miércoles, 19 de diciembre de 2007

Pushover (La casa nº 322)

Richard Quine descubre a Kim Novak. Y se enamora perdidamente de ella. Es una Kim Novak veinteañera, pero nadie lo diría. ¡Es bellísima! Una Afrodita estatuaria. Parece no saber actuar, pero se revela como un personaje turbio y sensual, al que observamos regocijados desde las sombras.




Richard Quine la cuida con esmero, consciente de que tiene entre sus manos el primer gran vehículo para lucimiento de su joven descubrimiento.









Seguimos así   Kim Novak en medio de un aura sombrío y más bien pesimista, ya que toda la trama de "Pushover" se circunscribe a la consabida combinación de las flaquezas humanas que conforman el mundo de la ambición entre la ávida oscuridad que siempre nos sugiere el thriller. En consecuencia, cuando Mac Murray le pregunta si no le importa recibir el dinero sucio del gangster que la mantiene, ella responde: "El dinero no es sucio, sólo la gente".

Y entre el adecuado tratamiento que le confiere especialmente la noche, a través de toda esa tramoya artística y apetitosa de los films negros que produjo la cinematografía norteamericana de los años 50, Kim Novak no titubea. Tiene acometidas de histerismo cuando trata de golpear a Fred Mac Murray. Es un momento con inesperada entrega y pasión que mantiene una auténtica unidad del mejor tono del cine "negro". No es una muñeca fría y distante, sambenito que arrastraría a lo largo de su carrera. Su debut preludia algo más. Muchas mujeres, en la escena del bar, aprendieron de ella (maestra consumada) cómo quitarse de encima al moscón que trata de ligar.
Espiarla a través de las ventanas es un placer al que todos nos habríamos sometido muy a gusto. Valía la pena ser detective sólo por eso. Es una película nocturna, lluviosa, con su asfalto mojado y brillante, sus intrigantes persecuciones en la noche, y sus acuosas azoteas donde se dan cita los dos amantes.


Una de serie B, que con Kim Novak y Dorothy Malone (cuya mirada ya suplica cierta atención futura a esa lubricidad mítica que alcanzaría a través de Douglas Sirk) se agradece, se disfruta y se convierte en una recomposición absolutamente espléndida de conductas arriesgadas por entre esa combinación de elementos detectivescos donde todo es posible, en un juego de codicia e intereses. Y como película de género,  es equilibrada, apetecible y notablemente nostálgica. Posee un suspense interiorista, con espionaje de vecindario, que se dosifica brillantemente en una recargada atmósfera de fatalidad, sometida a todos los valores de la aventura urbana, y muy especialmente a las necesidades encumbradoras de la imagen de su estrella principal, cuyas idas y venidas en automóvil, escenas magníficas a través de calles y avenidas iluminadas por la humedad lluviosa de la noche invernal, se convierten en planos que casi se incrustarían a partir de entonces en la personalidad de la Novak ("Strangers when we meet", "Vértigo" -una de cuyas escenas del film de Hitchcock es idéntica al segundo encuentro de Kim Novak y Fred Mac Murray), rodeándola, cual criatura nacida de un sueño de nocturnidad, de un halo tan romántico como pasional, y acrecentador de su futuro standing mítico.

































Y así Kim Novak, aunque la química con Fred Mac Murray (muy lejano ya de la prestancia y del cinismo que esgrimía en su "Double Indemnity" con Barbara Stanwyck y Billy Wilder)  no llegara a funcionar del todo, se convierte en un deseo pagado a precio de oro, que recorre la noche acaparando las claves más codiciables del thriller.



Primer testimonio del "Amor Absoluto" de Richard Quine por la perfección menos hierática de la escultural Kim Novak, que se convertirá en su fetiche obsesivo. También muchos de nosotros sufrimos en silencio esa afinidad secreta a partir de este film. La Novak, pues, no necesitó a Hitchcock para rodearse de toda la suntuosidad de los misterios. ¡Mil veces observada desde las sombras! ¡Mil y mil veces amada!!