martes, 13 de noviembre de 2007

Betrayed (Brumas de traición)

Clark Gable madurito, pero todavía presa fácil de un público que siempre lo añoraba. No era ya el americano de "Camarada X", pero aún se permitió el lujo de jugar a los espías durante la II Guerra Mundial. Por tanto, se deja manipular a gusto por las consignas oficiales del alto mando, y, aunque siempre fuese algo cascarrabias y gruñón, le sale el lado tierno cuando, a pesar de todos los pesares que conllevaran los consabidos sustos y las persecuciones perpetradas por la ocupación alemana en casi toda Europa, aparece la sana chicarrona, sofisticada, guapa y listilla, para echarle el "cable a Mr. Gable (nunca mejor dicho) La señora, para que le vamos a contar, es nada menos que Lana Turner.


Y si hay en este film alguna escena memorable que resaltar es la de Miss Turner sentada sobre un piano (¡muy espía y muy cabaretera ella!) cantándole a los alemanes un "¡Johny come home...!", como para relamerse de gozo ¡Es una de esas secuencias de MGM para el recuerdo de los cinéfilos más cinéfilos. Y que sepamos, fue la única vez que la inolvidable Milady de Winter cantó. Por lo demás, la trama posee ese sabor del espionaje bélico, sabroso, agridulce, de los alegatos contra la guerra, con cierta vena populista, esta vez de la resistencia holandesa, que también lograron hacer tambalear la opresión nazi.

Victor Mature, que arrastra suspense final, entre la siempre insólita combinación que ofrecen los elementos patrióticos frente a un desdoblamiento vengativo que viene dado al enfrentarse a una realidad traumática e inesperada por parte de sus compatriotas, nos ofrece una de sus peores interpretaciones.

Anulados los prejuicios que promovían las grandes estrellas de Hollywood cuando se instalaban en films menores, podemos degustarla con cierta convicción contagiosa. Eran tiempos en los que el patriotismo yanqui o inglés andaba invariablemente a la que salta. Y no vamos a negar que siempre resultaba reconfortante que se le diera palos y más palos a Hitler y a su "Mein Kampf".
 

Mr. Gottfried Reinhardt enfocó acertadamente nuestros sentimientos en celuloide y en Technicolor, y cuando ya muchos galanes y grandes actrices de la época dorada de la Meca del Cine iban tomando sus últimos trenes, nos dejó, por lo menos la guinda final con la escena del piano ya comentada. Y le tomó el pulso lo mejor que pudo a los sufridos encadenados bélicos que nunca han alcanzado el crepúsculo de su existencia, porque los actos de barbarie y resistencia que se suceden durante las guerras siempre afectan y nos seguirán afectando. Además, no se pudo quejar, ya que tener a mano a Lana Turner, ¡huuuum!, fue todo un lujazo.


A veces los desmadres también apetecen, y si son de MGM, ¡mejor!