Héctor increpó a su hermano Paris: "¡Miserable Paris, el de más hermosa figura, mujeriego, seductor! Ojalá no te contaras en el número de los nacidos o hubieses muerto célibe. Así lo quisiésemos y te valdría más que no ser la vergüenza y el oprobio de los tuyos. Y siendo cual eres, ¿reuniste a tus amigos, surcaste los mares en ligeros buques, visitaste a extranjeros, y trajiste de remota tierra una mujer linda, esposa y cuñada de hombres belicosos, que es una gran plaga para tu padre, Troya y el pueblo, causa de gozo para los enemigos y una vergüenza para ti mismo? ¿No esperas a Menelao, caro a Marte? Conocerías al varón de quien tienes la floreciente esposa, y no te valdrían la cítara, los dones de Venus, la cabellera y la hermosura, cuando rodaras por el polvo. Los troyanos son muy tímidos; pues si no, ya catarías revestido de una túnica de piedra por los males que les has causado" Respondióle el apolíneo Paris: "¡Hector! Con motivo me increpas y no más de lo justo; pero tu corazón es inflexible como el hacha que hiende un leño y multiplica la fuerza de quien la maneja hábilmente para cortar maderos de navío: tan intrépido es el ánimo que en tu pecho se encierra. No me reproches los amables dones de la dorada Venus, que no son despreciables los eximios presentes de los dioses y nadie puede escogerlos a su gusto. Y si ahora quieres que luche y combata, detén a los demás teucros y a los aqueos todos, y dejadnos en medio a Menelao, caro a Marte, y a mí para que peleemos por Helena y sus riquezas; y después de jurar paz y amistad, seguid vosotros en la fértil Troya y vuelvan aquéllos a la Argólida, criadora de caballos, y a la Acaya, de líndas mujeres"... Oyóle Héctor con intenso placer... Y corrió al centro de ambos ejércitos con la lanza cogida por el medio, y detuvo las falanges troyanas. Y Agamenón, rey de hombres, gritóles con recia voz: "¡Deteneos, argivos; no tiréis jóvenes aqueos, pues Héctor, de tremolante casco, quiere decirnos algo".... "Oíd de mis labios, teucros y aqueos, de hermosas grebas, el ofrecimiento de Paris, por quien se suscitó la contienda. Propone que dejemos las bellas armas en el fértil suelo, y él y Menelao, caro a Marte, peleen en medio por Helena y sus riquezas todas; el que venza, por ser más valiente, llevará a su casa mujer y riquezas, y los demás juraremos paz y amistad" {Homero-La Iliada"}
Este esquema es viejo como el mundo: no sólo aparece en Homero, sino también en la antigua literatura oriental y perdura en los dramas europeos y en los comics ilustrados de los grandes rotativos americanos. La razón de esta constancia hay que buscarla siempre en las capas más profundas del subconsciente humano. Es un compendio que se plantea en toda su elementalidad, entre las fuerzas puras del Bien y del Mal. Y por ello, eróticamente, sirve también para explicar la mayoría de los males que han asolado el mundo encaminándose a la búsqueda desesperada del amor.
Finalmente, como ocurrirá con el apuesto troyano París y la bellísima espartana Helena, esposa fugitiva de Menelao, con la eliminación física de su secuestrador enamorado, la reina de Esparta jamás recuperará la adúltera felicidad perdida. Pese a todo, el héroe y la heroína deben ser siempre físicamente atractivos.
La diferenciación en el esquema clasicista griego, como el que aquí nos ocupa, llega a tal extremo que con su sola imagen {Paris-apolíneo e inolvidable Jacques -Jack- Sernas, y Helena-indescriptible y majestuosa beldad Rossana Podesta, a quien Paris no duda en confundir con Afrodita} pueden identificarse quienes son los deseables protagonistas.
No obstante, al hablar y retratar el clasicismo homérico, la apetecible
mitología fusiona y pocas veces confunde los valores éticos y estéticos,
como si procedieran también en línea recta de la filosofía del
Superhombre de Friedrich Wilhelm Nietzsche, que no duda en
postular la fealdad física, como signo de debilidad y servidumbre. Por
tanto, los villanos, que también se erigen en producto ideal de las
necesidades dramáticas de la historia, y a los que siempre mueven las
razones objetivas que condicionan la infelicidad más que la felicidad
de los hermosos protagonistas, aunque no dejen de ofrendar bélicas imágenes
inquietantes que se complacen en profetizar temibles presagios de
desgracia, prestando ante todo grandes juramentos de venganza, también
evolucionaran al compás de las exigencias estéticas de dicha mitológía griega, que embelleciera varonilmente al hombre: Aquiles, el de los pies ligeros, caro a Júpiter, y amante del agraciado Patroclo, es héroe eximio y de figura excelsa. Agamenón no le es inferior ni en el esbelto talle, ni en inteligencia, ni en destreza. Ulises de Ítaca recibe el calificativo de divino además de ingenioso. Y el ultrajado Menelao, caro al luctuoso Marte, es prócer palaciego, y aun en su madurez, de vigoroso aspecto.
Así "Helen of Troy" ("Helena de Troya")
es un cine que hereda e incorpora las más arcaicas pero estables
fórmulas de la literatura y de la mitología, que de la Grecia homérica y
el Oriente árabe y asiático saltaron a toda la Europa cristiana, para
acabar asentándose, como no podía ser de otra manera, en Hollywood. Del
mito de Ulises-Odiseo y de su fantasmagórica náutica entre dioses y monstruos a las aventuras marinas de Ahab y su monstruosa ballena blanca Moby Dick; de la destruida Ilión de Homero a los ensueños arqueológicos de Heinrich Schliemann, siguiendo además la senda de un Romeo y Julieta como fueron Paris y Helena; y hasta de Teseo y el Minotauro derivaron las leyendas del ciclo de San Jorge,
en las que el caballero medieval mataba al dragón y rescataba a la
virgen que tenía raptada, tomándola como esposa. Pero no siempre acababa
todo ello rematado por un final feliz, que aunque fuese la válvula de
escape de la insatisfacción, la mediocridad y las angustias cotidianas
de quienes acudían con total devoción a las salas oscuras del Séptimo
Arte, no dejaba también de convertirse en un velo mixtificador que
ocultaba la realidad. Y por ello mismo el "final feliz" fue
reiteradamente acusado de inmoral.
Al
vector sexual se le ha llegado a comparar como al vampiro que como todo
el mundo sabe es un mamífero quiróptero que habita en los bosques de la
américa Central y Meridional y que se alimenta de la sangre de otros
mamíferos; y cristalizó en una obra maestra de la literatura
terrorífica: "Dracula", escrita en 1897 por el irlandés Abraham Stoker, y llevada a la pantalla en multitud de ocasiones.
En un nuevo simulacro erótico, el nombre pasó a designar también a las
mujeres devoradoras de hombres que recibieron el calificativo de
vampiresas.
Pero el perfil psicológico de estas mujeres no es nítido. Alejandro Dumas nos dejó un fiel reflejo malévolo de hermosísima vampiresa en su personaje de Milady de Winter contra los Mosqueteros.
Y aunque gran parte de ellas surgieran de las mitologías mediterráneas, tan pronto se
distinguen como se confunden en el seno del gran arquetipo de la mujer
fatal en todas las latitudes del planeta. Lo que si es definible es cada una de las individualidades de
esta gran familia erótica femenina. Sus mitos pueden resultar agudamente
sensuales desde una perspectiva ética, pero también se sustenta sobre
una grave contradicción interna, que es el castigo final que reciben de
ella, o sus amantes, o todos a la vez por un, todavía hoy, fariseo
prejuicio carnal de moral judía de la que a fin de cuentas, somos
herederos. Vampiresa fue Dalila, la danita, destruyendo la fuerza hercúlea de Sansón; la majestuosa egipcia Nefertari, enamorada de Moisés, y burlándose con sus besos del presuntuoso Ramsés;
Cleopatra y su vida de placer y pasión con Julio César y Marco Antonio recibió castigo.
Y con la Afrodita vampírica que fue por tanto Helena de Troya, al dejarse raptar por su agraciado Paris, asistiremos también al proceso de autodestrucción de ambos al igual que Romeo y Julieta.