es obligado que la estructura narrativa recobre sus leyes clásicas. Muy lejos, pues, de esta especie de apocalipsis que es nuestro presente tecnólogico, es preciso detenerse a meditar sobre la importancia (todavía hoy de plena validez) que poseyera la gran cohesión narrativa de un cine tradicional que fue capaz de exponer (cuando nuestro presente, por descontado, tan sólo significaba futuro) una aguzada sintaxis, o si queremos, su lectura más excelsa. Una lectura por medio de la cual prestar una necesaria atención a las leyes que rigieran y siguen rigiendo el comportamiento humano, sin que ello significara adentrarse en el nunca apetecible terreno de un cine antipsicológico o, como podrían llegar a indicar nuestros modernos "rupturistas" de ciertas estéticas pasadas, "ahistórico".

El insigne cineasta francés Alain Resnais, sobre el juego de los equívocos de la memoria, nos advirtió ("Les statues meurent aussi",1953) que "la muerte es el país donde se llega cuando se ha perdido la memoria". Sigamos, pues, educándonos cinematográficamente en la cultura iconográfica de aquellas lecturas predilectas que nos ofrecieran pasadas décadas. Vehículos expresivos, inolvidables y lógicos, que enseñorearon una de las épocas cinematográficas más ricas de nuestro pasado siglo XX. Hoy, por desgracia, buscaremos en vano aquellos estallidos ilustrativos e, insistimos, estéticos que consiguieron, con formidable elocuencia de imágenes, desfilar ante nuestros ojos expectantes en excelente estado de adoración por nuestra parte, dado el respeto que las rodeaba; y que nos invitaron, por lo general, a través de lo que se podría llamar una "colosal codificación lineal de la realidad cinemática", a asimilar y aplaudir los condicionamientos de una industria que también se propuso en infinidad de ocasiones mostrarse como testigo voluntario y cronista (valiéndose de "fondos de verdad" en la actualidad muy descarriados, por no decir pervertidos), de una sociedad capaz de barajar sus imágenes reales un tanto descompuestas como ha sucedido en todos los tiempos, y reflejarse con ecuánime sinceridad, y no menos audazmente, en uno de sus tantos retratos caóticos, en sus repetidos disloques casi irracionalistas; y cuyas piruetas objetivas, fusionadas con imborrable originalidad expresiva a las tragedias colectivas que asolan el planeta, parecían, no hay que rasgarse las vestiduras, hallarse dispuestas siempre a devorar a sus propios hijos: hombres y mujeres que, por tanto, no dejaban de asistir con cierto pavor (como ha sucedido siempre y sigue sucediendo en el hoy por hoy) a una persistente "crisis de valores", condicionadora en tantos aspectos de nuestra tan cacareada, secular y, por ende, preeminente "cultura occidental".


Novissima verba del bad-good boy


Norteamérica, a partir de la década de los 50, vive una especie de neurosis colectiva. Son los nuevos elementos psicosociales que emprenderán su carrera a partir de la posguerra. Es cierto que la máscara legalista se alza constantemente en la tribuna de la oratoria pronunciando sus discursos tranquilizadores. La Ordenación de la Justicia confirma su posición extremista contra las acechantes insidias extranjeras que, al parecer, pretenden turbar los compromisos democráticos de la nueva Norteamérica, empeñada ahora, tras la borrasca de la guerra, en mantener el orden y la paz territorial; y lo que nos resulta más patológico: acogerse a un "clima de crisis moral exacerbado". Para todo ello se valdrá de un flamante esquema del "Bien enfrentado y vencedor del Mal", pero sin dejar asimismo de mostrarse menos complejo y turbio, movilizando a nuevos jueces de la democracia, dispuestos en todo momento a justificar los argumentos necesarios que hallen su busilis de intrigas enemigas imperdonables, provocadoras por supuesto de escandalosas crisis, ya no racistas, sino especialmente xenófobas. Una evocación sentimental con regusto político-infantil que destronará filiaciones a partidos que gozaran de total inmunidad en el período democrático de anteguerra; y que ahora, alcanzado su punto más crítico, y como solemne sentencia intransigente, serán ratificados como el más turbio y faccioso de los delitos que prestan su vasallaje al crimen. Crimen como continuación de una nueva y negra diplomacia abocada a la más esquizoide sombra de sospecha. Una diplomacia democrática, anteriormente tolerante, y que va a arremeter con furia, por métodos muy diferentes, destronando memorias afectivas, intelectuales y artísticas, entre los habitantes de Norteamérica, por medio de un ambiente pesimista y lamentable, impregnado de elementos amenazadores; y por un clima de puro disparate político "a la manera rusa", burlesca acepción con la que se resarcieron muchas de las voces de protesta que se alzaron contra los miembros del Congreso y su Comisión Inquistorial de Actividades Antiamericanas. Sobre esta presión política, de todos conocida como "Caza de brujas" promovida por el senador ultracatólico Joseph McCarthy: "Quisieron dar a entender que buscaban la paz, cuando lo que les convenía era afilar las garras de nuevo", y su sistemática persecución al Comunismo mundial, absurda medida con la que se esperaba desarmar a los posibles enemigos de las libertades y leyes de la Gran Democracia Norteamericana, ya se han derramado ríos de tinta.

Hecho añicos el viejo conformismo ético de anteguerra, Estados Unidos verá también, tras la victoria, como su respetado, estable y tranquilizador esquema político se sumirá de nuevo, tras los horrores bélicos vividos, en una impensable y sórdida negrura social que no ha logrado, ni logrará jamás, acabar con la maniqueo distingo entre "buenos" y "malos". Es el nuevo cuño resultante de las psicopatías de origen bélico. Reader's Digest, árbitro prosaico del lector tumultuario que, por supuesto, participa de las ideologías más reaccionarias de la ingente nación, será el tamiz degradante que "liberará", por así decirlo, al americano medio de la deuda que todos contrajimos con las teorías de Freud. Los actos humanos siguen, por tanto, yendo más allá del Bien y del Mal. El delincuente o enemigo de la democracia, que en anteriores décadas fue conocido por bad-good boy, es ahora un ser patológico, producto, naturalmente, de incontroladas circunstancias sociales, muy diferentes a las de la anteguerra. Un bad-good-boy más desclasado, que, frente a la nueva y más equilibrada estabilidad de determinadas clases de la burguesía media, volverá a hacer sonar sus trompetas reprensibles para mostrar que el mundo sigue participando de los reflejos más pesimistas de cuantas alentadoras propuestas pretendieran, tras la guerra, prestar su apoyo a una realidad social más estable. Norteamérica sigue poseyendo sus enemigos hereditarios. Contra su democracia siguen conspirando una ingente multitud de habitantes que generan un pavoroso incremento de la criminalidad. Seres depravados, asesinos sádicos, mujeres amorales, policías que se venden, gangsters que fomentan desórdenes e idénticos conflictos de intrigas criminales como las que se sucedieran en las décadas anteriores a la II Guerra Mundial; y, por último, personajes roídos siempre por la ambición, el ansia de dinero y el poder.

En 1952 la criminalidad en Norteamérica adquiere dimensiones escalofriantes. Ese enemigo hereditario del que ya se habló se propaga como una horda aterradora. Y sigue celebrando su profesionalidad delictiva como fasto nacional que jamás arría su bandera violenta y atormentadora, mostrándose capaz de rehuir constantemente los procedimientos más interferidores de la justicia. "Cada quince segundos, anuncian las grandes tiradas periodísticas estadounidenses, se perpetra un delito grave en nuestro país"







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Jeopardy": alto riesgo


























(Primeras impresiones de Helen Stilwin. Voz en off) "Vacaciones en los Estados Unidos significa viajar. Y viajar aquí es maravilloso. Llenas el depósito y marchas carretera adelante. Las carreteras y las autopistas son monumentos de una civilización que vive sobre ruedas. Hay destinos hacia cualquier parte, y también se puede seguir recto siempre que sepas adónde vas. Hay gente que va a la montaña o a la costa. Nosotros metimos equipaje de camping para dos semanas en el remolque, y nos dirigimos al sur. Pero algo ocurre cuando cruzas la frontera de otro país. Es emocionante, aunque sólo sea el país vecino..." (Control en la frontera mexicana) "Hola, ¿adónde van ustedes en México? (Doug Stilwin) Nos quedaremos en Tijuana esta noche. Por la mañana iremos al sur. A Ensenada. Vamos a pescar. Pase de turista... ¿Nacido en los Estados Unidos?... Sí. Gracias"... (Nuevas impresiones de Helen Stilwin) "Tijuana es divertida como un carnaval. Gente rara, palabras raras. Pides algo, y te lo conseguirán. Es una ciudad cuya gran riqueza es el turismo, y si uno quiere comprobar su resistencia a las compras, bueno, este es su sitio. Al sur de Tijuana, la autovía se convierte en una tira única de asfalto lleno de curvas, y el paisaje es más abierto. No hay que preocuparse por qué carretera tomar. Sólo hay una. Está señalizada como "México 1", y el cartel dice "Ensenada 92 Kms.", que son unas 60 millas. Había un poco de neblina cuando llegamos a Ensenada. Pero, a pesar de ello, tenía algo..., con su puerto tranquilo, con un pequeño barco langostero, y el cartel de "Bienvenidos". Son muy cordiales. Es el lugar donde llenar el depósito y se mira el aire de las ruedas. Más te vale. Porque pasará mucho tiempo hasta que encuentres otro sitio donde hacerlo. Si miras el mapa, ves el aislamiento hacia el que te diriges. Tijuana, Ensenada en una extremidad, y luego 400 millas hasta La Paz, la única ciudad al otro extremo. En medio no hay más que nombres; nombres muy curiosos: Misión Santo Tomás, Colonia Guerrero, El Rosario, pero son sólo nombres. Antiguos asentamientos y misiones que ya no existen, pueblos fantasma, ruinas. Al sur de Ensenada hay una carretera de polvo y desolación. Una carretera de arenas cambiantes y rocas irregulares. De perdices que peonan entre los cactos, y tórtolas que se elevan en bandadas suaves y ruborosas. La aventura le llama a uno en esta carretera, pero nunca me llamará a mí otra vez."



Barbara Stanwyck (Helen Stilwin): Espíritu de un tiempo, apasionado y violento. Presencia de plenitud y equilibrio. Una imagen de actriz que se aloja en un recuerdo fascinante, casi siempre sorprendido por los más variados sentimientos en cuantos papeles interpretó. El odio y la audacia asumirían en ella una misma pigmentación de juicios, como lo harían también sus amores irrealizados, sus arranques de opresivas emociones, su expresivo camuflaje de maldad, la inteligencia posesiva de sus ansiedades, y la excitación, jamás inmovilizada, de sus amorosas y turbadoras entregas sentimentales. Como Helen Stilwin vivirá uno de sus episodios más alucinantes, vivo reflejo de un caos social insoslayable. La familia Stilwin orientará al espectador hacia un estudio naturalista y psicológico de muchas realidades cotidianas, esta vez atrapadas por el violento apareamiento con que el azar y sus acontecimientos se precipitan sobre la metáfora de esa otra cara opuesta que ofrenda el bienestar social. Helen Stilwin verá potenciada con estremecedora veracidad el simbolismo oscuro e incoherente que revaloriza la pirotecnia cerebralista de la criminalidad, y que acaba arremetiendo contra ella. Transformada en "mujer nueva", Barbara Stanwyck ilustra ejemplarmente esta concepción de la más arrolladora acción defensiva y sagaz incorporada al elemento realista que muchas veces comportara el género negro cinematográfico. Y su Helen Stilwin, distintivo artificioso de una nueva sociedad norteamericana de posguerra, materializará, no obstante, como argumentara el genial director ruso Eiseinstein, el "estenograma de una emoción" (controvertido elemento físico que promueve en el ser humano el valor o la cobardía), capaz de arrojar una nueva luz sobre la siempre ambiciosa visualización de la heroicidad individual.

Nacida Ruby Catherine Stevens, en Brooklyn, New York, el 16 de julio de 1907, de origen inglés e irlandés. La infancia de la futura, polifacética y genial Barbara Stanwyck late en una especie de centro de tinieblas que ascienden en un paulatino torbellino de infortunios que bordean de negro la crepitante blancura de cuanta aliviadora textura vivencial aportar debería la inocencia y la calma durante la niñez. Cuando Ruby cuenta cuatro años su madre, Catherine McGee, es atacada por un alcohólico, ocasionándole la muerte tras ser impelida por él bajo las ruedas de un tranvía. Tras el funeral materno, dos semanas más tarde Byron Stevens se une cuadrilla laboral contratada en las obras del Canal de Panamá, y sus cinco hijos jamás volverán a saber de él. Ruby, la menor, y su hermano Byron permanecerán bajo los cuidados de su hermana mayor Mildred, que tan sólo cuenta cinco años más que Ruby. Mildred es contratada como corista del John Cort Showgirl. Y Ruby y sus hermanos pasarán a formar parte de los esquemas coordinadores de la caridad y sus postulados protectores de la infancia, entre orfanatos y hogares diversos que hacen de la Norteamérica de principios de siglo la meca de las instituciones pro-acogidas familiares infantiles. Ruby Stevens huirá de ellos en variadas ocasiones. Más tarde es admitida en colegios públicos de Brooklyn en los que accederá a ciertos grados de instrucción escolar. La atmósfera inquietante de la rebeldía, así como las imágenes dolorosas de una infancia marcada por el dolor, la muerte y la orfandad, acometen y torturan a la joven Ruby. Semejantes fatalismos vivirán su representación más concreta, aportando a la futura Barbara Stanwyck las cualidades necesarias para llevar a cabo sus mejores roles, en el vasto cauce interpretativo que la aguarda en el futuro. A los diez años, en los veranos de 1916-1917, forma parte de los showgirls tours de su hermana Mildred. Entre bastidores asistirá a las representaciones rutinarias de dichas varietés.

La actriz Pearl White se convierte en ídolo de la jovencísima Ruby. A los catorce años abandona el colegio y consigue trabajo en unos almacenes de embalaje en Brooklyn. Un nuevo empleo en la oficina de teléfonos del citado barrio Neoyorkino la provee de un sueldo de 14$ semanales, lo que le permite cierta independencia financiera. Consigue integrarse como chica de coro en el night club Strand Roof, situado sobre el Strand Theatre de Times Square. Obtiene trabajo como Ziegfeld Girl en los estrenos de Ziegfeld Follies, temporadas 1922-1923. En los night clubs pertenecientes a Texas Guinan trabaja como instructora de danza y lenguaje de "jerga característica", para gays y lesbianas públicamente reconocidos, desde medianoche hasta las siete de la mañana.



"Supe que después de los cato
rce años tenía que aprender a ganarme la vida, pero ya estaba preparada para hacerlo... Siempre he guardado dentro de mi un "sentimiento compasivo" hacia la gente mimada, y, por supuesto, ellos lo han sentido mucho más por mí." (Barbara Stanwyck, en una entrevista fechada en 1937)



En 1926 conoce a Billy LaHiff, quien sugiere a Willard Mack, autor de la obra "The Noose", que la la chica de coro de la obra debería ser interpretada por una corista auténtica. Ruby adopta su nuevo nombre, Barbara por Barbara Frietchie, la legendaria heroína norteamericana, y Stanwyck por el actor inglés Jane Stanwyck. "The Noose" (que había fracasado en su primer estreno) obtiene un éxito inesperado a partir del 20 de octubre de 1926. Su primer romance tiene lugar durante dicha representación. Barbara se enamora de su co-protagonista Rex Cherryman. Interviene en el film mudo "Broadway Nights" de 1927 como fan dancer, descartada como actriz principal del film por "carecer de la capacidad de gritar" durante la lectura del texto. Interviene en un nuevo film "Burlesque". Conoce a Frank Fay, con quien contraerá matrimonio en agosto de 1928. Rex Cherryman había fallecido a la edad de 30 años de septicemia.

A partir de dicho año interviene en los siguientes films "The looked door", "Mexicali Rose", 1929, "Ladies of Leisure", dirigida por Frank Capra, 1930. "Stella Dallas", 1937, de King Vidor, se convierte en una de sus más memorables interpretaciones. Inolvidables fueron también sus trabajos en "The Lady Eve", de Preston Sturges, junto a Henry Fonda, 1941, y "Double indemnity" de Billy Wilder, 1944, y "Sorry, wrong number", de Anatole Litvak, junto a Burt Lancaster, 1948. Durante la citada década de 1940 se convierte en la actriz mejor pagada de Estados Unidos. Su carrera declina hacia 1957, e interviene en programas televisivos como "The Barbara Stanwyck Show", 1961-1962, por el que consigue su primer Emmy Award; y en 1965-1969 interpreta con enorme éxito "The Big Valley" un Western Serie para ABC TV.

William Holden aseguró siempre que Barbara Stanwyck, co-protagonista de su primer film "Golden boy", 1939, fue la auténtica "salvadora" ("she saving my career") de su carrera cinematográfica. Cuando la actriz recibió su Oscar honorífico (ya que, pese a haber sido nominada en cuatro ocasiones, jamás fue premiada por la Academia de Hollywood) en 1982 "For superlative creativity and unique contribution to the art of screen acting", Barbara exclamó emocionada en recuerdo de Holden, ya fallecido: "Esta noche mi "golden boy" has convertido en realidad tu deseo"





Su matrimonio con Frank Fay vive fases de auténtico confrontamiento. En 1932 adoptan un bebé de un mes, Dion Anthony "Tony" Fay. Barbara Stanwyck no lograría congeniar jamás con la criatura. Un Fay alcoholizado, tras escandalizar la opinión pública hollywoodense, está a punto de convertir en un sonoro fracaso el naciente estrellato de Barbara. La tormentosa relación del matrimonio, según algunos historiadores cinematográficos, habría servido de base para el argumento de "A star is born". El divorcio tiene lugar el 30 de diciembre de 1935.





En 1936, tras interpretar "His brother's wife", Barbara se enamora de su co-protagonista, Robert Taylor. Los affairs amorosos de Taylor se hacen famosos a partir de las siguientes décadas (Ava Gardner, Lana Turner). Algunos rumores publicitarios dan por hecho un intento de suicidio por parte de Barbara Stanwyck, cuando Taylor se arroja en los brazos de Lana Turner. Se divorcian en 1950, pero intervienen juntos de nuevo en el film "The night walker" 1964. Barbara Stanwyck que no volvería a contraer matrimonio tiene un affair sentimental con el joven actor Robert Wagner, que interviene con ella en "Titanic". Wagner tiene 22 años y Stanwyck 45. Dicha relación será minuciosamente descrita por Wagner en "Pieces of my heart", libro de memorias que el actor publica en 2008. Barbara fallecería el 20 de enero de 1990 en Santa Mónica, California, de un fallo cardiaco, resultados de un enfisema y enfermedad crónica de obstrución pulmonar. Sus cenizas fueron esparcidas en Lone Pine. Contaba 82 años y había intervenido en 85 films, inolvidables la mayoría de ellos.


Accidente en el malecón























(La playa aislada. Viejas casas abandonadas. Un malecón en ruinas cuyos pilares herrumbrosos se adentran en el mar. Helen Stilwin observa el paisaje con cierto desaliento. Pensamientos) "Me alegré de haber llegado por fin a la playa de Doug. Había algo en aquel malecón y no saa qué. Sobresaa del agua lúgubre y feo con la marea baja. Odié aquel malecón desde el momento en que lo vi"... El malecón descubre, amenazante, nuevos daños ruinosos. El océano resuena debajo del mismo como un odre inmenso. La aventura inflama al pequeño Bobby Stilwin. El oleaje brota a empujones, se cuela bajo los pilotes enmohecidos como internándose en las guaridas de un peñascal. Sobre una viga carcomida una advertencia borrosa en español: "Peligro" El malecón semeja una larga y podrida gárgola que el mar embebe. Bobby se perderá en su lejanía. Descubierta por sus padres la desaparición del niño, el grito materno se ahoga en el esfuerzo de esa voz que no se oye, que no suena. La certidumbre vertiginosa del peligro atenaza a Helen y Doug Stilwin. El "jeopardy" crea su primera emboscada. Doug Stilwin franquea la inicial barrera en su avanzada por el malecón en busca de su hijo. El niño sortea la amenaza, el padre cae. Un pilar de piedra se quiebra y se cierra como una trampa sobre su pierna, atrapándole. El "jeopardy" posee el encantamiento de la tiranía. Aconseja con aire malicioso posibles soluciones, pero esconde su gracia para los vencidos: Helen y Bobby Stilwin, y su falta de piedad para las víctimas: Doug Stilwin. Todo intento de liberación choca sobre el pesado pilote que eslabona la cadena amenazante del "jeopardy": palas para remover la arena, acción que impide el suelo rocoso oculto por el oleaje amenazante de la marea que aumenta por minutos; el gato para recambios de rueda que cede bajo el peso del pilote... Al sentimiento de impotencia se impone el miedo. Los sentimientos de una horrorizada Helen Stilwin, sepultados en su preconsciente, naufragan ya en el tenebroso océano que los rodea. La calma del esposo se enfrenta a la psicopatología de la histeria. Como única solución, Helen, que odia conducir, habrá de retroceder por la vieja carretera polvorienta en busca de una posible ayuda. "Cuerdas" (palabra impronunciable para ella, que ignora el castellano, cuando se encuentra con un grupo de campesinos, incapaces de comprenderla) para remover el pilar con el automóvil en reculada. Doug atrapado, Bobby indefenso como única compañía junto a su padre, la marea imparable, el espeso silencio que rodea el horizonte de su esperanza, la soledad más absoluta observando el jadeo angustioso de la mujer atribulada, (¡cuán poco nos pertenecen nuestros cuerpos atrapados por el "jeopardy"!), y el ya próximo atardecer que acoraza nuestras minúsculas figuras, privándolas horriblemente de sus formas, de sus planes y ansias de salvación, y que no comparte con la criatura desesperada y perdida más que una moribunda lasitud animal.













Barry Sulllivan-Doug Stilwin Lee Aaker-Bobby Stilwin



Astucia frente al bad-good boy








































Avance por la carretera polvorienta. El desierto paraje invadido por el declive del día. El automóvil, finalmente, sale del camino y penetra en una solitaria gasolinera. Los movimientos convulsivos de Helen Stilwin se acoplan torpemente al fatídico transcurso del tiempo. En su primera tentativa, tras el silencio absoluto que reina en la confusa masa de los desvencijados pabellones que componen la abandonada gasolinera, contaminada por la irreflexión que le impone el terror, y tras destrozar una cristalera, se introduce en una de las barracas donde su ansiedad por hallar utensilios destinados a los posibles clientes pueda sustentarse. Lo observa todo intensamente, los ojos llenos de lágrimas contenidas. De repente, una presencia humana vigila también los impulsos violentos, desesperados, de la mujer. Un hombre, una imagen, un rostro que trasciende los límites del paisaje despoblado. Y un sentimiento de alivio que llega para arrancarla de aquella pesadilla afiebrada. Los fenómenos del "jeopardy" inician su nueva jugarreta. Ese hombre que podría actuar como amigo y protector, tras obedecer el ruego enfebrecido de la mujer, avanza transfigurado a través de una nueva tiniebla. No reanuda el camino que se abre paso entre las dunas rumbo al mar. Profundamente perturbada, la mujer articula sus primeras palabras de queja. Su rostro tiene ahora una palidez mortal. El forastero no titubea, su imagen protectora se halla desdibujada por completo. El "jeopardy" legitima la nueva desesperanza en Helen Stilwin. El desconocido ignora los ruegos de ella, la abofetea. Cada palabra de él es a partir de ahora la conquista de una repulsión: (Nuevos pensamientos de Helen Stilwin mientras observa la sonrisa maligna de su acompañante) "Me preguntaba qué haría si alguna vez me sucediera algo como esto. Siempre he querido saberlo..." Si mi marido muere, ¡le mataré!... (El fugitivo sonríe)... Desde aquí iremos a La Paz... ¿Qué va a hacer allí?... No lo sé. Cada cosa a su tiempo... ¿Y qué pasa con su ropa? Se dejó su chaqueta ahí detrás. Esos números en la parte de atrás de su camisa... Encontraremos a algún tipo y me quedaré con su ropa... (Helen Stilwin con astucia) Mi marido es de su talla... ¿De verdad?... Hay más cosas en la playa que le pueden servir... ¿Por ejemplo?... Documentación que pruebe que usted es Doug Stilwin. Coinciden con los papeles del coche. Ahora que el coche de la policía que le persigue no está, cuenta con tiempo suficiente... ¿Dispone su marido de más ropa aparte de la que lleva puesta?... No, pero podemos secarla. Con su ropa y su documentación yo puedo entrar en las tiendas por usted y comprarle comida. Pareceríamos una pareja normal que van juntos a pescar. Su ropa, su documentación: todo está en la playa... (El fugitivo observa maliciosamente a Helen) Usa un buen perfume... Sí... (El forastero ríe) Me gusta el perfume barato. No dura tanto, pero huele más. ¿Hay algo más de su marido que yo pueda usar?... No se me ocurre nada... A mí sí... ¿Qué?... Su mujer. Con su ropa, sus papeles y su mujer, estaría como pez en el agua... Haría cualquier cosa por salvar a mi marido y a mi hijo. Cualquier cosa... Sólo me gusta una mujer cuando sonríe, si no ¿dónde está la gracia? (La besa impulsivamente. Ella le observa provocadora) ¿Cuánto hace... que no "habla" con una mujer?... Puedo ponerme grosero... ¿Cuánto hace? (La vuelve a besar brutalmente) ¿Guarda los besos para su marido?... (Regreso esperanzador al malecón. El bad-good boy accederá. Su ayuda, sus esfuerzos inauditos, su ingenio inesperado hace retroceder los engranajes desnaturalizados del "jeopardy")... He cogido la ropa de su marido. ¿Qué pasa con usted?... Le odiaré cada minuto que pase. Pero dije que iría con usted y lo haré... ¿Lo dice en serio?... Sí... Sabe, creí que conocía a las mujeres. Pensé que me suplicaría. Su marido es un hombre afortunado. Un poco de esa suerte me habría venido bien a mí. Será mejor que le tape con más mantas. Adiós... (Helen) La rueda está pinchada... (Llega la policía. Ha anochecido. El bad-good boy huye con la rueda pinchada y esconde el coche. Vuelve hacia los Stilwin, Helen le estrecha la mano. Desde lo alto del repecho, cuando el fugitivo desaparece entre las dunas, la policía observa a los turistas) Ah, ya los conocemos. Son los turistas que vienen a pescar. Vámonos. ¡Vuelvan a la ciudad! ¡Hay un criminal peligroso suelto!... (Bobby Stilwin) Era un buen tipo... (Últimos pensamientos de Helen) Mató... y merece que le maten. Pero, aún así, ¿cómo nos sentiremos cuando leamos en los periódicos que lo han atrapado o le han disparado? Sí, me preguntaba qué haría si alguna vez me pasara algo parecido a esto. Me gustaría saber si todas las esposas se lo plantean..."


Ralph Meeker: (Lawson, el fugitivo) Nace el 21 de noviembre de 1920 en Minneapolis, Minnesota. Prefigura la fórmula clásica de inquieta voracidad erótica frente al público femenino a partir ya de su primera actuación teatral en Broadway, 1953, interpretando al sexualmente emancipado y atractivo vagabundo Hal Carter (rol que más tarde repetiría espléndidamente William Holden en la pantalla) en la obra "Picnic" de Willian Inge. Esta interpretación le valdrá a Meeker el New York Critic's Circle Award de 1954. No obstante, había debutado en 1951 en el film "Teresa" como actor secundario.


En 1953, como un triunfante mito que parece consagrarse definitivamete con su inquietante y prodigiosa encarnación del fugitivo Lawson en "Jeopardy", de John Sturges, Meeker, esta vez en manos de Anthony Mann, renueva su consolidación artística, aunque nuevamente como secundario, mediante los magníficos recursos sarcastico-violentos que es capaz de exhibir, inapreciable testimonio de una concepción interpretativa cargada de esa excepcional intuición cinematográfica propia de las grandes estrellas, en una de sus apariciones más impactantes y sugerentes por entre la alternancia de torrenciales imágenes (fusión vigorosa que conllevan las acciones paralelas) que ofrendara el fastuoso western "The naked spur" ("Colorado Jim").




Como el detective privado Mike Hammer en "Kiss me deadly", 1955, (film negro de imágenes impresionantes y cautivadoras), de Robert Aldrich, consigue su primer rol como actor principal. La Meca del Cine se siente atraída por la elegante turbiedad con que Ralph Meeker es capaz de componer ese estremecdor retablo de atractivas depravaciones propias del cine negro. No obstante, e inexplicblemente, las subsiguientes ofertas cinematográficas que recibe Ralph Meeker no preludian las posibilidades de inaugurar nuevos derroteros estelares, como primer actor, en su ya un tanto balbuciente carrera. Intervendrá en la genialísima "Paths of glory", 1957, de Stanley Kubrick, ofreciendo una de las más concienzudas y meticulosas orientaciones en que se pueda ver inmersa la evolución psicológica de un condenado a muerte. "Ada", 1961, "The St. Valentine's day massacre", como el implacable gangster George "Bugs" Moran, "The dirty dozen", ambas de 1967, "The Detective", 1969, y The Anderson tapes", 1970, junto a Sean Connery, gozaron del memorable registro interpretativo de este gran secundario que fuera Ralph Meeker, al que las estructuras y presiones industriales de Hollywood, atacadas en muchas ocasiones por una desastrosa ceguera, no supieron convertir en uno de sus valores estelares más estables y cotizados. Fallecería de infarto el 5 de Agosto de 1988 en Woodland, California.



John Sturges: 3 de enero 1910-18 Agosto 1992. Famoso por sus documentales para la Fuerza Aérea Estadounidense filmados durante la II Guerra Mundial. Auténtico prestidigitador profesional de la cinematografía norteamericana, capaz de inyectar una gran dosis de calidad artesanal a su indiscutible libertad creadora en cuantas narraciones se especializó: western, cine de aventuras bélicas, y esporádicas incursiones en el cine negro. El vigor imaginativo de este magnífico creador "todoterreno" de la gran pantalla alcanza su más trascendente y decisiva revelación en películas (sin menoscabo del resto de su brillante filmografía) como "Mystery street", 1950, "Jeopardy", "Escape from Fort Bravo", 1953, "Bad day at Black rock", 1955, "Gunfight at the O.K. Corral", 1957, "Last train from Gun Hill", 1959, "The magnificent seven", 1960, "The great scape", 1963, y "Ice station Zebra" 1968



Atracción discutible o desconcertante de cuanta metáfora simbolista espolea sus implacables estímulos de agresividad frente a una azarosa contingencia. De la imagen al sentimiento de la violencia, y de ese sentimiento, tras pulsar el sistema nervioso de los espectadores, a la idea de una virulencia que, sin dejar de forcejear con las artimañas de la astucia, potenciará un inesperado compromiso con la emoción revalorizadora de esa integridad moral que, pese a pretender permanecer en la más absoluta oscuridad, siempre halla cierta luminosidad en la mayor parte de los seres humanos. Gran sentido visual frente a la no menos cautivadora plástica ofrendada por el cine negro.