martes, 9 de abril de 2013

Una pieza inacabada para piano mecánico (Неоконченная пьеса для механического пианино) -IIIParte-


Los recuerdos viven muchas veces como encerrados con llave en la quietud de un cuarto, donde se sienten amparados únicamente por la oculta tristeza que los rodea. Y de improviso, vuelven a aparecer como fragmentarias visiones palpitantes, que tras haberse mantenido en una especie de tiniebla, ansiosa de olvido, alcanzan una nueva emoción temblorosa, de miedo infantil, de lamento penitencial, de diálogo hiriente, porque los largos silencios del recuerdo, cuando abandonan su escondite, donde se mantuvieron ocultos de cualquier acecho, ahora, enfrentándose a la luz que los sorprende tras la sequedad envejecida de su tiempo perdido, rompen su noche de dolor y justifican su retorno, dispuestos para recibir nuevas heridas, por medio de la ironía, de la pesadumbre y del remordimiento..




Posturas


(Anna Petrovna sale al encuentro del ruidoso y prepotente hacendado Pavel Petrovich Shcherbuk, que llega a la finca acompañado de sus dos hijas y del sobrino de una de ellas, Pedrito. Sus exclamaciones, intimando burlescamente a sus hijas, se oyen desde la parte baja de las escaleras que suben hasta el porche) ¡Sí,... así mismo! (A Anna Petrovna, Sergey y Porfiry, que sonríen desde arriba) ¡Son unas ranas! (refiriéndose a sus hijas) ¡Se pegaron a su padre y vinieron a demostrar lo desobedientes que son! ¡Y para remate se pusieron vestidos verdes! ¡Mírenlas, buenos ortodoxos¡ ¡Parecen unas lagartijas verdes! ¡Tontas! (Las hijas de Pavel Petrovich se muestran terriblemente contrariadas) ¡Eso es lo último, papito! En casa puede decirnos barbaridades... pero aquí... (Pavel, desentendiéndose de sus quejas) Y trajeron a un sobrino. (Una de las hijas) ¡Es que no había con quien dejarlo!... Si de ustedes dependiera, traerían hasta la madre. ¡Tontas! (Anna Petrovna ríe con las reconvenciones de Pavel Petrovich, y, sin embargo, sigue alabándole) ¡Este si es un caballero! (A los demás que se hallan en el porche) ¡Y no como ustedes! 


(Una de las hijas de Pavel se dirige a Anna Petrovna) ¡Feliz matrimonio, su excelencia!... (Anna riendo) No me debe felicitar a mí, sino a Sophia Yegorovna. (Otra de las hijas) Este es nuestro sobrino Pedrito. (Y repite) No había con quien dejarlo. (La otra pregunta a Anna) ¿Está el doctor aquí? (refiriéndose a Nikolai Ivanovich) Sí, está aquí. (A Anna) Ordénele que no se burle de nosotras. (Anna) No se preocupen, no las molestará. (Las hijas de Pavel observan entonces a Mikhail Vassilyevich y a Nikolai Ivanovich, que las miran a través de una de las ventanas del porche con sonrisa burlona) 

(Pavel saluda a Porfiry y a Sergey) ¡Buenas, buenas! Bien ¿y dónde está? (refiriéndose a la recién casada) ¿Dónde está, amigos míos, esa persona que mi alma aspira a ver? (Observa a Sophia Yegorovna) Sospecho... no, estoy convencido de que es ella. (Anna lo presenta a Sophia) Pavel Petrovich Shcherbuk, nuestro vecino, caballero, convidado y acreedor. (Sophia Yegorovna) Ah, sí, el amigo primerísimo del difunto general (haciendo mención al marido de Anna Petrovna)  (Pavel, excediéndose en su cortesía) Permítame que le bese la mano. (Sophia hace un gesto de retirarla) Perdone, pero no hace falta. (Interviene Sergey) ¡Ja ja! Consideramos que la tradición de besar la mano es una ofensa a las mujeres. (Pavel, bromeando) ¡Usted no le besaría la mano a un hombre! (Sergey) Nosotros estamos en contra de cualquier forma de desigualdad, porque en cada desigualdad hay un brote de humillación. (Pavel a Sergey) Usted, joven, es un jurista, y no ha probado ninguna otra ciencia excepto la de humanidades. Por eso puede formarse ilusiones de libertad, igualdad, hermandad, etc. Mientras que yo (pavoneándose) soy un "darvinista" empedernido. Para mí la sangre noble, el linaje, no son simples sonidos. Pues ningún hijo de cocinera nos ha dado la ciencia, la literatura o el arte. (Interfiere como acostumbra el extraño Gerasim Kuzmich Petrin leyendo las noticias del periódico, y haciendo variar las pomposas aseveraciones de Pavel Petrovich) "En la aldea Kostovati cayeron granizos del tamaño de un huevo de gallina" (Pavel saludándole no demasiado afectuosamente) ¡Ah Gerasim Kuzmich! ¡Buenas! Pero no es cortés que leas (tuteándole) en voz alta cuando nosotros hablamos. (Pavel retoma sus cargantes argumentos sobre el linaje) Si yo no siento al hijo de una cocinera a comer a mi mesa, estoy conservando lo mejor que hay en la tierra, o sea, participo en la selección natural histórica. (Pavel coge por sorpresa a Sophia Yegorovna, y le besa la mano. Exclamación de desagradable sorpresa por parte de ella y risas de Pavel) ¡Se olvidó de la humillación, ja ja! ¡Se olvidó! (Sophia observa a Pavel Petrovich vivamente contrariada, y  Mikhail Vassilyevich Platonov, que reprueba también con su mirada las absurdas pamplinas del irritante invitado Pavel Petrovich, apoyado en la escalera que conduce al interior de la casa desde el porche, dirige varias veces sus ojos vigilantes hacia las reacciones de Sophia Yegorovna) (Pavel recurre de nuevo a sus aparatosas ocurrencias que, en realidad, dejan indiferentes a los visitantes) "Lo que corresponde a Júpiter, no le corresponde a un toro" (Sophia sonríe, y aunque se siente desconcertada, dice) Es... es una idea interesante. (Mira a Platonov, y luego se dirige de nuevo a Pavel) Bien, visítenos cuando pueda, y discutamos. (Pavel) ¡Claro, de nuestra discusión nacerá la verdad! 

(El general Triletsky, que dormitaba de nuevo, dice tonterías entre sueños) "Al pararse en las patas traseras, el can de los Kalitin estornuda. ¡Cochino!" (Todos ríen. Sashenka se acerca de nuevo a su padre, y un tanto avergonzada le dice) ¡Papá, no te duermas aquí, que me avergüenzas! (Triletsky se despierta y exclama) ¡Pero si yo no duermo, hijita,... no duermo! Estoy despierto. Insomne. ¿Por qué lo dices?... No duermo....







Recuerdos 









(Mikhail Vassilyevich Platonov se ha refugiado de nuevo en la habitación anexa al porche de los invitados, y, en la semioscuridad, fuma en silencio frente a una ventana, bajo el hueco de una escalinata que conduce a la parte alta de la casa. Aparece Sophia Yegorovna) Mikhail Vassilyevich, lo estaba buscando. Vine a pedirle perdón por ese interrogatorio absurdo, y por el tono... ¿No estará enfadado? (Platonov sonríe y sigue fumando) No, no estoy enfadado con usted. (Cada vez que da una calada a su cigarrillo, se ilumina el rostro de Sophia Yegorovna) Lo estuve, pero ya no lo estoy... (Sophia pregunta observando otra puerta del fondo) ¿Adónde conduce esa puerta?... (Platonov bromea) Al paraíso. Al edén... Perdone, dije una tontería. No sé adónde conduce esa puerta. 






(De pronto se oyen unas voces de enfado en lo alto de la escalinata, bajo cuyo hueco se hallan Platonov y Sophia. Son las hijas de Pavel Petrovich que descienden de la habitación de arriba, discutiendo y lloriqueando) ¡Me voy! ¡No me retengas! ¡Yo no aguanto esas bromas! ¡La culpa es tuya!... (Una de ellas responde ahora a las reconvenciones de la otra) ¿Quieres que les diga la edad que tienes?... ¡Cállate! ¡Si no les hablaré sobre tus relaciones con Dmitri Kalizin!... ¡Ah, no te atrevas a hablar más!... ¡Ahora mismo me voy!... 






(Las hijas de Pavel desaparecen. Platonov y Sophia permanecen en el hueco de la escalera. El rostro de ella se ilumina de nuevo cuando Mikhail enciende un fósforo para prender otro cigarrillo) (Sophia) ¡Qué mal está lo que hemos hecho! Hemos permanecido en silencio, escuchando... (Platonov) Yo no las escuché. (Sophia, avergonzada) Vámonos de aquí. (Mikhail sonríe ahora, sacudiéndose la ceniza del cigarrillo que ha caído sobre su chaqueta. Da una calada, e inquiere) ¿Se acuerda usted del embarcadero?... (Sophia, que finge no haberle oído) ¿Qué?... (Platonov continúa con el recuerdo) Por las tardes pasaba el barco. ¿Cómo se llamaba? (Sophia no responde) ¡Ah, sí!, se llamaba "Samara"... (Ahora interpela emocionado a Sophia) ¿Para qué vino usted aquí? ¿Para qué me buscaba? ¿Qué necesita de mí?... ¿Tampoco se acuerda del lago?¿Ni del perro acostado debajo del banco? (Sophia, vivamente conmocionada) Mikhail Vassilyevich yo... Usted me ha entendido mal. (Platonov no cesa de fumar y sus rostros se confunden entre el humo) ¿Ni de la niebla? ¿Se acuerda de cómo se dejaba caer sobre la arena?... (Sophia, nerviosa) Por favor, Mikhail Vassilyevich... (Suena un silbidito solapado, y aparece Anna Petrovna, que se dirige a la alacena donde se guarda la bebida. Toma una copa y bebe en solitario. Luego se mira en un espejo oculto por una parte de la pared, como si recompusiese su aspecto, y sale) (Sophia, asustada) ¡Valga Dios! ¿Se imagina lo que hubiera pasado si ella nos hubiera visto aquí escondidos? ¡Dios mío, tenga piedad de mí! Se lo pido, tenga piedad de mí. Nuestro pasado fue hermoso..., a menudo lo recuerdo... Pero, comprenda. Yo... no deploro nada. Y... le recuerdo a usted con frecuencia. Siempre le voy a recordar. Pero sólamente como era entonces. Aquel Mikhailito con su sombrero de pajita, el fajo de libros, y los bolsillos llenos de tabaco. Mientras que ahora a usted lo llaman Mikhail Vassilyevich y es maestro. Usted está casado. Y Yo... Yo soy ahora Sophia Yegorovna, y también estoy casada. Y tendré una ocupación útil. Sergito me respalda en ello... Y bien, que el pasado sea eso, pasado y nada más. Un estudiante quería a una muchachita, y la chica quería al estudiante. Es ya una historia demasiado vieja, y no debe confundirla con nada más... 






(Platonov, dejando de escucharla, desaparece rápidamente, se aleja por la puerta del fondo que conduce al jardín. Por la misma, ríendo, aparece Sergey, que observa un instante a Mikhail Vassilyevich, que corre montado cómicamente en la bicicleta de Pedrito, tratando de aliviar la desazón que se ha apoderado de él tras la conversación con Sophia Yegorovna)







(Sergey) ¡Sophiíta, Sophiíta! Oye lo que acabo de pensar. Alemania y Bélgica son países pequeños, la gente vive una al lado de la otra, y por eso las ideas filosóficas se difunden con rapidez. De unos a otros. Lo mismo pasa en Holanda o en Inglaterra. ¿Y en nuestro país? Ni en otoño ni en primavera se puede viajar a la ciudad. Además, jaja, existe Kamchatka. ¡En Siberia! (Sophia escucha a su marido con cierta indiferencia y le propone) Vamos a beber vino. (Sergey, sorprendido) ¿Qué?... Ah, sí, bebamos vino. (Sergey abre la alacena. Coge una botella y se vuelve hacia Sophia, observándola embelesado) ¡Dios mío, qué feliz soy! Voltaire, tú y mamá: no necesito a nadie más. (Sergey ríe bobaliconamente) Bueno, también a Glinka (su perrito) ¡Y nadie más!.






   













Actitudes














(Mikhail Vassilyevich Platonov, con marcada abulia, se mece ahora en la hamaca del jardín, frente a Pedrito que juega al ajedrez. Anna Petrovna, que ha estado observando a Platonov, desconcertada, desde el balcón del primer piso,  mientras recorría el jardín en bicicleta, se dispone a buscarle. Pero antes llama a Jacobo, su criado) ¡Su excelencia!... (Anna pregunta) ¿Les llevaron el telegrama a los gitanos?... (Jacobo) Dmitri corrió a llevárselo... Está bien, vete. (Una vez en el jardín, Anna Petrovna, a pleno pulmón, requiere a Platonov) ¡Mikhail Vassilyevich! (Éste, se balancea en la hamaca tarareando displicentemente una melodía, y hace caso omiso de la llamada imperiosa de Anna Petrovna) ¡Mikhail Vassilyevich! (Se oye de nuevo la voz de Anna Petrovna, que aparece cerca de la hamaca, acercándose a ambos. Primero se dirige al niño) ¡Hola Vasilito! (El pequeño replica, molesto) ¡Yo soy Pedrito! (Anna sonríe) No importa. Anda, vete a pasear... (Mientras Pedrito sigue haciéndose el remolón. no muy lejos de ambos, Anna observa seriamente a Platonov, que continúa balanceándose y parece ignorarla. Ella trata de provocar su interés y le dice coqueteando) Porfiry Semyonovich me propuso matrimonio este invierno. (Platonov, indiferente) Uno espera el verano como una fiesta, y cuando llega, desea que termine rápido. (Anna) ¿No me escucha? Me han hecho una propuesta matrimonial. ¡Me haré rica, aprenderé a segar, y haré una donación a su escuela! ¿Qué opina? ¿Me dejo llevar por esa bajeza? (Platonov responde con ironía) Sí, déjese llevar... (Anna) ¿Cómo?¿Que me case sin amor? ¿Eso es lo que me aconseja? ¿Quiere casarme? (Luego, cambia el tono de su voz, y tutea sensualmente a Platonov) Me rehuyes... 

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(Anna se sienta junto a Mikhail en la hamaca y se balancean juntos, mientras sigue hablándole confidencialmente) No nos vimos en todo el invierno... ¡Qué bromista eres, Mikhailito! (Platonov no le presta atención) (Anna se muestra consternada) ¿Qué te pasa?... (Platonov arguye, con su aire ausente y sin tutearla, como si hablase con una desconocida) Oígame, Anna, usted es una mujer inteligente, buena y caritativa. Olvidemos lo pasado, ¿eh? Seamos simples amigos. Además, "aunque sea muy poco" (enfatiza), pero yo estoy casado. (Anna lamentándose algo furiosa) ¿Qué? Ahora es tarde para hablar de tu esposa... Pero si yo lo veo todo. ¿Qué hubo entre Sophia Yegorovna y tú? ¿También os separasteis como amigos?(Anna, contrariada) ¡Conozco bien tu alma pecadora! ¡Sin mí, serás un perdido, Platonov!...



 



(A varios metros de la hamaca pasan riendo las hijas de Pavel Petrovich, siguiendo a Nikolai Ivanovich, que monta ahora en la bicicleta de Pedrito) (Platonov se muestra filosófico pero aburrido, y exclama) ¡Será posible que dentro de decenas de años nos sigamos ríendo a carcajadas, y echemos lágrimas de viejos al recordar estos días! Después nos cubrirá la tierra, y nuestros nombres se perderán en la niebla... (y viendo acercarse al criado de Anna Petrovna, bromea) Y de la niebla salió Jacobo. (Éste se dirige a Anna) Su excelencia, está todo listo. (Anna, vivamente encolerizada) ¿Qué haces, idiota? ¿Cómo te atreves a entrometerte en la conversación? (Jacobo, mortificado por la actitud de su ama) Usted misma me ordenó que le informara cuando todo este listo. (Yéndose, exclama) El tonto es el señor doctor. Le quemó el periódico al señor Petrin. (Jacobo se ríe ahora a carcajadas, y Anna Petrovna le increpa) ¡Largo de aquí, idiota!...








 




(Platonov y Anna siguen balanceándose unos minutos en completo silencio. De pronto, ella exclama) ¡Parece que te estás volviendo loco! ¡Si me tienes a mí!, ¿qué más quieres?... (Furiosa, se alza de la hamaca, y luego disimula su enfado dirigiéndose hacia el resto de los invitados que se hallan diseminados por el jardín, gritando) ¡Señores, vamos todos a la casa!...












(Platonov deja de mecerse en la hamaca y se dirige también hacia la casa. Pavel Petrovich, con su voz prepotente, sigue con sus insoportables peroratas sobre la importancia de la prosapia. Entra en porche acompañado por Sergey y Porfiry, que fingen escucharle con interés, además de sus hijas y Pedrito) Si Ricardo Corazón de León fue valiente, generoso y de noble estirpe, eso es algo que debe conservarse. Para ello debía casarse con una princesa, también de noble casta, y transmitir a sus hijos todos los lóbulos y ramificaciones de su cerebro... (Todos los invitados van subiendo a la terraza del piso alto. Y Pavel sigue impertérrito con sus repetitivas y aburridas aseveraciones sobre la preponderancia de los linajes) Pero bastaría conque los villanos, hijos de cocinera, formasen parte de la familia, para que esta perdiera todo lo que tenía de noble estirpe...



 




La sorpresa


 










(Todos los invitados suben a la amplia terraza del primer piso, donde Anna Petrovna los ha congregado a fin de mostrarles la prometida sorpresa. Pavel Petrovich Shcherbuk, que siempre opta por llevar la voz cantante, resonante y un tanto impertinente, tras acercarse a un gran objeto cubierto que se halla al final de la terraza, inquiere) ¿Y qué es lo que cubre ese manto? ¡Ah, esta es la sorpresa! ¡Qué intrigante! (Husmea) No huele a nada. (Se acerca Pedrito y Pavel le riñe, pegándole en la mano) ¡No te acerques a tocar lo ajeno! (Sashenka habla alegremente con SophiaYegorovna, y, con su habitual ingenuidad, busca a su marido, que se halla en el interior de la habitación que da a la terraza con un vaso de vino en la mano, y le pregunta) ¡Mikhailito!, nuestro Nicolasito empezó a hablar cuando tenía un año ¿cierto?, ... mientras que Shcherbuk (refiriéndose al incansable parlanchín Pavel Petrovich) no dejará de hablar ni cuando tenga sesenta. (Sophia) Pues, mire, a mí me gustan mucho los niños. ¡Señores, escuchen lo que he decidido! Mañana por la mañana, bien temprano, iré a la aldea, y yo misma les daré el biberón a los niñitos durante la siega. (Platonov la escucha displicentemente desde el interior de la habitación, donde también se hallan Nikolai Ivanovich, Sergey Pavlovich, que fuma con rostro reflexivo, y Gerasim Kuzmich Petrin, leyendo su eterno periódico sin prestar atención al resto de los invitados) (Sophia le toma la mano a Shashenka) Vamos, Alexandra Ivanovna. (Pasa Anna, y Sophia pregunta) Anna Petrovna, ¿irá usted también? (Anna no se muestra muy predispuesta a complacer a Sophia y con su habitual sorna, contesta) Mañana, cuando nos levantemos, ya habrá acabado la siega. (Sophia) Pues, nos acostamos temprano. (Anna) No lo lograremos. (Petrin, harto de escuchar estupideces desde el interior de la habitación, se levanta y se va) 






















(Jacobo, el criado de Anna, es requerido por ella, que inquieta le pregunta) ¡Jacobo! ¿Qué hay con los gitanos? (Jacobo) Ya se lo dije, enviaron un segundo telegrama al restaurante. (Anna Petrovna, vivamente contrariada, susurra a su criado) ¡Sinvergüenza! Otra vez te has echado mi perfume. (Jacobo arguye con descaro) El sinvergüenza es Zajar (otro criado) Él se lo toma y me invita. (Anna, encolerizada) ¡Cállate! ¿Dónde está Zajar?... Abajo... ¡Encuéntralo y bajad esto! (indicando la sorpresa cubierta. Jacobo asiente, y se le cae la bandeja que lleva en la mano, propinando un susto a su ama, que le lanza una mirada indignada. Sophia Yegorovna busca de nuevo a Mikhail Vassilyevich, y se apoya en la ventana que da al interior de la habitación donde se halla Platonov) ¡Mikhail Vassilyevich! Debe traer algún día a su hijo y mostrárnoslo. Alexandra Ivanovna cuenta maravillas de él. (Pasan Jacobo y Zajar que bajan la pesada sorpresa al jardín. Platonov contesta a Sophia desde la penumbra de la habitación) Ella exagera, todos los niños son iguales. Los diferentes son sus padres. (Salta el vozarrón de Pavel Petrovich) ¡No, qué va! De padres diferentes, nacen hijos diferentes!... 



























(Anna Petrovna exclama por fin) ¡Cállense todos! ¡Y bien, la sorpresa! (indica, una vez ésta se halla situada en el jardín frente al gran balcón) ¡Zajar, Jacobo! ¡Destápenlo! (Todos, menos Platonov, Nikolai y Petrin, corren hasta la baranda ilusionados. Una de las hijas de Pavel, decepcionada, exclama) ¡Oh, un piano! (Anna, insiste) ¡Silencio!... ¡Zajar! (Le hace una indicación al criado para que se siente frente al piano. Zajar empieza a tocar y entona perfectamente una famosa Rapsodia de Liszt. Todos se asombran de que el criado de Anna Petrovna, al que consideran un patán, sea capaz de tocar el piano, y menos una pieza de Liszt. Zajar les observa y ríe) ¡Esto es imposible! (exclama Pavel Petrovich. Entonces Anna Petrovna ordena a su criado que se retire y el piano sigue sonando.











(La sorpresa del piano mecánico ha creado cierta estupefacción en todos los allí presentes. Los rostros de los invitados no dejan de observar el singular instrumento, cuyas teclas, sin ayuda de la mano humana, siguen funcionando y emitiendo la Rapsodia de Liszt. Quizás, de entre todos, la más sorprendida sea la siempre ingenua Alexandra Ivanovna. Y es tal el asombro que en ella ha causado el piano mecánico, que sin apartar su vista del mismo, empieza a sentir un ligero mareo y acaba por desmayarse ante el desconcierto de los demás. Porfiry Semyonovich, que se halla junto a ella, la sostiene con premura. Luego, a excepción de Nikolai, todos acuden presurosos a interesarse por Sashenka. Platonov, saliendo apresuradamente del interior de la habitación donde se hallaba apartado del resto del grupo, vivamente preocupado, sugiere apartarla de la terraza y que entre en la casa. Porfiry inquiere) ¿Por qué llevarla al cuarto? Es mejor dejarla aquí, al aire libre. (y ofrece una silla a la joven, mientras Platonov la sujeta) Despacio. Cuidado. Así, así mismo. (Y una vez se halla sentada, su marido le pregunta) Bueno, ¿qué te pasa? ¿Qué tienes? (Sashenka, quejumbrosa) Perdóname, Mikhailito... ¡Bien, bien!, pero ¿qué te ocurrió, Alejandrita? ¡Por Dios!... (Ella confiesa algo avergonzada) Me asusté. Aquí hace calor y la cabeza... (Platonov contrariado) Si te duele la cabeza, debes quedarte en casa, y no ir de visita con tanto calor. (Y cada vez más mortificado, Mikhail exclama) ¡Además, quítate ese sombrero! ¡Estoy harto de verlo! (Sashenka se lo quita casi sollozando. Platonov más calmado) Así está bien. Eres una chica inteligente.  
























(Interviene Sophia Yegorovna) ¡Alexandra Ivanovna! ¡Querida! ¡Ahora te pondrás bien! (Vierte una copa de licor y se dispone a verter unas gotas tranquilizantes en la misma) Te tomas estas gotas y... (Mikhail, enfurecido, se dirige con paso rápido a una de las entradas del cuarto donde se halla Nikolai, que no ha salido a interesarse por su hermana, y se encara con él) ¿Qué haces ahí parado? ¡Al fin y al cabo es tu hermana! ¡Acércate a verla! (Nikolai, contrariado, emite una ligera disculpa ante su cuñado y se dirige hacia su hermana. Se agacha tratando de calmarla, mientras Sophia Yegorovna intenta administrarle las gotas tranquilizantes) ¿Qué tiene, mi gordita? (Bromea Nikolai, y pregunta a Sophia) ¿Qué es eso? (Sophia le muestra el vaso) Unas gotas. (Nikolai las huele, y arguye) ¡No!, ¿para qué? Cuando uno está de visita se tiene que curar con Jerez... (Toma la botella que se halla en la mesita, la huele, según acostumbra, y exclama) ¡Helo aquí! (Le da un vasito a su hermana, mientras Platonov los observa casi enfurecido) ¡Y no con gotitas! (exclama Nikolai)





















 



(Mientras tanto, Anna Petrovna ha bajado hacia el lugar en que se halla el piano que ha dejado de sonar, extrae el rollo de música perforado, y lo muestra desde abajo a todos los que ahora la observan. Pavel Petrovich profiere ríendo ante el engaño de que han sido objeto) ¡Ah, una mistificación, jaja! ¡Ya lo decía yo! ¡Ningún villano puede tocar un piano! ¡Es mecánico! (Haciendo caso omiso a los demás, Sophia habla en voz baja con Sashenka, consolándola) Pues a mí me gusta mucho su sombrero, amiguita querida. (Junta su rostro con el de Sashenka, mientras Platonov, observándolas se interna de nuevo en el cuarto hastiado del ridículo espectáculo que ha protagonizado su mujer. Suena de nuevo el vozarrón insoportable de Pavel) ¡No! ¡Ningún villano puede hacer eso! ¡Jaja, no puede!!... (Platonov escancia un vaso de vodka ante la mirada aburrida de Pedrito, que le mira entre muecas mientras se lo bebe. Suena una guitarra. Y Gerasim Kuzmich Petrin, que se halla en un rincón de la habitación leyendo su eterno periódico, lee en voz alta y ríe, como si de una burla a lo sucedido en el balcón se tratara) ¡Qué curioso! "Recibió dos mil rublos por un desmayo" (Aparece Nikolai, que baila, fuma y toca la guitarra, paseándose por el balcón sin que nadie parezca prestarle atención. 










De pronto, también del interior del cuarto, donde había permanecido muy serio y reflexivo, surge Sergey Pavlovich, y comenta un tanto altisonante) ¡Señores, señores! ¡Presten atención! Les pido a todos que presten atención. Sophia, mi esposa, irá mañana a la aldea a ayudar a las madres campesinas (Y emite un ligero sollozo emocionado) ¡Y eso... eso es maravilloso!... ¡Es el comienzo, señores! Y yo... yo he decidido que nosotros, los hombres, también debemos... (No acaba la frase. Pero añade grotescamente) ¡Bien!, pues he decidido entregar a los campesinos, a los segadores, todos mis trajes y zapatos viejos! (Anna Petrovna, que se halla detrás de su hijastro, le observa con gesto despectivo. El resto de los invitados guarda silencio. La bobaliconería de que hace gala Sergey no obtiene así respuesta afirmativa ninguna. De repente, se oyen unas carcajadas. Mikhail Vassilyevich Platonov es quien trastabilla entre risas, dirigiéndose hacia todos, y en especial al sorprendido Sergey) ¡Jajaja! ¡Me los imagino!... ¡Se verán muy bien, segando y vestidos con "fraques"! (Estalla una risa general. Sergey se queda pensativo y dice, un tanto achantado) No pensé en eso. (Ríe) Realmente, sería algo cómico... (Sophia Yegorovna, que se hallaba de espaldas a su marido junto a Sashenka, vuelve ahora la mirada con gran disgusto, sintiéndose ridiculizada por las risas de todos y la estupidez de que ha hecho gala su marido)