viernes, 9 de junio de 2017

Proceso a Mariana Pineda -VI Parte-

El último atentado contra la libertad. La violencia hipócrita del Alcalde del Crimen. Mariana Pineda, la víctima inmortal. Ignominia homicida del Absolutismo.

Las ansias insatisfechas de Pedrosa avivan con irritaciones cotidianas su desesperación, su furiosa intolerancia, las amenazas que evidencian su superioridad criminal ante la indefensa población de Granada, y el perfil inmoral de sus persecuciones. Los encuentros amorosos entre el seminarista Federico y la modistilla Juanita [que junto con su hermana confeccionan a escondidas la bandera liberal, supuestamente encargada por Mariana Pineda], desencadenarán la accidental contingencia de su apresamiento por la policía de Pedrosa. Antes la bordadora Juanita advierte a su pretendiente Federico de que debe tomar todas las precauciones necesarias para mantener en la clandestinidad la confección de la bandera: "(El seminarista Federico en su último encuentro con la bordadora del Albaicín Juanita) ¿No es esta la bandera que tú y tu hermana bordabais para los revolucionarios? (Juanita exclama arrebatándole de las manos la bandera) Tú no has visto este trapo nunca. No sabes nada de este trabajo"... Una denuncia llevada a cabo por el padre del joven Federico, conducirá a Pedrosa hasta las modistillas, sobre las que, una vez encarceladas, ejercerá la autoridad violenta de su interrogatorio, obligándolas a confesar la petición y finalidad de su trabajo: "(Resuena la voz amenazante de Pedrosa) ¿Quienes fueron los que encargaron la confección de la bandera? (Las dos bordadoras, aterrorizadas y llorosas, confiesan) Doña Mariana Pineda"... 
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La Detención 


El 18 de marzo de 1831 la policía al mando del Alcalde del Crimen Pedrosa irrumpió en su domicilio, el número 6 de la casa 77 de la calle del Águila en Granada, y al encontrarse "dentro de la casa que habitaba doña Marina Pineda, cabeza o principal de ella, una bandera, señal indubitada del alzamiento que se forjaba fue aprehendida... teniéndosela legalmente... por autora del horroroso delito", según el relato del fiscal que presentó en el juicio al que fue sometida. Las condiciones en que se encontró la bandera en casa de Mariana hacían sospechar que la introdujo en ella algún agente manipulado por la policía, sin duda una de las propias bordadoras del Albaicín a quien ella tenía encomendado el trabajo y que, denunciada por el padre de un pretendiente suyo, el seminarista Federico, se habría visto más o menos obligada a introducir el famoso pendón en su casa para que pudiera ser descubierto luego allí y sirviera de base para la acusación. Una vez hallada la bandera [que la madre adoptiva de la joven viuda intenta hacer desaparecer pero es descubierta por la policía], Mariana, a quien le hes mostrado el pendón de tafetán morado, símbolo de de la revolución de los liberales, niega ante la policía de Pedrosa reconocerlo y añade que ha sido introducido subrepticiamente en su hogar para inculparla del delito de sedición: "¡Eso no estaba en mi casa!... (El comisario) Por favor, señora, todo lo que hay aquí procede de vuestras habitaciones. (Mariana lo niega) ¡Le repito que no estaba aquí!... (Policía) No perdáis el juicio. Seguramente no lo recordáis... (La joven Mariana resuelta e indignada) ¡Yo sé muy bien lo que tengo en mi casa!..." La bandera es objeto de estudio por el Funcionario (encubiertamente entregado a la causa Liberal y amigo personal de Mariana: "Así es que tafetán morado de un ancho de dos paños y un largo de más de dos varas y un tercio, un triángulo verde en medio, y bordadas en carmesí las letras mayúsculas B E, y embastada en cartón una R. Al otro lado, y también bordadas en carmesí las letras mayúsculas A y L, y una D a medio terminar, y en los extremos de dicho tafetán dos trozos de vendo embastado: "Igualdad, Libertad, Ley" (Pedrosa complacido) Por fin, ya hemos dado con todo. (El funcionario liberal arguye tratando de desviar las sospechas de Mariana) Como está sin terminar, y las bordadoras no han colaborado demasiado ha sido difícil averiguarlo todo. (Pedrosa insiste) Es igual. Ya lo tenemos todo. El Funcionario observa entristecido la bandera hallada en el hogar de su compañera revolucionaria, sabiendo que  Pedrosa procederá a un inmediato interrogatoria de la joven con su habitual ferocidad.

Mariana, ahora en poder del alcalde del Crimen, atiende en la Prefectura, con rostro impertérrito y el desprecio que Pedrosa le merece, las duras palabras que aquél le dirige: "Está usted aquí por una razón muy seria y tenemos que interrogarla. Nuestra vieja amistad desgraciadamente en nada nos puede ayudar. Le repito que el asunto es grave. Debe colaborar para esclarecer la verdad. No ha sido detenida solamente usted. Hay otras personas complicadas en el mismo asunto. No podrá contar con la ayuda de nadie. ¿Tiene algo que declarar? (Mariana acentúa la seriedad de sus palabras y aduce) Estoy dispuesta a responder a todas sus preguntas. (Pedrosa, con acritud al escribano) ¡Empecemos! Escriba: ¿Cómo se llama? (Inquiere el oficial de policía)... Mariana Pineda de Tovares... ¿Estamento social?... Noble... ¿Fecha y lugar de nacimiento?... 1 de septiembre de 1804 en Granada... ¿Cuántos años tiene?... Veintiséis... ¿Estado?... Viuda... ¿Oficio?... Los de casa... ¿Ha sido procesada anteriormente?... Sí, la causa quedó paralizada sin recaer sentencia alguna... ¿Motivos del proceso?... Incidencia... ¿Ha recibido el acta de qué se le acusa?... Sí... (Pedrosa acusa ahora) El 18 de marzo pasado encontraron en su casa una enseña revolucionaria a medio bordar. ¿Donde adquirió el tafetán aprehendido?... (Mariana refuta, reforzando su negación) ¡En ninguna parte! Ignoro la razón de que se encontrara en mi casa. (Pedrosa irónico) ¿Quiere decirme que ignora lo que hay en su casa?... (Mariana insiste) Nunca lo vi antes. Y si lo encontraron allí puede que estuviese dentro de un arca que hace meses dejó un factor en el almacén... (Pedrosa exige) ¿Nombre del factor?... Vicente Matute... Perdón, ¿puede repetir el nombre de ese factor (inquiere el escribano. Mariana lo repite con furia) ¡Vicente Matute!... (Pedrosa) ¿Cuáles fueron las razones para que el factor dejase el arca en su casa? (Mariana) Como prenda de un dinero que me debía. (Pedrosa) ¿Qué puede decirme de la procedencia de esos letreros y sus moldes? (Mariana minada por el odio hacia Pedrosa) ¡¡Nada!! La primera vez que los vi fue cuando me los enseñó un dependiente suyo de policía. (Pedrosa requiere) ¿Sabe usted bordar?... No... Por el momento no seguiremos haciéndole más preguntas (aclara Pedrosa) Reflexione. Está usted muy comprometida, y hasta la aclaración de este delito permanecerá en su casa incomunicada en calidad de detenida"... Al mismo tiempo, una vez conocida la delación de que ha sido objeto Mariana Pineda, y tras su detención, un grupo de patriotas revolucionarios se personan en el domicilio del delator, padre del seminarista Federico, y proceden a infligirle un castigo: su cuerpo es untado con miel y luego emplumado para irrisión y vergüenza de su inicua denuncia.
Interrogatorios

Las investigaciones policiales se prescriben por parte de Pedrosa como un canon de delitos en los que hay que creer ya sea por las buenas o por las malas. La madre adoptiva, y los criados de Mariana son ferozmente interrogados. El Alcalde del Crimen busca con ansiedad que les proporcionen los datos necesarios para incriminar definitivamente, como liberal unida al movimiento revolucionario que espera derrocar el régimen absolutista de Fernando VII, a la joven viuda. Todos los resortes de su política intolerante se condensarán en la búsqueda de la culpabilidad de Mariana Pineda y en la esperanza de que, una vez interrogada exhaustivamente, pueda conseguir de ella la esperada delación de sus compañeros liberales. "Doña Úrsula de la Presa, madre adoptiva de Mariana Pineda, preguntada sobre la procedencia de la bandera, refiere que fue llamada y que aturdida o atolondrada entregó  al agente un lío de telas, asegurándole que ella jamas había visto semejantes cosas. El criado José Antonio Burel, procesado por esta causa y por la otra en que está también su ama, asegura no haber visto la bandera y demás emblemas aprehendidos hasta que se los han presentado. La criada María Román declara que hasta el momento de serle presentada el tafetán y letras recortadas en papel nada sabía de ello. Ha sido procesada". Previamente la joven Mariana ha sufrido los embates feroces de los interrogatorios llevados a cabo en la jefatura domiciliaria por el prefecto de Policía y el mismo Pedrosa: "Empecemos de nuevo. Va a contestar a nuestras preguntas?... (Mariana con acentuada seriedad y resignación) Deseo contestar, admitiendo que no soy culpable. (Pedrosa irónico) Esa opinión debemos testificarla nosotros (al escribano) Escriba. ¿Desde cuando y dónde se puso en relación con los líderes del levantamiento de intenciones constitucionales?...(Mariana permanece en silencio. Pedrosa golpea las palmas de sus manos con impaciencia) ¿Con qué personas entró en relación? ¡Dígame sus nombres!... Soy inocente (aduce Mariana. Pedrosa indica al escribano que no apunte esa contestación, luego se vuelve hacia Mariana y ríe) Naturalmente, naturalmente, seguro que sí. Permanezca aquí. (Sale Pedrosa y se dirige a su oficial) Entre usted ahí, y pregunte a la señora. Luego iré yo. (El oficial lee las acusaciones contra Mariana y continuará con el interrogatorio adoptando un tono mucho más autoritario) Complicada en diferentes tramas subversivas contra el Estado y con especialidad en la horrible conspiración recientemente descubierta. ¿Está de acuerdo? (Mariana, sentada sobre uno de los escalones de la pequeña escalinata que se halla junto a ella, insiste) Soy inocente. (El oficial se revuelve furioso, tratando de amedrentarla) ¡Póngase en pie! ¡Nadie le ha dado permiso para sentarse! Inocente... (repite con sorna el policía, repitiendo las palabras de Pedrosa) Naturalmente, naturalmente, seguro que sí. (Mariana se aleja de él y se apoya contra la pared donde se refleja la luz del ventanal como rejas de una prisión. El oficial grita) ¡¡No, no, no!! ¡Todos ustedes son lo mismo! ¡Todos niegan! ¿Y por qué? ¡Son culpables! Usted es joven. La moda de los jóvenes es el número de alguna sociedad secreta. ¿Cual es su loggia? ¡Dígame!, ¿cual es su loggia? (Mariana le mira con desprecio) ¡Ninguna! Las mujeres no pueden ser de una sociedad formada sólo por hombres. (El oficial sigue gritando como un demente) ¡Ninguna, ninguna, todos son iguales! (golpea la mesa del escribano) ¡Malas hierbas! De cualquier manera no pretenderá decirnos que toda esta serie de hechos son casuales. Usted no es una ingenua. Si ha obrado de una manera subversiva es porque quería perjudicar a Fernando VII y a su gobierno. (Mariana con despecho) Todo lo deforman. (El oficial insiste con más tacto) Sea razonable. La benevolencia del gobierno es alta. Sólo le pedimos su colaboración. Nos la da y podrá irse tranquila. Estoy dispuesto a escucharla. Dígame los nombres.Tengo aquí una larga lista. Los conocemos a todos. Usted aún confía en esa canalla liberal. Alguno de ellos ha declarado y ha dicho cosas de usted desagradables. ¿Aún confía en ellos? (A Mariana, que vuelve el rostro, se le saltan las lágrimas) ¿Han hablado de mí?... Sí, escuche. (El oficial se hace con unos pliegos y vuelve sonriente hacia Mariana, leyendo) "Ahora comprendo todo lo equivocado que estaba. Abrazo el absolutismo de Fernando VII y quiero poner en claro los nombres de quienes conspiran contra su gobierno. Mariana Pineda hace de mensajera, de correo de los encarcelados, de los exiliados en Gibraltar. Su complicidad política..." (Mariana le interrumpe exclamando) ¡No es cierto! (El policía insiste) No puede negarlo. He aquí una de las pruebas (Mariana trata de hacerse con el pliego de papel, y el oficial se lo impide). Esta carta ha sido interceptada en el correo de Motril hace pocos meses, y esta otra la encontramos entre los documentos que encontramos en su casa. (El oficial entrega la carta a Mariana, que se aleja de él para leerla. Luego se la arrebata, y la conmina ladinamente) ¿Y ahora, va a confesar? (Mariana exclama con el rostro descompuesto) ¡Soy inocente! Esa letra, no, no la reconozco. ¡Dios mío, estoy cansada! Ya no sé lo que es verdad ni lo que es mentira. (Mariana se deja caer en el suelo. El interrogatorio del oficial se renueva con mayor intensidad) ¿Desde cuando y dónde se puso en comunicación con los rebeldes? (Mariana no puede detener su llanto) ¿Con qué personas ha colaborado? ¡Diga sus nombres! (Mariana, sollozante) ¡Soy inocente...!"
El interrogatorio sigue ahora en el despacho de Pedrosa, que espera convencerla para que delate a sus compañeros mostrándose más conmiserativo y haciéndole creer que ha sido objeto de un engaño por parte de ellos: "¿Cree que si todo fuera como usted dice habría ordenado su detención? Usted aún no se ha dado cuenta de que la han engañado. Lo único que tiene que hacer para mostrar su honradez es decir todo lo que sabe. (Pedrosa toma asiento, le es servido un refrigerio, mientras Mariana permanece en pie) Señora, tiene que decirnos todo cuanto sepa. No conseguirá nada con esa actitud. (De nuevo en la celda de las oficinas de Pedrosa siguen las interpelaciones) La noche del veintiocho de octubre del año próximo anterior de 1828 usted colaboró en la fuga del capitán Sotomayor. (Mariana ironiza ahora) ¡Ah, sí, mi primo el capuchino! Perdón, no fue mi intención abrir nuevas heridas. No es a mí a quien debe su libertad. (Pedrosa se enfurece) Entonces, ¿de dónde salió ese hábito? (Mariana grita) ¡De mi casa no! (Pedrosa insiste) En sus tertulias ¿nunca se hablaba de la situación de nuestro país? (Mariana no contesta. Pedrosa indica al escribano de nuevo) Escriba. ¡Sí! ¿Entre sus invitados nos habían constitucionalistas que añoraban los desastrosos días del Trienio Liberal? (Mariana exclama) ¡Nunca lo entendimos así! (Pedrosa obstinado) Objetivamente esas conversaciones significan una colaboración con los enemigos de Fernando VII. Así al menos lo sancionan nuestras leyes. Usted ha negado su colaboración en la fuga del capitán Sotomayor (Los dedos de Pedrosa repiquetean con furia sobre la mesa del escribano) ¿Qué clase de relaciones les unían?... ¿Qué clase de relaciones? (repite Pedrosa enfurecido y volviéndose hacia Mariana) ¿Qué clase de relaciones? ¿Eran amantes? (Mariana llora y niega) ¡¡No,... no!! (Pedrosa despechado y encubiertamente celoso) ¿Quiere decir que entre una mujer viuda y joven y un hombre casado solamente pudo haber una sencilla amistad? (Mariana se aleja hacia el muro y persevera en su negación con desconsuelo) ¡Sí, sí,... soy inocente! (Pedrosa con su sorna feroz) Naturalmente que sí. ¡No es por el contrario que eso que usted llama amistad era un pronunciamiento en pro de los liberales! ¡Les unía esa idea mientras convivían en adulterio! (Mariana se revuelve sollozando y golpeando una mano contra el muro de la celda) ¡¡Mentira, mentira!! ¡No tiene usted pruebas de nada! ¡Mentira, soy inocente! ¡Soy inocente! (sigue sollozando Mariana)... "

Tras el dictatorial interrogatorio llevado a cabo por la violencia intratable del Alcalde del Crimen, ahora de regreso a casa, junto a doña Úrsula y sus hijos, y donde Mariana Pineda permanecerá provisionalmente incomunicada con el exterior en calidad de detenida [sometida a la vigilancia de la policía gubernamental], ya en manos de Pedrosa, y sabiendo que no podrá librarse de su furia persecutoria, la joven viuda, consciente del peligro que puedan llegar a correr sus hijos si es definitivamente condenada, ruega a su fiel sirvienta María Román mientras toma el que habrá de ser probablemente su último baño en la paz de su hogar: "María, ayúdame. Cuida de mis hijos y de doña Úrsula. Llama a algún amigo y llévalos a vivir a su casa. Quizás a Gibraltar con el teniente Alba. Eso, sí, allí estarán seguros (María responde fielmente) Yo haré lo que me mande. Pero no hay que temer. No es la primera vez que quieren asustarnos. (Mariana entristecida) No, no es como antes. Ahora ignoro todo lo que me espera. Esta vez es diferente. (María trata de animarla) No pasará nada, señora. (Mariana sigue con su petición) Tú espera a ver qué pasa. Sin han de meterme en prisión, te vas en seguida a casa del viejo Isaías y  vendes todo lo que tengo. Pero, por favor, que los niños lleguen hasta Gibraltar (María asiente) Una vez allí, avisas al teniente Alba a Inglaterra. Las señas están en el secreter de mi cómoda... Sí señora..." Mariana sale del baño más tranquilizada con la esperanza de que sus hijos se hallarán a salvo si, como imagina, acaba siendo condenada por la política absolutista que mantiene Pedrosa.

Reunido con el juez superior de Granada, Ceruelo, [funcionario encargado de inspeccionar a los acusados políticos, mediante un segundo interrogatorio], Pedrosa trata de mantener candente la culpabilidad y el contagio liberal de Mariana Pineda con la esperanza de que, al verse perdida, acabe delatando a sus compañeros revolucionarios. No obstante, el juez Ceruelo mostrará sus reticencias: "¿Y que hay sobre los presuntos implicados? (Pedrosa especifica) Están incomunicados... (Ceruelo) Conozco muy bien a Mariana Pineda. Es una viuda muy guapa. ¿También está incomunicada?... Confinada en su domicilio, y su sirviente Antonio Buriel arrestado en la cárcel de Corte. ...¿Su servidumbre es cómplice?... Sí, estoy seguro, aunque no se han reconocido culpables en los primeros interrogatorios (insiste Pedrosa en trabar turbias relaciones de los criados con su señora doña Mariana) Ahora es usted quien manda. Es el procedimiento legal. Le pasaré las diligencias de la policía y sus primeras investigaciones, y a continuación seguiremos sus órdenes. (Ceruelo) ¿Cuando podré interrogar al dependiente de policía que descubrió la bandera revolucionaria? (Pedrosa trata de desviar la cuestión) No lo creo necesario... Ah, ¿no?... Creo que lo más conveniente es empezar por Mariana Pineda. Además, nuestros informes aseguran... (El juez se muestra un tanto desconcertado) Señor subdelegado, tiene usted mucha prisa por descubrir a los culpables... (Pedrosa busca su expresión más dramática) Entienda que es una implicación política de suma gravedad. (Juez) ¿Cuando podré interrogar a Mariana Pineda?... Cuando usted quiera. Evidentemente para la policía es culpable. Aquí tiene su primera declaración. El señor ministro conoce este enojoso asunto y desea que se vaya deprisa, y evitar cualquier especulación de tipo político"...
 
Una vez en el domicilio de la joven viuda, el juez Ceruelo, acompañado de Pedrosa y su policía interroga a María Román, la sirviente, que niega por completo la confección domiciliaria de la bandera revolucionaria en el bastidor de costura, indicando, con su característica contundencia y fidelidad, que el bastidor tan sólo se usaba para hacer medias y que "doña Mariana Pineda nunca ha sabido bordar". Cuando el juez Ceruelo da por terminado su interrogatorio, se informa a Mariana ante toda la familia: "Queda bajo arresto domiciliario e incomunicada. Si por cualquier caso intentara escapar ahora de la ciudad su responsabilidad pasaría a otra de mayor gravedad..."
Intento de fuga de Mariana Pineda 
"Confinada así de momento en su propio domicilio, bajo la custodia de un guardián, de donde trató de escapar tres días después aprovechado un descuido del vigilante disfrazada con las ropas de su madre adoptiva, doña Úrsula, el vigilante del domicilio logró alcanzarla en la calle y Mariana le rogó que no la denunciara y para tratar de ablandarle le propuso que le acompañara en la huida. Este hecho sería utilizado por el fiscal para imputarle un supuesto segundo delito, además del de preparar un alzamiento contra «la soberanía del Rey N.S.», el de «haber emprendido su fuga de la prisión que le fue constituida en su casa», tratando de «seducir o cohechar al dependiente que la custodiaba y que le dio alcance en su fuga, diciendo a este que la dejara, ofreciéndole que se fuese con ella y le haría feliz». A causa de este intento de fuga fue recluida en la cárcel de mujeres de mala vida del convento de las Arrecogidas de Santa María Egipcíaca."(Mariana expone a su sirvienta María Román su intento de huir de casa) "Voy a escapar. No aguanto más esta situación. (María preocupada) Pero, señora, está loca. ¿Dónde va a ir? ¿Cómo va a burlar a los vigilantes? (Mariana decidida) No será difícil. Procura distraer a uno de ellos (Llaman a la puerta del dormitorio, y Mariana vuelve rápidamente al lecho. María abre la puerta y aparece uno de los guardianes. María se enfrenta a él) ¿Qué quiere usted? (Policía) Dejen la puerta abierta. (María irónica) ¿También si mi señora se viste y se desviste?... ¡Sí!... ¡No lo consentiré! ¿Es que no se da cuenta de que mi señora está enferma? (El guardián insiste) He dicho que la puerta abierta. Yo sólo cumplo órdenes. No voy a mirar, voy a oír. (María observa a Mariana que da su permiso) Está bien. La puerta abierta. Pero, a ver, ¿quién de ustedes dos me acompaña? Tengo que ir al mercado. (Cuando el vigilante desaparece, Mariana se levanta, y ambas mujeres se abrazan) ¡María, María! No perdamos tiempo. Ve y tráeme algo de doña Úrsula. Tendrás noticias mías. No le digas nada a los niños por ahora. (María sollozante hace lo que le pide Mariana. Los dos vigilantes, en el patio, se juegan con una moneda el turno para acompañar a la criada) Para mí cara y para ti cruz. Te ha tocado a ti. (María aguarda, mientras el guardia ordena a su compañero) No la pierdas de vista. Poco después, Mariana disfrazada con las ropas de su madre adoptiva, trata de escabullirse de la vigilancia del policía sentado en la entrada del patio. Pero al salir de la casa con el mayor sigilo, toma la llave de la puerta trasera del patio y suena una campanilla. El guardián, alertado, sale en su persecución, imaginando las intenciones de huida de Mariana. Una vez en las callejuelas, se enfrenta a ella que trata de llegar hasta la iglesia del padre Saila. Mariana exclama: ¡Suélteme! Le ofrezco que venga conmigo. Pídame lo que quiera.... (El policía se niega) No puede ser... Le haré feliz (insiste la joven, y el guardián aclara) Mi felicidad no es otra que librarme del garrote. Si descubren que os he ayudado, mi vida no valdría nada. (Mariana trata de convencerle otra vez) Si viene conmigo le aseguro que no se arrepentirá nunca... (El guardián decide) Me voy, pero ahora a vuestra casa. Y ahora más vigilada... Tras el intento de huida, un vez al corriente de ello, el oficial de Pedrosa acude a informarle: "Perdón, señor... (Pedrosa pregunta) ¿Novedades? (El oficial) Ha intentado fugarse... (Pedrosa exclama) ¿Qué? ¿Mariana Pineda?... Sí, señor, la ha descubierto el agente Juan Díaz. (Pedrosa con satisfacción) Hasta ahora su vida ha seguido un cauce casi normal. He tratado de intimidar a la mujer para lograr una confidencia política. Ese intento frustrado de fuga cambia totalmente las circunstancias y hará cambiar también la actitud de los jueces. En la Chancillería, el guardia explica al juez Ceruelo y a Pedrosa el hecho, del cual toma nota un escribano: (Juez Ceruelo) "Al descubrir a doña Mariana de Pineda vestida y disfrazada con las ropas de su madre adoptiva, ¿qué palabras exactas le dijo? (Guardián) Que me fuese con ella y que me haría feliz. (Pedrosa explota) ¡Esa mujer constituye un peligro! Hay que llevarla urgentemente a un lugar seguro. (Ceruelo) Ordenaré que hoy mismo doña Mariana sea trasladada a una celda de la cárcel baja. ¿Conforme, señor subdelegado?"
Tras el frustrado intento de fuga de Mariana y la orden por parte del juez Ceruelo de que la joven viuda sea trasladada a prisión, su falta de salud puede crear nuevos inconvenientes a la investigación que Pedrosa instiga contra ella. Ceruelo exige, pues, un dictamen médico antes del traslado a la cárcel baja. Una vez en el domicilio de Mariana, el subdelegado y el juez aguardan el diagnóstico de los doctores. Cuando el examen llega a su término, Pedrosa inquiere con su habitual característica inquisitorial: "¿Y bien, señores? ¿Puedo cumplir ya la orden del traslado a la cárcel? (Uno de los dos facultativos que han asistido a Mariana responde) No se lo aconsejo. Todos los síntomas de la paciente son precursores de una apoplejía sanguínea. Por eso hemos ordenado una inmediata sangría. (Pedrosa enfurecido, duda de las palabras del doctor y pregunta al segundo facultativo, que está de acuerdo con el dictamen expresado) Sí, así es. Si la llevan a una celda de la cárcel, su saludo puede empeorar hasta llegar al punto de seria gravedad. en la cárcel su vida correría peligro. (Pedrosa se revuelve excitado hacia Ceruelo) Señor juez, exijo que los doctores juren su dictamen. De momento revocará la orden del traslado. Por nada del mundo quiero que pueda morir de muerte natural. He pagado por ello un precio demasiado alto. (El juez Ceruelo se encara con Pedrosa haciendo valer su autoridad) Sé perfectamente cuales son mis obligaciones, señor subdelegado"... Ya en su lujoso domicilio, Pedrosa expone a su oficial de confianza: "Estoy ahora más convencido que nunca de que Mariana de Pineda fue quien introdujo el disfraz de capuchino en la cárcel para que se fugara aquel capitán constitucionalista. ¿No se da cuenta? Es la misma idea, la misma técnica. Ella ha intentado fugarse disfrazada con las ropas de su madre adoptiva. (El oficial duda) No tenemos pruebas de que ella actuase en la fuga del capitán Álvarez de Sotomayor. (Pedrosa ríe sarcástico) ¡Ja, ja, pruebas, pruebas! Usted a veces me recuerda a los jueces. Quiere pruebas. ¡Pruebas! Yo quiero resultados. Sólo los resultados son lo práctico e importante. La fuga de aquel maldito capitán consiguió frustrar un ascenso en mi carrera. ¿Se da cuenta? El único punto negro de mi brillante hoja de servicios, de lealtad y fidelidad. Estoy convencido de que Mariana de Pineda intentará fugarse de nuevo. Comunique al gobernador que los revolucionarios no desisten de sus abominables planes. ¡Es preciso reforzar la vigilancia de la calle del Águila!"...

En la siguiente visita de Pedrosa y su policía, algo mejorada ya de sus dolencias, Mariana Pineda es definitivamente inculpada: "Señora, tenéis proceso pendiente por las causas de proteger a presos políticos y facilitar la comunicación entre ellos, y prestar ayuda económica a rebeldes constitucionalistas para exiliarse a Gibraltar. Se os acusa de conspiración en contra de su majestad, el rey Fernando VII y su gobierno al bordar una bandera revolucionaria a favor de la causa constitucional. Hasta la celebración del proceso seréis recluida e incomunicada, en consideración al dictamen médico, en el Beaterio de Santa María Egipcíaca. Así es ordenado. Fecha 27 de marzo de 1831"...


Mientras se suceden los hechos en Granada, Alba visita a Sotomayor, ambos exiliados en Londres: "Han detenido a Mariana (explica Alba a Sotomayor) ¿Cómo te has enterado? (Alba) Anoche llegó un barco de Gibraltar con españoles expatriados. Uno de ellos me contó que el dieciocho de marzo Mariana fue víctima de un registro en su casa, que la situación era muy grave, y que estaba detenida. (Sotomayor trata de restar importancia) La policía política ha detenido a Mariana muchas veces, y conociéndola estoy seguro de que no será la última. ¿De qué la acusan ahora? (Alba desmoralizado) Esta nueva detención no es como las anteriores... (Sotomayor optimista)¿Y que le va a hacer a una mujer. Y aunque la legislación de nuestra tierra es inhumana, respetarán su vida. No creo que es gente se haya vuelto tan loca. (Alba exclama) ¡No son locos! ¡Ojalá fueran locos! ¡Son crueles! Temo lo peor, porque la imputan del bordado de una bandera revolucionaria... (Alba recita con angustia) Y el artículo séptimo de esa inhumana legislación dice textualmente: "Toda maquinación en el interior del reino para actos de rebeldía contra la (recalca asqueado contra la realeza) autoridad soberana de nuestro amado rey y señor, o suscitar conmociones populares que puedan manifestarse en actos preparatorios de su ejecución serán castigados (se revuelve contra Sotomayor) ¡sus autores y cómplices con la pena de muerte! ¡Mariana está condenada a muerte y no les importará su condición de mujer! (Sotomayor, desembarazándose de la presión que ejerce su compañero sobre él, titubea) Y nosotros ¿cómo podemos ayudarla desde aquí? (Alba decidido) No sé lo que piensas hacer tú. Yo ya lo he decidido. Vuelvo a Granada. (Sotomayor alarmado) ¿Qué estás diciendo? ¡Es una locura! (Alba le recuerda) Mariana te ayudó a escapar. La acusan de reo de alta traición. ¡Mariana está condenada a muerte! Pedrosa la someterá al suplicio del garrote. (Sotomayor acobardado) Sé que debo la vida a Mariana, pero no puedo volver"...  
¿Cómo salvar a Mariana?

El funcionario infiltrado en las filas monárquicas de Pedrosa, acude a la loggia Constitucionalista con las novedades sobre las últimas decisiones que se han adoptado sobre la prisionera: "(Matías pregunta con su inquietud revolucionaria) ¿Traes noticias de Mariana? (Funcionario) Mariana de Pineda será trasladada al Beaterio de Santa María Egipciaca. Como está enferma, en vez de ingresar en la cárcel la llevarán allí. Así lo ha decidido Pedrosa (Matías se agita encolerizado) ¡No pueden hacer una cosa así! ¡No pueden encerrarla entre las "arrecogías"! (El funcionario indica resignado) es lo que hay por ahora. (Matías cada vez más exasperado, defendiendo a Mariana) ¡Esa mujer es inocente! (Funcionario) No creo que ninguno de nosotros dude de la inocencia de Mariana de Pineda... (Matías se revuelve) ¡Y jugársela! ¡Tenemos la obligación de sacarla cuanto antes de Granada! ¡Hay que llevársela a Gibraltar. (El funcionario duda) ¿Y cómo hacerlo? ¡Dime! ¿Cómo hacerlo? No podemos movernos. Estos tres últimos días han llenado la ciudad de refuerzos. Un paso en falso y caeremos como ratas. ¡¡Es igual!! (exclama Matías) ¡Nos defenderemos! ¡Convocaré a toda mi gente y se jugará la piel! ¡No hay en toda Granada una mujer que ame más la libertad que Mariana! ¿No es así? ¿No estáis de acuerdo conmigo? (Mientras suena el himno de la libertad, Matías va preguntando a sus compañeros. Todos ellos, menos el Ilustrado, asienten. Matías se acerca a él) ¿Y tú? ¿Tú no dices nada? (El Ilustrado se muestra silencioso ante la observación de todo el grupo. Matías se encara con él, y dice) Tú tienes buena labia. (El Ilustrado no responde y Matías exclama con crispación) ¡No voy a perder más tiempo! ¡El que quiera, que me siga! ¡Basta de palabras! ¡Hay que usar la fuerza! ¡Vamos a sacarla de las garras del tirano! (El Ilustrado se interpone y les contradice) ¿Dónde queréis ir corriendo de esa manera?... ¡A casa de Mariana!... Comprendo. Pero ¿creéis que os dejarán entrar los guardianes que hay vigilándola? (Matías profiere) ¡No es cuestión de pedir permiso! (El Ilustrado ironiza) No es tan fácil como creéis. Amigos míos, el miedo que sentís no puede hacer las veces de coraje y sangre fría. Todo vuestro plan está condenado al fracaso (Otro de los compañeros exclama) ¡Si no estás con nosotros vete, pero cierra la boca! (El Ilustrado sigue con sus reflexiones) Sin embargo, creo que estoy con vosotros. Pero no por las mismas razones. (Matías insiste rabioso) ¡Basta de charla! ¡Todos a casa de Mariana! (El Ilustrado vuelve a oponerse) ¡Sí, basta de charlas! Quiero las cosas claras, pues aunque estoy con vosotros, no estoy con vosotros porque vuestro método no es bueno. ¡No sabéis nada del verdadero enemigo! ¡Actuáis por el impulso, dejando de lado la razón! Si tenéis paciencia yo puedo proponeros otro plan. (Matías con rencor) ¡Sé muy bien cómo eres! ¡Tú combates los motivos del enemigo con teorías, nunca has utilizado los puños! Antes has dicho que el miedo no nos deja tener sangre fría, pero todos sabemos que aquí el único que tiene miedo eres tú. (El Ilustrado expresa con su habitual sarcasmo) Perder la vida es poca cosa, y no me faltará el valor cuando sea necesario. Y si actúo de esa forma es porque tengo mis razones. (Un compañero exclama) ¡La venganza es una razón! (El Ilustrado lo rebate) Y el miedo es otra razón. Pero, ¿dime de quién quieres vengarte yendo a casa de Mariana empujado por la pasión? (Matías interviene de nuevo) ¡No vas a conseguir desanimarnos! Eres un tipo demasiado complicado. Ahora veo claro tu única razón para impedir que vayamos: ¡el miedo! Y tu cobardía que está mojando los pantalones. (El Ilustrado responde con su sorna intelectual) En tantos años de lucha no has comprendido nada. No voy a negar que ante esta situación tengo miedo. Tengo miedo, pero es diferente al vuestro. Yo no tengo ese pánico. Vuestro miedo consiste en la incertidumbre. Miedo a que Mariana de Pineda no sea todo lo fuerte que ella es. No resista más interrogatorios y hable. Que confiese a Pedrosa el nombre de cada uno de nosotros. Por esa razón corréis como ciegos a su casa. Se puede combatir la tiranía, pero hay que emplear la astucia. ¡A veces con más maldad que los propios diablos! Si queréis salvar a Mariana dejad que se desarrollen los acontecimientos que ha preparado Pedrosa. Os aseguro que será sencillo si seguimos el juego que él mismo nos ha trazado. (El funcionario reflexiona) Creo haber comprendido más o menos. Pedrosa nos ha puesto como cebo a Mariana. Quiere que salgamos a pecho descubierto, y así acabaría con nosotros en escasas horas. (Matías conjetura desafiante) ¿Y si condena a Mariana a muerte? (Funcionario) En ese caso corremos el riesgo de que Mariana, ante el patíbulo, hable. Y si habla, también nuestra suerte está echada. (El Ilustrado ironiza finalmente) No dejará de ser más cómodo que vengan a buscarte a casa."...
En el Beaterio de Santa María Egipcíaca 
Con el intento de aislar a Mariana Pineda de su hogar y de sus hijos, Pedrosa confía en que la joven viuda, aparte de no poder reanudar sus acciones políticas con sus ocultos compañeros revolucionarios, no tarde en reaccionar frente al declive del constitucionalismo que ya da por derrotado con su detención. Una vez en el Beaterio, Mariana Pineda comprende que ya no hay más sentido de lo inmediato que su perdición, y aunque sumida en la angustia de hallarse lejos de los suyos, tratará de enfrentarse audazmente a los embates interrogatorios a que la someterá de nuevo Pedrosa, que sigue esperando el momento oportuno que debilite la fortaleza de Mariana y acabe, ante el peligro de ser definitivamente condenada a muerte, delatando a toda la facción liberal que aún se oculta en Granada. Tras ser recluida en una humilde celda, en la que una vez a solas, Mariana se derrumba llorosa, Pedrosa ordena a la madre superiora del Beaterio: "Que una de sus monjas la vigile día y noche, incluso cuando duerma. Quiero estar informado hasta de lo que diga en sus sueños. Hay que evitar por todos los medios que cometa el disparate de un posible suicidio"... (Pocos días después Pedrosa vuelve a visitarla para notificarle que, aunque puede acudir a la defensa de la abogacía estatal, su situación se agrava por momentos si, finalmente, persiste en no querer colaborar con la ley): "Señora, es mi deber comunicarle que tiene derecho a elegir procurador y abogado. Si no lo hace en el plazo previsto, se le nombrará de oficio. (Mariana se revuelve contra Pedrosa, enfurecidamente) ¿Han inventado ya las pruebas necesarias para llevarme al patíbulo? Pero tengo el cuello demasiado corto para ser ajusticiada. ¡Me condena con un montón de pruebas falsas! ¡Mis abogados demostrarán todas las falsedades. (Pedrosa sonríe con sorna triunfalista) Su situación la disculpa de tales desvaríos. Yo sólo estoy al servicio de nuestra amada majestad Fernando VII y de la ley. (Mariana exclama con el expeditivo desprecio que le merecen los tejemanejes políticos de Pedrosa) ¡¡La ley, la ley!!... ¡Con un montón de trucos para buscar culpables, pero alguien descubrirá este chantaje al que estoy sometida, señor Pedrosa! No sé cuando, pero un día se descubrirá. (Mariana se enfrenta a Pedrosa con su arrojo liberal) ¡Escúcheme, señor alcalde del crimen! Si hoy en España existe un régimen absolutista y tirano, mañana vendrá otro constitucionalista y libre. Yo no soy culpable de que venga (Mariana adopta un gesto de humildad, aunque de nuevo se encarará febrilmente a Pedrosa) ¡Pero me está haciendo desear que llegue cuanto antes! (Pedrosa despreciativo) Usted es una liberal de lucha, señora doña Mariana de Pineda. Es usted la que se ha interpuesto en mi vida, y no yo en la suya. Y le aseguro que tengo tanta hambre y sed de justicia como usted. (Mariana reacciona con desprecio sarcástico) ¡Sí, actúa con toda la serenidad del funcionario probo y servil a su rey! (Pedrosa le propone, creyendo poder reducir su rebeldía) ¿Quiere que todo esto termine? Dígame los nombres de los conspiradores. (Mariana le lanza una sonrisa irónica, se dirige hacia la puerta de la celda que Pedrosa había cerrado, y lo echa de la celda, exclamando despectivamente) ¡Buenos días!..."
Durante las primeras noches de angustia que Mariana vive recluida en su celda del Beaterio, sus dolencias gástricas se recrudecen.Tras de lo cual abundan sus pesadillas y el horror de hallarse separada de sus hijos. Sufre vómitos nocturnos. Las monjas, advertidas por las autoridades que allí la han confinado de que aquellos ataques prolongados pueden ser el preludio de apoplejía, asisten sus afecciones y se ocupan en prodigar cuantos cuidados requiera la enferma reclusa, cuya vigilancia les ha sido encomendada tan encarecida como amenazantemente por el inquisitorial subdelegado y alcalde del crimen de Granada Ramón Pedrosa. Mariana, sumida en la gruta profunda de sus noches de soledad, enfermedad y pesadumbre, vive la nueva zozobra de ignorar la situación en que se hallarán sus hijos: "¡Sólo me importan mis hijos! ¿Qué será de ellos? ¿Me perdonarán por haberles dejado tan solos?..."


Manuel Galiana, un actor de envergadura
Nacido en  Madrid el 9 de marzo de 1941. Su carrera recogería los mejores frutos en las representaciones teatrales. No obstante, ha sido una de las figuras más destacadas de los años 60, 70 y 80 en Televisión Española, muy especialmente en dos series maestras televisivas como fueron "Los gozos y las sombras", 1982 y "Proceso a Mariana Pineda", 1984, ambas dirigidas por Rafael Moreno Alba.

Contribuyó en los famosos programas "Novela", espacios dramáticos emitidos por TVE entre  1962 y 1979, en los cuales se dramatizaba semanalmente una novela famosa, que, dividida en en cinco episodios de 30 minutos, se emitían con gran éxito de lunes a viernes. Dicho espacio, década de los 60, se inauguró como "Novela del lunes" con "La casa de la Troya", y Galiana intervino en "Siempre en capilla" (24 de enero de 1966), "El extraño mundo del profesor" (14 de marzo de 1966), "El fin de un largo viaje" (4 de abril de 1966), "El alba y la noche" (10 de octubre de 1966), "El fantasma y Doña Juanita" (7 de noviembre de 1966), "Patio de luces"(13 de febrero de 1967) "En vano" (22 de enero de 1968) "El tigre de Tomás Tracy" (26 de mayo de 1969), "El rey sabio" (30 de marzo de 1970) "Jeromín" (21 de septiembre de 1971) "Padres e hijos" (15 de mayo de 1972) "Poquita cosa" (15 de mayo de 1978).
En 1986 logró una de sus mejores experiencias como actor en la adaptación de "A Electra le sienta bien el luto" de Eugene O'Neill que luego interpretaría en teatro. Especialmente recordada y admirada fue su actuación en 1988 en "!Ay Carmela", la famosa obra de José Sanchis Sinisterra, acompañado por Natalia Dicenta, y más tarde por Verónica Forqué.
Su carrera cinematográfica, no demasiado extensa, cuenta con títulos  notables como "Los buenos días perdidos", 1975, insólita adaptación de la obra de Antonio Gala dirigida por el artesanal Rafael Gil,  "Mi hija Hildegart", 1977, de Fernando Fernán Gómez, "Stico", 1985, de Jaime de Armiñán, y "Sangre de mayo", 2008, de José Luis Garci.
En 1982, Televisión Española obtuvo un notable éxito de crítica y público con la magnífica adaptación para la pequeña pantalla de la novela de Gonzalo Torrente Ballester "Los gozos y las sombras", que contó además con grandes interpretaciones de Eusebio Poncela, Charo López, Carlos Larrañaga, Santiago Ramos y Amparo Rivelles. Manuel Galiana compuso también de forma admirable su personaje de "Paquito", un ejercicio interpretativo sorprendente, asumido con un tono de hilarante emancipación ante las vicisitudes de la existencia tan arrebatadoramente lírico que le valió volver a ser requerido por el director de la extraordinaria serie Rafael Moreno Alba en su siguiente realización, de 1984, para TVE, "Proceso a Mariana Pineda".

Manuel Galiana: "El Ilustrado"
Sin apearse ni por un instante de sus convicciones liberales, comprende e insiste en que la gran heroína y mártir granadina Mariana de Pineda, con su sacrificio y muerte en defensa de la libertad, se alzará  como el único ajuste de cuentas histórico que podrá suscitar en el pueblo español una auténtica sed de desquite revolucionario contra el radicalismo absolutista que Fernando VII impone a España durante su nefasto reinado. Hombre de mundo, culto, magnífico disertador, competitivo entre el grupo de presión liberal que compone el duro entresijo de la revolución contra los absolutistas, y manifiesto defensor de la esencia democrática que debería iniciar la edificación de una ansiada política de libertades, capaz de conceder la estabilidad moral y socialmente reformadora que el pueblo español y sus adalides progresistas tanto ansían, opone toda su resistencia a la voluntad de sus compañeros revolucionarios, especialmente el capitán Alba y el impulsivo Matías, que no aceptan el sacrificio de Mariana de Pineda, y tratan de conseguir liberarla de las garras del Alcalde del Crimen. El intento por liberar a Mariana fracasa finalmente, y el Ilustrado vivirá la represalia que le impone el brazo ejecutor del capitán Alba. 
Manuel Galiana, como el perfeccionista y minucioso Ilustrado, establece así un modélico discurso ideológico, que incluye en su magnífico hacer interpretativo todas y cada una de las reglas del juego especulativo de un protocolario liberal cuya defección defensora [mezcla de oportunismo, doblez, y contradictorios escrúpulos de conciencia política ante sus compañeros],  frente al proceso que llevará al patíbulo a Mariana de Pineda, no pestañea ante su oposición a liberarla, convirtiéndola así, ante esa especie de "solución final", en uno de los más grandes mitos femeninos que consolidarían definitivamente en España la revolución Liberal contra el Absolutismo monárquico del Borbón Fernando VII. 
La prestigiosa carrera actoral de Manuel Galiana se ha visto jalonada por los siguientes galardones: Premio "El Espectador y la Crítica, 1983, Premio "Ricardo Calvo", 1994, Premio Nacional de Teatro,1998, "Medalla de Oro de Valladolid", "I Premio Nacional a la Calidad en el Teatro Luis Parreño", Asociación Nacional de Amigos de los Teatros de España (AMITE), 2003. XVI "Premio Nacional de Teatro Pepe Isbert" concedido por la Asociación Nacional de Amigos de los Teatros de España (AMITE), 2012.