
La fortuna favorece a los audaces -Virgilio-("La Eneida")

Una mano que se alza. Pulso del recuerdo. Confidencia de acatamiento al soberano que sometiera los pueblos uno tras otro, en el convencimiento de que avanzaba bajo la protección de sus dioses. Un ejército consternado. Una creencia que sigue siendo manifiesta hasta el último instante. Únicamente Alejandro posee el don de transformar en invencibles sus fuerzas armadas. Las sensaciones y silencios. Soldados veteranos. Todos callan observando la agonía del héroe macedonio. Noche de junio del 323 A.C. Babilonia, Puerta de Dios, dos mil años de historia, capital del mundo: el Eúfrates, la Puerta de Ishtar, los Jardines Colgantes, la Vía Triunfal, el Zigurat, el gigantesco Templo de Marduk. Babilonia mueve ahora la rueda emocional de los tiempos. Emana de ella la exaltación del ausente Hefestión. En la gran metrópoli culmina la juventud de Alejandro, plenitud de treinta años, cuerpo enfebrecido bajo un poniente de las más excelsas memorias guerreras. Un anillo fuertemente sostenido en su mano; índice y pulgar remontando su pecho, como si porfiaran erguidos para arrastrar consigo la joya, para no dejarla en este mundo; para escapar con ella a su paraíso de divinidades al que, tiempo ha, se halla encadenado. Exhalación profunda del moribundo. Los caldeos, prácticos en la interpretación de los signos de las estrellas para el futuro del héroe, una vez advertido de que no regresase a Babilonia, no pudieron vencer la infatigable inquietud de su espíritu... Se arquean sus dedos, estremeciéndose en el borde del rico lecho adornado. Y toda la mano de Alejandro cuelga como un sutil misterio entre la elegancia de la cámara palaciega. La gallardía del joven macedonio, fulgurante y jerárquica, no es ya de este mundo. Cae el anillo como deshecho entre la palma de su mano; rebota como un gemido de pesadilla. Quizás Ptolomeo, al besarlo, se sirviera de él como de un espejo testimonial de amistad y afecto. Y en un ensueño de devoción (narraron los escritores antiguos), pronunciaría su nombre: ¡Alejandro!, para conducirlo después en un pomposo cortejo fúnebre hasta Egipto, y ofrecerle su último lugar de descanso en un sarcófago de cristal, donde el cuerpo del joven caudillo macedonio, como frente elegida por el prodigio, se convertiría en forma bajo el azul resplandeciente de Alejandría... Muerte en Babilonia. Se siente el Eúfrates que parece arder con la plata inmaculada de la que fuera grandeza suicida del mancebo. Y los vientos de Persia, como criaturas en pena, penetran en la estancia donde se derriten y volatilizan los aceites balsámicos sobre la carne gemebunda de Alejandro, capaz aún de balbucear un último secreto al morir, y arrastran consigo tan altas prerrogativas como las de sus victorias titánicas: Tiro, Iso, Gaugamela, Hidaspes,... Junglas del Penjab.

Una mano que se alza. Pulso del recuerdo. Confidencia de acatamiento al soberano que sometiera los pueblos uno tras otro, en el convencimiento de que avanzaba bajo la protección de sus dioses. Un ejército consternado. Una creencia que sigue siendo manifiesta hasta el último instante. Únicamente Alejandro posee el don de transformar en invencibles sus fuerzas armadas. Las sensaciones y silencios. Soldados veteranos. Todos callan observando la agonía del héroe macedonio. Noche de junio del 323 A.C. Babilonia, Puerta de Dios, dos mil años de historia, capital del mundo: el Eúfrates, la Puerta de Ishtar, los Jardines Colgantes, la Vía Triunfal, el Zigurat, el gigantesco Templo de Marduk. Babilonia mueve ahora la rueda emocional de los tiempos. Emana de ella la exaltación del ausente Hefestión. En la gran metrópoli culmina la juventud de Alejandro, plenitud de treinta años, cuerpo enfebrecido bajo un poniente de las más excelsas memorias guerreras. Un anillo fuertemente sostenido en su mano; índice y pulgar remontando su pecho, como si porfiaran erguidos para arrastrar consigo la joya, para no dejarla en este mundo; para escapar con ella a su paraíso de divinidades al que, tiempo ha, se halla encadenado. Exhalación profunda del moribundo. Los caldeos, prácticos en la interpretación de los signos de las estrellas para el futuro del héroe, una vez advertido de que no regresase a Babilonia, no pudieron vencer la infatigable inquietud de su espíritu... Se arquean sus dedos, estremeciéndose en el borde del rico lecho adornado. Y toda la mano de Alejandro cuelga como un sutil misterio entre la elegancia de la cámara palaciega. La gallardía del joven macedonio, fulgurante y jerárquica, no es ya de este mundo. Cae el anillo como deshecho entre la palma de su mano; rebota como un gemido de pesadilla. Quizás Ptolomeo, al besarlo, se sirviera de él como de un espejo testimonial de amistad y afecto. Y en un ensueño de devoción (narraron los escritores antiguos), pronunciaría su nombre: ¡Alejandro!, para conducirlo después en un pomposo cortejo fúnebre hasta Egipto, y ofrecerle su último lugar de descanso en un sarcófago de cristal, donde el cuerpo del joven caudillo macedonio, como frente elegida por el prodigio, se convertiría en forma bajo el azul resplandeciente de Alejandría... Muerte en Babilonia. Se siente el Eúfrates que parece arder con la plata inmaculada de la que fuera grandeza suicida del mancebo. Y los vientos de Persia, como criaturas en pena, penetran en la estancia donde se derriten y volatilizan los aceites balsámicos sobre la carne gemebunda de Alejandro, capaz aún de balbucear un último secreto al morir, y arrastran consigo tan altas prerrogativas como las de sus victorias titánicas: Tiro, Iso, Gaugamela, Hidaspes,... Junglas del Penjab.
Alejandría-(Egipto)... 40 años después








EL PODER



EL MITO


























TOTEM







STONE IN VIETNAM










3 Oscars y 3 Globos de Oro jalonan su carrera cinematográfica. Los horrores de aquella conflagración entre Estados Unidos y Vietnam, que marcarían gran parte de su vida, son plasmados con brutal realismo en "Platoon", 1986, film que le valdría su primer Oscar. Muchas de sus obras se inspiran, por tanto, en hechos verídicos, o candentes problemas que gravitan todavía sobre la sociedad mundial, y a los que dota de un polémico carácter documental: "JFK: caso abierto". Pese a que sus primeros pasos en la industria del cine fueron como guionista, no tardaría en catalogarse como uno de los directores más activamente controvertidos de la cinematografía norteamericana. Su narración sobre la investigación llevada a cabo por el fiscal Jim Garrison sobre el asesinato de John F. Kennedy (planteado como conspiración política), larga y compleja, expuesta con el recurso gráfico de la agilidad documental, emotividad en la imagen, y un gran ritmo y coherencia en la funcionalidad expresiva, proyectan una imagen de Oliver Stone que ya no habrá de abandonarle nunca: la de uno de los mayores provocadores intuitivos del Séptimo Arte. "Natural Born Killers", 1994, el biopic "Nixon", con Anthony Hopkins.









Siempre polémico, Oliver Stone, viajaría en
2007 a Colombia a fin de participar, como observador y como
documentalista, en la liberación de tres rehenes del grupo guerrillero
de las FARC, operación humanitaria que recibiría el nombre de "Operación
Emmanuel"



















Clint Eastwood le ofrece uno de sus papeles más relevantes en el controvertido drama "Changeling", 2008, basado en parte en los asesinatos de "Wineville Chicken Coop Murders", aunque el film se centra especialmente en el personaje de Christine Collins, quien se reúne con su hijo secuestrado en Los Ángeles en 1928, sólo para darse cuenta de que el niño es un impostor.
Se estrenó como directora con el documental "A Place in Time", 2007, que retrataría la vida y sus problemas de supervivencia en 27 comunidades situadas en diferentes partes del mundo, en solo una semana; los compañeros y actores que trabajaron con Jolie en este proyecto fueron: Jude Law, Hilary Swank, Colin Farrell y Jonny Lee Miller.

















ROSARIO DAWNSON, impetuosa, irascible y apasionada princesa Roxana. FRANCISCO BOSCH (Bagoas, el eunuco persa): Plutarco relata un episodio (también mencionado por Dicearco) durante unas festividades a la vuelta de la India en las que sus hombres claman por Alexander para besar abiertamente al joven persa, que acababa de ganar un concurso de canto y baile: "Bagoas se sentó cerca de Alexander, lo que complació tanto a los macedonios, que hicieron fuertes aclamaciones para que besara a Bagoas, y nunca dejaron de aplaudir y gritar hasta que Alexander puso sus brazos alrededor de él y lo besó”.

ANTHONY HOPKINS (Ptolomeo) y CHRISTOPHER PLUMMER (Aristóteles) elaboran sus breves interpretaciones con la pureza documental que exige la historia.

Extraordinaria banda sonora del gran Vangelis.

