jueves, 18 de septiembre de 2008

All quiet on the western front (Sin novedad en el frente)

"Esta historia no es una acusación ni una confesión, y mucho menos una aventura, ya que la muerte no es una aventura para quienes se enfrentan a ella cara a cara. Sencillamente, intentará relatar la historia de una generación de hombres que, aunque lograron escapar a sus bombas, quedaron deshechos por la guerra"


Conceptos aprendidos que expirarán en los campos de batalla. Atildaduras patrióticas frente a la aspereza de la amenaza, juventud interrumpida que, con inconcebible entrega, valerosa y leal, se ve arrastrada a ese infantil sueño de glorias bélicas; hora confusa de la guerra. Llama furiosa de esa condena implacable de las abominaciones. Profundo ámbito de silencios en el que el hombre, más tarde, vagará doloroso, perdida toda conciencia de heroicidad. Largo corredor del deber, sin respeto a la desesperación, ya sin patria, tras el cual jugarán a aniquilarse sus propios autócratas. Sueño de lágrimas, curso del mundo que nos mantiene cautivos. Vida implorada en vano, dulce despedida del tiempo, preludio de duelo. Vértigo viril y absurdo que no alumbrará un nuevo día. Ebria temeridad, terquedad del hombre, eterno mendigo entre sus escombros privativos, y cuyos antiguos días plateados se sumirán únicamente en su postrer templo de silencio: la muerte. Imperios que se fueron, aquellos que creyeron vislumbrar y labrar el futuro del mundo, y que tan sólo, siglo tras siglo, acabaron representando un pasado. Un pasado constantemente sepultado.

 




El gran sueño del Apocalipsis

El profesor tendía su mirada sobre la faz de sus alumnos. Por los ventanales de par en par, una pueril animación vocinglera vibraba por plazas y calles. El desfile militar, trepidación apasionada que provocaba un larguísimo hálito de entusiasmos, no restaba méritos a la ardiente conmoción que lo inspiraba. Investidura de generosa hospitalidad que, lejos de practicar la regla de la solidaridad en este mundo, únicamente alimenta su esperanza patriótica. Esa premisa arcaica de que se valen los países para respirar con ansia por los resquicios de sus puertas entornadas, sofocándose, acechándose unos a otros, hasta que sus recios y labrados portalones de orgullo se abren por fin, como encendidos por ráfagas de impaciencia, y una llama de calentura deriva en el clamor apocalíptico de ciertos criterios didácticos basados en sueños de poder y grandeza; avasalladores y ambiciosos, insumisos y propagandistas, tras los cuales madura la idea de la guerra: "Ahora, mis queridos alumnos, esto es lo que debemos hacer. ¡Atacar con todo nuestro poderío! Poner todo de nuestra parte para lograr la victoria antes de que acabe el año. Me muestro remiso a olvidar este tema. Vosotros sois la vida de nuestra patria, muchachos. Sois los hombres de hierro de Alemania. Sois los héroes alentadores que repelerán al enemigo cuando os convoquen. No me corresponde a mí sugerir que alguno de vosotros deba levantarse y ofrecerse a defender a su país, pero me pregunto si esa idea corre por vuestras mentes. Sé que en uno de los colegios los alumnos se pusieron en pie y se alistaron en masa. Pero, claro, si eso sucediera aquí no me culpéis por sentirme orgulloso. Tal vez algunos digan que no se os debería permitir ir aún. Que sois muy jóvenes, que tenéis hogares, madres, padres, de los cuales no deberían separaros. ¿Acaso nuestros padres descuidarían tanto a su patria que la dejarían morir en vez de a vosotros? ¿Son vuestras madres tan débiles que no pueden enviar un hijo a defender la tierra que le dio vida? Y después de todo ¿tan malo es para un chico adquirir un poco de experiencia? ¿Es el honor de ponerse un uniforme algo que debamos rehuir? Y si las jovencitas se enorgullecen de aquellos que los visten ¿es algo de lo que debáis avergonzaros? Sé que nunca habéis deseado ser adulados como héroes. Ésa no ha sido parte de mis enseñanzas. Hemos procurado hacernos merecedores de ello y no buscar el elogio. Pero ser el primero en la batalla es una virtud que no debe despreciarse. Creo que será una guerra rápida y que sufriremos muy pocas pérdidas. Pero si hay pérdidas forzosamente, entonces recordaremos la frase latina que a buen seguro dijeron muchos romanos cuando luchaban en tierras lejanas: "Dulce y digno es morir por la patria" Algunos quizá tengáis ambiciones. Sé de un joven que tiene un gran futuro como escritor. Ha escrito el primer acto de una tragedia de la que se enorgullecería uno de los grandes maestros. Y supongo que él sueña con seguir los pasos de Goethe y Schiller, y espero que así lo haga. ¡Pero ahora nuestro país nos reclama! ¡La patria necesita líderes! Las ambiciones personales deben dejarse a un lado en nombre del gran sacrificio por nuestro país. He aquí un glorioso comienzo para nuestras vidas. El campo del honor os reclama. ¿Por qué estamos aquí? A ti, Kropp, ¿qué te detiene? Tú, Müeller, ¿sabes cuánto te necesitan? Ah, veo que miras a tu líder, Paul Bäumer. Y me pregunto qué harás... ¡Iré! Quiero ir. Contad conmigo... ¡Yo también! Estoy preparado... Yo no me quedaré en casa... ¡Seguidme! ¡Id a alistaros! ¡Se acabaron las clases! ¡Cantemos, vamos!...

Prosperity & Crack

Los felices 20 habían creado un sugestivo armazón de turbio y arrollador pintoresquismo en aquella despreocupada excepcionalidad social de Estados Unidos que se vino abajo con el espectacular y catastrófico crack bursatil de 1929 en Wall Street, y que sumiera a la nación en la más terrorífica e inesperada depresión económica que registraran los anales del mundo. La tormenta coincidió con el advenimiento del cine sonoro. Este auténtico desastre nacional ensombrecería el rostro del país más poderoso de la Tierra. Sociedad emergente por encima de las convencionales barreras geográficas, políticas y sociales, que, desoyendo voces agoreras, creyó en un eterno espejismo de bienestar sin límites, y que cantaría a voz en grito su difuso optimismo en un sistema capitalista que había visto la luz por entre los reflejos de aquella década desenfrenada, de tan engañosa como afamada prosperity; y que, como muchas veces se dijo, siempre quiso ver gigantes donde tan sólo se alzaban los previsibles y volubles molinos de viento. La realidad de la vida americana conocería, por tanto, los más infaustos años de postración de su historia: los grandes monopolios cayeron como conceptos viejos y encallecidos. El paro obrero sintió, por primera vez, su agonía por entre una fosca desnudez de la que nadie se compadecía, y que se palpaba en aquel sol de su florecimiento que perdiera de golpe su rítmico pulso, y al que todos habían concedido larga vida. Pulso que ahora se hallaba extraviado, como si se buscase a sí mismo sin volver a encontrarse jamás. Los problemas agrarios acabarían, de igual modo, enconándose en cada piedra de sus sendas desorientadas que tan sólo recibían un viento de desolación y de horizontes moribundos, frente a los que era menester cerrar los ojos, y rotar hacia otras comarcas recónditas, a fin de abrirlos en otros lugares, a veces empapados también por sus noches gemebundas, por el diálogo áspero e imposible entre los hombres, y por ese ansia de compasión que les permitiera poder estercolar huertos de nuevas esperanzas.

El cosmopolitismo americano no menos delimitado por la depresión, pero que, no obstante, lograría mantener un difícil equilibrio de supervivencia algo más alejado de la crisis en las zonas fabriles y agrarias de los gigantescos estados norteamericanos, generaría una necesidad casi patológica de evasión y de hallar algún tipo de esparcimiento al precio que fuese. En consecuencia, sería la industria cinematográfica la única que quedase vacunada frente a la gran tragedia social que se abatía sobre aquella Norteamérica terroríficamente deprimida.

Hollywood no sólo no perdería terreno a través de tan desmesurada crisis, sino que ascendería como ciclópea cúpula parroquial. Feriando como un magnífico mundo en auge, capaz de poseer la más potente y atractiva semilla corporativa por entre los desalentados efectos morales que en los ciudadanos generase el gran colapso económico.

Y serán los intelectuales, como sucede siempre ante los traumas, ya no tanto espirituales, sino los que engendra cualquier súbito despertar a una amarga realidad de desasosiego social, los que darán paso a esa enorme araña que, desjugada entre la crónica trenzada por los alambres del infortunio económico, quedaría colgada sobre la lápida de la perdida prosperidad norteamericana. Grandes novelistas como Theodor Dreiser ("American tragedy"), Sinclair Lewis ("Babbit"), John Steinbeck ("The grapes of wrath"), John Dos Passos ("U.S.A" -trilogía-) Erskine Caldwell ("Tobacco road"), y Upton Sinclair ("Mountain City"), acabarán poniendo el dedo en la llaga de aquella sociedad estadounidense cuyo sistema democrático se vanagloriara siempre de una institucionalidad potentísima e inquebrantable frente a cualquier conato de crisis, basada desde sus recientes orígenes en el más difuso de los optimismos capitalistas. Gigantesca nave de prosperidad que marchara viento en popa durante aquella década de grandes horizontes sembrados de plenitud; que tuvo, por lo general, demasiada prisa para detenerse en cualquier tipo de justificación, y a la que, forzada por los torbellinos de su engañoso bienestar, le habría resultado estúpida e inadecuada aquella famosa locución socrática: "¡Cuántas cosas, cuántas de que no tengo necesidad!"

 

El Séptimo Arte, lógicamente, capaz de trasplantar piedra a piedra esa cúspide de prestigio que sobre la nueva sociedad del desencanto y de la depresión alza aquella extraordinaria generación de grandes valores literarios, se identifica, por medio de su consabido calco maníaco a través del marco rectangular de la pantalla, al que ahora se añadirá la atractiva innovación del sonoro, con tan exhaustivo y conmovedor retrato social como el que refleja la ingente obra de sus grandes escritores. No obstante, las limitaciones técnicas de metraje y representación de la palabra o extensión dialogada de la novela habrán de verse reducidas por la exigible coherencia que hayan de reflejar las imágenes habladas. La elección de Franklin D. Roosevelt, que gana las elecciones en 1932, inaugura una nueva etapa conocida por New Deal, que promoverá un esperanzador reformismo tanto en el campo económico como social. Hollywood, con sus ruedas mejor engrasadas que nunca, revela un vigoroso progresismo testimonial al que se fundirán los mejores alegatos cinematográficos de la década de los treinta: Mervyn LeRoy dirige "I am a fugitive from a chaing-gang" ("Soy un fugitivo"), 1932, feroz denuncia, basada en un hecho real, de las inhumanas condiciones en que se hallaban los presos en las cárceles de Georgia, y en la que Paul Muni encarna magistralmente a la trágica víctima de un error judicial. Chaplin crea uno de sus mejores retablos satíricos del desempleo, crítica a su vez del terrorífico maquinismo industrial y de la inhumana explotación del hombre por el hombre con "Modern times" ("Tiempos modernos"), 1936. Fritz Lang previene a la sociedad sobre los horrores de los linchamientos con su violenta "Fury" ("Furia"), y apercibe a todo espectador de las injusticias que se suelen cometer con cualquier ex-presidiario que desee reincorporarse a la vida civil en "You only live once" ("Solo se vive una vez"), ambas también de 1936. Las sanguinarias actividades del Ku-Klux-Klan son llevadas a la picota por Archie Mayo en "The black legion" ("La legión negra"),1937; William Wyler expone su diatriba contra la miseria de una infancia relegada en los barrios periféricos neoyorkinos de peor renombre en "Dead end" ("Calle sin salida"), 1937, y la terrible situación de los campesinos vive uno de sus más conmovedores retratos sociales, del que resulta imposible descartar el siempre impactante balance pesimista, con "The grapes of wrath" ("Las uvas de la ira"), 1940, de John Ford, y "The land" ("La tierra"), 1942, de Robert Flaherty. "All quiet on the western front" ("Sin novedad en el frente"), de Lewis Milestone, con un estremecedor despliegue de medios que todavía hoy nos asombran, y basada fielmente en la extraordinaria novela del escritor alemán Erich María Remarque, inauguraría la producción americana de 1930, consiguiendo el Premio de la Academia al Mejor Director y a la Mejor Película. Prohibida en Alemania, se convirtió en uno de los más violentos y preclaros alegatos contra la absurdidad de la guerra que ha producido jamás el cine.

 

Un autor vetado por el III Reich

 

















Erich Paul Remarque, de nombre literario Erich Maria Remarque, había nacido el 22 de junio de 1898 en la localidad alemana de Osnabrück. Retirado a partir de 1932 a la localidad Suiza de Porto Ronco, junto al lago Maggiore, moriría el 25 de septiembre de 1970 en Locarno. Autor de grandes novelas, la mayor parte de ellas trasladadas a la pantalla: "Tres Camaradas", 1937, "Arco de triunfo", 1946, "Tiempo de vivir, tiempo de Morir", 1954. Sus últimas obras serían "El obelisco negro", 1956, "La noche en Lisboa" 1963, y "El cielo no tiene favoritos", 1963.

 


Pero, sin duda, su novela más famosa, publicada en 1929, sería "Sin novedad en el frente". Gran relato y símbolo inconfundible de su profundo antibelicismo. Composición inolvidable, desdeñadora de peripatéticas prédicas en pro de la ostentación y jactanciosa escenografía de todo un país: Alemania, obsesionado por aquel constante y tortuoso efecto teatral (por desgracia, reiterativo, ya que renacería a partir de 1936) al que sus habitantes, jóvenes y maduros, tributaran un solemne memorial de prestigio y superioridad frente al resto de Europa: "patriotismo, deber, guerra". Una ilimitada carga de pasión y fanfarronería que acabaría transformándose en dos de las más dramáticas ceremonias bélicas del siglo XX. Alegrías y dolores, gritos y lamentos, ejecución capital de un nuevo mundo inventado por especuladores del honor; guerras de políticos capaces de condenar a muerte toda una forma de vida y el espíritu apacible del tiempo. Extremismos partidistas de la violencia y el odio, basados en una primacía étnica y cultural. Motivo de orgullo para un pueblo cuyas indiscutibles cualidades y defectos se subrayaron en un discorde y confuso grito de guerra que lo arrastraría hasta el colmo del paroxismo.

1ª Guerra Mundial





Remarque había participado en la I Guerra Mundial, y en su novela plasmaría, como lo habría hecho un hierro candente en su recuerdo generacional, aquel espectáculo de impiedad y atroz inhumanidad en que acaba convirtiéndose toda conflagración bélica. Estilete implacable capaz de diseccionar el sufrimiento, la audacia y la acabada expresión dramática de una fiel camaradería entre soldados, cuya transformación jamás podrá reintegrarlos, como le sucede al gran protagonista de la novela, a la reaccionaria y patriotera existencia comunal que dejaron tras ellos: "Nuestra obligación consiste en hacer todo aquello que, en tiempo normal, es abominado por todo el mundo, y castigado con la última pena: ¡asesinato! No existe ya la menor posibilidad de hacer distinciones entre estas caras de niños y sus barbas apostólicas. ¡Nos sentimos tan desgraciados! Esperar tan sólo la disentería y la muerte no es una vida agradable. Los reservistas, maduros y más avezados a tanta atrocidad, nos hostigan. Son camorristas que se enzarzan en peleas a puñetazos o cuchilladas. Se burlan de nuestro pánico a las ratas. Antes tenían relaciones sexuales entre ellos, aunque ahora, ya embotados e indiferentes, han desistido hasta de sus prácticas onanistas, que habían llegado a cobrar tales proporciones que se entregaban a ello a un tiempo todos los hombres del barracón. Cada cabo, cada veterano, como profesor, es para el recluta su enemigo peor. Vivimos aterrados. La única senda que se abre ante nosotros es la del abismo. Oigo los latidos de mi corazón, frente al campo dormido, más allá de la trinchera y de las alambradas, como víscera enferma. Volveré a disparar contra mi enemigos, y ellos volverán a disparar contra nosotros. Pero no debo adentrarme en estos pensamientos, aunque sean los únicos que me exasperan en la trinchera. ¿Será este mi propósito, mi finalidad definitiva, la que busca desesperadamente mi razón para seguir viviendo después de esta gran catástrofe de toda la humanidad? ¿Será esta la labor que habrá de justificar mi vida futura si no muero en la siguiente batalla? ¿La única misión digna que me resta en estos años de horror?..."

 

Erich Maria Remarque, convertido en uno de los más acérrimos enemigos del nazismo, abandona Alemania en 1932, y tras instalarse en Suiza (donde regresaría más adelante), emigra a los Estados Unidos en 1939 con su primera esposa Ilsa Jeanne. Tras divorciarse y volverse a casar con ella, se naturalizarían como ciudadanos de EE.UU. Nuevamente separado de Jeanne, contraería matrimonio con la actriz cinematográfica, que había estado casada con Chaplin, Paulette Godard. Su matrimonio duró hasta la muerte de Remarque en 1970.

 


Durante el nazismo, Goebbels, ministro por entonces de Instrucción Pública y de Propaganda del III Reich, despreciando la obra extraordinaria de Remarque, especialmente enconado con "Im western nichts neues" ("Sin novedad en el frente"), al que calificó de "repugnante alegato subversivo contra el honor de la gran patria alemana y de sus preclaros hijos, repleto de afectación y peligrosidad para las jóvenes mentes nazis", ordenó su destrucción, junto con el resto de sus obras, en las quemas públicas de libros que las autoridades del Gobierto de Hitler llevaron a cabo entre el 10 de mayo y el 21 de junio de 1933.

 

Trincheras y alambradas

El centinela siempre cree ver en la oscuridad siniestras figuras alargadas, moviéndose como cigüeñas canijas y enfermas que se acercaran a los alambres, oprimiéndose sobre la malla con sus dedos como garras. Tras su dolor enfurecido en ese punto preciso y fugitivo de la alambrada, la noche, vestida siempre de luto, arrastra, como única respiración allí retenida, una brisa enyesada de humillos que se alzan de los bosques y del brezal. El centinela no suele hablar. Su rostro se sume en el único resquicio que orilla con el ribazo embarrado de la trinchera. Sus ojos, siempre en vigilia, se inflaman de recelo y miedo. El soldado se queda solo, con sus únicos movimientos, sus únicos ruidos de ropas, su única respiración dentro de sí. Se envuelve, junto a otros compañeros, en una franja de tierra que puede acabar por convertirse en su sepultura. Pero al contemplarse en el espejo de sus fieles camaradas, se transforma nuevamente en un ser humano. Ocultos siempre tras el portal cerrado de la trinchera solitaria, se vuelven más fraternales, porque más allá se oculta la cabeza fláccida del enemigo, acechándole, incluso creen que riéndose. Un enemigo al que no ven sino después de matar y morir tras el rojo desprendido de ese crepúsculo de vendaval que crea la batalla. El soldado joven, a veces, permanece como un paralítico frente a ese mar exaltado de la guerra. Los viejos reservistas los vigilan. Sus barbas ondean con la brisa. Su vida ha quedado lejos, como enfriada por un misterio anónimo e inocente. Detrás de ellos únicamente permanece un dolor de criaturas que envejecieron escaramuza tras escaramuza; la terrible melancolía de una existencia que se quedó extraviada para siempre en los campos de muerte; la mueca ajada de unos rostros que hablan de la falta de misericordia de los hombres: "... Doctor, venga rápido. Franz Kemmerick está muriendo... ¿Cuál es ése?... El de la pierna amputada... He amputado docenas de piernas hoy... Cama 26, señor... Vaya usted... ( Paul Bäumer) ¡Oh Dios!, este es Franz Kemmerick. Sólo tiene diecinueve años. No quiere morir. Por favor, no le dejes morir... (Franz) Llévale mis botas a Müeller... No, Franz, ¡no!... Y si encuentran mi reloj, envíalo a casa, Paul... ¡Franz!, doctor, ¿dónde está el médico? ¿Por qué no hay un doctor aquí?..."

 

¿Por qué la guerra?


El soldado raso es como una piel descortezada y tendida sobre el alambre que protege la trinchera. Vive postrado entre una multitud cautiva a lo largo de zanjas fangosas. Jóvenes que sin motivos ni justificación sufren los más siniestros procedimientos del suplicio. Jamás tendría que existir razón alguna que les obligara a derramar ni una gota de sangre. Lo proclaman el sudor de su angustia, la lágrima de su congoja. ¿Dónde se halla ese argumento para el daño, para la dureza y el horror de la guerra? A su manera, el mundo ha logrado mantener viva esa tradición de sus intransigencias. Los grandes ideales del honor y patria son como venganzas encubiertas, a las que se conceden un carácter incidental, pero cuyo juego, como aquellas antiguas justas con sus heridos y muertos, justifican el asesinato en masa de los hombres. Los jóvenes, sumidos en el ideal caballeresco al que concede su gran peso el virtuosismo dominante de la Política y el criterio de su irrefutable equidad frente a la pretendida incomprensión de otras naciones, parecen haber sido creados para su antojo, para su servicio y complacencia. Se les exige servidumbre. No ha de importarles morir. Pueden morir porque así se acercan a la plenitud. Son el horizonte en constante siembra. Morir, sí. Y mientras siguen muriendo los amigos de su misma edad, "son ellos los que mueren", porque el único valor que adquirirá el joven arrastrado hasta el campo de batalla, y que ha de seguir luchando, es el que le relaciona con la virilidad, el honor y la patria; un propósito de ser siempre mejores en el que no ha lugar para el arrepentimiento ni para el remordimiento. La guerra, como gran espectáculo del mundo, habrá de ser siempre la rigurosa reglamentación que regula el reflejo de la vida humana. La etiqueta puntillosa hecha de gestos solemnes y rituales. 



Dominio y sepultura del tiempo que, como si se cobijara entre bufones y fantoches, posee efímeramente una síntesis brutal de la existencia humana sobre este planeta: "Los franceses se merecen un castigo por empezar esta guerra... Todos le echan la culpa a otros... ¿Cómo empieza una guerra?... Bueno, un país ofende a otro... ¿Cómo puede un país ofender a otro? ¿Estás diciendo que una montaña alemana se enfada con un campo en Francia?... Mira, estúpido, un pueblo ofende a otro... Ah ¿sí?. Pues yo no debería estar aquí. No me siento nada ofendido... Eso no afecta a viejos como tú, Tjaden... Muy bien. Entonces puedo irme a casa inmediatamente... Tú inténtalo. ¿Quieres que te fusilen?... El Káiser y yo (risas) Yo y el Káiser pensamos lo mismo sobre esta guerra. Ninguno de los dos la deseábamos, así que me voy a ir a casa. Él sí está allí... Alguien ha debido quererla... Tal vez los ingleses... No. No quiero dispararle a ningún inglés. Nunca había visto uno hasta llegar aquí... No, seguro que no les pidieron su opinión... Bueno, alguien debe de estar beneficiándose con esto... Ni yo ni el Káiser... Quizá el Káiser quería una guerra... No veo por qué. El Káiser tiene todo lo que necesita... Nunca ha tenido una guerra. Todo gran emperador necesita una guerra para hacerse famoso. La historia es así. Los generales también necesitan una guerra. Y los industriales se enriquecen... Creo que es más bien como una fiebre. Nadie en particular la quiere, y de pronto, ¡aquí está! Nosotros no la queríamos, los ingleses no la querían, ¡y aquí estamos luchando!... Te diré como debería resolverse todo esto (el veterano Kat escupe). Siempre que se avecine una gran guerra deberíamos acordonar un gran campo. Y vender entradas. ¡Sí! Y... y el gran día deberíamos coger a todos los reyes, sus gabinetes y generales, ponerlos en el centro del campo en calzoncillos, y dejar que se peleen con garrotes. Y que gane el mejor país... Ahora que Kat lo ha solucionado todo vámonos a ver Kemmerick... El Káiser y yo os queremos de vuelta a tiempo para marchar mañana. No lo olvidéis... Volveremos..."

 

La muerte

 




Ver morir en aquella tarde de incendio, en la irrevocable marcha del ataque cuerpo a cuerpo, entre el estruendo de las explosiones. Los hombres dejan de ser una semilla languideciente y enterrada en la trinchera. Se lanzan enloquecidos hacia el nuevo ahogo de lo indefinido, de lo ilimitado. Nuevos paisajes del horror que se prolongan hasta otros panoramas desolados donde el tiempo, que ha dejado de pertenecerles, abre para ellos una gigantesca losa que acogerá sus cuerpos destrozados, sus osamentas rotas, la sangre reciente, cuajada en un nuevo grito de holocaustos. Aquél que versificó a temprana edad la heroicidad homicida de los imperios, y cuyos hijos, ahora huéspedes aterrorizados de esas especies de formaciones mercenarias, instrumentos disciplinados que parecen convertir las guerras en una terrorífica movilización militar privada, se sienten reos y verdugos frente a la invención antojadiza que convierte al hermano en enemigo; y al enemigo acuchillado en adversario vano: ... "(Paul Bäumer al hombre que acaba de apuñalar, un soldado francés que agoniza junto a él en la profundidad de un enorme hoyo provocado por el estallido de una bomba) ¡Basta ya! ¡Basta! Lo demás puedo soportarlo. Pero no puedo escuchar eso. ¿Por qué tardas tanto en morirte? ¡Te vas a morir de todas formas! (arrepintiéndose) No, no te vas a morir. ¡No te vas a morir! Son sólo heridas pequeñas. Volverás a casa. Te pondrás bien. Volverás a casa antes que yo. ¡Te voy a ayudar! (el soldado muere. Paul le cree vivo todavía ) Sabes que no puedo huir. Por eso me acusas. ¡No quería matarte! (Paul comprende que ha muerto, no cesa en sus recriminaciones, nacidas del horror que ello le causa) He intentado mantenerte vivo. No quería matarte. Si volvieras a caerte aquí, no lo haría. Al caerte aquí, eras mi enemigo y te tenía miedo. Pero eres un hombre como yo y te he matado. Perdóname, camarada. Dímelo. Di que me perdonas. ¡Oh no! Estás muerto. Pues estás mucho mejor que yo. Ya has terminado aquí. Ya no pueden hacerte nada más. ¡Dios mío!, ¿por qué nos has hecho esto? Sólo queríamos vivir, tú y yo. ¿Por qué nos han enviado aquí a matarnos los unos a los otros? Si tiráramos estos rifles y estos uniformes podrías ser mi hermano. Como Kat y Albert. Tendrás que perdonarme. Haré todo lo que pueda. Les escribiré a tus padres (registra el uniforme del soldado muerto y ve la foto de su esposa e hija. Solloza) Le escribiré a tu mujer. Le escribiré. Te prometo que no le faltará de nada. La ayudaré, y a tus padres también. ¡Pero perdóname! ¡Perdóname!..."

 

Patria, hogar, vida: sombras después de la batalla.

 


La patria, como concepción tecnocrática que pueda llegar a enorgullecer a sus hijos, sugiere igualmente esa proyección, grande y unitaria, que jamás logra superar del todo sus ideologías políticas (como inspiraría el lager nazi). Así la patria, aún en guerra, y como gran hogar planificador de la vida del hombre, expresará siempre la imagen de un imperio, que se mantiene en el justo medio, y que jamás se mostrará temerosa de comprometerse frente a otras naciones. La patria se imbuye de la imagen de un dios legitimador, sumario y legislativo como un magistrado poco racional. Su concepción de la justicia, su contenido moral, filosófico y político puede alcanzar proyecciones de dimensiones faraónicas, en la medida que pivota sobre una planificación, ruda y cruel, que concede al deber de sus hijos hacia ella una concepción divina. Pocas veces se entretiene en sutiles razonamientos sobre la auténtica naturaleza del Bien y del Mal. En sus tiempos de barbarie y oscuridad, la patria se siente dominada por la tosca y retrógrada ley del talión. Vuelve a ser un dios despiadado y cruel para quienes nacieron bajo su fascinación, su auspicio, y posterior tiranía. La patria se siente, incluso, autorizada a mostrarse violenta y feroz con sus hijos. Y el hogar, la ciudad en la que vimos la primera luz, paraíso de nuestra infancia, en el que una vez respiramos aliviados, que fue nuestro mar de sentimientos inabarcables, y donde nuestras primeras pasiones sublimaron cuanta vida creímos tener ante sí, se puede agrietar como una gigantesca fosa en la que se sume al posible "traidor" que amó más la vida que a la guerra. 



¡Basta de mentiras!




La patria, el hogar, la vida que dejamos atrás, aspiraciones, sueños, y hasta miedos, que salieron en pos de otros pavores, de engaños, de tormentos y miserias: todo queda ahora cerrado más allá de la cancela de la incomprensión, de la contradicción, ingenuidad y torpeza que junto con la violencia, la injusticia y el más monstruoso de los egocentrismos forman, tantas y tantas veces, el carácter de los hombres: "(El viejo profesor, lobo con lealtad de mastín hacia el terruño en el que ahora crece un nuevo rebaño generacional, mercader que sigue cosechando en los labrantíos falsamente míticos del patriotismo, pide a su ex-alumno, un desengañado Paul Bäumer, -a quien se ha concedido un permiso extra, y ahora se halla en su antigua aula, tan plena de recuerdos- que hable de la guerra a la nuevos jóvenes alemanes): ...Muchacho, debes hablarles, debes decirles lo que significa servir a tu patria. Diles la falta que hacen en el frente... No, no puedo decirles nada... Si recuerdas algún acto heroico, algún detalle de nobleza. Háblales de eso... Vivimos en las trincheras. Luchamos. Procuramos que no nos maten, y a veces nos matan. Eso es todo... (el escandalizado profesor) ¡No, no, Paul!... ¡He estado ahí! Sé lo que es... Pero uno no les inculca eso a sus alumnos... Le he oído recitando las mismas cosas, haciendo más hombres de hierro, más jóvenes heroicos. Sigue pensando que es dulce y hermoso morir por la patria, ¿verdad? Pensábamos que usted lo sabía. Pero el primer bombardeo nos enseñó lo contrario. Es sucio y doloroso morir por la patria. ¡Cuando se trata de morir por la patria es mejor no morir! Millones están muriendo por sus países. ¿Y por qué? Me ha pedido que les dijera cuánta falta hacen en el frente. Él os dice: ¡Id a morir! Si me lo permite, es más fácil decir ¡id a morir! que hacerlo... (los alumnos) ¡¡Cobarde!!... Y es más fácil decirlo que ver cómo pasa. ¡No, chicos! Es inútil hablar de ello. No lo comprederíais. Pero ha pasado mucho tiempo desde que nos alistamos. Tanto tiempo, que pensaba que tal vez el mundo ya habría aprendido. Pero ahora envían críos que no durarán ni una semana. No he debido venir. En el frente, estás vivo o muerto, y eso es todo. Y eso es algo que no se puede ocultar. Allí sabemos que estamos acabados, ya sea vivos o muertos. Llevamos tres años allí. ¡Cuatro años! Y cada día que pasa es un año, y cada noche un siglo. Nuestros cuerpos son de tierra, nuestros pensamientos de arcilla,... dormimos y comemos con la muerte. Estamos acabados porque no se puede vivir así y ser humano por dentro. No he debido venir. Volveré mañana al frente. Tengo cuatro días más, pero no soporto quedarme aquí. Volveré mañana..."

Una mariposa

Era como un pequeño arco iris, palpitante y frágil. Posó sobre ella su mirada el soldado. Había llegado como siguiendo las rutas fantasmagóricas de los yermos campos de guerra, y se detuvo temblorosa, cegada por la tarde, como si contemplase la dureza de un paisaje ahora sembrado tan sólo de alambradas; y donde, probablemente, trémula por el deleite de sus libaciones, se posó una vez, cuando el cielo y la tierra se complacían en una inocente hermosura de campos en flor. Quiso asir el soldado con suavidad la belleza evanescente de la mariposa. Se vio su mano reptar hasta ella sobre la tierra áspera. Su rostro, desde la trinchera, adquirió aquella categoría olvidada de otras ansiedades. Una evocación, un goce, una recuperada y efímera inocencia de infancia... Y entonces ¡un disparo!... Precisamente entonces...

 






En el recuerdo...

Lewis Milestone: Nacido Lev Milstein, el 30 de Septiembre de 1895 en Chisinau (Besarabia -hoy República de Moldova-). En su juventud emigró a los Estados Unidos. Una vez allí adoptó el nombre por el cual sería mundialmente reconocido. Alistado en el ejército, durante la I Guerra Mundial, fue ayudante de dirección el films documentales sobre los entrenamientos de las tropas norteamericanas. En 1920, ya en Hollywood, se incorporaría a la industria del cine. De mano de Darryl F. Zanuck dirige "Seven sinners", su primera película, en 1925. Le seguirían "The caverman" y "The new Klondike" en 1926. Consigue el Oscar, en la primera ceremonia de la historia de la Academia en 1927, con "Two Arabian knights" ("Hermanos de armas"). Tras conseguir un segundo y merecidísimo premio por su siguiente proyecto, la excepcional adaptación de la novela de E.M.Remarque "All quiet on the western front", se inicia su etapa más prolífica. Vuelve a ser nominado por "Un gran reportaje", 1931, basada en la obra teatral de Ben Hetch y Charles MacArthur "The front page", cuyos remakes filmarían Howard Hawks y Billy Wilder. Adaptó brillantemente la novela de Somerset Maughan "Rain", 1932, con Joan Crawford, y de John Steinbeck "De ratones y hombres" con el título de "La fuerza bruta", 1939. "Arco de triunfo", 1948, con Ingrid Bergman, fracasó estrepitosamente en taquilla. "El inspector de Hierro", 1952, fue una excelente recreación de "Los Miserables" de Victor Hugo. Las veleidades de Marlon Brando llevaron al fracaso su adaptación de "Rebelión a bordo", 1962, que, además, se convirtió en su film póstumo. Murió el 25 de septiembre de 1980 en Los Ángeles.


 




Lew Ayres: (Paul Bäumer)- Nacido el 28 diciembre 1908 en Minneapolis (Minesota-EE.UU.) Entusiasta del banjo, de la guitarra y del piano en su época de estudiante de Medicina en la Universidad de Arizona, entró en contacto con una orquesta californiana que acabaría contratándolo, motivo por el cual abandonaría sus estudios. Un cazatalentos hollywoodense le descubrió en el Coconut Grove Club donde tocaba con su orquesta. De la noche a la mañana se vio interpretando "The kiss" ("El beso"), 1929, dirigido por Jacques Feyder, junto a Greta Garbo.

Impactado por su angelical rostro, Lewis Milestone impone su perturbadora luminosidad juvenil en el extraordinario alegato antibelicista "All quiet on the western front". La fama de Lew Ayres queda perfectamente cimentada a partir de su inolvidable interpretación de Paul Bäumer. En su buceo del personaje, Ayres impone al mundo una imagen entrañable que, atenazada por el disparate trágico y destructivo de la guerra, enciende en el corazón de los espectadores una especie de personal retrato, tan sublime como poético, y tan enternecedor como irrepetible. El mercado de valores cinematográficos hollywoodense ansiaba convertirlo, a partir de aquí, en una estrella altamente cotizada. Pero aquel incipiente reino de grandes figuras estelares se halló en rápida contradicción con los ideales que anidaban en el joven y ya famosísimo joven Ayres, que se consagró al estudio de la filosofía y religiones orientales. Hollywood no lo perdonó y lo encasilló en producciones de escasa relevancia.

 

Durante la II Guerra Mundial, en 1941, se opuso férreamente a su alistamiento, negándose a combatir en dicha conflagración, como siguiendo los dictados antibelicistas expuestos por Paul Bäumer, su más famoso personaje en la pantalla. La comunidad de Hollywood lo declaró persona non grata, y fue expulsado de los estudios. Los cines rehusaron exhibir sus películas, y su esposa, Ginger Rogers, se divorció de él. Lew adujo que sus profundas creencias religiosas le prohibían todo conato de derramamiento de sangre. Y la guerra era el mayor foco infeccioso de muertes inútiles. Sin embargo, se alistó como voluntario en los Servicios Médicos, y se distinguió salvando muchas vidas, incluso bajo el fuego enemigo. 


Como hermano de Katharine Hepburn en "Holiday", dirigida por George Cukor en 1938 y cointerpretada con Cary Grant, fue el atractivo idealista, borrachín y antiburgués Ned Seton. Su última gran interpretación como Dr. Robert Richardson, por la que fue nominado a un Oscar como mejor actor de reparto, fue en "Johny Belinda" ("Belinda"), 1948, junto a Jane Wyman, y dirigida por Jean Negulesco. Se popularizó notablemente durante los años 50 merced a los seriales radiofónicos del Dr. Kildare. Escribió varios libros sobre religiones orientales, e incluso produjo y dirigió varios documentales. Falleció el 30 de diciembre de 1996 en Los Ángeles.











Louis Wolheim: (Katczinsky)- Nacido el 28 de marzo de 1880. Famoso actor de carácter que se consagraría en la etapa muda. Su famosa nariz rota, o personal "trademark", fue el resultado de un "desplante injurioso" (como él siempre explicaría) con un compañero de fútbol mientras estudiaba en la Cornell University. Pese a sus duros rasgos, Wolheim era hombre de gran inteligencia y muy cultivado. Llegó a dominar a la perfección varios idiomas: Francés, Alemán, Español y Yiddish. Antes de formar parte del mundo de Hollywood, en 1914, fue un excelente profesor de Matemáticas. Su mentor Lionel Barrymore lo introdujo en el teatro. En 1922 alcanzó un gran éxito en los escenarios con su papel de Yank en el drama de Eugene 0'Neill "The hairy ape". Únicamente intervino en dos películas sonoras "All quiet on the western front", film que le arrancó de su profundo sarampión intelectual, y en el que alcanzó su mayoría de edad interpretativa en el cine "hablado", imprimiendo una explosiva y sensible finura psicológica a su inolvidable personaje del soldado Kat, y "Danger Lights", ambas de 1930. Tras estos triunfos, reclamó roles románticos a la United Artists, pues odiaba verse encasillado en personajes de turbia zafiedad. Dispuesto a someter su nariz destrozada a una operación de cirugía estética, los estudios United se opusieron a ello. A finales de 1930 se le declaró un galopante cáncer de estómago. Falleció en Los Ángeles el 18 de febrero de 1931.


Slim Summerville: (Tjaden)- Nacido el 10 de julio de 1892 en Albuquerque, New México. Empezó su carrera en 1912 con la "Keystone Kop". Su alta y desgarbada apariencia caracterizaron sus divertidos registros interpretativos como comediante en los famosos cortometrajes de la "Keystone". Intervino en más de 50. Resultó irónico y entrañable en su magnífico rol de Tjaden en "All quiet on the western front". Intervino en "Jesse James", de 1939. Tuvo como compañera de varias comedias a la jocosa Zasu Pitts. Falleció de apoplejía el 6 de enero de 1946 en Laguna Beach, California.

Testimonio y reflejo sangrante de una escalofriante realidad pasada, que permanece hoy como uno de los documentos más vivos e inmunizados contra la herrumbre del tiempo de la mejor narrativa cinematográfica norteamericana. Es y seguirá siendo el más perdurable, sorprendente y excepcional de los legados antibelicistas del Séptimo Arte. Obra prodigiosa, polémica y feroz. Canto poético e intimista. Idilios escalofriantes: patriotería y honor, guerra y rechazo, concienciación y muerte. ¡¡Repetidamente profética!!