lunes, 29 de febrero de 2016

Niagara (Niágara)

En aquel tiempo, los niños no salíamos de nuestro estupor. Frente al globo engordado del gran programón cinematográfico: ¡qué imágenes!, ¡qué apariciones!, ¡qué planos!, ¡qué colores!, cada tarde se trocaba en sábado, aunque no lo fuese. Nos aupábamos en cada escalón inmediato a la cartelera, como para mirar en el mapa de la fantasía. ¡Cuántos suspiros! Las fachadas de nuestros entrañables y familiares cines de barrio acogían nuestros júbilos y deseos; ¡prometían tanta felicidad!: era como una adivinación de la ansiedad de los poderosos, que cavilaban sus sueños y los nuestros, revolviendo los arcones de aquella heredad regidora y misteriosa, que todos conocíamos por Hollywood. Y que, pese a la distancia, sentíamos vivir en la vida de cada uno de nosotros, porque nos aguardaba en la enorme sala cinematográfica, caliente y luminosa, despidiendo desde la pantalla toda su magia dulce, sensitiva y llena. Y que así parecía creada, por nuestro antojo cinéfilo, para nuestro servicio y complacencia. Y exigíamos tan amada servidumbre, porque toda ella era nuestra. ¡O para nosotros o para nadie!

¡¡¡M. M.!!!





¡Aquellas mâtinées, todavía tiernas y ligeras, aún se reclinan con dulzura en mi memoria!: ¡Ah tarde del reestreno de "Niágara"! Carteles atrayentes, en goloso y chillón Technicolor, que reflejaban escogidas secuencias o rushes de la película, con la promesa encandiladora de la belleza exuberante y "perniciosa" de una ya súper encumbrada, Marilyn Monroe, de carnosos y diabólicos labios rojo-tomate y de "vergonzosos" cabellos rubio-platino a lo cocotte barriobajera, y de los que ya nuestros papás habían degustado cierto adelanto, allá por la década de los 30, con la guasa parlanchina y picaresca de una desmadrada, bellísima, y no menos inolvidable vamp, que se llamó Jean Harlow, y a la que nosotros, niños de los 70, descubrimos por casualidad en una reposición dominguera de la disparatada y jocosa "Mares de China".
   


Primeros apogeos y "perigeos de Marilyn...





Una Marilyn Monroe, finalmente, enaltecida y aplaudida, y cuya trayectoria, un tanto balbuciente hasta entonces, parecía enfilar ahora con paso seguro la senda fulgurante que conducía hasta ese mundo de pantomimas, ingrato y no por ello menos soñado, que configuraran los oropeles remolones y vennenosillos de la fama (pues, no en vano, la publicidad del momento recalcó vehementemente esta ansiada y flamante faceta de catapultada star con que la Monroe y su portentoso estallido, vector del mundo de la popularidad pasó por fin a ocupar su correspondiente podium de nueva diosa entre los efímeros fastos de aquel desagradecido y marrullero Hollywood de nuestras entretelas y fantasías), colmando con ello esperas entusiastas de quienes ya la habíamos amado de antemano entre aquellas esporádicas apariciones que habían salpicado ciertos films anteriores (¡oh sed de las de entonces en la que se hallaban contenidas todas las promesas de nuestras avideces! Verdad lírica que avivara nuestro incentivo de comer, pero no siempre de lo mismo). Films algunos de ellos fácilmente olvidables de no haber sido porque ella asomaba por los mismos, cual camafeo fulgurante y chisporroteador de primerizos relumbrones mítico.























¡Qué decir que no se haya dicho ya de esa combinación fascinante de mórbidas ternezas y persuasiva ingenuidad que de ella emanaba; de aquel incuestionable glamour realzado por panorámicos y "Cinemascoperos" cromatismos, tributarias etiquetas de un triunfo "made in Hollywood" largamente acariciado; y de aquel irrepetible "sexual touch" que su impresionante belleza ofrendaba! Predominantes trapicheos (¡tuvimos aún que esperar tanto para descubrir lo buena actriz que en realidad era!) en cuyos esclavizadores precintos la gran fábrica de sueños norteamericana habría de apoyar la venta enfervorizada y rentable de su imagen, al tiempo que rebosar sus arcas mercantilistas con la piratería y los lengüetazos de un morbo publicitario, cacareador de futuros escándalos y mojigaterías "toca narices", prestas a atentar contra bien predispuestas (al pasmo, a la befa y al ludibrio) "éticas confederadas"

 

"O. Henry's Full House"



Prodigio adorable de espontáneo y tierno rebullir, como de bello animalito acorralado, fue una de las primeras instantáneas que captamos de la Monroe, y que no nos pregunten el porqué, en una de aquellas amadas sesiones cinematográficas con programa doble de la 20th Century Fox, y con secuencia impagable de un Charles Laughton elocuente, histriónico y caballerosamente majadero, gentleman venido a menos, quien, tras embobarla primero con su dandismo démodé, acababa luego por poner a sus pies el encaje burlesco y emotivo de su quijotismo adorador de damiselas desconocidas, dejándola conmovida y trémula, ¡ay tarde antigua!, y con aquella carita de desorientada ingenuidad que tan sólo ella sabía prodigar, en "O.Henry's Full House" ("4 páginas de la vida")


"Monkey Business"








O hubo quizá, poco después, algún atisbo vergonzoso (propio de aquella educacioncita con que se exaltara, allá por los 50, el auténtico e incorruptible rosario cristiano de la moral y el decoro, siempre atento a acechantes tararís de "Perdición"), o cuatro velados cosquilleos, y hasta alguna picazón de regustillos prohibidos, ante aquella primera visión de su ya promovido e indiscutible potencial erótico (y es que tras aquel rebuznante gongorismo cortejador de la hembra exuberante, resultaba imposible silenciar una lubricidad de inmediatas resonancias míticas), cuando, con todo el mullido linaje de su candor, alegórico símbolo de la más bella singularidad clásica convertida en mujer, nuestra jovencísima Marilyn mostraba a un grandullón, gafitas y siempre apetecible Cary Grant (rejuvenecido patinador y trampolinista, unos minutos más tarde, en deliciosa compañía de nuestro mito, por obra y gracia de los irracionales tejemanejes químicos puestos en solfa por un inolvidable chimpancé),... le mostraba, iba yo, los "acetatos" por él inventados, recubriendo, en forma de medias, la base perfecta de sus extremidades inferiores, ante la repentina y atónita mirada de un Charles Coburn, gran jefazo, que luego, tras gozosa conclusión, proporcionada por el brebaje del simio alquimista, terminaría por perseguirla, con un sifón entre las manos, por el atestado laboratorio de la empresa, tal y como acaba haciendo a la larga, con o sin la cooperación de la química, cualquier boss que se precie con secretaria "quita-hipos", en la estupenda comedia de Howard Hawks , "Monkey Business" ("Me siento rejuvenecer").

Y así podríamos seguir, como quien describe el ritual de los "elegidos" por la siempre efímera fama, extendiéndonos sobre nuestro irresistible mito cinematográfico hasta el fin de su vida, aunque, dada la gran parte de tristeza que acompañó la existencia de nuestra inolvidable y rutilante Marilyn Monroe, nunca sabremos si ella, en realidad, hubiese querido lograr este honor mítico que hoy le otorgamos.


 











































Y llegó Henry Hathaway


 


Este burócrata, gran hombre de negocios, jamás gustó de autofinanciarse (excepción hecha de seis de sus sesenta y pico películas). Había ganado cierto prestigio como especialista en westerns, cine negro y de aventuras. Pese a que las críticas nunca le hicieron justicia, y que los miembros de la Academia le negaron cualquier galardón, sus films conocieron grandes éxitos de taquilla. Quizás por ello le llovieron las ofertas de los grandes productores, puesto que todo el reconocimiento artístico que se le negaba como director, progresaba, inversamente, de modo regular y satisfactorio en sentido crematístico.
A pesar de todo, acabó por convertirse de este modo extraño en mago de grandes conmociones fílmicas, que no parecían heredadas de ningún otro maestro. Por alguna razón, temía encerrarse en la perspectiva claustrofóbica de los estudios. Sorprendentemente astuto, Hathaway jamás privó a sus espectadores de los vestigios más proféticos del heroismo, nos dejó atisbar las ilimitadas delicias de la ilusión, y exageró cuanto pudo las inmensidades paisajísticas más genuinas, o las oportunidades magníficas que ocultaran en su cajón de memorias las turbulentas ciudades norteamericanas. El cine estará siempre en deuda con él porque sus anhelos más íntimos recorrieron, a través de la cámara, la preeminencia de los exteriores más misteriosos y soberbios de este planeta. 
Henry Hathaway galopó de nuevo cuesta arriba, albergó una nueva esperanza de éxito fácil, y transformó al ángel Marilyn Monroe (que tanto atraía ya a suspirantes multitudes y que empezaba a caminar sola entre el tráfago hollywoodense) en deslumbradora y pérfida adúltera, esenciada por un secreto de culpabilidad homicida. Fue, en efecto, como rezaba el slogan del film, "un rabioso torrente de emoción que naturaleza alguna podía controlar".

 
"Niágara" poseyó, ante el sofoco apasionado de nuestra infancia, todo el desenfreno cromático capaz de rasgar el cortinaje que encubriera el brasero ardiente de nuestras fiebres cinematográficas. Llegó hasta nosotros con la ofrenda desbordada de una novísima y super lanzada Marilyn. Pero no era esa la explicación única. Deleitándonos en su contemplación, Hathaway abría nuestro creciente consorcio de presiones cinéfilas con dos flamantes maravillas descubiertas por la Fox: ¡la Monroe y las cataratas del Niágara!

Joseph Cotten

 


La película fue un melodrama acuoso, tentador, y rebosante de sensuales obsesiones maniqueas, frente a los celos desmadrados de un Joseph Cotten inususal y magnífico, que codificaba el honor de marido engañado con la idea irrefrenable de la venganza, apetitosamente condimentado así por la pimientilla del suspense criminaloide, y de una milimetrada artesanía, que haría las delicias de toda lengüetada forofa con ese taste sublime de lo irrepetible. Y que, por supuesto, los pífanos mitificadores del tiempo no harían sino revalorizar.









Un vestido rojo


 







































(Henry Hathaway (director), Charles Brackett (guionista), Joseph Mac Donald (fotógrafo) y Sol Kaplan (músico) volaron en picado, como golondrinas menesterosas, favorables, protegiendo a la medusa Monroe (una vez más, íntimo fermento alado dentro de sí), en sus idas y venidas emocionales donde, en efecto, no predominaban más sentimientos que los de una rebeldía que oscilara entre el deseo y el temor de no ser deseada; y porque en el film no existe una historia de amor al uso, sino únicamente transferencias pasionales, con pequeños extremos malvados de sensualidad fulgurante, donde la heroína se permite todos los desenfrenos posibles entre un sigiloso y absorvente juego de infidelidad en el que será el azar quien juegue al esquema del  asesino asesinado. Eso sí, Hathaway casi nunca nos concede sosiego al exponer con certera precisión sus postulados, y en consecuencia nos mete de lleno en serios embites de pasión, celos, despechos y venganza, y no duda en abusar de la panorámica majestuosa de una Marilyn Monroe al servicio de la cámara, coronada por un aura de irrefutable amoralidad, pero que sin amilanarse ni por un instante, logra salirse de todos los tópicos de la convención. Casi comprendida y admirada por sus vecinos Jean Peters y Casey Adams (típico ejecutivo yanqui y marido de quita y pon de la Peters -en el film- que exclamará al ver a la Monroe con su vestido rojo: "¡Hi, hay que preparar la manguera contra incendios!"), será adúltera sin cargar las tintas del tremebundismo. Así, su desdén y su ironía jamás se erigen en transcendentes, porque en su conjunción de sentimientos de infidelidad palpable, se prodigará el aburrimiento asfixiante de la hembra exuberante ante la anuladora y violenta pasión masculina, siempre exacerbada por los celos desmedidos y la debilidad, finalmente, criminal, del obsesionado e insufrible marido de turno. Hathaway no duda, pues, en exponernos que son pocas las alegrías del amor frente al hastío de una vida conyugal no deseada, porque, al cabo, será el  marido celoso, que tampoco tiene la conciencia tranquila, quien preparará también, a imitación de su adúltera esposa, el golpe traicionero, capaz de condenar a muerte aquel extraño ensueño que equivocadamente consideró amor. Pero no hay mujer que no halle su minuto para desertar, y proclame, descaradamente si se quiere, que no puede evitar que los hombres pierdan la cabeza frente al placer sublime que genera la belleza. Y ya sumergidos en el hechizo, arrebatados por una especie de mágica embriaguez, abriremos la frontera de nuestra veneración y agradeceremos el paso vacilante, casi irónico, con que la adúltera se desliza por la pantalla, legando a una degustadora posteridad, en medio de un tumulto de desbordante exposición cromática, primitiva, casi prohibicionista, y que arrastrara cierta influencia enloquecida a lo Miguel Angel, esa antología de fulgor rojizo cereza con que Marilyn Monroe, tras apoyarse un segundo en una de las jambas de la puerta de su bungalow, llenaría el white screen de nuestros sueños con su ya citado vestido rojo; y que dándole achares al traumatizado (por la vomitativa guerra de Corea) Joseph Cotten a los sones, melifluos y de estremecedoras cadencias eróticas, de su "Kiss me", acabase por enseñorearlo todo: decorado y cataratas, con aquel rostro único al que se intentó pintarrajear con imposibles tintes criminaloides.

 

Clímax 

 

















































Ya lo sabía Hathaway. Y se lo trabajó bien. ¿Qué hacer en ese trance? Dejar sentir sus huellas, aunque no fueran tiempos viejos de aventuras... En la oscuridad, cuando el paso diabólicamente bello y trapalón de Marilyn Monroe ofrece su tacto sedoso y rojo, va tras sus pensamientos y los nuestros como ante una invocación de brujería. Temblamos ante la visión de lo nuevo. Dejamos a Joseph Cotten abrasado por coléricas bilis sin un mal trago de sedante whisky que echarse a la boca. Y así amanece en Niágara. De repente, la adúltera se aburre. Sospechas a flor de piel. Juego de insostenible equilibrio sentimental entre el matrimonio. Plot urdido por la cónyuge y el tunante guapo, amante de turno (Richard Allan), que saborea tanto humedecido "besuqueo" de infidelidad junto al panorama colosal de las cataratas. Adivinación de la voluntad de nuestro adorado mito en cuanto a montaje de "cornamentas". Joseph Cotten despabila. La inesperada muerte del Allan, "activada" contra toda previsión por el marido amenazado. Y tras el síncope de la Monroe al descubrir el malogro del plan, su huida desesperada, culminación del tinglado criminaloide! ¡Y èccole qua!, allí, frente a esa eternidad y fugacidad de las gigantescas cascadas, el tiempo se queda inmóvil y solo, porque, ¡oh pavor de pavores!, ¡mal infarto te dé!, Joseph Cotten estrecha el cerco a la aterrorizada Marilyn (cosa que ya no le perdonaríamos nunca), la arrincona por fin ("con su impecable traje sastre de color negro",... "la creatura bella nero vestita" que hubiera inmortalizado, probablemente, don Victor Hugo) en la torre-campanario de la city, y acaba por estrangularla "como moralina a mayor gloria de honras martirizadas y otras martingalas por el estilo" Y, naturalmente, como digno remate a tanto embuste y a tanto cachondeo erótico y "envilecedor" desparramado por Marilyn Monroe a todo lo largo de la "peli", porque no podía uno, o una, en este caso, ser guapa a rabiar, y espolvorear la magia de su belleza, como hacía la Campanilla de "Peter Pan" con su chirimiri estelífero, fuera de los cánones impuestos por los feos y las feas, o por los menos guapos del resto del globo terráqueo, en cuanto no se circunscribiese al tan cacareado cáliz, ¡porque es un cáliz!, de la decencia y la moral, en su sentido más estricto, "Hays Codex" al canto.
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Fama...



 
Fue así, por tanto, con todo aquel primer centelleo de malignidad apetitosa, tirando a zurriburri; con todo aquel aura de casada infiel que quisieron endilgarle, pero que nos importó un bledo, dada ya nuestra manifiesta predisposición a amarla por los siglos de los siglos, como el gran mito cinematográfico de los 50 y 60,  ¡cine de nuestros traumas de cada día!, ¡faro que llamara a la tempestad y la iluminara, oh Marilyn excelsa!, diera el inicial "do de pecho" que tantos cinéfilos estuvimos esperando (ya preludiado, no obstante, y a fin de refrescar alguna que otra memoria, por su estupenda interpretación de babysitter un tanto desequilibrada en la olvidada, y por muchos ignorada, "Don't bother to knock", aquí titulada "Niebla en el alma", de Roy Ward).

 


"Hall" de la fama que tan cara habría de costarle; caminito inquisitorial por el que ella se paseó, sublimado por regodeos cimbreantes con captación de cámara golosa, ensimismada ante sus contornos con fijeza de robot (¿sería una admiración aquello del "Klaatu Barada Nikto" de "Ultimatum a la Tierra"?). Irrepetible deliquio de Henry Hathaway. Comportamiento y esplendor (el de la Monroe) que la buena de Jean Peters, entre diálogo y diálogo con Joseph Cotten, y aceptando una imagen de total vulgaridad glamourosa en favor de los resaltados encantos de su compañera de reparto, con un altruísmo increíble, siendo como era, también ella, una muy apetecible hembra y vamp hollywoodense, acabaría por comprender y hasta justificar, ¡devaneos incluidos! 





(Actuación esta que, poco después, Jean Peters no dudaría en imitar, bien que maravillosamente, en el magnífico thriller, de toque McCarthysta, y, según tengo entendido, inicialmente pensado para Marilyn, what a pity!, que fuera "Pickup on South Street" ("Manos peligrosas" de Samuel Fuller).

Fragmentos
27 de Agosto: Estoy inquieta y nerviosa y dispersa y asustadiza- hace unos minutos casi tiro una bandeja de plata- en una zona oscura del plató- pero sabía que no podía permitirme expresar nada que realmente sintiera, de hecho no me atrevería porque seguramente no me detendría ahí. Justo antes de eso casi vomito el almuerzo entero. Estoy cansada. Estoy buscando un modo de interpretar este papel, llevo la vida entera deprimida hasta donde puedo recordar- Cómo puedo ser una chica tan joven y tan alegre y tan llena de esperanza- Lo que estoy utilizando es aquel domingo de cuando tenía catorce años, porque fui todo eso aquel día -Por qué no puedo utilizarlo más consistentemente, la concentración se me dispersa casi todo el tiempo -algo me precipita en la dirección opuesta casi todos los días que puedo recordar. Tengo que trabajar mucho en mi concentración-empezando quizá por las cosas más sencillas.


"Qué era eso ahora -hace un momento- era mío y se marchó- como el rápido movimiento de un instante que se marchó -porque lo sentí como algo que empezaba a ser mío" 














HOMENAJE: "KISS ME, MARILYN"



¡"Kiss me", Marilyn, pese a tu sonada condena por tanto resquebrajamiento ético y corrosivo airecillo de hembra insurgente, capaz de enfrentarse a tantísimos purificados cimientos de intolerancias morales! 
¡"Kiss me", Marilyn, pese a aquella enraizada y musiquera oración de los siempre exagerados puritanismos (así en los núbiles USA como en la provecta Europa), eternamente promovidos en modélicos hogares de muy robustos pilares tradicionalistas, que, más allá de la década de los 50, y como acometidos por siniestros estertores de un mundo en extinción, contemplaba horripilado la sublimidad inminente de una obligada "revolución sexual". 

¡"Kiss me", Marilyn, por mucho que les doliera a aquellas abuelas y madres (con ellas sobraban todos los "Hays Codexs" de la tierra) que presidideran, ya de antiguo, con sus pundonorosos y contundentes fervores de matriarcado, esa especie de Taj Mahal de marmóreas purezas, erigido para el ensueño futuro (el único permisible, aparte de la mística conventual) de sus "contratadas actuaciones procreadoras", dentro del rutinario encuadre legislativo de una mercenaria (o condotiera, como dicen otros) sociedad, encargada de reglamentar desde siempre el gran cast del macho y de la hembra a lo largo y a lo ancho de este gran valle desesperanzado y lloricón que es la vida!

"Kiss me, forever", Marilyn... 
and don't cry, please"


 





¡"Niágara" acabó por convertirse en uno de los "thrillers" más eróticamente saludables y pedagógicos que, para nuestro gozo, recordamos los cinéfilos! Además, es precioso, imagen por imagen. Naturaleza incorporada a la carne de Marilyn Monroe, linde por linde. Y en la linde, nace el agua, y el agua es "Niágara", y "Niágara" es ya el eterno Olimpo del mito: ¡Marilyn Monroe!"