
En “In a Savage Land” se tambalea seriamente la proclividad científica, aunque nos lleva
hacia otra evocación tan audaz como la de situarse en la atracción de un
impecable realismo en cuanto a la imagen cinematográfica se refiere. Así, el film bascula sobre la doble influencia investigadora del inolvidable cineasta Robert J. Flaherty [1884-1951], al tiempo que se vale del más crudo realismo documental y el expresionismo
paisajístico más barroco. Cierto que la potencia emocional de la película parece brotar de un nuevo y ambicioso proyecto aventurero de la cinematografía
australiana al arrastrarnos a un gigantesco fresco de vida primitiva, y al
nacimiento de una solidaridad con esas poblaciones indígenas y casi olvidadas
que habitaban los territorios salvajes de la Nueva Guinea de la década de los 40. Y se mueve por tanto
entre un aliento de incontenible grandeza que hace trascender los límites de la aventura para acabar convirtiéndose en un insólito incentivo casi histórico, capaz de mantenerse entre un mundo ignorado, y también
determinado por un sostenido y estremecedor crescendo dramático, hasta lograr conseguir un tremendo y sugerente impacto sensitivo en el espectador. En consecuencia, el
espectáculo que nos ofrenda esta tierra salvaje, al convertirse en una especie de enfrentamiento de dos actitudes vivenciales
como son las del hombre civilizado de las grandes ciudades y el indígena postergado pero dispuesto a sostener esa vernácula forma
de vida, todavía casi arcaica y prehistórica, se abre con gran fortuna
a una nueva magnitud imaginativa e insólita de cineplástica al servicio también de una servidumbre pictórico-escenográfica no menos social que la entrelaza a la
historia de la humanidad. Y se sitúe donde se sitúe, fotografiando situaciones
de un primitivismo sorprendente, conseguirá integrarse eficazmente en el conjunto plástico de esa otra
dimensión humana tan lejana de nuestro mundo cosmopolita, para unirlo en
profundidad y a través de una inopinada y total inspiración capaz también de conceder un universo poético al citado primitivismo, para alejarlo del vasto retablo de las aventuras al uso, tantas como
nos deparó durante casi un siglo la cinematografía hollywoodense. Hay también, como no podía ser de otra manera,
una perspectiva real, que sin distanciarse
de esa fascinación plástica que ofrenda esta tierra salvaje tan ignota, tampoco rehuye
el angustioso desequilibrio que significó la Segunda Guerra Mundial en el
Pacífico. Y dado que el cine es un arte
receptivo de las inquietudes más vivas que perviven entre hombres y mujeres, la
poesía de este ya referenciada forma indígena de vivir tan alejada del mundo urbano alcanza al mismo tiempo una deseable
dimensión lírica, que tampoco rehuye de la simplicidad estética una magnífica
naturalidad temática aunada al romanticismo.





Recrear los marcos exóticos del Pacífico y sus lejanas islas comenzó a imponer en las películas de Hollywood dos vertientes: las del héroe que recorría las mismas de aventura en aventura, con ese funcionalismo narrativo ofrecido por el celuloide, y acercar así a la pantalla grande un mundo lejano y vertiginoso de audacias entre los cuales se barajaban los esquemas casi mitológicos de las mayores heroicidades del hombre, y por medio de los cuales el espectador podía vivir jirones de una vida intensa y apasionante entre ensoñaciones a las que nunca tendría la capacidad de acceder en el gris mundo de sus ciudades.



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Ambientada en Nueva Guinea, justo antes y durante la Segunda Guerra Mundial. El film empieza en Adelaida,
Austrailia Meridional, antes de 1938. Philip Spencer (Martin Donovan) imparte una clase de posgrado en antropología. Espera
ampliar la obra del antropólogo y
etnólogo Bronisław Kasper Malinowski (1884-1942) mediante un estudio de campo de varios
años sobre una comunidad de las islas Trobriand, [(también conocidas como islas Kiriwina, archipiélago de atolones coralinos situado al oriente de Nueva Guinea, en la provincia de Milne Bay, Papúa Nueva Guinea), cuya cultura
matrilineal fomenta las relaciones sexuales prematrimoniales. Necesita
que su alumna más destacada, Evelyn (Maya Stange), que posee una gran facilidad para los
idiomas, le acompañe, por lo que le propone matrimonio, y la joven universitaria acepta. La pareja decide viajar a la isla Trobriand, donde los comerciantes intercambian baratijas por perlas. Allí conocen a Mick Carpenter (Rufus Sewell), un buceador a pulmón que pesca perlas junto a los nativos. Carpenter no duda en afirmar que la recién llegada no aguantará ni seis semanas. Evelyn apuesta el reloj de su marido contra una de las perlas de las que guarda el buceador, sosteniendo lo contrario.
Carpenter valora con los nativos sus perlas, al tiempo, que el matrimonio se entretiene en tomar fotos del pueblo nativo.








Luego Evelyn se enfrenta al reverendo MacGregor (John Howard), ya que en la misión entregaron a las nativas sus ropas instándolas a vestirse con ellas, abandonar su desnudez y que se se
cubran los pechos. "¿Por qué no trajo algo útil, como medicinas y comida?", comenta sarcástico el reverendo.
.
.
Evelyn
llega a dominar el idioma nativo y a conversar con las mujeres. Discute con su marido, que acaba menospreciando
sus ambiciones como investigadora escudándose en sus propias
credenciales académicas y en la condición inferior de ella como
estudiante femenina. Evelyn también hace labores de curación entre los indígenas. Y el reverendo la felicita llamándola una nueva Florence Nightingale.












Philip
también sigue tratando de comprender la vida de los nativos y por medio
de un joven intérprete pregunta sus formas de comportamiento y sus creencias.






Pero el reverendo, que al principio parece mostrarse amable con Evelyn,
se niega a aceptar las relaciones del matrimonio recién llegado a la
isla con los nativos a los que llama desgraciados e insiste en que el
Gobierno lo ha enviado hasta allí para "hacerles bajar de los árboles y conducirlos hasta el siglo XX", y ejerce sobre ambos ciertas amenazas de expulsión de la misma. 

Philip y Evelyn tienen sus diferencias con respecto al estudio en que ambos se hallan interesados sobre la vida indígena en la isla "Dijimos que íbamos a estudiar el dominio hombre-mujer". Y Evelyn le pide la cámara de fotos, él le
niega el permiso para usarla, alegando que podría romperla. En aquel momento llega Carpenter
al bungalow y les trae el correo. Ambos le invitan a pasar e intentan durante la noche llegar a comprender el porqué de las aventuras de Carpenter como
buscador de perlas en la isla.
A la mañana siguiente Evelyn toma
la cámara, sin consultar a su marido, y se dispone a salir a fotografiar el ambiente más recóndito
isleño. Fotografía a dos indígenas ocultos en una cueva,
cometiendo una relación tabú. El reverendo se presenta también en la playa donde se halla Philip en aquel momento y
mantiene una conversación con él y con cierto aire amenazador lo mismo que hizo con su esposa.









































































































































































































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