lunes, 17 de diciembre de 2007

The brothers Karamazov (Los hermanos Karamazov)

Fedor Dostoievski recreado por Richard Brooks. Los traumas existenciales y morales del hombre son su especialidad. Al adaptar "Los hermanos Karamazov", largo y azaroso relato, rebosante de tiempos y avatares, crea, sin pretenderlo, un western discordante de iras y emociones. Su mundo ruso parece un film del Oeste, pero repleto de los verdes y rojos de Serguei Eisenstein  en "La conjura de los Boyardos".






Más allá de la crítica superficial que puede significar trasladar a la pantalla la honda narrativa psicológica del genial Fedor Dostoievsky, Brooks lleva a cabo un virtuoso ejercicio de lenguaje cinematográfico, que por supuesto, al tiempo que busca desesperadamente, durante las dos horas que dura el film, la senda de instrospección tan cara al autor de la historia, logra hacer tangible, mediante la robustez de su estilo cinematográfico, revalorizado por una espléndida fotografía en Metrocolor, la dimensión lírica, subjetiva e intimista que, aunque algo empequeñecida, o más bien limitada, ante la grandiosidad de la novela, revela las excepcionales posibilidades de muchos de sus actores, pese a la imagen erótico-sofisticadas que impusieran las técnicas narrativas hollywoodenses.













La forma exteriorizada (a través de la imagen) del drama de los personajes, aunque ilustren la prioridad de la estética ante la funcionalidad melodramática imaginada por el escritor, y que siempre formarán parte del clasicismo narrativo del país al que pertenecen, no dejará de ser por ello un enérgico estimulante que otorga a esta influencia determinante que la literatura ejerce sobre el cine, una acepción epidérmica de enorme originalidad, capaz de crear cierta atmósfera poética e inquietante gracias a la rigurosa composición plástica en la utilización de los decorados, y que consigue también alejarse de las fórmulas teatralizantes que conllevar pueda la transposición fílmica de una novela. Redención tras la culpa como recurso psicológico; melodrama de "Saloon" a cuya acción moralizante y violenta no renunciará la película en ningún momento. Talento de un brillante director: Richard Brooks, que naturalmente no superará la obra del maestro Dostoievsky, pero que será capaz de revelar con las revueltas aguas de ciertos arrebatos líricos esta senda de introspección propuesta por el drama en que nos envuelve la mejor de las literaturas.

Yul Brynner no es, por tanto, el Dmitri de Fiodor Dostoievski: ¡es una especie de cowboy de Saloon!. Pero nos encanta, tiene cara de ruso de verdad, es un actor que supo poner en solfa los más apetecibles excesos del género interpretativo, y sus pasiones son felinas y arrebatadoras. María Schell tampoco es la Grushenka de la novela, pero es bellísima, sarcástica y dulce. ¡Actriz soberbia! El doblaje español lastró su personalidad (la voz de María Victoria Durá borra por completo el recamado ladino e irónico del extraordinario dominio de la lengua inglesa por parte de la Schell) Oirla en el idioma de Shakespeare, con esa voz entrecortada, serafinesca y apaciguada, la convierte en un ángel malicioso. Cuando baila parece una Marilyn Monroe balcánica (su danza medio rusa, medio zíngara, es una antología del disparate bailoteado. Pero no por ello nos deja indiferentes: sus movimientos enloquecidos alrededor de Brynner, su blanca chambra cegadora tras la cual se cimbrean sus pechos, y su largo tirabuzón rubio, blandido al ritmo de los ¡ayes! gitanos, son uno de los recuerdos más imborrables de aquella Schell hollywoodense).

Richard Basehart es el Iván perfecto (fue siempre un actor extraordinario). Sus afirmaciones filosóficas y opiniones cínicamente demoledoras, su indignación ante la mediocridad del mundo que le rodea, su pasión mal disimulada, angustiosa, por Katia, su repugnancia tirando a histérica ante las intrigas empozoñadoras de su hermanastro más despreciable, es prueba incontrastable de su gigantesca versatilidad como actor que siempre triunfó en todos sus empeños, pese a que sus detractores, que los tuvo, incurrieran más de una vez en la indiferencia más absoluta frente a sus excelentes trabajos.

¡Lee. J. Cobb es un Fiódor de Oscar! El Aliosha de William Shatner nos conmueve. Albert Salmi es tan repugnante como su personaje de Smerdiakov (lo cierto es que lo borda)






¿Y qué decir de Claire Bloom y su Katia? Intérprete grandiosa, capaz de acumular trastornos y motivos de turbación en cada una de sus apariciones en la gran pantalla. Pero no es papel para una mantis religiosa como ella (fue actriz más dada a cierta voracidad por el overacting -muy agradecible en lo que a muchos cinéfilos respecta-, y quizás por ello su mejor momento en el film sea el de su decisión viperina, cuando, por mor de sus celos arrebatados, decide dar rienda suelta a los pliegues vengativos de su conciencia, y revela en el proceso el contenido de la carta acusadora, entre un planteamiento magistral de miradas despechadas, que condenará irremisiblemente a Dmitri) No obstante, siempre la recordaremos en "Look back in anger" ("Mirando hacia atrás con ira") de Tony Richardson, "The Spy who came from the cold" ("El espía que surgió del frío"), de Martin Ritt, y muy especialmente como la alcohólica ninfómana "The Chapman report" ("Confidencias de mujer") del gran George Cukor, y por la que recibió una nominación al Premio de la Academia.


Los aires zíngaros de la música de Bronislau Kaper son un torbellino. Exprimir la obra de Dostoievsky en la pantalla es casi nublar una pintura en un mural. Pero hay en este film como un destellar de elegante cartulina, una lumbre gozosa de clarísimos valores cinematográficos. Y no es un elogio protocolario insistir en que toda la película posee el artesonado profundo del aquel inolvidable menaje barroco que siempre parecía palpitar en manos de este director apasionado e ilustre que fue Richard Brooks. ¡Insigne!

¡Un consejo: jamás la disfrutéis con el viejo doblaje Metro! Destrozó gran parte de la fuerte personalidad de sus intérpretes.