lunes, 28 de abril de 2008

Les dimanches de Ville d'Avray-Sibila (Los domingos de Ville d'Avray)

"... ¡Yo ya no tengo nombre, ... no tengo nombre, ya no soy nadie ahora... Nada!"

Cuando a través de este enternecedor y bello tránsito dialéctico con el que el film alcanza su clímax final (arropado en toda su pureza por un orquestado coro Handeliano), en el que se sintetiza y conjuga una inocencia, espontánea y natural, que va más allá de todo código moral erótico. Cuando, una vez saboreado el film, sabemos que jamás se ha transgredido esa frontera tan frágilmente compleja que va desde la adolescencia a la infancia, ahora asentada en la presencia turbadora y llorosa de la pequeña Patricia Gozzi, el espectador, recuperado ya de ese epidérmico fenómeno que llamamos escalofrío, aprenderá de nuevo que ha hallado uno de sus mayores estados de gozo al materializar un nuevo acto de fe en la posibilidades infinitas del cine y en las riquezas psicológicas que las imágenes pueden conferir a sus personajes. Porque, sin que nadie acierte a imponernos el menor comedimiento, el llanto suscita en nosotros, con todos los excesos propios de una reacción apasionada, una súbita crisis, de signo pesimista y doloroso, pero tan lúcido, tan agradecible, que no puede por menos que buscar su expresión más concluyente, como virtuoso experimento al que jamás nos negaremos, en la tajante hondonada de nuestros íntimos universos a los que, es de desear, siempre debería iluminar el enternecimiento de nuestra conciencia, al tiempo que incluimos la poesía en esa técnica exploratoria de los sentimientos.


 

La magia turbadora de la cámara



 

En efecto, porque de la cámara surge la raíz sensitiva al mismo tiempo que la imagen. El eterno interrogante filosófico sobre el auténtico significado de la realidad, y de la realidad de las apariencias. Fellini dijo que siempre existirá una línea vertical en la espiritualidad (yo diría que también en la poesía) que va de la bestia al ángel, y en la que oscilamos continuamente. Y sobre ella se asientan sentimentalismos estremecedores, se fusionan las tragedias colectivas de la humanidad, se despiertan nuestras dormidas inquietudes experimentales hacia el marco opulento (consumista si queréis) del drama, aunque, esta vez, (como tantas otras) venga iluminado por la reflexión creativa de la cámara. Contemplado, como es de cajón, en su sentido más individualista. Y que, a pesar de los muchos pecados literarios que el cine haya podido perpetrar, redescubre en nosotros, obsesos de la estética visualista, sin más intermediarios ni elementos condicionantes, sus cartas de nobleza, porque es capaz de sumergirnos de nuevo en una de esas atmósferas insólitas que acogen nuestras más fecundas y desgarradoras emociones.


  

















 




El santuario de Cybele
 





"Sundays and Cybele", título con el que se estrenó en Estados Unidos, brinda toda la misericordia inspirada por las tinieblas de la guerra, se ofrece en sacrificio contra las abominaciones de la crueldad, somete todas las voluntades y todas las sendas que conducir puedan a la más pura hora evangélica de la fraternidad humana, porque, aunque el hombre, tan bello y monstruoso a la vez, viva sumergido en la ambigua amalgama de sus resonancias maniáticas y carentes de cordura, no sepa, por lo general, esparcir el grano de tanta suntuosidad generosa como puede almacenar el silo de nuestros corazones, y acabe menospreciando las pesadumbres del mundo, siempre será este nuestro único santuario, pese a la carnavalesca sinrazón y a las disipaciones morales que mueven sus retablos, ante el que no dejaremos de hincarnos de rodillas para no sentirnos totalmente desamparados. Y porque si un hombre tan sólo tiene caridad, la verdad del amor llorará ante nosotros, infantil y graciosa, al haber acertado en su designio, mesura original, consolación del llanto, ensalzamiento del humillado, porque en él, únicamente en él, debería afirmarse y cicatrizar a la vez la única gran herida que enseñorea este mundo en nombre de todos los pueblos: la de nuestra solidaridad tantas veces imposible.


 

Abandono infantil

Pierre (Hardy Krüger) moralmente destrozado por la guerra de Indochina, vivirá su dolorosa crisis de conciencia tras haber asesinado accidentalmente a una niña cuando su avión se estrella en las selvas asiáticas. Françoise (Patricia Gozzi), de 12 años, abandonada por su padre en un orfanato del suburbio parisino Ville d' Avray, se verá de pronto favorecida por el afecto inocente de Pierre, tras su casual encuentro en el apeadero aledaño a París. Emocionalmente impotente para vivir una relación amorosa adulta con su amante Madeleine (Nicole Courcel): -"Doy vueltas, camino, espero, y mi memoria no quiere volver. Afortunadamente están los árboles, la noche,... voy a la estación, y allí te espero... Soy tan desgraciado, Madeleine. No sé quien soy..."- iniciará, domingo tras domingo, al presentarse en el orfanato como padre de la niña, un infantil y solitario vínculo de afecto, limpio y terso, con Françoise, al que acompañará toda la ternura de la compasión y del compadecido. ¡Cuánta dulzura en la técnica exploratoria de los más limpios sentimientos!








Se sucederán paseos dominicales entre las pinceladas poéticas de esos juegos, gritos y sonrisas que confieren cierta predilección a nuestras memorias infantiles; castas meditaciones amorosas; ansiedades rendidas e inocentes en dos cuerpos virginales. Espejuelos limpios de río que recogerán y renovarán las imágenes miniaturizadas de estos dos seres desolados, pero embebidos de la blandura estremecida e inmaculada de una mutua entrega amorosamente pueril: (Françoise) "En casa de mi abuela yo limpiaba su bola de cristal. ¿No te he dicho que mi abuela era clarividente? Yo solía sacarle brillo a su cuchillo mágico. Pero había algo poco corriente. Mi abuela tenía un bonito cuchillo con el mango de marfil. ¿Y sabes lo que hacen los magos de África con un cuchillo como ese? Lo clavan en un árbol y escuchan a los espíritus hablar. Piénsalo. (Pierre) ¿Tu abuela era mala?... No, en realidad, no. Decía que era una boca que alimentar, pero era más buena que mi madre... ¿Y tu madre, Pierre? No recuerdas nada, claro... No... Eso es muy triste. En realidad, eres como un niño perdido. Escucha, si tuvieras algo que decirle a tu madre, sólo tendrías que decírmelo a mí. ¿Quieres hacerlo? Si supieras cuánto te quiero. (Pierre se siente mal) Pierre, ¿qué te pasa?... No lo sé. Nada... ¿Nada?... Puede que esté empeorando... ¿Te duele la cabeza?... No, es diferente. Me siento raro. Desde que salimos he olvidado pensar en... como era antes. ¿A qué te refieres?... Suelo darle vueltas a la cabeza sobre quien soy yo. De dónde vengo. A qué me dedicaba. Y aquí, contigo, me he olvidado de pensar en eso. Y eso me asusta... Cuando crezca, estudiaré medicina, y yo te curaré."








Un castillo encantado en el bosque

Y frente al júbilo de su tierna ingenuidad afectiva, frente al bello elemento espectacular que remontan sus correteos domingueros y ese puro atuendo de la felicidad que los envuelve, la frustración sentimental de Madeleine se exaltará como una llamada apremiante a solidarizarse con la sincera conducta de Pierre. 



Todo se irá apagando, no obstante, ante el hábito negro de la sospecha que recae sobre el joven al desaparecer durante la Nochebuena. No obstante, decide acudir al amigo de ambos, Carlos, quien trata de tranquilizarla, indicándole que nada puede haberle sucedido a Pierre.








El error de Madeleine

Intranquila por la tardanza, decide investigar la desaparición del joven por medio de su compañero de hospital, Bernard: (Madeleine) "Creía que no llegarías nunca. (Bernard) Ya has visto como está el tráfico. Bueno. He avisado a la policía. Vamos a tu casa. Tienen tu teléfono. (Madeleine, aterrorizada, temiendo haber cometido un gran error) ¿Qué has hecho?... Lo que tenía que hacer. Antes llamé al colegio. Pierre fue a recoger a la niña. Luego fui a la policía... (Madeleine, arrepentida) ¡No debí haberte llamado! Es culpa mía. Tú no lo entiendes. Los vi el domingo pasado. Eran como dos niños felices. ¡Y tú lo denuncias como a un criminal!... No podemos correr el riesgo... Pero ¿qué riesgo? ¿Qué estás pensando? ¿Que va a matarla o a violarla?... Está enfermo, podría hacerlo... ¡Vosotros sí que estáis enfermos! ¡Todos los que os consideráis normales! Si alguien es feliz fuera de vuestras convicciones, no es normal y lo rechazáis. ¿Por qué? La sinceridad os hacer sentir incómodos? Hasta yo pensé cosas raras... Escucha, no vamos a ponernos sentimentales. Es simple. Pierre está en una fase violenta. En su subconsciente cree que mató a una niña. Tú fuiste quien me lo contó. Cree que escapó del castigo, y podría acabar matando a otra para ser castigado. Para liberarse de su obsesión. En ese estado hay que... (Madeleine desesperada) ¡Hay que, hay que!... Bernard, tienes mucho sentido común, pero poca intuición. Hay que evitar que la policía se meta en esto. Pierre no lo soportará. Tienes que llamarlos. Diles cualquier cosa, que fue una broma... Ya es tarde. Las monjas han puesto la denuncia... ¡Dios mío!..."  











Rueda el drama tras el desatino policial que se engaña al creer enfrentarse a una inusual evolución sentimental en Pierre... Y el joven, en lucha contra todas las formas de dolor e injusticia, será abatido como símbolo de martirio. Criatura en pena, víctima de ese primer itinerario que reflejan las posturas melancólicas y pesimistas ante la vida, ¡tras él arderá ahora el humo inmaculado del sollozo palpitante de Cibeles!









Ensueños dialogados




"Tuve un sueño... Era Navidad. Había un gran árbol decorado. Tú me traías el gallo de la veleta de la iglesia. Y yo te entregaba un maravilloso regalo... Tú me llevabas alrededor del árbol en tus brazos, como ahora. Veía el mundo de arriba abajo, lo mismo que cuando estás muerto... Si algún día tú desaparecieras, Pierre, pienso que lo único que desearía es morir.... ¿Morir?... ¡Sí! Cerrar mis ojos, quedarme helada en el interior de mi ataúd, con la tapa bajada, ... y no habrá nombre en mi tumba, porque nadie conoce mi verdadero nombre. Escribirían Françoise... Pero ese nombre no significaría nada. Sería como si no hubiese existido jamás. Me perdería para siempre... Si yo muero, ¿tú morirías, Pierre? ¿Me olvidarías con tu mujer? ¿Me olvidarías? Dímelo... ¿O morirías tú también?... ¡Sí!... Mañana es lunes, pero no me importa, porque es Navidad... ¿Me dirás alguna vez tu verdadero nombre? (Françoise le entrega una cajita de cerillas, en el interior se halla un papelito) : "Cibeles"... ¿Te gusta?... Es muy bonito... Es mi nombre, soy yo. Es un nombre muy antiguo. El nombre de una diosa. La diosa del agua y de la tierra... Quisiera estar contigo siempre, siempre, Pierre. Iríamos juntos a la playa. Yo nunca vi el mar. Juntos veríamos los peces que vuelan... No te rías, existen... Lo leí en un libro..."


















 Críticas oscurantista

"Sundays and Cybele" estudia los procesos erróneos que pueden conformar ciertas atracciones románticas entre adultos y niños, un trazado de tramas que, en el peor de los casos, tan sólo garantizan el infortunio y la tragedia. Los adultos, en este tipo de films, al igual que el personaje de Peter Lorre en "M", ponen en la picota la racionalidad de los sentimientos amorosos, puesto que hay que observarlos con la feroz agresividad que conllevan sus estados generalmente neuróticos, social o racialmente inadaptados, mentalmente retrasados o completamente psicóticos. El niño no debe carecer de cariño ni padecer la negligencia afectiva de los adultos. Puede así verse arrastrado a los manejos seductores o coercitivos de ciertas relaciones ambiguas. "Sundays and Cybele" puede erigirse en una nueva historia de amor. Este tipo de cuentos pueden ser reales, pero debemos observarlos desde la perspectiva de las aberraciones, ya que ese adulto necesitado del afecto infantil, como sucede con Krüger, (y al igual que con Dirk Bogarde en "Muerte en Venecia" que clama al suicidio por la fuerza misma de su perversión lujuriosa) ha de ser empujado forzosamente a la muerte a fin de asegurar el fin de su relación.




 












El mejor legado de Serge Bourguignon








Basada en una magnífica novela del autor francés Bernard Eschasseriaux, que colaboró en el guón del film, fue dirigida por Serge Bourguignon. En 1960 había conseguido un premio en el festival de Cannes con un cortometraje de corte documental llamado "Le Sourire". Dos años más tarde conseguiría el Oscar como "Best Foreign Language Film" con su primer y más renombrado largometraje : "Sundays and Cybele". "The Reward" en 1965, "The Picasso Summer" en 1970, y "Mon Royaume pour un cheval" en 1978, serían sus últimos films.

Hardy Krüger: Pierre


Alto, rubio, y atractivo, nacido en 1928, este joven actor alemán dio su salto al cine a los 16 años en "Junge Adler" 1943. 















Su exuberante vitalidad intelectual germana (como demostraría años después en una de sus más afamadas interpretaciones en la pantalla "The flight of the Phoenix" ("El vuelo del Fénix"), 1966 de Robert Aldrich, sumida en el favorecido ambiente histórico que fomenta el nacionalsocialismo, y a fin de contribuir al status político alcanzado por Goebbels, le sitúa en su adolescencia entre las escuelas de élite nazis conocidas por "Napolas" y "Las Juventudes Hitlerianas". 


Después de la guerra, su carrera se revitaliza, y se convierte en un actor muy popular en Alemania. Tras un nuevo salto estelar, aparecerá en su primer film de habla inglesa, en 1957 , "The one that got away". En 1962 rueda "Hatari" con Howard Hawks, y "The flight of the Phoenix" (ya citada) en 1966. 



Su carrera se vería revalorizada durante la década de los 60 y 70, en las que intervendría en innumerables e importantes films europeos, tales como "Der fuchs von Paris", de Paul May, "The one  that got away", ambas de 1957, de Roy Ward Baker, "Blind date", 1959, de Joseph Losey,  "Un taxi pour Tobruk", 1961, de Denys de la Patellière, "Las cuatro verdades" (segmento "La muerte y el leñador"), 1963, de Luis García Berlanga, "Los pianos mecánicos", 1965, de Juan Antonio Bardem, "L'espion", 1966, de Raoul Lévy, "The secret of Santa Vittoria", 1969, de Stanley Kramer, "Barry Lyndon", 1975, de Stanley Kubrick, y "The wild geese", 1978, de Andrew V. McLaglen..

En "Les dimanches de Ville d'Avray" el estilo interpretativo de Krüger, poco convincente, algo hierático e inexpresivo, deriva, de forma inesperada, hacia uno de los más meticulosos estudios de conducta y crisis depresivas jamás realizados por el joven actor. Su adaptación al personaje es ejemplar. Inmenso en su ternura, inofensivo en su entrega sentimental, especialmente en la demoladora escena final del film, inaugura un nuevo capítulo frente a su criticada y poco acomodaticia sensibilidad germana, que aquí se verá refrendada a través de tan estremecedora inocencia como la que destila su rubio erotismo meditabundo y desarraigado. Y que halla su epicentro emocionante y conmovedor tras el fascinante cuento, propuesto por Serge Bourguignon y Bernard Eschasseriaux, de una imposible posesión afectiva a través de ese maravilloso ensueño de ingenuidad que intenta hacerse realidad a través de la pequeña Cibeles.  Patricia Gozzi: Françoise-Cybele 

Nacida en 1950. Contrajo matrimonio a los 20 años, finalizando, a partir de ahí, su, por otro lado, irregular carrera cinematográfica. Su Cybele es hoy recordada no tan sólo por su milagrosa y hechizante naturalidad expresiva, impregnada de una tristísima y pesimista meditación sobre la marginalidad que vive su infancia de huérfana abandonada, sino por su bellísima reflexión sobre el trauma erótico con que expone su atormentada pasión de niñez, en su dimensión más puramente onírica, por el mentalmente disminuido Pierre. Gozzi, a sus 12 años, elevó así su primera gran interpretación ante las cámaras como actriz principal a la categoría de auténtico y precoz testamento fílmico infantil. Había tenido tres esporádicas apariciones en "Recours en Grâce" de László Benedeck, "Quai Nôtre-Dame", de Jacques Berthier, y "Léon Morin, prêtre", de Jean-Pierre Melville, ambas de 1961.

Antes de retirarse definitivamente de la pantalla, contrajo matrimonio en California con Michael Sauvage. De su unión nacieron dos hijos, Benoit en 1980 y Celia en 1983, intervino en la inolvidable y no menos conmovedora "Rapture" ("La fleur  de l'age"), 1965, de John Guillermin, y en "La Grabuge", 1973, de Édouard Luntz. Actualmente reside y trabaja en París como directora de una sociedad inglesa.





Nicole Courcel: Madeleine






Ni las críticas más aberrantes pudieron jamás destruir el candor opulento, la inteligente meditación sobre las energías afectivas que rehuyen los mórbidos erotismos y nos inoculan el optimismo ingenuo de otro tipo de amor enternecedor, aunque venga revestido al mismo tiempo de amargas pesadumbres. 

¡Tan entrañable, estremecedor e irrepetible como el llanto de Cybele! ¡¡Cine europeo elevado al súmmum! ¡Triunfó y ganó Oscar!