





El juego había desencadenado pequeñas discusiones entre los tres.
Faltaban cartas que lo dificultaban. John Henry, tras las miradas
acusadoras de Berenice, que recordaba haberle prestado el día anterior
unas tijeras al pequeño, reconocería que había recortado el "Rey de
Corazones" y el "Rey de Espadas", porque le gustaban las imágenes. Como
siempre nada resultaba improvisado en la cocina de Berenice, Frankie y
John Henry. La chiquilla de doce años se había contemplado en su espejo,
y acabó por asombrarse de sentirse "tan poco asombrada" Las preguntas
que se hacía, y que Berenice no "quería" o no podía comprender -en el
caso de John Henry por lo menos- seguían formulándose en su espíritu con
tanta claridad como si aparecieran escritas ante sus ojos. Frankie
sabía que en sus reflexiones era preciso ver que, en efecto, se abría
ahora ante ella de forma mucho más clara que en otros veranos anteriores
-cuando era tan niña como John Henry- el símbolo viviente de la huida
del tiempo. Para Berenice todas aquellas emociones se trataban de un
pequeño juego de la siempre frágil niñez que tenía lugar dentro de un
ensueño inconsistente. Y John Henry tan sólo armonizaba los matices de
cuanta incomprensible imaginación derrochaba Frankie con la pureza
irreprochable de su niñez. Y por esta razón, Berenice apreciaba tanto
más la participación inocente de John Henry en aquellas tardes
agosteñas. Fuera de la cocina el mundo andaba todavía cegado por el
claro y puro esplendor de aquel verano inacabable.





La idea de que una separación definitiva de la familia
pudiera producirse una vez casados Jarvis y Janice, aun sin convencer
del todo a Frankie de que pudiera llegar a producirse, no dejaba de
crear una especie de desesperación encubierta en su mente,
atormentándola con esa sensación de miedo que experimentaría un niño
abandonado y sin refugio posible. Sin ellos, a Frankie todo le
resultaría ajeno, odiaría más todo cuanto ahora la rodeaba, y jamás
volvería a sentir aquella ciudad, sucia y ridícula, como suya. Berenice,
John Henry, y, por supuesto, papá, seguirían siendo su única realidad
para darse cuenta de que vivía acompañada por cosas y seres inútiles. Y
vendrían otros veranos sin sentido, y ella seguiría buscando la palabra
ilusión, ininteligible para Berenice y John Henry, como se busca una
flor extraña al borde de un largo camino. No, sería horrible e
insoportable buscar y buscar aún durante mucho tiempo, todo el que, como
ya había confesado asustada a Janice, le faltaba para crecer. No podía,
por tanto, convertir ese su largo "tiempo" en una nueva especie de
esperanza sin fin. Tenía que ser ahora o nunca, porque si vacilaba un
momento, si Jarvin y Janice desaparecían tras la boda para convertirse
en un lejano recuerdo, todas sus horas y minutos seguirían intactos, y
se detestaría a sí misma durante toda su vida, sumida en aquel rincón
pueblerino, monótono y tan falto de atractivos que la existencia le
había impuesto. Y es que para la Frankie de "ahora mismo", aunque
Berenice insistiera una y otra vez en que no había alcanzado todavía la
edad de la prudencia y de la sensatez, únicamente a través de ellos se
abría un nuevo mundo. Ya no se trataba de pasar el tiempo agradablemente
en la cocina junto a Berenice y John Henry, de seguir atrincherada en
esos doce años vividos, y sentir, (tan dolorosamente creía ella), que
conocer como conocía, con su nuevo hastío, la vida que la rodeaba le
producía tal pavor, apartándola de secretos por venir y de días
desconocidos pero deseables, que no dudaba que poseía todo el derecho
del mundo a pensar en voz alta... Allí, a la mesa, donde habían comido
los platos preparados por la "adorable" -tenía que reconocerlo- pero
tantas veces irritable Berenice, frente a las infantiles incongruencias
de John Henry, Frankie se sabía "impregnada de una nueva inmensidad
armoniosa" de la que estaba obligada a formar parte como miembro
imprescindible de la boda de su hermano Jarvis y de la hermosa, dulce y
comprensible Janice.
Frankie no "es asociada" al club









































(La depresión de Frankie tras la marcha de su
hermano y de su futura cuñada sigue en aumento) "Me estoy muriendo de
ansiedad. Me habría gustado que me llevaran con ellos a Winter Hill esta
tarde. Me gustaría que mañana fuera domingo en vez de sábado. (Berenice
comprensiva) Todo llegará... (Frankie) Lo dudo. Me gustaría irme de
aquí para siempre. Me gustaría tener cien dólares para largarme de aquí y
no volver nunca más. (Berenice se muestra irónica) Me parece que
quieres demasiadas cosas... (Frankie se desespera) ¡Me gustaría ser
cualquiera excepto yo! (John Henry extrae de una caja una muñeca que ha
traído Jarvis de regalo a su hermana) Frankie, ¿hablabas en serio cuando
me dijiste que me dabas la muñeca? (Frankie sin contestar, y a causa
del excesivo calor refresca el cuello en el grifo. Sigue pensando en
Jarvis y en Janice) El hecho de pensar en ellos, me hace sufrir...
(Berenice bromea) Dicen que los que tienen los ojos grises, son
celosos... (Se oyen gritos más allá del jardín. Algunos niños juegan en
él) ¡Vamos a jugar con ellos, Frankie! (grita John Henry a su prima)...
¡No quiero!... ¡Venga! ... ¿Tienes orejeras? ¿No me has oído? (John Henry
decepcionado) Será mejor que me vaya a casa. (Frankie le recrimina y le
empuja de nuevo hacia el interior de la cocina) No tienes que irte hasta
la hora de la cena, todavía es temprano. (Berenice) Puedes irte a casa,
cielo, si eso es lo que quieres hacer... ¡Venga!, Frankie, vamos fuera a
jugar. Se están divirtiendo mucho... ¡No, no es verdad! Sólo son un
puñado de niños tontos que corren y gritan, y nada más! (De pronto, sale
del cobertizo cercano, muy animadas y sonrientes, el grupo de chicas
que forman el club. John Henry llama la atención de su prima) Mira,
Frankie, ¡son las chicas! (Frankie, ilusionada, corre hacia ellas junto a
John Henry) ¡Hola, chicas! Estoy muy contenta de veros. Entrad en casa.
(Una de ellas, ante la mirada contrariada de las demás, contesta) No
podemos, vamos a avisar al nuevo miembro del club. (Frankie se imagina
su elección) ¿Soy yo el nuevo miembro?... No, no es a ti a quien hemos
elegido... (Frankie decepcionada) ¿No soy del club?... No. Ha salido por
unanimidad Mary Littlejohn. (Frankie, sorprendida) Mary Littlejohn...
¿la chica que acaba de mudarse ahí al lado? ¿Esa especie de empanada
rellena con coletas que toca todo el día el piano?... (Otra chica del
grupo, exclama) ¡Sí!, Mary estudia para concertista. Y tú aún no eres lo
bastante madura como para apreciar el talento de Mary (Berenice,
entristecida, atiende la conversación desde la ventana de la cocina.
Frankie estalla de furia y les grita) ¿Qué estáis haciendeo
en mi jardín? ¡No volváis a poner un pie en la propiedad de mi padre!
(Ataca a una de ellas, tirándole del pelo) ¡Canallas! ¡Os mataría a
todas con la pistola de mi padre! (John Henry alza sus puños, secundando
a su prima) ¡Canallas! (solloza Frankie) ¿Por qué no me habéis elegido a
mí?... ¿Por qué no puedo ser miembro?(Berenice consuela a la chiquilla
cuando vuelven a la cocina) Yo en tu lugar me olvidaría de ese club de
chicas. Toda mi vida he querido cosas que no he tenido. Además, todas
ellas son mayores que tú... (Frankie se muestra muy abatida) Creo que ha
corrido el rumor por la ciudad de que huelo mal. Cuando me salieron los
granos, tuve que ponerme ese ungüento que apestaba. Lo sé. La estúpida
de Helen me preguntó (Frankie imita la voz cursi de la chica): ¿A qué se
debe ese olor tan extraño? ¡Ah, las mataría a todas con una pistola!
(Agacha su cabeza, angustiada, sobre la mesa. John Henry le acaricia el
pelo y la consuela) A mí no me parece que huelas tan mal. Hueles muy
bien. Como a más de cien flores... (Frankie exclama) Porque uso más
perfume que cualquiera de esta ciudad (y se huele la camisa sudorosa)
¡Canallas! Y también hay otra cosa, me estuvieron contando mentiras
sobre la gente adulta. No sé por qué clase de tonta me han tomado.
(Berenice siempre comprensiva) Insisto en que son demasiado mayores para
ti. Debes entender que el objeto de un club es que haya miembros que
formen parte de él. Y que haya personas que no formen parte de ellos.
Creo que lo que deberías hacer es montar tu propio club. De ese modo
serías la presidenta. (A Frankie le parece una soberana estupidez) ¿Y a
quién metería? A los niños y niñas que juegan por aquí. ¡A los del
barrio! ¡No quiero ser presidenta de un puñado de niños! (Berenice finge
enfadarse) Pues entonces disfruta de tu desgracia... (Frankie divaga de
nuevo) Seguro que Jarvis y Janice son miembros de muchos clubs. De
hecho, el Ejército es como si fuera un club... (John Henry toma el bolso
de Berenice, hurga en su interior, y exclama) Tienes dos de cinco y una
de diez. (Berenice le riñe con cariño) No fisgonees en mi bolso de esa
manera, cielo. No está bien hurgar en los bolsos de las personas.
Alguien podría pensar que intentas robarle su dinero... Estoy buscando
tu viejo ojo de cristal. Aquí está... (Berenice ríe) Ése no es el viejo,
es el nuevo. Dámelo. Todavía me faltan por pagar setenta y cuatro
dólares (John Henry) A mí el viejo me gustaba mucho. (Frankie lanza
ahora una carcajada y se burla de Berenice y de su deuda) ¡Si no pagas,
tal vez vengan los del Banco y se lo lleven! ¡Ja, ja! (Berenice exclama)
No podrán llevárselo si lo llevo puesto. Y sigo usando la misma talla.
(John Henry comenta) Tienes tres ojos. ¿Con cuál ves mejor?... Con el
izquierdo, cielo. Con los de cristal no veo absolutamente nada...
(Cuando Frankie vuelve a su cantinela, nombrando a su hermano y a
Janice, Berenice insiste en el tema de sus celos) ¡Ya te he dicho
que no estoy celosa! No podría estar celosa de uno, a menos que lo
estuviera de los dos. No puedo pensar en ellos por separado. (Berenice
explica) Yo estaba celosa cuando mi hermanastro se casó con Clorina. Le
avisé de que estaba dispuesta a arrancarle las orejas, pero no lo
hice... (Frankie elucubra) Jarvis y Janice ¿No resulta extraño?... (John y
Berenice la observan) ¿El qué?... (Frankie insiste) J. A... Sus nombres
empiezan por "J" y "A"... ¿Y qué tiene eso de especial?... ¿No lo ves?
Si yo al menos me llamara... (permanece pensativa la chiquilla) Jane o
Jasmine... (John Henry juega a lo bruto con la muñeca y dice) A partir
de ahora la llamare Belle. (Frankie le dice) ¡Bah!, la verdad es que no
sé en qué pensaba Jarvis al comprarme eso. Regalarme a mí una muñeca...
(Berenice la contradice) Pues cuando abrías el paquete delante de él,
parecías muy atenta. (John Henry sigue aporreando a la muñeca. Frankie
exclama) John Henry, deja de pellizcarle los ojos, me pones enferma. ¿Me
has oído? ¡Ya basta! ¡Quita esa muñeca de mi vista! (Frankie la coge y
la lanza lejos de ella. John Henry la recoge del suelo, la deja sobre el
fregadero y, mosqueado, se va de la cocina. Frankie vuelve a observarse
en el espejo) El mayor error de mi vida fue cortarme el pelo. Para la
boda me gustaría tener una larga melena de color oscuro, ¿no crees?
(Berenice) No creo que una larga melena de color oscuro sea necesaria.
Te advertí que no te raparas la cabeza del modo que lo hiciste. Pero no
hubo forma de impedir esa atrocidad... Estoy tan preocupada por mi
estatura. Tengo doce años y nueve meses, y ya mido por lo menos uno
sesenta y cinco. Si sigo creciendo así hasta los veinticinco años,
llegaré a medir tres metros... ¿Cuánto es eso, Frankie? (Se interesa de
pronto John Henry, volviendo a aparecer en la cocina. Su prima no le
contesta y dice) Dudo que esas" freaks" se casen o vayan a una boda.
(John y Berenice la observan con asombro. Berenice pregunta) ¿De qué
"freaks" estás hablando?... (Frankie) De las de la feria. Las que vimos
allí el pasado octubre. (John Henry asiente) ¡Ah, sí, las "freaks" de la
feria! Pues una era la chica más bonita que jamás he visto. (El pequeño
bromea y se contonea imitándolas con aires de cursilería, y vuelve a
decir sonriente y con las manos en la cintura, mientras hace una especie
de paseillo de modelo) (se irrita su
prima. No he visto una chica más bonita en toda mi
vida, ¿verdad, Frankie?... ¡No, no creo que fuera bonita! (se irrita su
prima) (Berenice insiste) Pero, ¿se puede saber de quién estáis
hablando?... (Frankie exclama) ¡De esa cabeza de alfiler de la feria! Su
cabeza era como una naranja. Llevaba todo el pelo rapado y un enorme
lazo rosa en lo alto. Era más "freak" que su cabeza... Pues a mí me
gustó mucho (insiste John Henry. Berenice aclara) La verdad es que esas
chicas de la feria me ponen enferma. (Frankie, como si se sintiera
aludida, observa con seriedad y tristeza a Berenice) ¿Y yo te pongo
enferma?... ¿Tú?... ¿Crees que me convertiré en una "freak"... ¿Tú? (ríe
Berenice) ¡Claro que no! Bueno, eso espero... ¿Crees que seré
bonita?... Tal vez (Berenice se acerca a la niña con cariño) Si eres
capaz de agachar esos cuernos, lo serás... ¿Lo dices en serio?... ¡Claro
que sí! Creo que cuando seas mayor, serás muy guapa si logras
comportarte... (Frankie insiste) Para la boda tengo que hacer lo que sea
para conseguir mejorar mi aspecto. (Berenice aconseja cariñosamente)
¿Por qué no empiezas lavándote? Refriégate los codos. Lávate todo el
cuerpo. Estarás mucho mejor. (Berenice abraza a Frankie, que llora en su
hombro, mientras alza dos dedos detrás de su cabeza. Y John Henry,
secundando la broma, repite) Sí, Frankie, estarás mucho mejor si
consigues agachar esos cuernos... (Frankie sigue llorando) ¡No sé qué
puedo hacer! ¡Me gustaría estar muerta! (Berenice se enfada ante
aquella afirmación infantil) ¡Entonces muérete! (John Henry repite)
¡Muérete! (Frankie se encoleriza esta vez contra el pequeño John Henry.
Toma una paleta matamoscas y lo persigue por toda la cocina, mientras él
la rehuye) ¡Vete a casa, mocoso! ¡Vete! ¡Estoy harta de ti, enano
inoportuno! (Berenice la detiene) ¡Calma, calma! Un momento. ¿Quieres
escucharme? ¿No me has oído?... (Frankie grita todavía a su primo)
¡Vete, vete, vete! (John Henry sale despavorido de la cocina. Berenice
la reprende) ¿Por qué te comportas de ese modo con él? ¡Eres demasiado
mala!... ¡Lo sé! (afirma Frankie) Últimamente, John Henry tiene algo que
me pone nerviosa...