jueves, 22 de enero de 2009

Audrey Hepburn (fallecida el 20 de enero de 1993)

Audrey Hepburn: "Querría creer que mi atractivo radica en que los otros ven en mí la necesidad de recibir y dar afecto"





Homenaje


















Gravitaba, sin secársele jamás la sonrisa, como un mármol inmaculado en la pantalla. Su belleza era como un espejo mañanero en el que ella permanecía esmaltada con esa albura de los cisnes. Sus ojos se filtraban en nuestro corazón como esos perfumes que van dejando un rastro de ofrendas, una proyección de ternuras, que, temiendo perderse, nos miran como si nos pidiesen el alma.








 









 


Junto a Gregory Peck, fue una princesa soñada, de garganta y brazos desnudos, perdida en las caricias de la noche Romana, (de la que no hubiera querido despertar, y que le supuso un Oscar). Se paseó entre la indiferencia matutina del Tiffany's Neoyorkino (y tuvo como vecino a un gigoló y almibarado George Peppard), o a través del oleaje avasallador de las invasiones Napoleónicas en Moscú, vivió su maravillosa Natasha entre Henry Fonda, Mel Ferrer y Vittorio Gassman. Su "Sabrina" ocupa ya un lugar en el Olimpo, y su "Charada con Cary Grant hizo historia. Su affaire amoroso con Gary Cooper se llamó "Ariane". Fue ladrona por amor junto a un desmadrado Peter O'Toole. Resucitó incólume a aquella transfusión cultural, (intacta su honorable inferioridad de humilde florista, plástica, hermosa y deslumbrada Eliza Doolitle), del oro entronizado que se iniciara en el templo clandestino y misógino de Henry Higgins, su Rex Harrison, alias "Pygmalion". Hija de kiowas, John Huston la convirtió en una heroina de western en "The Unforgiven" junto a Burt Lancaster; y entregándose a la postrer ofrenda de una Marian enamorada hasta el delirio, capaz de amar "más que a Dios" a su Robin -Sean Connery- envejecido, se asomó de nuevo a nosotros con el exquisito encendimiento de algunas flores inmarchitables.Y una vez se halló con Albert Finney y anduvieron a la brega los "Dos en la carretera". Y estuvo, contra todo lo imaginable, "Sola en la oscuridad".

 Su figura delgada se vestía con el traje de noche de la ilusión. Sus idilios se filmaban con un vértigo de amores robados, que empezaron a debatirse, siendo la inolvidable "Sabrina" de Billy Wilder, entre su amor por William Holden y su atracción final por Humphrey Bogart. Tuvo así la forma y la blandura de esas escaramuzas que embellecen el amanecer, el encanto frenético que hace más gozoso el camino de las pasiones.







Era tal el poder de su armonía que se abandonaba a la cámara sin el menor lujo de aspiraciones. Fue la belleza tímida, la ingenuidad esclarecida, la inteligencia arrojada, ante la que los hombres jamás perecieron por caprichos absurdos de vampiresa. Pero nos dejaba a todos llenos de esperanzas de amor, ilusionados de aventuras, temblorosos en la espera de verla aparecer.





Catequizaba el frenesí como una siesta de amor de cuyo sueño lunático uno no hubiese querido despertar jamás. Sus ojos besaban como si nos besase un ángel. Se rebelaba sin rebelión. Poseía el magnetismo de los secretos íntimos. Una fosforecencia que, desdeñando el más milagroso de los cosméticos, aparecía iluminada por una luz furtiva, adquirida quizás en algún despilfarro lunar, porque esa plástica de dulzura que nos impone la mujer idolatrada, no tiene explicación. Es un grabado de lujo que llega hasta nosotros sin que logremos explicarnos de dónde puede nacer semejante influjo. Creó un oleaje mítico alrededor de sus fieles. Un contacto infinito, un tesoro instantáneo de celuloide mágico que se copiaba en sus sonrisas, y que convirtió al espectador en un punto de unión de dos esencias: la del ensueño de poseerla y la alegría de tenerla en nuestros sueños. Fue una evocación que el cine arrebató a la muerte. Y siguió siendo un vínculo fluido y diáfano. Un ser modelado en la placidez sobrehumana del más allá, porque la pantalla la esculpió en el mármol de nuestro templo mitificador.  







... Y ella resurge siempre desde esa cámara oscura, atraída por nuestra llamada. Es una diosa de nuestro reclamo cinematográfico. Inmóvil en la memoria. 







 


Pero, al recordarla, sentimos lo mismo que observando el ave detenida: imaginamos y apetecemos que vuele...

 ¡TE AMO...!