martes 15 de junio de 2010

Lust in the dust (Deseo en el polvo)

El foco infeccioso del western siempre ha tratado de prefigurarse en la gran pantalla como abatido por una especial "cólera de Dios". Su soberbia y su jactancia, desde que la primera galopada y el primer tiroteo hicieran acto de presencia en la cinematografía, jamás ha renunciado al placer de explayarse, incluso con voluptuosidad, en la violencia; a apresurarse en convertir la visión de lo que, ciertamente, pudo ser su realidad, en la más fastuosa y elocuente intimación reclutadora de un ingente ejército vengativo e implacable, que goza del placer de dividirse constantemente en bandos turbulentos, y en golpearse entre sí sin el menor resquicio de remordimiento. La concordia rara vez coexiste en el western. Es un mundo que parece haberse forjado de recuerdos fugitivos y dañinos, que no desean explicar nada; que tan sólo bordean las costumbres, y se niegan a iluminar esperanzas. Quizás por eso no conoce compromisos y muy escasamente la piedad. Se apuñala y se desangra mientras juega a las cartas. Hace acopio de venganzas. Es un mundo difuso, pero muy limitado en cuanto concierne a reconciliaciones humanas. Y en contadas ocasiones, durante su restringido ciclo histórico, por mucho que trate de empecinarse en ello (lo ha intentado en infinidad de ocasiones) ha sido capaz de rizar el rizo de la inocencia. Su dilatada galería humana siempre acaba, pues, paralizada con dañina brusquedad. Es metódico en personajes ambiciosos, que en algún momento, hipócritamente, se han mostrado partidarios de una fraternal ciudadanía. En el Oeste los períodos de prosperidad han vivido graduados con cuidadosa rigurosidad, porque sus financieros de "raza blanca" han ejercido en todo momento como potentados de los saqueos, de la más desmedida codicia, de las revueltas en su propio beneficio, y de la aplicación de una justicia reafirmada por la traición y la sentencia bañada en sangre. El hombre malo del Oeste real ha gozado durante casi un siglo de general antipatía, por eso, quizás, al desaparecer nadie le lloró. El castigo a la bandería neurasténica que presidiera aquel lejano mundo necesitado del revólver para investirse de una comunal dignidad facciosa ha sido ejemplar en su tremenda corrupción cíclica. En él, una vez más, correspondió al hombre, como al león hambriento, la misión de anunciar sus perfidias, provocarlas, y llevarlas a efecto. Finalmente, el propio león se puso la soga al cuello, y se dejó llevar a su jaula a la espera de las inminentes intrigas que fraguaría el siguiente siglo; y en el que, como si hubiera llegado otra vez a su nunca perdido y nuevamente acomodaticio tiempo histórico de violencias, se le pidiese, por no variar, un retorno apremiante a la acción por medio de su imperecedera brutalidad. Las coincidencias de estos eternos y execrables mensajes históricos, aunque a veces nos inspiren carcajadas, están siempre compuestas por esas dos piernas que rematan su gran monumento amenazador: "el hombre", presa fácil de las sugestiones ambientales de que le han provisto los siglos y su versatilidad. Y siendo como ha sido el único dueño del racionalismo (furtivamente reservado), ha preferido, por supuesto, la religión del patronazgo místico: dioses inventados, que, al tiempo que le proveyeran de una "favorecedora libertad de acción dentro de sus distorsiones morales", admitiesen cierta "dignidad celestial" en sus manifestaciones agresivas, plenas de perentorias necesidades y actitudes tan frías como sanguinarias. El imperativo biológico del hombre del Oeste seguiría siendo, como en los siglos de los otros parentescos humanos que le precedieran, al igual que lo serían después en los venideros, el de un elefante, porque anduvo siempre necesitado de su grandeza, que sin dejar de ser hermosa es grotesca. Pero su comportamiento ha sido, por lo común, demencial y caótico. No como el del buen paquidermo. El hombre, como siempre se ha dicho, es un lobo que, invariablemente, para encubrir sus vínculos diabólicos y fingir indulgencia se enmascara con piel de cordero. Pero, ya se indicó, las "coincidencias" son inquietantes. Y, como los terremotos, siempre dejan tras de sí su implacable patrimonio destructivo.



Añadir a lo poco que se sabe y arañar a lo mucho que se ignora

De ese punto pictórico que posee el western dimana, por lo general, (aceptando siempre la ingente transmutación de su verdad, y convirtiéndolo en una especie de pesadilla que, naturalmente, se recrea en dislocar las estructuras cotidianas de aquel tiovivo vivencial que se recreara en las armas y afianzara sus postulados violentos entre los emergentes idealismos sociales y políticos decimonónicos de la núbil Norteamérica) un vertiginoso dinamismo, una exuberante vitalidad, un lenguaje icónico que plantea las pugnas y rupturas entre los significantes y significados de la siempre "discutidísima realidad" que envuelve, sin empañar su atractivo (cinematográficamente hablando), el dilatado registro del Oeste aventurero. Y que va desde el examen crítico de su auténtica historia hasta el documentalismo anecdótico, las resonancias melodramáticas de los esquemas propuestos por cuanta virulencia hallara en él su "esplendor más formal", ciertos afanes polémicos encaminados hacia la investigación de su efectividad histórica y social, y de la que no se puede pasar por alto las ingentes crónicas migratorias, la vocación revolucionaria que contra la invasión blanca evidenciaran los autóctonos pueblos indios, y ya, como caso límite, las circunstancias que empujaran a gran parte de los habitantes de aquel vasto mundo iracundo, tajante e impetuoso, que casi durante cien años parecía no haber superado su estadio adolescente, a convertirse en integrantes de una sañuda e ineludible epopeya coral del bandidaje.

No obstante, pese a que en el western se alíen un documentalismo diluido en el gris discurrir de su percepción irracional, un recorrido por ciertos romanticismos exasperados, una diatriba evidente que apunta hacia la institucionalidad de la violencia cuya ferocidad, por lo general, entra de lleno en el campo de las más turbias patologías, se convierte en un cine extraordinariamente vivo. A ello hay que añadir que todo este imperio industrial se vio siempre garantizado por la celebridad de sus estrellas.






El surrealismo, veladamente, también procura mantener cierto colonialismo en este sugerente e irónico ciclo psico-analítico que propone el western, ya que como indicara André Bretón "lo que hay de pasmoso en lo fantástico -y por ello increíble- es que, probablemente, no exista lo fantástico, porque todo "es real"; o, por lo menos, habría que añadir, "lo fantástico" ofrenda una incursión fascinante y explosiva en una realidad en la que todos deseamos o desearíamos creer.



La imagen del pistolero, del cowboy, del bandido, de la prostituta, del latifundista, del indio vejado siguen una invariable trayectoria de retratos las más de las veces poco veraces de la auténtica América colonizadora. Asimismo, la mitología de Hollywood acabará por convertir a estos héroes toscos, violentos y vulgares en una angustiosa radiografía de la soledad y de la frustración del americano medio que recorriera sin adornos ni maquillajes el paroxístico devenir del siglo diecinueve. Pero, como era de esperar, al enjaularse en esta heterogénea macrocomunidad generacional, el western acabará cediendo a todas las tentaciones, que, naturalmente, no responderán a lo que, en otros ámbitos artísticos cinematográficos, correspondería a criterios intelectualmente más adultos o producciones de prestigio que encabezaran, por poner algún ejemplo, y entre otros muchos, los inigualables e imperecederos William A. Wellman, John Ford, Howard Hawks, Anthony Mann, Allan Dwan, Michael Curtiz, Raoul Walsh, Gordon Douglas, King Vidor, Henry Hathaway, Delmer Daves, Nicholas Ray, y, finalmente, Sam Peckinpah.

Hasta aquí ese mundo concreto del western vive asentado y condicionado por la abigarrada tradición llamémosle "cultural" que le otorga la Meca del Cine, fecunda, de gran agilidad narrativa, que cumple a la perfección su gran papel sistematizador y convencional (plagiado incansablemente por los mismos creadores que estimularan el desarrollo de este género) que, pese a gozar de una prolija "edad de oro", no podrá, por supuesto, mantenerse indefinidamente. Poco después los principales elementos que harían mundialmente famoso al cine del Oeste, vivirán un nuevo resurgir, trasplantándose a Europa, en cuyo continente alcanzaría una espontánea, vertiginosa y popular mixtificación -el spaghetti western-, caracterizado por una extraordinaria libertad que ventila su mal gusto como exponente de la más desatada violencia, y que quizás tan sólo su más conspicuo creador, Sergio Leone, utiliza como auténtica arma corrosiva de esa contradictoria selva de instintos y algún que otro cercenado ideal que anidar pueda en todo ser humano.

No obstante, y como era de esperar, el western, altamente cotizado en el ingente mercado de valores cinematográficos inmarcesibles, no dejará de hallarse expuesto, merced al catálogo de cuantos males y miserias en él afloran, a la propia dinamita de su complejidad psicológica. Y así su trascendencia romántico-violenta, su absurda crueldad, su estrafalaria calidad humana, y su mítica polémica acusadora, atributos que marcaran su decisiva consagración cinematográfica, se verá atenazado también (aunque tan sólo en contadas ocasiones) por la concepción disparatada, no menos provocadora y pantomímica que en el Séptimo Arte impusiera, ya desde sus orígenes, la eficacia saludablemente destructiva de la comedia. El humor dislocado pretende, pues, revolotear por los grandes escenarios reales que impone la potencialidad formalista del western. Su esencia alucinante y endiablada puede derivar perfectamente en una nueva dirección inesperada e hilarante, y por supuesto poner en ridículo o en grave aprieto la tipología social de sus personajes, que no por haber conferido la más mítica de las estructuraciones a las imágenes enriquecedoras del western, dejan por ello de agudizar sus tipismos y tópicos más convencionales.

"Lust in the dust" ilustra esta naciente prioridad (de corta vida), fuertemente caricaturizada con impresionante base de parodia en la que no falta aquella pasión destructiva, cruel y ambiciosa a que nos tuvieran acostumbrados los ciclos temáticos y las fórmulas de probada rentabilidad que, en cierto modo, engrandecieran el cine del Oeste, y que no dejará de tener cierto parangón con el movimiento intelectual dadaísta que en Europa alentara el poeta francorrumano Tristán Tzara. Y para escándalo de aquellos valores mitológicos, potenciadores de las grandes estrellas hollywoodenses que parecían no tener meridiano, "Lust in the dust" surge como grano de arena inmerso en la multitud, erigiéndose en aventajada cronista de las gestas colectivas del western. Se aplica cual canto homérico al gran capítulo cinematográfico, tradicional, pictórico y escenográfico, con que el mismo se significara durante décadas, uno de los testimonios más vivos, bien que de reflejos un tanto irreales como documento de época; evocador, a pesar de todo, de la gran tradición aventurera en la narrativa cinematográfica americana, y se inmuniza frente a la más válida crítica social, convirtiéndose en apreciada mercancía capaz de resucitar las batbing beauties entraditas en carnes del gran burlesque americano, y una vez divinizadas por la Keystone Comedy.







The divinity is DIVINE









Fulgurante, comprometida como símbolo del travestismo menos limitativo y más dimensionado por los atributos de la obesidad, consecuentemente escabrosa con su Divina Esencia ("piú che creatura"- "más que ninguna criatura", habría invocado probablemente Dante Alighieri), obsesiva del libre albedrío, pontificadora de las tentaciones mundanas una vez amonestada como virgen miserable, mezquina y grosera, elogio de la destemplanza, defensora de las más inocentes delicias, hereje de la bienaventuranza, orgullosa de su hirviente pasionalidad, insolente e iracunda, libertina y suicida del castigo, majestuosa y sardónica en la parrilla que la tortura y consume (para su propio gozo), y, finalmente, expulsada de todos los edenes por los siete pecados capitales, Divine cruza su "selva oscura", aquélla que llamaron de los vicios y el pecado. Pero jamás alcanzará la salvación mediante el arrepentimiento y la expiación. Es la suya una "Divina Comedia" comprometida con otra excursión, esta vez dantescamente cinematográfica a través del Infierno y el Purgatorio, sin recalar jamás en el Paraíso. Dante la hubiera cantado también en "De vulgari eloquentia" y ella le hubiera contestado con toda seguridad con sus mismas frases: "Ultima regna canam, fluido contermina mundo"- "Cantaré los reinos postreros -pasándose por el forro la gran aventura ultraterrena del genial poeta florentino-, limítrofes al fluido mundo... e io, Divine, dico seguitando": "Ofrecedme el mundo y las ardientes pasiones que lo inspiran, y dejad que las iglesias se mantengan repletas de infiernos, de justicias divinas contra la humana, y de diablos y condenados"


La infernal aventura supraterrena de Divine da comienzo el 19 de octubre de 1945, fecha de su nacimiento en Towson, Maryland (EE.UU.), hijo de Bernard y Diana Frances Milstead. Al feliz y celebrado acontecimiento de su venida al mundo se le tributa una primera aureola de masculinidad que, desconocedora de su futura ambigüedad contestataria como Drag Queen, mensajera de desviacionismos, promotora sulfurosa, extravertida, capaz de mantener vivo el sueño imposible del "feísmo" más demoledor, y corrosiva in advance a través del ambiente mundano e inconformista que idealizaran cantautores no menos iconoclastas inmersos en los movimientos "dance y electropops", se le impone el nombre de Harris Glenn Milstead.



En 1970, ya convertida en Divine, como acepción pura de su ansiado travestismo, interviene en pequeñas piezas teatrales en New York. En "Women behind bars", gran hit teatral del off-Broadway, 1976, interpreta a la diabólica matrona Pauline. Su siguiente rol (que habría atizado la ira de todas las organizaciones bienpensantes y puritanas del país) de Flash Storm en "The neon woman" de Tom Eyen (que se basó en "The G-String murders", libro de Gypsy Rose Lee) la convierte en una corrupta y terrorífica dueña en un "strip club" en el que se suceden siniestros casos de asesinatos.





John Waters & Harris Glenn Milstead







John Waters, el polémico y transgresor director cinematográfico (también profesor de cine y subcultura en la European Graduate School), a quien Harris conocería en su infancia, vecino de Lutherville, suburbio del condado de Baltimore, donde los Milstead se trasladarían cuando el niño contaba 12 años, surge en la vida de Harris predestinado a servirle de sostén doctrinal en su transformismo, colocando en sus sienes la anhleada corona de su imparable transgresión sexual. Con sus tres más recordados films "Pink Flamingos", 1972, "Female trouble", 1974, "Polyester", 1981, asistimos a la gestación de nuevas fórmulas cinematográficas, toscamente melodramáticas, en la que resalta una especie de "gramática parda", satírica y vulgar en su radicalismo. Waters potencia sus más controvertidas preocupaciones realistas frente a un paroxístico mundo que arrastra su agresividad hasta la más obsesiva de las psicologías. Un mundo truculento y sucio que se desnuda ante nosotros groseramente; que utiliza acciones paralelas revelando el sentido más ruín, adocenado, inquietante, fecundo, exagerado y antipático, sin dejar de ser "nítidamente entrañable en su concepción virginal", de la observación social de sus protagonistas. E incorpora, dentro del más expresivo despropósito, cierta modernización, jocosamente desvirtuada, de la vieja teoría darwiniana de la espinosa evolución (¿irracional?) del hombre. Divine (Harris Glenn Milstead) se convertirá así en la decisiva, recurrente y sublime respuesta intuitiva de cuanta disparatada intención dramática gesta Waters en el progreso procazmente insurrecto de su cine, carente de reminiscencias comparativas, y que desembocaría en un flamante acervo de la más inesperada de las narrativas en el Séptimo Arte: la aceleración creciente (mantenida aún después de la desaparición de Divine) del "feísmo", auténtica revolución expresiva en la pantalla grande que, inquietándonos, busca enaltecer criaturas miserables, eternamente desprestigiadas por el soliviantador espectáculo populachero en que se mueven.


Como contradictoria pareja del "recuperado" (para la pantalla) Tab Hunter ("Polyester"), repite protagonismo con él como la violenta, ambiciosa, taimada e hipócritamente pasional Rosie Vélez, en el provocativo y dislocado western "Lust in the dust" (un mixtificador remake, antológico y desquiciado, de "Duel in the sun", film dirigido por King Vidor en 1946 -en cuyo título se reconoce también el nickname de su predecesora-) que esta vez, en sustitución de John Waters (que rechazó la dirección del film por no poseer la autoría del script), dirige Paul Bartel, creador escasamente reconocido, y cuya trayectoria cinematográfica se caracterizaría también por su extraordinaria libertad de expresión, espontánea, popular, y que trataría de mantener contra viento y marea "maldecido por exiguos presupuestos".



La neurastenia transformista de Divine, fielmente plasmada en la pantalla, lejos de convenciones o de la rígida artificiosidad con que el cine más conservador se impondría al público norteamericano, ejerce en sus seguidores un poder magnético que todavía perdura; y que, ya cristalizado, y encarnizadamente criticado, renace en su último film con Waters "Hairspray", 1988. Tras haber determinado el nuevo arquetipo de "mujer fatal" a través de sus anfibológicas transgresiones sexuales, solemnemente coronada ya como imperial Drag Queen de "Dreamlanders" (Dreamland Productions de John Waters), Divine mueve todavía sus resortes más ocultos, y se entrega a un nuevo salto cualitativo en su ya imparable record de profesionalidad, entrando a formar parte, a partir de 1980, de la industria musical. Bobby Orlando se convertirá en su nuevo productor. Divine industrializa su mito, sin evadir su personalidad travestista, y como en las antiguas ceremonias paganas, se identifica con su propia "divinidad de ídolo irrepetible" (como en realidad fue). En 1987 su canción "You think you're a man" llega a alcanzar el 16 ranking en Gran Bretaña, grabado por la banda escocesa The Vaselines. Sus más famosos álbumes musicales "Jungle Jezebel", 1982, "The story so far", 1984, "Made in England", 1988, se convierten en auténticos hits en USA, Canadá, Europa y Australia. (En 1990 se editaría en CD un catálogo de sus más afamadas canciones: "The essential Divine") En su último film, una comedia de horror erótico, "Out of the dark", dirigida en 1988 por Michael Schroeder, y estrenada en 1989, interpreta al inquietante detective másculino Langella.



La tarde del 7 de marzo de 1988, a una semana de la finalización del rodaje de "Hairspray", se instala en el Hotel Regency de Los Ángeles. Al día siguiente, Divine debía aparecer en Fox network's televisión, en la serie "Married...with children" Tras una cena de amigos, Harris regresó a su Hotel. Penetró en su habitación entonando "Arrivederci Roma", y con la misma melodía entre sus labios se asomó al gran balcón de la estancia. Por la mañana, su manager Bernard Jay, extrañado por la tardanza de Milstead (Harris era famoso también por acudir puntualmente a cada una de sus citas), golpea la puerta de su habitación sin recibir contestación. Divine es hallada muerta en su cama. La autopsia determinaría "infarto agudo de miocardio" durante el sueño. Harris Glenn contaba tan sólo 42 años. En 1994, Bernard Jay escribiría una primera biografía "Not simply Divine". Y en 2001, Diana Frances Milstead, madre de Harris, publica "My son Divine" acerca de las frecuentes discrepancias que mantuvo con su famoso hijo. Dichas relaciones fueron más o menos reflejadas en un film posterior: "Frances: a mother Divine". Automat Pictures de Los Ángeles y su productor Jeffrey Schwarz realizan un documental sobre la vida de Harris Glenn: "I am Divine" en 2009.






Deseo, violencia, ambición arrastrándose por el polvo de Nuevo México





























Voluminosa y lasciva, en Rosie Vélez, cantante aventurera, rosa espinosa que resplandeciera en las labradas espuelas de cuanta violencia visitar suele todo Saloon, se oculta precisamente lo peligroso de algunos aromas. Apostar por la sinceridad de Rosie es escudriñar en actitudes que jamás habrán de favorecer a quien sea capaz de caer en sus garras apasionadas. Rosie huye ahora, nadie sabe de dónde, como un águila libre que se pierde en la soledad del desierto con el bravo temblor de su obesidad vanidosa, atrevida, y lujuriosa. Polvo y deseo se abren como puertas infernales para alojarla. Rosie, oronda libélula palpitante, será violada por el bandidaje sedicioso que ensalza su deseo a la grupa de sus caballos, y que jamás siente compasión por la pupila fosfórica que traspasa la probable agonía desvalida de la hembra. Rosie, no obstante, se redime de la indisciplina pecadora de sus atacantes a los que devora la concupiscencia, no se desmorona y se siente ungida por la gloria de su sacrificio, mientras ofrenda a sus profanadores sus humildes y "obligados" servicios sexuales. Abandonada, tras los pasos descoloridos de su vía-crucis libidinoso, renace en la palpitación dulce de una charca que acoge su cuerpo desnudo. Imposible virginidad entre la arboleda umbría, favorecida por un tul de mosquitos y sol, y el vislumbre gelatinoso de los lagartos. Sin embargo, un temblor vueve a sus carnes robustas: la aparición de una nueva sombra de violencia. Y ella, cual paloma mística, en su maltratada timidez virginal, exclamará: "¿Quién es usted? ¿Qué pretende de mí? ¿Qué se esconde tras su sucio pensamiento?... Lo sé... Un repugnante deseo de violación"... El extraño aparecido la observa calladamente. Y abandona ese fruto maduro que se debate entre las aguas de la alberca. Rosie, avivada por la generosidad silenciosa del pistolero, se desborda en ternuras de clueca. Le sigue. Se confiesa. Se deja atraer con irresistible avidez por la compostura indiferente del jinete callado que no cede su silla a la arrogante gordura de su acompañante femenina, cuya verborrea arranca del camino su dilatada quietud. Cañadas polvorientas de Nuevo México conturbadas por la plática imparable, aniñada, abusona, de la oronda Rosie Vélez. El jinete desconocido, de súbito, se queda inmóvil. Observa de hito en hito la figura de Rosie. En su rostro inexpresivo puede leerse, no obstante, su repugnancia ante la odiosa ansiedad parlante de la desconocida. En lo profundo, espera su salvación. Perfiles ruinosos, agostados por el sol. Un pueblo como un bronce. La claridad de una ermita. "Chile Verde", aldea que se tiende a lo lejos como una cicatriz enorme en medio del desabrido polvo desértico y llameante.























Un Saloon perteneciente a Marguerita Ventura, pechos generosos, ímpetu feroz de hembra malintencionada, que participa de las pasiones violentas que erizan la virilidad del hombre herrado con revólver. Y arrezagados entre sus faldas, los deseos inmundos y los resabios de casta que brotan a empujones en aquel desierto inflamado, realzan con su ornamento de refugio apetecible entre aquellas soledades la fealdad arcillosa, cegada por el polvo, de "Chile Verde". El recién llegado, Abel Wood, pistolero de lengua silenciosa, posee labios de calentura, evoca voluptuosidades procaces, arrebatos de turbación que prenderán en Marguerite, en Rosie y en la avejentada prostituta Big Ed, cuya virginidad se perdió en los senos tibios del pasado, y hoy no es más que la huésped embalsamada del Saloon; el despojo lívido y olvidado de las alcobas del deseo.
























Vuelven a "Chile Verde" (en cierto modo provocados por la presencia bravucona de Abel Wood y el desprecio orgulloso de que hace gala Rosie Vélez) los antiguos pecados de la violencia y de la ira, mientras el incesante polvo oculta el hondo abismo de un secreto. Un subrepticio tesoro del bandidaje. Un arcón de oro sumido en un arcano que habla de dos montículos y una tumba. En el delirio tremebundo de "Chile Verde", Rosie Vélez arrastra la penitencia de su deseo por Abel Wood. Rosie se asfixia en el odio hacia Marguerite, se insinúa y sufre las acometidas del vil insecto Red Dick, que muere entre sus muslos, tratando de poseerla. Humea un aliento de violencia entre la comunidad de "Chile Verde", que en vano trata de detener la mansedumbre, la actitud litúrgica que ofrenda el Padre García, párroco rural. La noche remueve en el Saloon los bravos temblores de la lujuria entre las insinuaciones insidiosas de las mujeres ardientes. La banda violadora de Rosie liderada por Hard Case inflama con su comparecencia discordante y mezquina los apetitos misteriosos que ocultan los habitantes de "Chile Verde", bravos y descreídos hijos e hijas del desierto; presas espumosas de un agriado vino de deseo; rota quejumbre de mil berrinches violentos, a los que, finalmente, flagelará la ambicionada y oculta heredad del oro.























Nueva procesión de lujurias nocturnas en el Saloon que reclaman escarmientos. El apetito de la ambición desnuda a Rosie y Marguerite. Su verdugo es Abel Wood. La verdad sobre el oro escondido muestra una inesperada ruta romántica, veraz testimonio del misterio ansiado por todos: un mapa tatuado en los glúteos andariegos y robustos de Rosie y Marguerite que, tras descubrir su consanguineidad de hermanas, se arrancan vorazmente la una a la otra la fruta jugosa de un probable y fraternal entendimiento. La codicia otorga de nuevo a la comunidad enfebrecida de "Chile Verde" sus roles mugrientos. Su oficio de tinieblas. La lengua que clarificará verdades desde la aldea maldita hasta el cementerio que inflama, del oro, su deseo. Una cabalgada de desenfreno, una promesa de ansiada riqueza palpitando en el polvo del paisaje. Cinco pecadores en busca de su exterminio. Un párroco innoble, Padre García, que gime demencialmente por el Papado. Dos hermanas fratricidas que no añoran su muerta infancia de ingenuidad. Dos bandidos en cuyas aventuras se repiten las enseñanzas históricas de Iscariote y sus 30 monedas. Las conciencias destilan muerte. Marguerite, García y Case sufrirán su azote impagable. Rosie Vélez fía en el deseo de Wood. Es la corpulenta sierpe, trémula y engañosa, que campanillea en los zarzales. Y a su lado, tirantemente, fosforece la indiferencia que a su sensualidad falsaria ofrenda el pistolero, dedos afilados en un revolver, a los que tan sólo sublima el oro hallado. La roja vibración de la boca embustera de Rosie Vélez será acallada por la oportuna intervención de la vieja prostitua Big Ed, única rosa, ya ajada, en la que Abel Wood no reconoce espinas. Nada tan acerbo como la ruindad de princesa vencida con que Rosie Vélez lanza sus clamores vengativos, y plañe sus nuevos horrores entre la querencia solitaria de sus deseos maltrechos entre el polvo. Un disparo. La renegada aventurera aprieta sus párpados, y al olor tostado de la codorniz cazada tiembla su glotonería, pronta a ser saciada, y hasta aquel momento en ayuno forzoso. El epílogo de sus palabras hambrientas, que aguardan la dentellada apetitosa que propone el ave asada, proclaman la concienciación de su derrota no menos amenazadora: "¡Abel, Abel, amor mío, ya no me importa el oro! Ofréceselo todo a Big Ed... ¡Es vieja y fea!... ¡Ya le ajustaré las cuentas!... ¡Abel, Abel, ah!... De todas formas, mañana será otro día!"















Tab Hunter - Lainie Kazan

Abel Wood - Marguerite Ventura













César Romero- Nedra Volz

Padre García - Big Ed













Geoffrey Lewis - Courtney Gains

Hard Case - Red Dick



Una tipología social del western fuertemente caricaturizada, entre un ritmo alucinante y endiablado. Un ballet frenético que se adentra en el peligroso terreno del slapstick, y cuya pantomima se desenvuelve entre un espacio tremendamente real y concreto. La mayor irreverencia jamás reflejada en la pantalla grande frente a las convenciones y reglas sistematizadas del cine del Oeste. Dislocada pero melódica (sensacional música de Peter Matz y provocadoras canciones: "Tarnished Tumbleweed"-Mike Stull-, "These lips are made for kissin"-Divine-, "South of my border"-Lainie Kazan), saludablemente destructiva y perturbadora. Joya corrosiva del puritanismo más acerbo.