jueves, 28 de junio de 2007

Walk on the wild side (La gata negra)

Edward Dmytrik nos dejó un buen recuerdo con su "Crossfire" ("Encrucijada de odios" de 1947). Luego se diluyó entre cintas más o menos mediocres. El atractivo principal de este "Walk on the wild side" reside en sus protagonistas femeninas. Por primera vez se vislumbra un amor lésbico - aunque Greta GarboMarlene Dietrich ya hicieron sus encubiertos pinitos, sin olvidar tampoco a Lauren Bacall en "Young man with a horn" ("El tormpetista"),1950- En su momento esta "Gata" escandalizó a más de uno y de una. La historia es algo banal, pero los resultados son de una previsible corrección. Parece un film hecho a mayor gloria de cuanta animalidad y alevosía han presidido siempre toda clase de prostíbulos a lo largo y a lo ancho de este enfebrecido mundo de nuestra sensualidad de cada día, pero que también han servido para dar cierto postín a los encubiertos encantos de tanta hembra encalabrinadora de tontorrones machitos que no han conocido otro medio mejor para alimentar sus apetitos lujuriosos. Prostitución y esplendidez americana. Princesas de un oriente postizo que ofrendan su belleza sin ningún reparo por entre los estrangulados barrios de New Orleans.

Jane Fonda se estrena como sex-symbol irrefrenable. Su juventud es exuberante. Papá Fonda no sabía, ¡o no quería saber!, la joya que tenía en casa. ¡Y la niña, como perla fluida surgida de la nada, seno inmortal adscrito por fin a la pasión que se esculpe a través del celuloide, se convirtió en gran actriz!



Anne Baxter, aquel dorsal de mala espina, maravilloso plectro metamorfoseado en mujer, o maligna inspiración poética capaz de enfrentarse y arrebatarle el trono (ficticiamente) a Bette Davis en "All about Eve" ("Eva al desnudo"), se transforma en la heroína solitaria que desfallece en la sordidez de la noche a la espera del goce que no se ha podido cumplir. No obstante, hiciera de buena o de mala, seguía siendo una extraordinaria actriz, guapísima y exquisita.





Y cuando la hierática y ex-modelo Capucine se cierne sobre nosotros, es que quiere presa. Se convierte en el espejo oval del reclamo felino, afila bien sus garras, y logra alcanzar límites de gran seguridad interpretativa que nos sorprenden, en especial en sus enfrentamientos con la dueña del prostíbulo, dragón femenino que ansía tenerla raptada. En su ejercicio de impureza y concesión, trata de borrar todos los caminos y recuerdos de sus miserias.


Capucine poseía prestancia. Su perfil psicológico, en cuantos films intervino, resultó siempre inquietante. Un arquetipo de mujer fatal poco nítido pero lo suficientemente atractivo y erótico. Y sus apariciones repentinas siempre preludiaban mucho más de lo que luego ofrendaba ("Alaska tierra de oro", aparte de su debut, fue un buen ejemplo de ello). Aquí consigue momentos espléndidos: ¡su bajada a la Casa de Muñecas, donde aguardan los clientes, al son del rag-time resulta escalofriante! Hay preguntas que duelen, y Capucine da respuestas magníficas.

Barbara Stanwyck, siendo ya una sombra de lo que fue, estalla, y se desmelena. Es la gran vectora sexual de la "Doll's House", que forcejea, no obstante, con el Eros lésbico que la devora. Consigue redondear su mito y arropa su estrella con momentos sugestivos, incorporándose espléndidamente al mosaico de mitología sexual que ofrenda el film (la Stanwyck logra, por tanto, exhibir sus despojos con aquel complaciente sadismo de gran actriz que todos los que la admirábamos siempre le agradecimos).



Laurence Harvey, actor un tanto difícil de digerir, difunde y populariza su evidente atractivo anglosajón como nuevo producto industrial lanzado al mercado norteamericano. A ser doblado se pierde el mayor resorte cualitativo de este actor: su espléndida voz. El doblaje devora de nuevo, como tantas otras veces, la cálida dimensión humana de todos los protagonistas (en especial en Harvey), y por ello se convierte en la polémica y eterna arma corrosiva que siempre ha sido.


La música de Elmer Bernstein es sensacional. El blanco y negro ¡¡glorioso!! Y los títulos de crédito, con esa gata de azabache paseándose entre las alcantarillas, se transforman en una de las evocaciones más electrizantes de la historia del cine.


El mismo felino negro nos dejará un regusto amargo en la boca, consumando con su presencia el final trágico del film. Cima y belleza de tentación. Miradas gatunas que recorren el arroyo de New Orleans. Vale la pena repetirlas hasta la saciedad.



¡Viciosilla como la gata alcantarillera de la noche! Mezcla de bombón y malas digestiones. Depravación de sobremesa en la que se escancia el buen vino de sus cuatro mujeres inolvidables.