jueves, 17 de septiembre de 2020

The Ten Commandments (Los Diez Mandamientos) -I-

1956, the last epic of Cecil B. DeMille: "The Ten Commandments" ("Los Diez Mandamientos")







 

 

 

 

 

 

 

 

 





 


 

 


 



 

 





 
Un edicto de Seti I, cuyos sacerdotes le vaticinan el nacimiento de un profeta que habrá de salvar al pueblo hebreo, ahora en esclavitud en la ciudad vieja de Gosen por el poder de Egipto, ordena que todos los primogénitos israelitas sean pasados a cuchillo.


Jocabed, una esclava hebrea de Gosen, viuda de Amram, pone a salvo a su primogénito recién nacido. En una cesta de mimbre lo desliza por el Nilo, y su pequeña hermana Miriam lo sigue. Casualmente, la cesta queda entre los juncos en la orilla del palacio de Seti, donde su hija Bitiah lamenta la pérdida reciente de su esposo, y el no haber tenido descendencia. De pronto, ve moverse algo entre los juncos. Abre la cesta y descubre al hermoso bebé entregado a las aguas. Lo recoge entusiasmada creyéndolo un regalo de los dioses. Pero Memnet, su esclava egipcia, recoge un trozo de manta israelita que cubre al niño. Comprende que ha sido abandonado por una madre hebrea para salvarlo del edicto del faraón. Lo comunica a su ama, y ésta le hace jurar, bajo pena de muerte, que jamás delatará lo allí sucedido. Memnet lo jura pero esconde en su pecho la tela israelita. Bitiah le llamará Moisés, "salvado de las aguas", y la pequeña Miriam, viendo a salvo a su hermano, le propone que su madre, Jocabed, que ha perdido a su hijo, puede amamantarlo. 
 









Moisés crecerá como príncipe de Egipto, hijo de Bitiah y sobrino predilecto de Seti II, que lo antepone a su arrogante hijo biológico Ramsés. En un día de júbilo Moisés vuelve victorioso de su campaña en Ethiopía. Nefertari, princesa de Egipto y ahijada de Sethi II  que profesa un amor apasionado por Moisés, lanza flores de bienvenida al héroe, impaciente por recibirle en la Corte.  Moisés es, pues, recibido con todos los honores en la Corte, ante la admiración de Sethi y de Nefertari. El gran caudillo Moisés muestra a su faraón todos los botines traídos de Ethiopía, y presenta a  los reyes ethiopes, ahora vasallos de Egipto.












 


Moisés acompañado de Baka el arquitecto construye una nueva ciudad para su padre adoptivo. Durante el movimiento de los enormes bloques que son conducidos hacia la monumental obra, una anciana de las que embrean los rodillos de arrastre queda atrapada por el cinto de su túnica bajo la piedra y se halla a punto de ser aplastada bajo el bloque. Lilia (objeto del deseo lascivo del Datán jefe supervisor hebreo de los esclavos), es la bella joven cuyo trabajo consiste en dar agua a sus congéneres en esclavitud. Aterrorizada pide socorro a fin de salvar a la anciana. Josué el tallador de imagenes en los muros ve lo sucedido y acude en ayuda de Lilia, a quien ama profundamente, y de  la vieja esclava atrapada.


 










Josué se enfrenta a la negativa de los capataces a que la anciana pueda ser rescatada, y es aprehendido por los guardias. Jocabed, la esclava por quien Lilia pide socorro conmina a la joven aguadora  a que corra a pedir ayuda al príncipe. Lilia exclama que Ramsés jamás la escucharía. Pero Jocabed aduce que no se trata de Ramsés, sino de Moisés que siempre ha mostrado cierta humanidad por los esclavos. Lilia corre enfebrecida hacia la imperial sala donde Moisés y Baka dirigen las obras. Baka se fija en la belleza de la joven, que ruega con gran vehemencia al príncipe que tenga piedad. 
 

Moisés se hace eco de ello y acude hasta el bloque donde la anciana ha podido morir aplastada. "Se me enganchó el cinto, mi señor", explica la esclava, a lo que Moisés, desconocedor de que es a su verdadera madre a la que está salvando la vida, corta el cinto, y decidido a mostrarse más comprensivo con los hebreos, añade que aquel es un trabajo demasiado duro para personas ancianas como ella. 





Josué exclama que el hambre debilita y diezma cada día a sus hermanos hebreos. Moisés ironiza observando la  fuerte silueta del joven, y que por ello no parece pasar demasiada hambre. Josué replica que los talladores de imágenes son bien cuidados por los faraones. 
 
 
 
 
 


Ramsés se presenta en el lugar del conflicto y se opone a los razonamientos de Moisés, quien hace caso omiso de las dudas de su hermanastro y ordena que suelten a Josué. Con su ayuda, la de Lilia y otros muchos les conduce a los graneros sagrados para que el trigo allí almacenado sea distribuido a partir de entonces a los hambrientos esclavos israelita. 



Seti discute con un sacerdote que debe elegir a su sucesor, que no puede ser otro que su hijo Ramsés. Pero Seti aduce que él es el único que debe decidir quien será su heredero al trono. Y Nefertari exclama que será Moises.
Ramsés se dirige a palacio para exponer ante su padre las actuaciones de Moisés e intrigar contra él.

 
 





Con sus insidias, Ramsés se goza en acusar a Moisés de traición. Seti, su padre, lo escucha con incredulidad, y Nefertari, allí presente también, lo observa con una acostumbrada displicencia y rencor, dado que desde la infancia ha despreciado a Ramsés, a quien profesa un odio e inquina profundos, aunque al mismo tiempo se deleita en hacerle objeto constante de sus burlas. Ramsés insiste en que Moisés es un traidor que busca la lealtad de los hebreos para alzarse contra su faraón, y que cuanto está construyendo lo hace en su propio beneficio. Por ello mismo, ha concedido un día festivo a los esclavos de Gosen, entregándoles el trigo de los graneros sagrados del Templo.Cuando Seti se dispone a acudir a las obras de a ciudad a pedir una explicación plausibles a los hechos que cuenta Ramsés, Nefertari le llama serpiente venenosa, reprochándole furiosa el odio y la envidia que siente por su hermano Moisés. Pero luego se muestra falsamente complaciente con Ramsés, y le concede burlonamente el don de un beso, preguntándole con la misma sorna que a qué sabe lo que jamás será suyo. Ramsés despechado jura que algún día reinará sobre Egipto, que Nefertari será su esposa, y que entonces él la repudiará. Nefertari limpia el beso de su boca con irritación.
 
 
 


 
Seti, una vez en la sala de obras,  pide a Moisés una explicación plausible a los hechos de que le acusa Ramsés, allí presente también, que juega a poner un peso en una balanza cada vez que las reclamaciones de su padre son afirmadas por Moisés. Seti  insta a su sobrino repetidamente a que demuestre con pruebas fehacientes la falsedad de las incriminaciones de que ha sido objeto. Moisés aclara que los dioses no necesitan trigo, y que los esclavos desnutridos no pueden hacer ladrillos (y deja caer uno de ellos en la balanza de Ramsés, cuyo platillo se balancea de golpe a favor de Moisés), y sigue afirmando con lógica que si se les alimenta y se les concede un día de descanso, volverán al trabajo con nuevas fuerzas recuperadas.
Cuando Seti comprueba la lealtad de Moisés, quien, además, ha hecho tallar una imagen gigantesca de su padre adoptivo como muestra de su lealtad, estatua que presidirá la ciudad que está construyendo para él, la admiración y todos los plácemes del faraón se encaminan ya directamente hacia el hijo de su hermana. Baka, ante el despecho de Ramsés, ironiza que perderá su trono. Ramsés exclama que él será el próximo faraón, y que la ciudad que están levantando para su padre, será la capital de su reinado.



 
         Mientras tanto, en palacio, Nefertari, feliz,  hace sus preparativos para su próximo enlace con Moisés.
 
Pero la esclava Memnet, que profesa todas sus simpatías por Ramsés, a quien ha cuidado de niño, y por cuya estirpe verdadera deberá ser afirmado en el trono como faraón de Egipto a la muerte de Seti, desprecia a Moisés por cuya sangre no corre ni una gota de realeza, no siendo más que un hijo de esclavos israelitas. Y ante el temor de que llegue a heredar el sitial faraónico que no le pertenece, y sabiéndole favorito de Seti,  se muestra al mismo tiempo celosa del gran amor que Nefertari le profesa. Moisés y Nefertari se hallan felizmente comprometidos. 

Y Memnet dispuesta a acabar con aquella unión que ella considera ilícita, confiesa a la princesa el origen hebreo de Moisés, mostrándole la tela que recubría su cuerpo de recién nacido cuando fue abandonado en el río y Bitiah lo halló, obligándola a guardar silencio durante todos aquellos años. Bitiah, a escondidas de su hermano, crió al niño que fue amamantado en secreto y por orden de la princesa por una tal Jocabed, su verdadera madre biológica. Una niña, hija de la israelita y hermana del recién nacido abandonado a las aguas, la condujo hasta su casa en el barrio de los esclavos de Gosen. Nefertari, ante la posibilidad de que su amado Moisés conozca a sus verdaderos padres, Amram y Jocabed, temerosa de que toda la pasión amorosa que siente por él pueda ser motivo de perdición para ambos a causa de los chismes maliciosos de la vieja Memnet, y que la balanza pueda inclinarse en favor de su odiado hermanastro Ramsés, amenaza de muerte a la sierva si revela lo que esconde, asegurando que a ella nada le importa de quien pueda ser hijo el hombre que ama. Memnet replica que a ella quizás no le importe, pero a Ramsés sí. 
                                                                 Nefertari acaba así con la vida de Memnet.
 




Nefertari abre las puertas  a su amado Moisés dispuesta en todo momento a olvidar la historia de Memnet. Una esclava de palacio se duele de la pérdida de la anciana sirvienta de palacio, que al parecer ha caído por una alta galería (naturalmente empujada a escondidas por la furia de Nefertari). 
 
 
 
La princesa  hace caso omiso de lo sucedido, aduciendo que la muerte de una vieja esclava como Memnet carece de importancia. Moisés, que se halla junto a ella, no puede comprender que la que va a convertirse en su esposa no pueda sentir piedad por su vieja sirvienta, que los cuidó de niños a ella y a Ramsés. 


 
 
En uno de los escalones de la estancia ha caído la tela israelita que escondía Memnet. Nefertari aduce que debe de tratarse de un trozo de tela perdido allí por su esclava. Pero Moisés aclara que Memnet no era israelita. Y es tal la presión que Moisés ejerce sobre Nefertari, que ésta acaba confesándole la verdad. Ha asesinado a Memnet porque aseguraba que Moisés no había nacido de la realeza egipcia, sino de una pobre esclava israelita que lo depositó en el río con una cesta que Bitiah recogió. Que fue criado como príncipe, y merced a ello y al amor que le profesa Seti será el próximo faraón de Egipto. Nefertari confiesa así una vez más su apasionado amor por Moisés. 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 


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Moisés, frente a la exasperación de Nefertari, recurre a Bitiah. Su madre adoptiva le asegura que todo lo que cuenta Memnet son absurdas patrañas de vieja, y que pagará con su vida el haber divulgado tales mentiras. Moisés, tras manifestar de nuevo el gran amor filial que siente por Bitiah, puesto que eran sus ojos los que siempre le observaron con ternura desde su cuna, puntualiza que Memnet ha muerto ya a manos de Nefertari. Y dispuesto a desentrañar el misterio de su nacimiento espía los movimientos de Bitiah.

Bitiah ordena que preparen su carruaje y correr a Gosen para impedir que Moisés siga averiguando su origen hebreo. Abandona el palacio con toda premura.













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