sábado, 29 de noviembre de 2008

Alexander (Alejandro Magno)






La fortuna favorece a los audaces -Virgilio-("La Eneida")


Una mano que se alza. Pulso del recuerdo. Confidencia de acatamiento al soberano que sometiera los pueblos uno tras otro, en el convencimiento de que avanzaba bajo la protección de sus dioses. Un ejército consternado. Una creencia que sigue siendo manifiesta hasta el último instante. Únicamente Alejandro posee el don de transformar en invencibles sus fuerzas armadas. Las sensaciones y silencios. Soldados veteranos. Todos callan observando la agonía del héroe macedonio. Noche de junio del 323 A.C. Babilonia, Puerta de Dios, dos mil años de historia, capital del mundo: el Eúfrates, la Puerta de Ishtar, los Jardines Colgantes, la Vía Triunfal, el Zigurat, el gigantesco Templo de Marduk. Babilonia mueve ahora la rueda emocional de los tiempos. Emana de ella la exaltación del ausente Hefestión. En la gran metrópoli culmina la juventud de Alejandro, plenitud de treinta años, cuerpo enfebrecido bajo un poniente de las más excelsas memorias guerreras. Un anillo fuertemente sostenido en su mano; índice y pulgar remontando su pecho, como si porfiaran erguidos para arrastrar consigo la joya, para no dejarla en este mundo; para escapar con ella a su paraíso de divinidades al que, tiempo ha, se halla encadenado. Exhalación profunda del moribundo. Los caldeos, prácticos en la interpretación de los signos de las estrellas para el futuro del héroe, una vez advertido de que no regresase a Babilonia, no pudieron vencer la infatigable inquietud de su espíritu... Se arquean sus dedos, estremeciéndose en el borde del rico lecho adornado. Y toda la mano de Alejandro cuelga como un sutil misterio entre la elegancia de la cámara palaciega. La gallardía del joven macedonio, fulgurante y jerárquica, no es ya de este mundo. Cae el anillo como deshecho entre la palma de su mano; rebota como un gemido de pesadilla. Quizás Ptolomeo, al besarlo, se sirviera de él como de un espejo testimonial de amistad y afecto. Y en un ensueño de devoción (narraron los escritores antiguos), pronunciaría su nombre: ¡Alejandro!, para conducirlo después en un pomposo cortejo fúnebre hasta Egipto, y ofrecerle su último lugar de descanso en un sarcófago de cristal, donde el cuerpo del joven caudillo macedonio, como frente elegida por el prodigio, se convertiría en forma bajo el azul resplandeciente de Alejandría... Muerte en Babilonia. Se siente el Eúfrates que parece arder con la plata inmaculada de la que fuera grandeza suicida del mancebo. Y los vientos de Persia, como criaturas en pena, penetran en la estancia donde se derriten y volatilizan los aceites balsámicos sobre la carne gemebunda de Alejandro, capaz aún de balbucear un último secreto al morir, y arrastran consigo tan altas prerrogativas como las de sus victorias titánicas: Tiro, Iso, Gaugamela, Hidaspes,... Junglas del Penjab.

Alejandría-(Egipto)... 40 años después

(Ptolomeo I)... "Ahora nuestro mundo ha desaparecido, destrozado por las guerras. Ahora yo soy el guardián de su cuerpo, embalsamado aquí, según los usos egipcios. Le sucedí como Faraón, y hace ya cuarenta años que reino. Yo soy el vencedor. Pero ¿qué significa todo eso cuando ya no queda nadie para recordar la gran carga de la caballería de Gaugamela? ¿Ni las montañas del Hindu Kush cuando cruzamos con un ejército de cien mil hombres a la India? Era un dios. O lo más parecido a uno que haya visto yo..."


Cine y epopeya

Pasiones que nos retrotraen a esos senderos recorridos con más asiduidad por el cine: ¡las epopeyas aventureras del hombre! Una herencia bien nutrida. Argumentos relativamente complejos y con gran abundancia de personajes que siempre supusieron un alarde de producción en todas las épocas. Estructuras narrativas plenas de emociones, vertebradas por lo general, fotograma a fotograma, por un exceso de ostentación e ilustraciones cuyos resultados desembocaran en impresionantes conjuntos visuales, siempre desarrollados a través de imágenes absolutamente desbordantes de fantasía y belleza. Y por entre ese aliento de incontenible grandeza que casi siempre consigue insuflar la historia, el drama épico parece seguir, pues, constituyéndose, hoy como ayer, en jalón decisivo frente a la no menos evolución histórica del cine. En la actualidad, esa dominante contextura, prodigiosa en su metáfora visual, que siempre han movido los fastos humanos en el Séptimo Arte, por lo general más obsesionada en crear simulacros apoteósicos o cautivadores, servidos con frecuencia por guiones endebles, se haya muy alejada, desgraciadamente, de aquella primitiva pericia técnica (hoy sustituida por la virtualidad colorista, excesiva y un tanto anodina de la informática), en su sentido mítico y exótico, y su vigorosa utilización del material plástico que aportaran, salvo contadas excepciones, los grandes decorados naturales capaces de crear una excelsa cúspide, como testimonio de un reflejo y una realidad histórica, quizás lo más vivo de la narrativa americana, y en las que se enclavaran, asombrando a los espectadores, las inmarcesibles gestas colectivas de la humanidad. Vocación aventurera que se moviera siempre entre el canto homérico y el patriarcado bíblico. Ambiciosas estructuras sustentadas en la grave contradicción con que se abren y cierran respectivamente los reiterativos períodos de esplendor ligados a la historia de la humanidad: la presencia del Mal en un mundo creado por la bondad de su supuesto y supremo Hacedor.

El mito y su tiempo

"El poder (escribió un estudioso de la controvertida figura de Alejandro), como destino, es una enfebrecida dádiva que los dioses extrajeron de la caja de Pandora". El poder, por tanto, como legado que así se amparase en la insaciable fuerza mítica que empujara a los hombres a una búsqueda implacable de la divinidad, a fin de atravesar esa soledad en la que la existencia humana se halla amurallada, nunca dejaría de recurrir a la violencia. Por ello la potestad soberana, desde tiempos inmemoriales, jamás se cimentó sobre la prudencia de la discreción. Ganó sus batallas con empresas militares, obtuvo su derecho de legitimidad en la herencia de la barbarie. La aureola del cinismo se fundamentó en los principios morales de la supremacía y del mando, pero casi siempre sustentada por la augusta majestad que conlleva el despotismo y la crueldad, y que, aunando a sus fuerzas la voluntad de los dioses, moviera a establecer su dominio sobre la tierra a oligarcas y usurpadores.

¿Qué clase de hombre era Alejandro?... Niño entre las estancias perfumadas de la corte de Pella, capital de Macedonia, cegado por un primer destello: los ojos fulgurantes como dos gemas de su madre, Olimpia, la bella Mirtala, intrigante y orgullosa, inteligente y ambiciosa, apasionada y vengativa. Héroes y dioses, todavía vivientes en la conciencia de los hombres, y que entre el elogio, los sueños y hasta la brutalidad hostil de su padre, el frío y calculador Filipo, podían llegar a mitigar la hosquedad de su reinado. Acciones y reacciones de una mítica que parecía alcanzar su verdad mejor ante los sarcófagos de los reyes y titanes que delante de sus tronos. En cuestiones de cultura, Aristóteles premiaba las complacencias del alumno, al que algún día engalanarían las vestiduras de sus glorias, tendido al vuelo de sus corcel Bucéfalo, seguido de sus jinetes, veloces y magníficos, persiguiendo el más olímpico de los báculos jerárquicos: ¡una titánica visión! Unir Oriente y Occidente en una renovación de designios epopéyicos, en un abrazo ecuménico con la cultura y el espíritu helénico. Alejandro, tormento de la incertidumbre, pero capaz de transfundir su sustancia de hombre en la de un dios, entre un mundo avivado por los rescoldos de las sediciones, huésped del crimen que asistirá al asesinato de su propio padre. Alejandro, un héroe sumido entre una convulsión de acontecimientos, que tras concentrar todos sus esfuerzos en salvar la sucesión legítima del trono, acabaría sintiendo miedo de sus impulsos de amo. Alejandro enigma del espíritu militar, anhelo del triunfo, metafísica de la inmortalidad, única perspectiva de la fama que resta al hombre tras su muerte; elemento irracional del peligro capaz de sobrepasar todos los límites de la potestad que confieren las conquistas.

¿Fue Alejandro un favorito de los dioses? ¿Buscó la emoción del profeta a través de su inteligencia soberana? ¿Poseyó un alma de poderosas facultades para rehuir el grito implacable que atraviesa la soledad del gran estratega, del genio, cuya inagotable fantasía supo encontrar siempre nuevos caminos e inventar originales soluciones en la necesidad enloquecida de sus hazañas? Tras las victorias de Isos y Gaugamela, dueño ya del gigantesco imperio Persa, Babilonia: túnica de festines que se le postra entre cánticos y tonadas. La corona marchita de Darío, perseguido y asesinado en Damgan. Y los palacios bruñidos de sillares sonrosados, los aceites aromosos de las lámparas, la reluciente metrópoli de lapislázuli, imágenes de dioses, de hombres y leones alados plasmadas en las pinturas murales, y que anidan en los techos y capiteles, como divinidades de la magia, ahora propicios al olvido de sus primigenios reyes. Babilonia que paga su tributo devoto, tras los triunfos helénicos que se ciernen ya en los vientos de Persia, como signo definitivo de acatamiento frente al joven macedonio que en tan corto espacio de tiempo pudo cambiar el mundo.

Y ante la noche, frente a nuevas promesas desconocidas, resuena la voz del hombre, ahora señalado por la supremacía del dominio, y coronado por la dulce lumbre de la amistad, como si ansiara purificarse en aguas de vida eterna. Alejandro y Hefestión, único compañero capaz de librar al héroe de su soledad, esa soledad que nunca se sospecha, pero denodada y rebelde, y que parece formar una especie de corona sacrílega tras el triunfo. Tiemblan levemente la boca y los ojos de Alejandro. Son los ojos que vibraron de voluntad, de soberanía. Los rizos vírgenes de la emoción, que se inquietan desbordados ante el amigo trémulo, que, adorándole, sin dejar de creer en su divinidad, libera sus tristezas glorificando al hombre: "¿Qué soy Hefestión, débil o divino?... Eres todo cuanto me importa, y por el dulce aliento de Afrodita que estoy celoso de perderte por este mundo que tanto deseas... Tú nunca me perderás, Hefestión. Siempre estaré contigo. Hasta el final..."

Trece años de guerras, fatigas, heridas, enfermedades, atentados, el asesinato de Darío el Grande, la exaltación imperial de Roxana, las ambigüedades carnales con Bagoas, el siervo lascivo, el lamento epistolar de Olimpia, el homicidio de Parmenio y de Clito, los peldaños gigantescos, inmaculados, de las picos de Hindu Kush, las llamadas "montañas de los fugitivos", el enfrentamiento tumultuario contra el rey Poros y sus doscientos elefantes en el Penjab, selvas del Indo. Y la muerte de Hefestión, la iluminada emoción de los días profundos de las conquistas macedónicas, promesas de vida, el augurio entusiasta de la grandeza, mezcla de historia y cuento, porción de belleza, fórmulas de intimidad que habrían de seguir hasta después de su muerte. Ímpetus y apasionamientos que consumirán al joven Alejandro hasta enfermar. Curso del tiempo, noche eterna que tuvo su nombre esculpido a punta de lanza. Lunas antiguas de Egipto y Persia, que deshilachándose en los espejos de la historia y sus enigmas, guardarían para la posteridad la imagen del mancebo macedonio en el manuscrito de la mas epopéyica leyenda que la fantasía de los pueblos haya creado jamás.

El cenáculo totémico

Oliver Stone materializa el drama interior de Alejandro amoldándose vagamente al estilo hoy en boga: fantasía virtual, sin fronteras, y que, en contradicción con aquel viejo naturalismo, más pretendidamente realista que impusiera la cinematografía en las décadas del 50, del 60 y del 70, se impone ya sin reticencias en el cine histórico del siglo XXI. Pero en Stone siempre ha dominado y domina todavía lo más vivo y activo de cierta fidelidad al mundo real de la historia, frente a la que él se alza con una interpretación afectiva y un tanto subjetiva de aquella realidad pasada, como historiador que no desea bucear excesivamente en los inmediatos antecedentes de cuanta ruptura estética parece haber penetrado en la cinematografía actual. "Alexander" se convierte así en una especie de parábola fantástica y gigantesca de ese fenómeno osmótico al que se subordinan historia y cine, o como durante siglos han hecho leyenda y novela. La respuesta de Stone al impresionismo virtual y pictórico de otras superproducciones actuales es su calidad plástica, los rasgos desgarrados de cierto naturalismo literario que se ha perdido, una nueva explosión del romanticismo dramático de la historia frente a la epopeya desequilibrada por el puro espectáculo coreográfico de la aventura militar o de alguna que otra imaginaria protesta genocida. Cierto que, al penetrar en el pintoresquismo a que todo cineasta se suele supeditar, movido por la atracción que ejercen los hechos históricos, y a los que los estudios cinematográficos han pretendido siempre imponer una falsa pureza documental, más de una vez se recargan en exceso las tintas. Innumerables son los tropiezos con que, hoy, el nuevo cine-espectáculo nos sigue torpedeando. Por todo ello, mérito indiscutible de Oliver Stone es haberse preocupado por primera vez en mucho tiempo en premiar al espectador con una concesión casi real y concreta del mito, cuyo crítico período vivencial se acerca a la polémica del psicoanálisis con que el héroe suele prostituir su propia esencia humana, y cuyas licencias melodramáticas, ambiguas e inextricables, en este caso las de "Alejandro Magno", no restan fuerza ni enturbian su vigor al retrato titánico, unas veces glorioso, otras sombrío, o a los reflejos filosóficos e intelectuales del idealismo, mucho más sensible a las influencias culturales del momento histórico en que tuvieron lugar o alcanzaron su apogeo.

Nacido en New York el 15 de septiembre de 1946. 3 Oscars y 3 Globos de Oro jalonan su carrera cinematográfica. Hijo de padre judío, agente de bolsa, y de madre francesa, católica. Estudia en la Universidad de Yale, y posteriormente, en New York. Herido dos veces en la Guerra de Vietnam. Los horrores de aquella conflagración, que marcaría gran parte de su vida, son plasmados con brutal realismo en "Platoon", 1986, film que le valdría su primer Oscar. Muchas de sus obras se inspiran, por tanto, en hechos verídicos, o candentes problemas que gravitan todavía sobre la sociedad mundial, y a los que dota de un polémico carácter documental: "JFK: caso abierto".

Pese a que sus primeros pasos en la industria del cine fueron como guionista (fue autor del script de "El expreso de medianoche" de Alan Parker, 1978), no tardará en catalogarse como uno de los directores más activamente controvertidos de la cinematografía norteamericana. Su narración sobre la investigación llevada a cabo por el fiscal Jim Garrison sobre el asesinato de John F. Kennedy (planteado como conspiración política), larga y compleja, expuesta con el recurso gráfico de la agilidad documental, emotividad en la imagen, y un gran ritmo y coherencia en la funcionalidad expresiva, proyectan una imagen de Oliver Stone que ya no habrá de abandonarle nunca: la de uno de los mayores provocadores intuitivos del Séptimo Arte. "Natural born killers", 1994, el biopic "Nixon", con Anthony Hopkins, "Comandante", 2003, polémica entrevista-río al dirigente cubano Fidel Castro, y, ese mismo año, "Persona non grata" sobre el conflicto palestino-islarelí, son buena muestra de ello.

Con "Alexander" tratará de rehuir los esquematismos psicológicos de los que adolecen otras superproducciones anteriores. Maestro técnico de la planificación, muestra también su gran pericia en la dirección de masas. Stone, que contó para su película con una financiación mayoritariamente europea, se embarca, a través de la figura del héroe macedonio, en una dimensión inusitada (al tiempo que se rodea de gigantescas significaciones históricas) : habla explícitamente de la bisexualidad de Alejandro Magno, de su afecto-amor con su compañero Hefestión, y de las contradicciones que acompañan los acontecimientos de su grandiosa odisea a través del gran continente asiático, de sus éxitos y glorias, dotadas de la épica y lírica de un extraordinario viaje emocional hacia la grandeza y la divinidad, y que fue capaz de vencer la potencialidad militar del gran imperio Persa. El rigor histórico del film, que no respondía a los cánones del cine de aventuras hollywoodense, arrastró la película hasta el fracaso total de taquilla en EE.UU. Al mismo tiempo, su estreno en Europa, auténtico bombazo, sobrepasó todos los límites del éxito, alcanzando recaudaciones millonarias.

Siempre polémico, Oliver Stone, viajaría en 2007 a Colombia a fin de participar, como observador y como documentalista, en la liberación de tres rehenes del grupo guerrillero de las FARC, operación humanitaria que recibiría el nombre de "Operación Emmanuel"

¿Cast inadecuado?

La elección del irlandés Colin Farrell para el papel de "Alexander" no se impuso de modo definitivo en esa composición épica y solemne que requería el personaje. No obstante, esa especie de vidriosidad ideológica, entre el refinamiento y el lirismo, que Farrell impone al soñado héroe macedonio, ofrenda cierta semejanza con la efigie de escudo heráldico que nos ha legado la arqueología, en la búsqueda desesperada de un rostro capaz de exaltar aquella superioridad biológica de la que se preciase el mundo helénico. ¿Era Alejandro un hermoso efebo de dorados cabellos? Y si lo era, no parece concordar mucho con su carácter autoritario, tantas veces cruel, amargado por la desconfianza, capaz de desplegar la más suicida de las pompas guerreras, ansioso por desmoronar el colosal imperio Persa y hacerlo suyo.

Colin Farrell, no obstante, cimenta cierto comedimiento y cuanta frialdad pasional nos legara el relato que de Alejandro nos hiciera Plutarco. Más tarde, en su disparatada y enfermiza búsqueda de ese aura deificada que él mismo se atribuía, y que habría de coronar su ambición por adueñarse de un continente y de una cultura muy superior a la suya, es capaz de tipificar al seductor y furibundo héroe militar que nos ha transmitido la historia.

Nacido en Castleknock, Irlanda, el 31 de mayo de 1976, hijo y sobrino de futbolistas renombrados, abandona su afición deportiva, inculcada por su padre Eamon Farrell, para volcarse en la interpretación cinematográfica, su verdadera pasión. "Tigerland" de Joel Schumacher, su primera película americana, le abre las puertas al ansiado firmamento estelar. Actor erótico, consumado especialista en crear tipos mundanos y desarraigados, y de desplazar cierto humor negro hacia pinceladas de un dramatismo enternecedor entre titubeos de miradas angustiadas, ha ofrecido dos de sus mejores interpretaciones en las recientes "Casandra's dream" de Woody Allen, 2007, y la incunable y desenfrenada "In Bruges" de Martin McDonagh, 2008, film de culto y de brillantísima factura.


¿Cómo alcanzar a definir a Olimpia, madre de Alejandro? Jamás podrá despegarse del atavío mítico que le concedería la grandeza del hijo. Intrigante, casi tan irreal y distante como las diosas del Olimpo. Fue mujer convertida en serpiente de insólitas, excitantes y rebuscadas argucias con las que siempre tratara de retener al adolescente Alejandro, y al que ella soñaba con transformar en imagen únicamente confinada en una rivalidad mórbida y edípica, nacida de una consecuencia sexual no deseada con Filipo de Macedonia. Y cuya maternal conciencia amorosa haría del joven Alejandro un primer antiheroe de perfil trágico.



En Angelina Jolie, hija del actor John Voight, la conjunción de lo lascivo y turbio prima sobre lo romántico y poético. Es la suya una presencia perturbadora de mujer; un ángel-demonio que, en efecto, propicia y precipita invariablemente todas las tragedias que preceden al ciclo epopéyico de Alejandro Magno.

Nacida en Los Ángeles, California, el 4 de junio de 1975. Consigue un Oscar como mejor actriz secundaria en el 2000 gracias al film "Inocencia interrumpida" Con el nombre de "Lara Croft" interpretó "Tomb Raider", personaje de comic que la proveyó de gran fama internacional. Considerada en la actualidad como una de las mujeres más atractivas del mundo, está casada con Brad Pitt, otro de los grandes mitos juveniles hollywoodenses. Ser carismático. Tras los fastos cinematográficos, que la han convertido en una de las actrices mejor pagadas del momento, es capaz de entregarse a grandes obras humanitarias en diversos países del tercer mundo. Camboya y su rey Norodom Sihamoní la nombraron por decreto real ciudadana del país por sus esfuerzos en preservar el alma humanitaria frente a la indiferencia de las grandes potencias capitalistas del planeta.


La exigencia verista de Hephaestion (Hefestión), el mítico compañero de Alexander, será siempre, como una curiosa pieza de museo sin rostro, uno de los mayores misterios de la vida del conquistador de Egipto y Persia, imposible de desentrañar en el dilatado espacio de la historia que acompañara al héroe macedonio.







Jared Leto, nacido el 26 de diciembre de 1971, famoso actor y cantante en Norteamérica, ofrenda cierta corriente poética, bien que poco asimilable, en toda su grandeza y su sentido trágico, a la imagen de intensas resonancias militares que debieron revestir la personalidad de tan complejo personaje. No obstante, aunque probablemente alejado de las convenciones realistas y del ímpetu guerrero que le uniera a la gigantesca figura de su amigo de infancia en su epopeya conquistadora, Leto aporta cierto espíritu de sacrificio, sentimiento de solidaridad y de fraternidad muy agradecibles en la concepción del no menos heroico compañero de Alejandro...

 

Intervino en "American Psycho", "El club de la lucha", y la prestigiosa "La delgada línea roja", 1998, de Terrence Malick. Su mejor interpretación le llegó de manos de Darren Aronofsky en "Requiem por un sueño". Interpretó a Mark David Chapman, el asesino de John Lennon en "Chapter 27", para cuya caracterización se vió obligado a engordar 30 kilos. En 2014 consigue el Oscar al Mejor Actor de Reparto por su caracterización del transexual seropositivo en  "Dallas Buyers Club" de Jean-Marc Vallée.


Val Kilmer se concede todas las concesiones lascivas, brutales y melodramáticas que acompañaran la agitada existencia guerrera de Filipo de Macedonia.









Anthony Hopkins (Ptolomeo) y Christopher Plummer (Aristóteles) elaboran sus breves interpretaciones con la pureza documental que exige la historia.








Alejandro Magno asciende de nuevo, a través de los métodos super-industrializados de la cinematografía, como un astro solitario en la inmensidad de tan inalcanzable firmamento como el que acoge a los más controvertidos héroes. Oliver Stone se postra ante él, en señal de respeto, en sus últimos momentos. Defiende públicamente todos los hechos de su vida. Y frente a su monumentalidad, "Alexander" acaba convirtiéndose también en una epopeya tan imperecedera como la controvertida existencia del joven macedonio; en una obra veraz y de penetrante observación de la historia gloriosa de conquistas suicidas que desplazaron el centro de gravedad político desde Grecia hasta Asia. Colosal reconstrucción del más olímpico de los sueños aventureros del hombre, que sorprende también como obra inesperadamente poética e intimista.

Extraordinaria banda sonora del gran Vangelis.