miércoles, 5 de septiembre de 2012

Under the volcano (Bajo el volcán) -Final-

Cuernavaca, México. 1 de noviembre. 1938

"Día de los muertos"















 
Una ciudad que halla una especie de lenitivo en celebrar los estragos que con el hombre comete la muerte. Esqueletos colganderos que ofrendan sus formas lúgubres y aciagas a este mundo exterior mucho más vasto que el interior. Cuernavaca alcanza el paroxismo en su deseo de desconcertar al espíritu humano ofrendando la insignificancia de la carne, la verdadera perspectiva de esa broma maligna que significa el más allá: una simple osamenta juguetona, arrancada del cobijo de la tierra o que parece haber brotado del otro mundo, y que, ante los ojos divertidos de los viandantes, cuelga entre otros miles de esqueletos como lanzando desde sus cuencas vacías una súplica en vano.




Un hombre trajeado se mueve entre aquella barahúnda de muerte y exvotos como un enfermo curioso. Oculta su rostro tras unas gafas oscuras en las que se repiten simétricas calaveras con su desnudez enteca, de cabeza de monigote tenebroso. Ese hombre conoce bien una palabra que cambia nuestra naturaleza: alcoholismo. En efecto, confluyen en él todas las reacciones del borracho que trastabilla sin disimulo a la vista de la gente. Geoffrey Firmin, ex-cónsul británico de Cuernavaca, es la viva imagen de aquel "que enferma en la mañana, por beber mucho de noche. Y se dirige a la taberna, y con más alcohol se repone".


En su paseo arrastra un temblor: la reacción enfermiza del dipsómano incurable. Pero en Cuernavaca, como en tantas otras ciudades del mundo, ser un borracho no es más que una pena leve. El índice temible de alcohólicos que pueblan el mundo no da miedo. Son como vegetaciones sin fin que asoman por un tejado, unas imágenes que repiten su efigie frente a un espejo gigantesco que tuviera mil espejos supletorios. "El día de los muertos" consume hasta a Dios en Cuernavaca, una ciudad que se convierte en un camposanto descarnado y contador del tiempo de los hombres, y que parece haber perforado el mundo para abrir esa antesala oscura de la muerte para no dejarnos aterrorizados y patológicos frente al mapa de lo que en realidad es nuestra vida en la tierra. La revelación es muy clara: la tierra está enferma y poblada por locos. 





Geoffrey Firmin, el ex-cónsul alcohólico, no posee esa excitación del hombre sensato equivocado. Beber sin límite es para él algo así como un fenómeno científico. En la historia de su mal reside, cómo no, una mujer. Pero la bebida le provee de la larga pausa esperanzada en sus males. El alcohol afinó todos sus nervios, apartándole de un peligro inminente: el consabido tesoro de la ternura. Y así engaña su tiempo, creyendo haber cauterizado sus emociones; y marcha como si tal cosa, sarcástico, frío y un si es no es intratable. Una pobre perra abandonada le sigue, solicitando de él una caricia y algún alimento. Firmin se conmueve, la mima un instante y compra para ella un pequeño bocado de carne.





Luego, tambaleante, entra en un pequeño cine: "Sol de Medianoche" donde se proyecta el film "Las manos de Orlac" ("Mad Love"). Observa un instante la imagen en blanco y negro del protagonista, Peter Lorre, y sonríe al escuchar los diálogos: "¡Te quiero, te quiero! Gracias a mí has cobrado vida"...











(Geoffrey Firmin se dirige en seguida hacia el bar, donde le aguarda el doctor Vigil Laruelle, que exclama): "Justo a tiempo. El inglés es siempre puntual... (Se acerca el Sr. Bustamante, dueño del cine y se dirige a Mr. Firmin) Creo que usted va a una fiesta benéfica de la Cruz Roja con el doctor. (Firmin, sarcástico) Eso creo. Muy bien... Pero hay algo aquí que no es correcto. (Bustamante) Ya lo sé, señor. Usted no lleva calcetines. (Firmin se mira los pies desnudos dentro de sus negros zapatos abrillantados) Es verdad, no llevo calcetines... Con esta espléndida vestimenta debería usted llevar calcetines. ¿Quiere que le traiga algunos?... No es necesario. A propósito Sr. Bustamante, ¿ha encontrado usted algunas cartas dirigidas a mí?... No, no señor. No he encontrado cartas suyas. (El doctor Vigil Laruelle) ¿Qué cartas ha perdido?... Unas de mi mujer, de Yvonne... Entonces ¿ha recibido noticias suyas? ¿Qué le dice? ¿Va a regresar a México? (Firmin vacila y tartamudea. Los efectos de la borrachera son cada vez más evidentes) N... no lo creo... Me sabe muy mal verles separados. Siempre he sentido gran admiración por la señora Yvonne. Yo creo que volverá. Si le escribe es que piensa regresar... Lo que he recibido es una carta de su abogado. Por lo que parece estamos ya divorciados... ¡Uy, amigo! ¿Es eso verdad?... Sí (Geoffrey Firmin trata de mostrar un talante resignado y firme) Es verdad.





(Llegan de nuevo hasta ellos los diálogos del film que se proyecta en la sala y los tres observan la pantalla: (Voz de la actriz protagonista) "¡Déjame! Te prometo que volveré... (Voz de Peter Lorre) ¡Mientes! ¡Nunca volverás! Me odias y me desprecias. ¡Mentirosa! ¡Hipócrita!"... (Bustamante) "Las manos de Orlac". Es una buena historia. El hombre es un pianista que pierde sus manos bajo un tren. Le ponen otras, pero son las de un asesino. ¡Uy!, sus manos matan a la gente. Pero su corazón no es criminal, y él lo siente mucho, mucho. (Firmin con tono beodo pero frío) Hay cosas de las que uno no puede pedir perdón. (Geoffrey y el doctor Laruelle salen del cine y pasean entre la festividad de las calaveras camino del hotel Bellavista donde se celebrará el acto benéfico de la Cruz Roja) (Firmin) Sólo en México la muerte es una buena ocasión para reír... En el día de los muertos, cuando los espíritus vuelven hacia nosotros, debemos hacerles el camino fácil y no resbaladizo con nuestras lágrimas. (Les sigue la perrita abandonada hasta el hotel. Firmín se agacha a duras penas, la acaricia de nuevo y divaga) Lo siento, mi pobre anciana. Esta vez no te dejarán entrar. Te has cortado demasiado la melena. 





(Hotel Bellavista. Acto bénefico de la Cruz Roja) (Encuentro con algunas personalidades. Geoffrey Firmin sigue copa va y copa viene, mezclando bebidas) "Un poco de brandy. Un poco de anís. Un poquito de tequila. Un poquito de whisky. Un poquito de mezcal... (habla consigo mismo en un estado de total embriaguez) Oh, no, nunca pruebo el mezcal. Prefiero pasar sed antes que probar mezcal. ¡Qué locura! El mezcal es la tequila de los pobres. El mezcal es para los condenados. (Observa la proximidad de nuevas personalidades) ¡Oh, Dios Santo! Se acerca el último vendaval de diplomáticos... ¡Buenas noches, señor Firmin. Deseo presentarle a Herr Krausberg, agregado alemán. Mr. Firmin, ex-cónsul británico de Cuernavaca. (Herr Krausberg) Me causa un gran placer poder saludarle... Igualmente digo ¿Un cóctel de champagne (ofrece al agregado alemán). Espero que su próximo destino sea tan bello como Cuernavaca. (Geoffrey Firmin contesta con su sorna de alcohólico empedernido) No habrá ninguno más. Me he jubilado... ¡Oh, de verdad! (Firmin recita con despecho) "Se ha cortado la rama que debía haber crecido por completo"... o  algo por el estilo. Me quedaré aquí, en México. ¡Oh, qué suerte tengo!... (Herr Krausberg) Espero poder gozar de su amistad, tan estrecha y cordial como la amistad entre nuestras naciones. (Firmin lo mira fijamente con aire de burla) En estos momentos, Herr Krausberg, usted podría serme de gran utilidad... Me encantaría ayudarle de la manera que sea posible... Es algo relacionado con un hermano... hermanastro. ¿Sabe lo que quiere decir hermanastro?. Mi padre se volvió a casar con una belleza sudamericana. Hugh, mi hermanastro, es un periodista. De esos que van por su cuenta. Le ha llegado un rumor hace muy poco. ¿Quizás usted podría aclararme algo el asunto?... Con mucho gusto, si puedo. (Firmin acerca su rostro al del agragado alemán de forma amenazante como hace los borrachos) ¿Está Alemania financiando un movimiento nazi aquí en México? (Herr Krausberg contesta hipócritamente sorprendido) Por supuesto que no. Su hermano, Mr Firmin... ¡Hermanastro!, Herr maestro... Hermanastro, perdón,... su hermanastro padece obviamente de un exceso de imaginación. 



(Firmin se muestra cada vez más insistente e irritado) Les llaman sinarquistas, si no me equivoco... (Herr Krausberg sonríe con la característica frialdad alemana) Tonterías. Es sólo un rumor, como usted ha dicho. De todas formas, somos aliados, ¿no es cierto?, desde que se firmó ese maravilloso tratado entre su Primer Ministro y nuestro Führer. Brindemos por eso ¿no? ¡Por el entendimiento entre nuestras naciones! Una unión, estoy convencido, que nos asegurará la paz por muchos años en el futuro. ¡Salud, Herr Firmin! (Geoffrey exclama burlonamente, con voz trémula de beodo) ¡Sí, por el Pacto de Münich y todo eso! "Paz para nuestro tiempo" Pero no seamos demasiado precipitados (se encara con Herr Krausberg). Aclaremos todos los pros y los contras, como hacen los ferrocarriles mexicanos. No les gusta que las cosas les pillen por sorpresa. Echen por ejemplo un vistazo a su nuevo horario acabado de imprimir. Los cadáveres deben ser transportados por ferrocarril exprés. Cada uno de los cadáveres del tren expreso debe ir acompañado por un pasajero de primera clase. Bien, supongamos que el Tratado falla y se organiza un sangriento Armageddon. Piensen en ello. ¡Usted, usted! Los ferrocarriles harán una fortuna... Tiene razón, tiene razón. (le responde Herr Krausberg tratando de desentenderse de los comentarios de Geoffrey Firmin. Pero el ex-cónsul no ceja en su persecución) Piensen en ello. ¡Todos esos malditos cadáveres incluirán cada uno de ellos un pasaje de primera...  (Herr Krausberg evita las miradas furibundas de Geofrrey Firmin, que sigue hablando visiblemente encolerizado) Desde luego, un solo "Día de los Muertos" no será suficiente. ¡Un mes! ¡Una década! Será más bien la "Era de los Muertos". ¡El mundo entero aprenderá a reír a la vista de los pestilentes cadáveres! ¡Oh, ja ja! ¡Oh, Dios mío! Los trenes expresos serán reservados con años de antelación. Los cadáveres casa a casa con sus malditos acompañantes de primera clase harán cola a millones, esperando a ser transportados. ¡Ajá! ¡Sí! (Firmin trastabilla hasta donde se halla la orquesta y toma entre sus manos un micrófono) ¡Señoras y señores de la Cruz Roja, su maldito trabajo está ya preparado para ustedes. ¡Deben tener listo el almacén!  




(El doctor Laruelle trata de detener la verborrea del ex-cónsul, tomándole del brazo) Amigo, señor...  (Geoffrey Firmin sigue gritando, haciendo caso omiso del doctor) ¡Deben preparar el almacenamiento de una nueva hornada de cadáveres danzantes!... No, no, señor Geoffrey, por favor... ¡Construyan depósitos especiales! ¡Oh, sí! ¡Amontónenlos en filas o estrújenlos por la mitad.



(La orquesta empieza a tocar de nuevo para acallar las voces del ex-cónsul, que sigue girtando) ¡No, mejor aún, córtenlos a pedazos!. ¡Descuartícenlos y métanlos en bolsas y pinten la Cruz Roja en ellas!  (El doctor Laruelle trata de calmarlo) Vamos, amigo, debe aclarar su mente. Es muy triste pasarse la vida en una continua tragedia. Oh, no son estos tiempos precisamente, sino algo dentro del corazón. No se puede vivir sin amor, amigo (Firmin repite la frase del doctor) No se puede vivir sin amor (permanece un instante con la mirada extraviada) Una mañana desperté y ella se había ido. ¡Nada! ¡Sólo una maldita mujer!... La necesito... (El doctor Laruelle trata de sacarlo de la sala del hotel) Sé lo que usted debe hacer. Venga conmigo. No está lejos, venga. (Llegan hasta una pequeña capilla. Firmin, agotado, se sienta en un banco. El doctor le señala la imagen de una Virgen) Es la Virgen de la Soledad. La Santa Patrona para aquéllos que no tienen a nadie, para los que están perdidos, y para los marineros de la mar. Debe pedirle de nuevo por su esposa. Pídale. (Firmin se muestra contradictorio y desencantado) No puedo. Es como pedir tres deseos a un hada madrina. (El doctor habla con la imagen) Debes perdonar a mi compañero. Está demasiado borracho para rezar. No se puede vivir sin amor, "Madresita". Ha perdido a su esposa y te pide ayuda. Por favor, amigo Firmin, rece a la Virgen. (Firmin divaga, totalmente borracho) Me muero sin ti. Vuelve conmigo, Yvonne.








El retorno de Yvonne.






Un regreso inesperado, tras una larga y dolorosa ausencia, se presta por lo general a interpretaciones contradictorias; en especial cuando el motivo que lo provoca se ha labrado entre una imposible convivencia. Un regreso puede convertirse en un tabú más temido que deseado. A veces se apela a él porque no existe en nuestra vida nada más a que apelar. Pero el peligro se recrudece. El recuerdo de un tiempo imposible de recuperar hace objeto a nuestra memoria de un verdadero fetichismo. Un fetichismo llamado amor que poco a poco quedó embalsamado en nuestra mente. La cantidad de pretextos de que se vale nuestra memoria inventando un pasado sublime posee todo un compendio de aspectos y motivos, aspiraciones y sueños, engaños y miserias que viven ligados a ese pasado (que, aunque nos destruya, queremos que vuelva); y por lo que una vez se creyó que sería un inextinguible amor o por un odio inesperado pero igualmente inextinguible. Es necesario incluir hechos y episodios de los cuales casi siempre sale empequeñecido tan gran sentimiento. Y es que esa emoción, humana pero abstracta, de moral figurada aunque trascendente, tierna, dominante y furibunda, vive edificada sobre la intocabilidad de las pasiones; y al mismo tiempo que nos hace prisioneros, jura y perjura, cuando se desvanece en la niebla como una alegoría, que no debe nada a nadie. Pero el papel del amor es hacer siempre de testigo e intérprete, y hay casos de vidas enteras dedicadas a la exégesis que lo impregnan de nostalgia y de dolor. Hombres y mujeres que creen que no hay más predestinación en la vida que la de caer en él, se le entregan al buen tun tun, alimentándose de sus contradicciones y de la incongruencia que lo articula. Y disfrutan encerrándose de nuevo en su eterno esquema masoquista del que parece imposible evadirse. Todo ello porque el amor posee dimensiones faraónicas, ampliamente apoyado, como ya se indicó, en los cimientos gigantescos que aporta el desierto pavoroso, por el que solemos andar solos, de nuestros sentimientos y pasiones. Dante concluyó su imperecedero poema divinal con el "Amor que mueve el sol y las demás estrellas". Pero, aunque el amor sea así y soñemos con que siempre vuelva a nosotros,  todo relato amoroso, por muy maravilloso que sea, acaba por entregarse a digresiones en las que fluye el indomable carácter humano: cerrado, violento, injusto y hasta monstruosamente egocéntrico.





Geoffrey Firmin no duerme. Su paso por la tierra se parece al de un animal que está siempre siendo frenado violentamente. Su mundo de dipsómano incontrolable parece ir más allá de las emociones. Es como un comensal del miedo. Un mensajero del más negro azar, que quema su crédito a la vida en el alcohol, invitando constantemente a la muerte a matarse con él. En Cuernavaca la popularidad parlanchina del ex-cónsul inglés, que ya era bastante grande, vive naturalmente aumentada por su facundia borrascosa que en sus tabernas, abiertas al amanecer, le acogen como a un mendigo nómada. Mientras tanto, un autobús se detiene en el centro de la ciudad, y de él desciende Yvonne Firmin. Un par de chamacos cargan con sus maletas de viajera recién llegada. Pasea su vista por la semi desierta ciudad y la voz de Geoffrey rebota en en silencio desde la taberna conocida por París Cantina. (Geoffrey Firmin cuenta una de sus aventuras bélicas de la 1ª Guerra Mundial al dueño con sus consabidos temblores etílicos) "¿Me oyes, Fernando?... (El cantinero le observa con actitud incómoda) Si es absolutamente necesario... Presta mucha atención. E... es una lección, una parábola. Te estoy hablando sobre responsabilidad, Fernando. Ese barco era una perfecta artimaña, y yo era el comandante de a bordo. El barco era el S.S. Samaritan. Lo llamaban así porque visto desde fuera parecía una indefensa y obesa dama. Un barco de carga pesadamente flotando en el mar. ¿Me escuchas, F... Fernando? Era el año 1917, en primavera. Vimos como un periscopio nos observaba. ¿M... me escuchas, Fernando? Se preparaban para el abordaje... 










(En aquel momento entra Yvonne en la París Cantina, y, situada tras Firmin, le mira conmiserativa y fijamente) Entonces ocurrió una gran sorpresa... (Fernando ha dirigido la vista hacia la recién llegada, y Firmin vuelve su rostro tembloroso movido por la curiosidad. La observa un instante conmocionado, aunque finge no haberla visto) ¡Oh!, entonces nos quitamos el disfraz. El depredador se convirtió en nuestra presa. (Geoffrey vuelve a mirar a Yvonne bajo los efectos de su tremenda borrachera como si no creyera en su presencia. Su voz se vuelve cada vez más trémula) R... recibí una medalla por la captura del submarino. Pero antes tuve que comparecer ante una corte marcial (continúa hablando Firmin como si tratara de ignorar la presencia de Yvonne que sigue a su espalda) F... fue el misterio de la desaparición de los oficiales germanos... los restos de tres hombres hallados en las cenizas del horno. (Geoffrey esboza un gesto de horror) ¡Algo espeluznante!, ¿eh? (Firmin vuelve de nuevo a Yvonne su rostro gesticulante, pero no le dice nada. Y se desahoga insistentemente con el dueño de la cantina) Pero así sucedió, Fernando. La gente no va por ahí metiendo a los demás en los hornos. (Los visajes del ex-cónsul son ahora tan manifiestos con el horror que pretende expresar que resultan cómicos a la vez. Finalmente, murmujea con encubierta emoción) ¡Hmmm, Yvonne!... He vuelto, Geoffrey... ¿Eres tú realmente?... Claro que soy yo (trata ella de mostrarse cariñosa) N... no puede ser (niega trémulamente Firmin) Te escribí diciendo que venía ¿No recibiste mis cartas? Ni siquiera estaba segura de que estuvieras aquí. Tuve que llamar al Foreign Office. (Firmin bebe y finge que bromea) Siempre estoy aquí... más o menos. Bueno, me fui una vez, la semana pasada. A una corrida en Tomalin. Y luego acabé en El Farolito. Pero sólo para unos tragos, tenlo en cuenta. ¿Cómo has llegado aquí? (Los visajes de Firmin se acrecientan) Vine en barco desde New York y cogí un avión desde Veracruz... Ya veo. Debes estar exhausta... En realidad, no. Dormí un millón de horas en el barco. Lo peor fue el traslado desde el aeropuerto,... en autobús. (Yvonne pugna por contener las lágrimas. Geoffrey la observa con inquietud recelosa, y bebe una copa de whisky con mano trémula) Son los temblores los que me hacen la vida insoportable. Pero disminuyen si sabes tratarlos con cuidado. (Yvonne llora y detiene a Geoffrey la mano temblorosa que sujeta el vaso)... con los necesarios movimientos... (prosigue Firmin emocionado por el gesto de ella) El toque terapéutico. Tómate un vaso conmigo. (Yvonne trata de esbozar una sonrisa) No, tómate el tuyo... A tu salud. (Bebe Geoffrey con ansiedad, mientras Yvonne le observa con hondo dolor reflejado en su hermoso rostro. Luego se levanta y se dirige a los chamacos que la aguardan con sus maletas) Calle Nicaragua, 52... Sí, señora.  







(Mientras Yvonne no le mira, el ex-cónsul experimenta los síntomas de la más terrible excitación. Pone los cinco sentidos en su observación como si el encontrarse de nuevo con ella se tratara de un incómodo incidente. Sus pensamientos, debilitados por el alcohol, parecen correr el más grave de los peligros. Se halla a punto de desmoronarse. Son los suyos visajes contundentes de borracho. No obstante, se esfuerza por recobrar una serenidad casi imposible. Se pone en pie a duras penas, trastabillando por la taberna. Paga el whisky, y ya a punto de rodar por tierra, nota la mano de Yvonne que lo sujeta con cariño. Firmin tiembla. El dueño de la cantina le observa. Firmin, casi avergonzado, le hace un gesto de despedida con la mano. Al fondo, frente a otra mesa, una anciana india juega al dominó con una gallina. Ambos dirigen su mirada a la chocante escena, y cuando se disponen a salir de la taberna, Firmín se dirige a Yvonne) ¿Cómo, a menos que bebas tanto como yo, esperas comprender la belleza de una anciana mujer india jugando al dominó con una gallina?  





(Ya en el exterior de la París Cantina, el ex-cónsul hace esfuerzos por mantenerse en pie. La calle polvorienta se halla vacía) Bueno, p... parece que han desaparecido todos los taxis. ¿Vamos caminando?... (Yvonne se extraña) ¿Por qué? ¿Qué le ha pasado a tu coche? ¿No habrás vuelto a chocar, verdad?... (Firmin responde sin tapujos) Bien, la pura verdad es que lo he perdido... ¿Que lo has perdido?... Mira (se detienen ante un banco, frente a una iglesia), descansa aquí un momento. Debes estar terriblemente cansada, Yvonne. Dejemos de andar. Nos podemos sentar y esperar un taxi... (Yvonne se niega) No, de ninguna manera. Creo que tú eres el único que está cansado... ¡Oh, no, no! (exclama Firmin sin el menor titubeo) Por mí, muy bien. Me agrada poner en circulación a mis viejas piernas. (El ex-cónsul disimula su andar fluctuante y canturrea ante la mirada, ahora sonriente, de Yvonne. Luego le pregunta) ¿Te dijeron en el Foreign Office que había dimitido?... ¿Qué te ha pasado?... Nada. Sólo que me harté... (Siguen conversando) Geoffrey, ¿por qué no contestaste mis cartas?... Ya sabes, temblores. Apenas puedo usar la pluma. (Pasan por delante de unos ancianos escribientes, típicos en Cuernavaca, donde el índice de analfabetismo alcanza enormes proporciones) (Yvonne, refiriéndose a ellos) Tenías que haber usado sus servicios. (Firmin se dirige a los escribientes con sorna y les dicta una imaginaria carta, que nadie escribe) "Querida Yvonne: he decidido tomar la única salida; punto y coma. Adiós. Punto y aparte. Cambio de párrafo . (Deja unas monedas en la mesa de los asombrados escribientes, y añade) ¡Cambio de mundo! (Yvonne, apesadumbrada ante la ironía demostrada por Geoffrey, canta) "¡¡Qué dulces florecen las tumbas, con sus fragantes flores! ¡Pues, una vez al año, los muertos celebran su día!!" ¿Recuerdas, Geoffrey? Esa vieja canción de Strauss llamada "El día de las almas" (Yvonne canta de nuevo) "¡¡Regresa a mí, amor mío, para que pueda abrazarte!!" (Firmin se cala sus gafas negras para ocultar su mirada conmocionada. Yvonne continúa con la canción, y trata de adivinar la reacción de Geoffrey) "¡¡Como lo hice una vez en mayo... como lo hice una vez en mayo!!" (El ex-consul, como si no hubiera oído la canción, pregunta con cierta dureza) ¿Qué estuviste haciendo el año pasado, además de gestionar el divorcio?... La mayor parte del tiempo lo pasé en New York. Tuve un papel en la reposición de "Un sombrero de paja en Italia" ¿Recuerdas la obra que representaba cuando nos conocimos? Yo hacía entonces de ingenua. Desgraciadamente esos tiempos ya han pasado. Esta vez sólo fue un papel de reparto. Acabamos la semana pasada... Ya veo... (Yvonne se queda observando asombrada a un joven ciego que pasa tocando la flauta montado en un caballo blanco) Mira, sus ojos están cerrados, pero el caballo conoce el camino a su casa. (Firmin no contesta).



Una vez llegados a la calle Nicaragua, los chamacos llevan las maletas hasta el interior de la casa) ¡Hola, hola! (exclama Yvonne) ¡Mira quien está aquí! Mi pequeño Edipo (un bello gato blanco, al que acaricia y besa) Así que estás aquí. (A Geoffrey) ¿Creías que se olvidaría de mí?... No, no te ha olvidado. Nunca lo hubiera pensado. Los gatos no están ligados a las personas sino a los lugares... Te he echado de menos, Edipo... También él te añoraba. (Aparece la mucama exultante de alegría) ¡Señora, qué gusto!... ¡Oh, buenos días, Concepta!... Cómo la he extrañado, señora... Yo también a ti, Concepta. (Yvonne, con Edipo en las manos, observa la casa y el lamentable estado en que se halla) ¿Qué le ha pasado a mi hermoso jardín, a mis camelias? (Geoffrey, irónico) Me temo que se ha convertido en una selva. Pero mira, supongamos, sólo como una premisa, que abandonas una población sitiada y al cabo de un tiempo vuelves a ella. No esperarás encontrar los mismos verdes jardines, todos en perfecto estado, ¿eh?. No obstante, todo aquí y allí te da la bienvenida. ¿Has vuelto en realidad o sólo es una visita? (pregunta el ex-cónsul con mordaz desconfianza) Estoy aquí, ¿no? (Yvonne finge no sentirse herida por la pregunta. Geoffrey grita de pronto) ¡Hugh, ven en seguida! Nunca adivinarás quién acaba de aparecer aquí. (Yvonne se sorprende) ¿Hugh está aquí?... (Firmin aparenta un falso contento) ¡Ah!, ¿no te lo había dicho? Hace tiempo que regresó. Vino directamente de la Guerra Civil española. Ha estado haciendo de Florence Nightingale conmigo. ¡Hugh!, ¿dónde estás? Le supo muy mal cuando regresó y se dio cuenta de que habías volado. Creo que te ha echado tanto de menos como yo. ¡Hugh!, ¿dónde estás? ¿Dónde se hallará el joven cachorro? (La desazón de Yvonne es cada vez más patente ante los ataques irónicos de Firmin) ¡Hugh! ¡Aquí hay un emisario que te llama. (Geoffrey observa con dolor contenido a Yvonne) El Cónsul de Puerto Cornudo (Geoffrey insinúa con estas palabras la sospechada infidelidad de Yvonne con su hermanastro) Ven, Hugh, y dale a mi esposa un beso de bienvenida. (Yvonne se halla al borde de las lágrimas, sin dejar de acariciar a Edipo. Los gestos de Firmin resultan cada vez más grotescos y burlones, sabiendo que hace daño a su mujer) ¡Ah!, lo había olvidado. Está en Ciudad de México. Llegará dentro de un rato. Le llegó una especie de rumor y ha salido en su busca, como galgo tras la liebre. (Yvonne se muestra como derrotada) Geoffrey, sólo dímelo. Puedo irme de nuevo... (Firmin finge no escucharla, toma una botella y bromea) Éste es el remedio casero de Hugh contra el alcoholismo. Estricnina. Soborna a Concepta para que me envenene. ¡Veneno! (La mucama, que se halla próxima, desmiente sus palabras) Señora, eso no es verdad... Es horrible. Lo es. (Firmin se abstiene duramente de beber, pero ofrece una copa a Yvonne) ¿Te apetece un whisky?... Aún no he desayunado. (Se observan los dos fijamente, mientras Geoffrey mantiene su vaso en alto) Geoffrey. Tomátelo... ¿El qué?... Por Dios bendito, bébetelo. No quiero milagros... No, no, no no. Me pasaré a la vieja medicina, gracias. (Firmin se bebe el vaso de whisky con gestos de escalofrío placentero. Yvonne trata de romper el hielo) ¿Realmente has presentado tu renuncia?... Absolutamente. No más diplomacia para mí... Bueno, entonces no hay ya nada que te ligue por más tiempo aquí. (Firmin parece divagar) Es mágico (y declama, cruzando los brazos) "Aquél que en su corazón lleva el polvo de México, no encontrará la paz en ninguna otra tierra"... Pero, en realidad, nada te retiene aquí... No hay nada más real que lo mágico... Muy bien, Geoffrey, podemos hablar de ello cuando hayas descansado... Cuando esté sobrio, querrás decir. A estas alturas ya debes saber que nunca consigo estar borracho por más que beba (ironiza Firmin de nuevo) Y que sólo estoy borracho en ese sentido convencional e incoherente cuando no he tomado ni un trago. Seguro que tú te darás cuenta del delicado equilibrio que debo mantener entre los temblores de beber poco y el abismo de beber mucho... (Yvonne asiente resignada) Puedo darme cuenta muy bien. Sí bastante bien. Bueno, me gustaría darme un baño. Tómate tu trago"




 





Geoffrey, Yvonne, Hugh 









Dios, que permite la soledad de los hombres bajo el látigo de su indiferencia, parece que juega poniendo con ello a prueba a sus criaturas. Y aunque tienda su mano para que se la besen, deja que la protesta, que el desengaño humano se sigan expresando entre coloquios abominables. Y así el hombre halla un nuevo refocilo infernal bajo ese látigo divino porque ello le permite de nuevo puntualizar sus horas más desnudas, sus sitios más nefandos, y la duración de sus muchos pecados, ésos que la moral cristiana inventó para él.. Y cuando el amor se retuerce entre gritos de asombro, y hasta se tiñe de sangre, los hombres, en su candor insoportable, buscan inútilmente un reclinatorio en el que desollarse las rodillas, donde siguen quedándose solos con sus pensamientos, y vuelven a ser flagelados, porque la criatura infeliz, la que hace sufrir a su prójimo con su propia infelicidad, debe ser abandonada a su suerte. La ley del talión nació en la Biblia. Hay llagas cerradas y secas aseguran algunos rehabilitados en sus capacidades sensitivas frente al enfermizo sentimiento amoroso. Pero eso significa subjetivar en demasía el mal del amor. Dicha emoción vive entre el rito de su antigüedad y el milagro de su continuidad. Es una dolencia que jamás se separa de la carne. Posee una etiología callada. Carece de ética, puesto que es como un veneno dulce y lento siempre preparado para el padecimiento. Y cuando huye como un santo rechazando la hoguera de la carne, le sigue yendo a la zaga un grito sordo de perdición, un presagio de penitencia, dejando a los pobres amantes sometidos a la dura servidumbre de una última y enloquecida aventura de la sensualidad, y para la que no hay ya la menor mirada compasiva. Para Geoffrey Firmin el alcohol es como una placentera muerte que aguarda con maliciosa mansedumbre.






En realidad la aceptación del regreso de Yvonne por parte de Geoffrey Firmin encubre un desgarrador sufrimiento al que se somete sabiendo que no existe ya para él la menor esperanza de auxilio. Su sed se acrecienta como un latido insufrible en la lengua, en el paladar, en la boca. Invadido por sus terrores de dipsómano trata por todos los medios de hallar una botella de whisky, oculta en algún rincón de la casa. Remueve su librería. Tras los libros no aparecen más que botellas vacías. "¡Concepta! (grita desesperado), ¡Tequila, por favor!... No hay nada que tomar (asegura la mucama) ¿Nada? (Los temblores del ex-cónsul se vuelven cada vez más violentos. Corre hasta el casi devastado jardín y se pierde entre la maleza ante la mirada expectante que le dirige un vecino desde la reja que separa ambas casas.  Aparece por fin una botella oculta tras una palmera, y Firmin bebe casi enloquecido, observando con horror una abeja que revolotea sobre una flor, como atacado por un temido delirium tremens. En el ámbito solitario del jardín abandonado únicamente los ademanes vertiginosos del alcoholizado Geoffrey Firmin desperezan la quietud abrasante del caluroso mediodía. Tras dar buena cuenta de la botella de whisky, decide arrostrar la mirada reprobatoria de su vecino) ¡Ah, buenos días, Quincey!... ¿Qué hay de bueno? (descalifica desabrido Quincey. Firmin se muestra como el borracho socarrón que en realidad es, y le replica con maliciosa ironía) Estaba sólo inspeccionando mi paraíso. Esperaba ver a Adán cabalgando en un tigre. Yo me imaginaría (desvaría) cantidad de tigres y elefantes rosas... (El vecino no presta atención a los disparates del ex-cónsul) Oiga, Firmin. En lo que respecta a su gato... (Geoffrey ignora las quejas de Quincey y sigue con sus desvaríos) He estado pensando mucho sobre el Edén, para encontrar un camino que nos lleve de vuelta a nuestros orígenes. Quizás yo me iría a vivir entre los indios, como William Blackstone, despojado de mis inútiles atavíos. Sin necesidad de alojamiento; sólo por estar allí. ¿Ha oído hablar de Blackstone? (Quincey hace caso omiso de los dislates de Firmin y vuelve a quejarse del gato) Mi esposa y yo nos hemos pasado en vela casi toda la noche por sus infernales maullidos. ¿O es que usted no...? (Firmin le interrumpe de nuevo con sus divagaciones) Blackstone es un personaje que siempre he admirado. Vivir pacíficamente entre los indios en... en algún lugar de lo que ahora es Massachusetts. Pero los Puritanos lograron encontrarlo y le obligaron a volver a llevar una vida respetable. (Quincey se encoleriza cada vez más) Si usted no hace nada con su gato, yo lo haré... Pero a Blackstone (sigue desentendiéndose Firmin de las quejas) no le gustaban los Puritanos, ¡oh, no, desde luego que no! No tenía nada de ellos. Así que volvió a escapar en busca de soledad, y nunca se supo nada más de él. (Firmin se dispone ya a abandonar el jardín)... ¡Estrangularé a ese maldito gato con mis propias manos (amenaza el irritado vecino)... No se preocupe, Quincey (vuelve un instante Firmin tambaleándose) Edipo sólo maullaba por Yvonne. Y ella ya ha vuelto... 




(Hugh aparece en el porche de la casa) ¿Dónde estás, Geoffrey? (Yvonne se asoma desde su habitación) Hola, Hugh... ¡Yvonne! (se asombra Hugh, sin saber como reaccionar. Se dan la mano) Bien, desde luego... esto y lo otro... Geoffrey me dijo que estabas aquí... ¿Sí? (sigue como aturdido Hugh. Por fin, se besan) Estás estupenda... Tú también. Todo un figurín... Como si fuera Ringo Kid (bromea Hugh) Creí que estabas en España... Allí estuve... ¿Qué ha pasado?... ¿Qué?... ¿Por qué te fuiste? La guerra aún no termino, ¿verdad?... ¿Por qué? Digamos que me hirieron. Cuando iba a presenciar la batalla de Madrid, me caí de una ambulancia. Siete cajas de cerveza y seís periodistas cayeron encima de mí (ríen ambos) ¡Oh!, de todas formas ya es una causa perdida. Franco tiene soldados, tanques y aviones, y las tropas leales sólo buenas canciones (Hugh canta) "¡¡Sólo es nuestro deseo, rúmbala, rúmbala, rúmbala...!!" ¿Cuándo regresaste?... Esta misma mañana... Bien, ¿y dónde está nuestro monarca?... Se ha ido. Creo que en busca de una botella... ¿Te has presentado aquí así, sin más ni más? ¿No le avisaste?... Sí, le había escrito. Aunque creo que le he cogido por sorpresa... ¿Cómo ha reaccionado?... Contento de verme, creo... De eso estoy seguro. ¿Cómo lo encuentras?... ¿Te refieres a que bebe?... La mitad de las veces no podías decir cuándo está borracho. Tiene la constitución de un toro, ¿sabes?... Creo que se ha dejado llevar... Bueno, ahora que has vuelto, quizás dejará de hacerlo... Sí (al afirmarlo, Yvonne duda).





El terrible sol del mediodía parece corroer a Geoffrey Firmin. No le queda más que la desesperación del dipsómano que lo atenaza  con la burla de un poseído. Un nuevo delirio llega hasta él. Una necesidad de huida que lo lanza despavorido fuera de la casa, y se deja caer sobre el empedrado como un muerto en la tierra de su dolor. Un automóvil está a punto de atropellarlo. El conductor desciende asustado "Escuche, ¿se encuentra bien? ¿Quiero decir si le pasa a usted algo? El ex-cónsul se alza como si se hallase ausente; se tambalea cómicamente. El alcohol ingerido le ha hecho perder la sensación peligrosa del acto cometido. Siente únicamente el desaliento de su boca reseca y la brusca conciencia de su mundo absurdo: "N...nada. Estoy muy bien. Muy bien... ¿Y qué hace usted aquí tendido en mitad de la calle? (Firmin no atiende las palabras del asombrado conductor, sonríe restando importancia al peligro que ha corrido. El automovilista insiste) Amigo, usted estaba echado en la calle y podía haberle atropellado. ¿Está seguro de que no le pasa nada?... No... ¿Qué? ¿De verdad se encuentra bien? (Firmin gesticula y trata de evitar la mirada del conductor, que cree, por un momento, conocerlo) ¿Nos hemos visto antes alguna vez?... ¿En Oxford? (aventura Firmin)... No, Cambridge... Pues usted lleva una corbata de Oxford... ¡Ah!, la corbata. Es de mi primo. Íbamos a Guatemala. Estamos haciendo un pequeño recorrido de los templos, ¿sabe? Magnífico país, ¿verdad?... Magnífico, magnífico (asegura Firmin socarrón) ¿Está seguro de que no tiene ningún hueso roto?... No, ningún hueso roto. (De pronto, el ex-cónsul se tambalea y está a punto de caerse) ¡Uy, mi querido amigo! (le sostiene el visitante, que evita la caída) Escuche, estoy alojado en el Bellavista. ¿Por qué no le llevo al hotel para que pueda descansar un rato?... No, de verdad, gracias (se resiste Firmin) ¿No?. Bien, siempre llevo algo para casos de emergencia. (El visitante busca en su coche una botella de whisky. El rostro de Geoffrey Firmin se ilumina, y se dispone a vaciar la botella) Irlandes. Burke de Irlanda (Firmin bebe con su habitual avidez) Mmmm. Un millón de gracias (le devuelve la botella) No, no. Quédeselo, amigo. (Firmin vuelve a beber hasta apurar el contenido de la botella) Eso sí que es un buen detalle, viejo amigo. (El visitante reconoce finalmente a Firmin) Ya decía yo. Sé donde le había visto por última vez. Usted fue el tipo que anoche pronunció ese discurso. ¿No es cierto?... Absolutamente (sonríe satisfecho Firmin)... No acabé de entender lo que decía, pero sonaba estupendamente. Mire, si está usted seguro de encontrarse bien, continuaré mi camino (Firmin hace cómicos gestos gimnásticos, tras haber disfrutado del buen whisky Irlandés) Y no vuelva a tropezar en medio de la calle. Debe sólo subir y bajar. Esta callejuela es horrorosa, ¿no cree?... Horrorosa, horrorosa (ratifica con su acostumbrada sorna de alcohólico tembloroso Firmin) Sí, sí, pero el tiempo es esplendido. Salud (Firmin se aleja hacia la casa eufórico por la bebida ingerida, y despide al visitante con su pañuelo, que luego utiliza para enjugar su sudor. Cuando pasa por su lado, exclama) Si se encuentra en algún problema, hágamelo saber".








(El regreso tambaleante del ex-cónsul no asombra a Hugh e Yvonne que le aguardan en el porche. Firmin no puede reprimir sus ademanes de alcohólico, todo su cuerpo se ladea, su voz sigue sin desechar esa cáustica ironía que nos justifica para el daño) "¡Hola, Hugh! Tu vieja serpiente está en el césped... ¡Hola, Geoff, viejo!... ¡Qué sorpresa!, ¿no? Yvonne aparece así como así. Hay que celebrarlo. ¡Dios mío!, he olvidado que no tengo en casa ni una gota. ¿Qué clase de huésped soy? Mmm, justamente salí a buscar champagne cuando me he tropezado con un antiguo colega. Una persona muy sentimental. Sentaros los dos. (A Hugh, refiriéndose a Yvonne) ¿Te ha contado que ha vuelto al escenario? Ha hecho su reaparición. Un gran éxito. Hugh tiene muy buen aspecto, ¿no crees, Yvonne? México le cae muy bien. Tiene el color de una fruta. Además, ha cuidado perfectamente de mí. (Firmin abraza a Hugh) Y creo que los resultados comienzan a estar a la vista (Firmin vuelve a sus carácterísticas expresiones gimnásticas) Me siento tan fuerte como un caballo. Todo gracias a la maravillosa medicina de Hugh, que te mata o te cura. (Rebuscando, Firmin ha encontrado una botella) ¡Oh!, podríamos tomar todos un poco de estricnina. (Luego se aleja de Hugh e Yvonne un tanto avergonzado de su estado) Perdonadme un momento. Podéis divertiros los dos un rato. Tengo que ordenar cosas (finge hallarse atareado y hace un gesto de despedida a Yvonne y Hugh que se observan consternados. Cuando Firmin desaparece, Hugh se dirige a Yvonne) Perdóname que te lo pregunte, pero ¿realmente has vuelto para estar con él? ¿O qué? (Yvonne esboza un gesto de conmiseración. Hugh insiste) Quiero decir que me gustaría conocer cuál es exactamente vuestra situación. (Yvonne se cubre el rostro con las manos) A mí también... ¿No lo sabes tú?... Sí, he regresado con él... Está bien (asiente Hugh dubitativo)... (De pronto, suena un grito espantado de Firmin que se halla en el cuarto de baño tratando de asearse y ha observado una enorme cucaracha en la pared. Cae al suelo tembloroso, mientras Yvonne y Hugh acuden en su ayuda) ¡Aquí estás, viejo! (exclama Hugh, tratando de alzarlo, mientras Yvonne se lamenta de la situación) ¡Oh, Geoffrey!... ¡Vamos, arriba esa barriga, viejo! Así, muy bien. (Firmin, aterrorizado, no puede dejar de dar saltos. Ve una botella de perfume de Yvonne y se dispone a beber su contenido) Me gustaría saber a qué sabe... ¡Geoffrey, no! (Firmin bebe) ¡No está mal!... No está mal. (Yvonne se la quita de la mano, mientras su marido persiste en su apreciación) Puede superar cualquier prueba. Sabe un poco a Pernod, aunque con el sabor de las saltarinas cucarachas de la Bahía. (Hugh desnuda a su hermanastro y lo introduce en la ducha) ¡A la ducha! (Firmin sale huyendo cómicamente, desnudo, y grita) ¡Ah, no hay agua caliente!... (Mientras Yvonne y Hugh se esfuerzan por secarlo, el ex-cónsul trata de afeitarse y declama) ¡Una cucarachilla sube al muro, y parece que lo encuentra muy duro!  (Hugh toma la navaja de afeitar, ya que los temlores de Firmin se acrecientan y teme por él) Déjame a mí... ¿Te sientes mejor? (pregunta Yvonne mientras sigue secándole con la toalla. Firmin finge mostrarse exultante) Como un hombre nuevo, que vuelve a vivir. Sin pasado, sólo con futuro... No te muevas (Hugh lo afeita. Firmin exclama) ¡Eh, escuchadme! Deberíamos ir a la Fiesta... (Yvonne) ¿Adónde?... A la Fiesta. Sí, iremos todos. Quiero decir que deberíamos ir, a menos que no estéis demasiado consados... Estoy perfectamente (asegura Yvonne. Hugh sigue rasurándole) Ahora no te muevas, que voy a afeitarte el cuello... (Firmin bromea) Como dicen los mexicanos: "no te preocupes"... Ahora vuelvo (Yvonne sale del cuarto de baño. Firmin canturrea y luego exclama) Ella está estupenda, ¿no es verdad, Hugh?... Sí, por supuesto. Tiene muy buen aspecto... ¿Sabes, Hugh?, creo... creo que hoy sólo voy a beber cerveza en nuestra excursión. ¡Chin, chin! No hay nada como... la cerveza. Cerveza que te alegra el camino. Y luego debes volver a la estricnina. Estricnina, sí. ¿Quién sabe? ¿Quizás ahora la deje por completo... Bien, deberías intentarlo... ¡Sí, sí, sí, sí, sí, sí, de acuerdo! (Ya en su habitación, Firmin trata de vestirse para salir. Hugh le ayuda) Escucha, Geoff, ¿no debería... no debería irme?... ¿Irte?... Sí, lo más pronto posible, en vez de quedarme aquí... ¿Por qué motivo?... Bien, creo que haría las cosas más fáciles... ¿Ha... haría qué cosas más fá... fáciles? (se muestra dubitativo Firmin)... Para vosotros... ¿Para nosotros?... Sí, quiero decir que ahora que Yvonne ha vuelto, ella sabrá cuidar bien de ti... ¿De qué tienes miedo, Hugh?... De nada... ¿De los encantos de Yvonne o de tus bajos instintos? (aventura Firmin con su acostumbrada mordacidad. Hugh exclama molesto) ¡Por Dios Santo!, ¿tengo que irme o no?... Mira, quedaría un poco raro el que te escapases así como así. Quédate, Hugh. Desde luego, debes quedarte. 












Hacia la Feria







(Aparece Yvonne, radiante y preparada para la excursión festiva por Cuernavaca) Estoy lista... (Firmin y Hugh la observan admirados. Firmin no sabe cómo expresar lo que siente, mientras trata, sin conseguirlo, de ponerse los calcetines) Estás muy... muy... ¡Gracias! (Yvonne acude en su ayuda bajo la mirada atenta y desconcertada de Hugh. Finalmente, abandonan la casa. 

Pasan dos hombres, uno de ellos carga con el otro, más anciano, sobre sus espaldas. Los tres se quedan observándoles, y Firmin proclama) "No se puede vivir sin amor" (Yvonne le observa emocionada) ¡Vamos!, es un magnífico día para ir de excursión. Luego podríamos ir a Tomalin, después de la Fiesta. (Hugh) No tenemos coche... (Yvonne) ¿Dónde está tu espíritu aventurero? Iremos en autobús. (Geoffrey) Hay que llegar a tiempo para la "charreada" ¡Olé!, y todo lo demás. (Hugh) ¿Ya estás preparado para eso?... ¿Preparado para eso? (presume Firmin) ¡Qué pregunta!... (Yvonne se detiene un momento y contempla embelasada el volcán Popocatepeli, con sus nubes y nieves perennes) ¡Qué tranquilas parecen! (Hugh y Firmin se unen a las miradas de ella. Firmin asegura) Son nuestros siempre presentes ángeles de la guarda. Popocatepeli y su mujer dormida. Deberíamos hacerle una visita... ¡Buena idea!... Sí, después de la corrida iremos a hacer una visita al viejo Popo... Popo, para ver desde dentro el ardiente corazón del volcán. (Hugh) Cada cosa a su debido tiempo, viejo. (Se encuentran con el doctor Vigil Laruelle) ¡Doctor Vigil!... ¡Buenos días! Me agrada saber que, después de lo de anoche, se encuentra usted entre los vivos. (De repente, el doctor se queda estupefacto cuando comprueba la presencia de la animada y siempre bellísima esposa del ex-cónsul. Yvonne se dirige a él) ¿Qué tal, doctor? Es un placer verle de nuevo (Vigil se quita el sombrero, emocionado, y sin salir de su asombro, pregunta) ¿Desde cuando está aquí?... He llegado esta mañana... ¡Milagroso! (exclama el doctor) Realmente es un milagro. Anoche rezábamos a la Virgen por quienes no tenían a nadie con ellos. El cónsul y yo rezamos por su regreso. Y ahora está usted aquí. ¿No es maravilloso? (Yvonne no acierta a dar crédito a las palabras del doctor. Y se dirige a su marido) ¿Geoffrey? ¿Lo hiciste?... (Firmin trata de evadir la suposición de que hubiera llegado a rezar a la Virgen, y restar importancia a la aparición de su esposa) Debo puntualizar, amigo, que Yvonne se fue de New York hace ya una semana. Y parece que su milagro sucedió después. (El doctor insiste) ¡Ah, amigo!, pero la Virgen ya sabía que usted iba a ir a rezarle antes de que usted lo hiciera. (Firmin gesticula con cómica incredulidad) AmigoFirmin, aún es un milagro mayor. (Hugh ironiza) Este buen doctor hace que la lógica y la fe estén juntas, como si fueran un león y un cordero. (Firmin se dirige a Vigil con su socarronería de alcohólico recalcitrante) Doctor, ¿qué recetaría usted para un caso crónico de un incontrolable, posesivo e inevitable delirium tremens?... Lo mejor es más alcohol, pero en moderada cantidad (bromea el doctor) Exactamente. ¿Habéis oído vosotros dos? (Hugh lo contraría) ¡Uff!, Geoff, he oído "moderada"... (Firmin) Doctor, ¿le importa unirse a nuestra  pequeña moderación?... Ja, ja, no puedo. Tengo un niño por nacer que me espera. Así que dejaré a la familia reunida. Señora Firmin, verdaderamente es usted un milagro. (Se estrechan las manos) Gracias, doctor... Buenos días, pues. Es un día maravilloso, aunque quizás tendremos algún trueno. ¡Adiós!... ¡Adiós! (Yvonne toma del brazo cariñosamente a Firmin) ¿Fuiste?... ¿Qué?... ¿Fuiste a la Capilla?... Honestamente, ... no estoy seguro de podértelo decir. Lo que pasó anoche de alguna manera lo tengo como en tinieblas. (De pronto, Firmin observa en el suelo de la calle el juego infantil de la "charranca", y empieza a saltar sobre los recuadros pintados con tiza) ¡¡Plingen, plangen, aufsefangen!!... ¡¡Swingen, swangen, junto a mí!! ¡¡Swootle, pootle, lejos de bootle!! ¡Nemesis: un viaje de placer ha llegado al cielo!  







Don Juan Tenorio























(Mientras pasean por el recinto de la Feria, en un pequeño escenario se representa "Don Juan Tenorio" de Zorrilla, siguiendo la tradición española de la noche de los difuntos. Hugh, Yvonne y Geoffrey se detienen, absortos y divertidos, a observar la representación junto a una multitud de niños y gentes de Cuernavaca. En el escenario aparece una calavera, símbolo de la muerte, y el demonio que trata de llevarse a Don Juan a los infiernos, empujándole con su tridente hacia las llamas. Todos los presentes ríen, en especial los niños. Se abre una hornacina y aparece Doña Inés, que recita: "Heme ya aquí, Don Juan -rescatándole de las llamas del infierno- Mi mano asegura a esta mano que a la altura tendió tu contrito afán. Dios perdona, Don Juan. Dios clemente... ¡Doña Inés, Doña Inés! -exclama arrepentido Don Juan, mientras el demonio, enfurecido por perder a su presa, se hunde en el infierno- Clemente Dios, gloria a ti. Mañana a los sevillanos alegrará pensar que a manos de mis víctimas caí. Que el purgatorio me abre, pues, un punto de penitencia. Es el Dios de la inocencia. El Dios de Don Juan Tenorio"... Todos aplauden. 








La Feria continúa. Un hombre disfrazado de esqueleto se acerca a Yvonne y Firmin, que ironiza) Esta es la manera de luchar contra la siniestra hoz. Ofrecerle un trago y a bailar. (Firmin bromea de forma inquietante con Yvonne y Hugh) ¿Hablaréis conmigo después de mi partida? ¿Me ofreceréis una calavera de pan y azúcar para ayudarme en mi viaje hacia el otro mundo?... (Hugh le secunda la broma) Desde luego, viejo. Una vez al año. (Yvonne a Hugh) Deberías escribir algo sobre el día de los muertos... Ya lo he hecho... (Firmin) ¡Oh! Dale... dale una interpretación marxista... (Hugh) En realidad había decidido cambiar mi vieja máquina de escribir por un mosquete. Debería volver a Inglaterra y alistarme en la Royal Force. La próxima guerra se combatira en el aire... ¿La próxima guerra? (duda Firmin) Sólo será la vieja guerra de siempre... ¡Oh, no, no, Geoff!. Esta vez no se luchará por territorios o posesiones. Se luchará por nuestras almas... ¿Nuestras almas? ¡Ah, bien! O sea ¿que aún tenemos alma, no? Yo pensaba que... Pero no, no debo juzgar a los otros como me juzgo a mí mismo. (Yvonne asegura) Tienes una gran alma... Entonces debo haberla extraviado. Quizás tú me puedas ayudar a encontrarla, querida. (Yvonne) Bien, ¿montamos en alguna atracción?... (Firmin) Yo no. Vosotros dos. Ya os alcanzaré. (Yvonne, preocupada) ¿Quieres que regresemos?... ¡No, no!; id y disfrutad vosotros. Yo recuperaré fuerzas para el viaje en autobús. Necesito un trago ¿sabéis? Marchaos. (Firmin se aleja, Hugh e Yvonne charlan mientras pasean por el recinto ferial) Creo que has regresado justamente a tiempo... Debía haber vuelto antes... ¿Por qué no lo hiciste?... Bueno, no estaba segura de que él lo quisiera. Nunca contestó a mis cartas... (Hugh sonríe sarcástico) No creo que ni siquiera las leyera... ¿El qué?... Tus cartas. Las suele llevar embutidas dentro de su camisa, pero no creo que las haya abierto nunca..."





Sube a los ojos enrojecidos de Geoffrey Firmin el dolor oculto de sus dudas, la postración que, pese al regreso de Yvonne, invade su soledad de alcohólico sin cura. Todo su ser le duele como una tremenda herida renovada con cada trago. Se arrastra por su Cuernavaca arrabalera y dorada, y, finalmente, comparte como un halcón sediento e insaciable los vasos de tequila con su amiga Doña Gregoria, dipsómana  desmemoriada y dueña de un pequeño tugurio, donde el ex-cónsul se corroe hasta la compasión por sí mismo. Ambos tratan de rememorar las tabernas hediondas a alcohol en las que Firmin hallara muchas de sus trementas caídas y fragilidades, devorado por la bebida. (Firmin a Doña Gregoria, con su vaso de tequila entre las manos) Hmmm ¡Sí! ¿El Sol de la Noche?... ¿El Popo?... ¿El Petate? (bebe con ansia) ¡Todos contentos y yo también, Doña Gregoria! ¡Ah! y El Farolito... ¡Ah, no!, señor Cónsul, usted nunca ha estado allí... Sí, una vez... ¡Oh!, se está burlando de mí. Los caballeros como usted nunca van a El Farolito. Es horrible. ¡Muy malo! A los hombres se les vuelven azules las bolas, luego se ponen enfermos, enloquecen y mueren. ¡Ja!, si alguien hubiera estado allí, rompería aquí mismo esta copa... Créame, Doña Gregoria, soy tan casto como un cura que estrena sotana. No necesita romper su copa. Simplemente vuelva a llenarla a su salud, Doña Gregoria... ¡Ay!, señor Cónsul. Brindo por su amor. Espero que su esposa vuelva pronto... En realidad, ya lo ha hecho. Ha regresado esta mañana en el autobús. (Doña Gregoria no se entera o no comprende las palabras de Firmin) Señor Cónsul, si usted tiene una esposa debería poner todo su empeño en ese amor. Porque es muy hermoso amar. Pero su cabeza siempre parece estar ocupada en otra cosa. Así que no pierda la razón. Ella volverá...  









 











(Geoffrey se acerca al ventanal con reja de barrotes de la taberna, y haciendo caso omiso de las palabras de Doña Gregoria, observa a Yvonne y Hugh que se hallan frente al tabuco, ignorantes de su presencia, y disparando en una caseta de tiro. 












(Yvonne y Hugh siguen con su paseo y su charla) Al cabo de un tiempo empiezo a preguntarme que si un hombre puede soportar tan bien el alcohol como Geoff, ¿por qué no dejarle que beba?... Eso, Hugh, no me sirve de mucho consuelo... Simplemente es que estoy perdido, y no sé cómo ayudarle... Quizás deberíamos marcharnos de aquí, lejos de Cuernavaca (aventura Yvonne, ilusionada) Encontrar una granja en alguna parte... ¿Una granja?... Sí, una verdadera granja con establo rojo, un granero, cerdos, gallinas, sin aves de Guinea, sin pavos reales. ¿No sería fantástico? Tenemos dinero suficiente... (Hugh ríe) Perdona, pero sólo de pensar en Geoff rodeado de alfalfa con un mono de trabajo y un sombrero de paja, con una azada y sobrio... Bueno, no haría falta que estuviera completamente sobrio (se muestra comprensiva Yvonne) ¿Y qué pasa si odia las granjas? Quizás la vista de una vaca le provoque mareo... Bien, quizás sea algo ridículo (admite Yvonne), pero siempre es mejor que estar sentado sin hacer nada...












 





































(Firmin ha salido de la taberna de Doña Gregoria, y trastabilla por el recinto ferial. Se detiene ante una de las atracciones, el enorme Martillo, y regala algunas monedas a un enjambre de chiquillos. Luego decide subirse a la atracción) ¡Cabalga vaquero! ¡Esto es vida!... (El paseo en el Martillo le enloquece, sigue gritando y gesticulando. Finalmente, Yvonne y Hugh, muy cerca de allí, corren en su ayuda y, cuando la atracción se detiene, le recogen completamente mareado) (Firmin, eufórico) ¡He podido dar una patada al cielo! (Yvonne quiere marcharse del recinto ferial y no viajar a Tomalin) Olvidémonos de la "charreada", Geoffrey... ¡De ninguna manera! ¡En marcha hacia la plaza!...





Hacia Tomalin






































































El autobús de Tomalin recorre ya una pequeña carretera trazada en el amplio paisaje mexicano, pleno de perfumes calientes, y cuya atmósfera pesada es como una materia ondulante que descendiera desde las lejanas cimas temblorosas. Uno de los ocupantes del autobús duerme profundamente, mientras un par de campesinos observan asombrados a tan distinguidos ocupantes como son Firmin, Yvonne y Hugh. Los baches se multiplican... "Es como cabalgar sobre la luna (bromea Yvonne. Firmin toma su mano, y observa que ella todavía lleva en su dedo el anillo de casada, y se expresa con su habitual ironía desesperanzada) Pensé que las divorciadas no llevaban anillos de boda... No llevan (sonríe Yvonne, tratando de restar importancia al comentario de Geoffrey) ¿Y entonces?... No pude quitarme el anillo. (Hugh, que no deja de observar al pasajero dormido, indica) Es un maldito sinarquista. Mirad la insignia de su solapa. Son los únicos que reciben dinero de los nazis. (De pronto, junto a la carretera, ente los insectos zumbadores, atrapado entre la maleza, parece agonizar un hombre junto a un hermoso caballo blanco) (Hugh, al chófer) ¡Alto, detenga el autobús. Alto... (Se acercan al herido agonizante. Sobre su pecho sangrante se amontonan algunas monedas) (Yvonne, horrorizada) ¡Jesús, está agonizando! Geoffrey, es el muchacho que tocaba la flauta. (Hugh) ¿Hay un médico en Tomalin? (El chófer contesta asustado y tembloroso) Sí... Vamos, Geoff, metámoslo en el autobús (El sinarquista, que ha descendido también del vehículo, sonríe satisfecho) Está prohibido. No lo toquen. (Mientras se acercan a caballo algunos policías territoriales. El chófer del autobús asiente aterrorizado) No, no lo toque, Iremos a la cárcel. No lo metan en mi autobús. Es la ley. Nos convertiremos en cómplices. (Firmin asiente con una mirada de odio hacia el sinarquista, mientras Hugh se agacha junto al agonizante) Vayámonos, Hugh. Ya llegan las autoridades legales... Pero, tenemos que ayudarle... Es demasiado tarde (El muchacho ya no respira. Yvonne se siente aterrorizada. Un policía territorial se dirige a Hugh) ¿Qué está haciendo? ¿Lo ha matado usted?... ¡No, claro que no! (Contesta Hugh indignado)¿Saben acaso quién lo mató? (insite el policía) (Firmin se lleva a Hugh e Yvonne) Está muerto, Hugh; déjalo. Vámonos. (El sinarquista arrebata las monedas del pecho sangrante del muchacho asesinado) (Uno de los campesinos ocupantes del autobús cuenta) Lo tiraron del caballo. Venía del mercado, el "pobresito" Mucho dinero... Le podría haber pasado a usted (se inmiscuye el sinarquista. Todos le observan con odio mientras cuenta las monedas impregnadas de sangre y arrebatadas al joven que yace todavía entre los matorrales junto a su caballo).




La "Charreada"






 














(Una vez en Tomalin, se sientan al aire libre en una de las muchas tabernas del pueblo. "¡Cervantes!, manotea Firmin, ¡Tequila, tequila! Hugh toma la guitarra de uno de los "charros" y canta frente a la mirada divertida y no menos asombrada de Hugh, Yvonne y del guitarrista) "¡¡¡Madrid, ciudad maravillosa, mamita mía, queremos tomarte!!!!.... ¡¡¡¡Ellos querían tomarte, pero tus valerosos hijos, mamita mía, no permitirán tu desgracia!!!!... ¡¡¡¡Y todos tus llantos de pena, mamita mía, serán vengados... serán vengados!!! (Todos aplauden) ¡Bien, muy bien!... (Hugh devuelve su guitarra al "charro") Gracias, señor (luego explica a su hermanastro y a Yvonne, que le escuchan atentamente, Firmin con su eterna copa en la mano y sin dejar de beber) Tengo un amigo inglés combatiendo en España. Estaba allí desde el principio. Durante la batalla de Madrid permaneció escondido con una ametralladora en la Biblioteca de la Ciudad Universitaria leyendo a Carlyle entre ataque y ataque. Era comunista. Seguramente la mejor persona que nunca haya encontrado. Le gustaba el vino Rosé d'Anjou y un perro llamado Harpo (Hugh parece apesadumbrado e Yvonne intenta animarlo) Nunca esperarías que un comunista tenga un perro que se llame Harpo. ¿O quizás si? (Firmin, que no cesa de beber, gesticula con cierta comicidad ante las palabras de Yvonne. Hugh no puede dejar el tema de la Guerra Cívil española) Nos habían dado la noticia de que mi amigo había muerto por dos veces, y en ambos casos volvía a aparecer por el frente. Así que cuando lo incluyeron por tercera vez en la lista de bajas nadie le dio importancia alguna, esperando que volviera a aparecer de nuevo, vivo y coleando. Pero no lo hizo. (Firmin manotea llamando al camarero) ¡Cervantes! ¡Otros tequilas, por favor! ¡Una botella! (Hugh con tristeza) Cuando pienso en los hombres que conocí allí, los que se quedaron y los que murieron, por Dios, me siento como un desertor. Nunca debí haberme ido. (Yvonne comprensiva) Pero tú decías que era una causa perdida... Mi conciencia dice que no tengo excusas. (Firmin empieza a sentirse molesto y vuelve a sus fantasías de guerra) ¿Qué sabes tú de conciencia y de culpa? Recuerda con quien estás hablando, el dueño del S.S. Samaritan, mis manos, estas manos, las de Geoffrey Firmin, arrojaron a siete oficiales alemanes en un horno ardiente. (Yvonne) No lo hicste. (Firmin vuelve a la carga con la insistencia de un borracho) ¡Uno tras otro, dando patadas y chillando! (Hugh irónico) El cuento se va haciendo más largo a la vez que lo cuenta. (Yvonne) Geoffrey sabes muy bien que no lo hiciste. La Marina Británica no entrega medallas a los asesinos... Bueno, podría haberlo hecho. Era el oficial en jefe responsable. No puedes pedir perdón por según que cosas. El pasado se completa mucho antes de lo que podamos conocer: "El inocente Firmin soporta sobre sus hombros las culpas del mundo" (a Hugh, con una mirada de desprecio) Soporta tú también las tuyas. Él quiso avivar ese corazón polvoriento que poseía.

















(Hugh se levanta de la mesa y observa la corrida de toros en la pequeña plaza que se halla junto a la taberna. Sin pensárselo demasiado toma un capote y se arroja a la arena. Yvonne y Firmin se aprestan a verlo torear. Todo el mundo aplaude. Firmin exclama, ante la mirada asustada de Yvonne) Realmente, es bastante bueno. ¡Bien hecho! (Siguen los ¡olés! y los aplausos entusiastas del público que ha acudido a la "charreada" de Tomalin. Firmin expresa un absurdo deseo) Siempre fue uno de mis sueños. ¡Ser torero! Hugh ensaya las verónicas delante del espejo. (Cuando Hugh deja por fin el capote, la gente aplaude y exclama: ¡Torero, torero!. 






Yvonne y Firmin vuelven a su mesa. Yvonne se halla exaltada y expresa por fin su deseo de cambiar de vida) Geoffrey, escucha, mírame... ¿Qué pasa?... No hay nada ya que nos retenga por más tiempo. Vayámonos todos juntos... ¡No!... Aún estamos a tiempo. Podemos... podemos empezar de nuevo... ¿Comenzar de nuevo? (se asombra Firmin, llevándose un vaso de tequila a la boca. Yvonne insiste) Sí, en otro lugar. Un nuevo sitio donde podamos darnos una oportunidad mejor... ¿Por qué no? (parece acceder Firmin, aunque la ironía de la idea se refleja en su mirada con cierta burla mordaz. Se halla borracho, pero, por un instante, se muestra complacido, como si en realidad estuviera sobrio) ¿Por qué no, Dios bendito? ¡Marchémonos!... (Yvonne) ¡Oh, Geoffrey, te amo. Quiero volver a nuestro matrimonio... Yo también, yo también. Me he precipitado en un abismo... No importa... Podemos ir al Norte, a Maine o a Canadá... ¡Sí, sí!... A cualquier parte. Encontraremos una ruidosa casa junto al mar, con las olas golpeando contra el acantilado, y un pequeño muelle en una cueva. P... podemos, po... podemos hacerlo. Podemos vivir con muy pocas cosas... (Yvonne, ilusionada) Sí que podemos... (Firmin sigue ironizando con su voz de borrachín empedernido) Extraer nuestra agua. Cortar nuestra leña. Después de todo, soy tan fuerte como un caballo... ¡Sí! (En aquel momento vuelve Hugh a la mesa) ¿Qué es todo esto? (Firmin le mira casi encolerizado, aunque bromea sarcástico) Vamos a irnos de aquí. Nos iremos al Norte, donde existe la nieve, y el año se divide en estaciones. (Hugh también bromea, mientras sirve más copas, y recordando las palabras de Yvonne) ¿Una granja con un establo rojo?... ¡No, no! Nos escaparemos lejos de la civilización (asegura Firmin), como hizo el viejo William Blackstone. Conocemos a los tramperos y a los pescadores, los últimos hombres libres que hay en la tierra. (Yvonne sonríe, al parecer sin acabar de captar la mordacidad con que Firmin acompaña sus explicaciones) Nada más que inmensos pinos. Sin teléfonos, ni electricidad. (Hugh) Una vida de tranquilo aislamiento... Sí, muy tranquilo Situados entre el bosque y el mar, allí donde no existe el tiempo. Yvonne hará cerámica (ríen). Yo escribiré mis memorias, y cada invierno nos iremos aún más al norte. Hacia el Polo, vistiendo pieles de oso y masticando grasa de foca. Construiremos iglús. Viviremos como los esquimales. Hugh vendrá a visitarnos, fresco y campante de sus sitios heróicos, España o donde sea  







(El rostro de Geoffrey Firmin empieza a transformarse entre muecas ridículas y lacerantes para Yvonne y Hugh, que empiezan a captar su ironía hiriente y dolorosa) Y yo le mostraré la hospitalidad esquimal dejando a mi esposa que comparta su cama con él durante las frías noches norteñas (El rostro de Hugh se ha entenebrecido. La sospecha de adulterio que mantiene su hermanastro le hiere hasta lo más profundo) Geoff, estás como poseído. (Yvonne llora. Firmin sigue esgrimiendo su sarcasmo hiriente) Me temo que es un exceso de sobriedad. Demasiada moderación (bebe ansiosamente de la botella de tequila) Tengo que recuperar mi equilibrio.(A Yvonne) ¿Qué tiempo más fuera de lo común debes de haber pasado batiendo palmas y bamboleando las tetas mientras yo estaba en juergas de ratas y cucarachas? (Yvonne, desesperada, se lleva las manos a la cabeza y lanza un sollozo) "No es demasiado tarde", me dice. (Hugh observa a ambos apesadumbrado. Firmin no cesa de herir a Yvonne) ¿Por qué no es tarde? ¿Por qué no? Yo veía que ya estaba todo legalmente arreglado. Pero ella insiste en que no es demasiado tarde, porque no puede quitarse el maldito anillo... ¡Geoffrey, Geoffrey, he venido arrastrándome hacia ti! ¿Qué más puedo hacer? Déjame ser tu esposa... ¿Cuando has sido una esposa para mí? ¿Dónde están los hijos que debíamos haber tenido, y que se ahogaron en la descomposición de un millar de lavativas? (La bebida ingerida parece enloquecer más y más a Firmin) Hugh en el umbral del paraíso resoplando por sus agallas como un bacalao, con las venas como un pura sangre, vigoroso como un macho cabrío, caliente como un mono, picante como un lobo en celo. (Ante las barbaridades que Firmin les espeta a ambos, Hugh observa a su hermanastro con el rostro demudado. Yvonne sigue destrozada y llorosa. El rostro de Firmin gesticula de forma horrenda) ¡Déjales que se revuelquen en éxtasis, mientras reciben mi bendición! ¡El infierno es mi lugar preferido! Elijo el infierno.¡El infierno es mi habitación natural! (Geoffrey Firmin observa a ambos con la mirada extraviada del dipsómano sin cura, se levanta y se aleja enloquecido de Hugh e Yvonne, que quiere correr tras él y Hugh trata de impedírselo) Déjalo, Yvonne. Nada se puede hacer cuando se pone así... (Yvonne asustada) Le puede pasar algo. (Hugh) Beberá hasta que vuelva a estar sobrio, y volverá por la mañana... Nosotros y no Geoffrey estábamos equivocados... Nunca podremos hacer nada por él. No nos dejará. No quiere nuestra ayuda. (Yvonne decidida a seguirle) Yo si quiero la suya. (Firmin, ya en el exterior de la taberna, llega a tiempo de tomar uno de los destartalados autobuses de Tomalin. Lo último que oye es el grito desesperado de Yvonne que lo llama desde la calle) ¡¡¡Geoffrey!!...































"El Farolito"


























Un amor, una felicidad que ya tuvo su instante y que por ello mismo vive de las distancias de los tiempos, acabará por cerrar definitivamente la vida, porque, ya irrecuperable, tan sólo queda atrapada en las abrasantes sustancias que una vez la alentaron. Su recuerdo sigue retorciéndose por el feroz deseo que siempre resulta insaciable, pero hunde a sus víctimas en la cuña del martirio, les obliga a pregonar su agonía, y de aquellas pasadas delicias dulces no permanece más que su dolorido rencor. Este tormento busca una gruta donde esconderse, y allí abastece sus sensuales memorias y aglutina el combustible de la destrucción. Para el alcoholizado Geoffrey Firmin su gruta posee un nombre: un demoníaco antro tabernario conocido como "El Farolito", un vertedero primitivo, viejo y sin cielo, de hetairas mustias, de hombres extraviados en el alcohol, de glosadores de la violencia, donde la conciencia espulga sus peores instintos, y donde fermentan los posos y las hieles de gran parte del horror humano. En dicho establecimiento "El día de los muertos" crea las oraciones de su eucologio del miedo y de la amenaza, un "oficio de Tinieblas" por medio del cual el acólito dipsómano hallará su último paso exacto en la soledad, la imagen llagada de su calvario, el túmulo de su amargura más irreversible, y, en definitiva, el olor ahogado de su pasión y muerte. Una voz acoge al ex-cónsul cuando penetra en  "El Farolito": "¡Ay, el inglés! Encantado de verle. (Se trata del dueño de la taberna, un enano maléfico y de voz siniestra. Firmin pide mezcal entre gesticulaciones desesperadas) Usted, como siempre, está borracho, mi amigo. Se pasa el tiempo borracho. Le invito a un trago. ¿Dígame,... quiere una muchacha hermosa?... A partir de ahí, Geoffrey Firmin vivirá en "El Farolito" las últimas horas oprimidas que visitan al herido. Hay un olor de perdición que recorre las tertulias entre voces de malicia que parecen adivinar su angustia. El ahogo y el esfuerzo por mantener su compostura es tan sólo la palpitación del alcohólico que pide socorro y no puede emitir su grito.



Una anciana menuda, como una sombra flaca, sin ruido de pasos y que lleva en su mano el pequeño exvoto de una calavera se acercará a ex-cónsul, advitiéndole: "¡Vamos, vamos! ¡Vete rápido! Estos hombres no son amigos de México. ¡Son malos! Vámonos..."

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 Albert Finney   



(Geoffrey Firmin): Un realismo psicológico estremecedor que nos hace asistir a la tremenda soledad del hombre sumido en el turbio inframundo del alcoholismo. Albert Finney, el extraordinario actor inglés, transmite a su gesticulante personaje de dipsómano incurable y autodestructivo una de las más prodigiosas y reveleadoras visualizaciones que hayan enseñoreado el Séptimo Arte. Finney, auténtico titán de la interpretación, componiendo un estremecedor personaje, elegante y decadente entre un medio hostil, primitivo y sórdido, apartado del amor, que se ve constante y simbólicamente arrojado a la cloaca de su turbio mundo dominado por la bebida, y cuyo comportamiento, jamás entendido como liberación sino como esclavitud, es expuesto siempre a plena luz, contiene fragmentos de antología. La culminación del drama, (obsesionante tema del Mal), rodado en los mismos lugares que describe la novela de Malcolm Lowry, tienta de nuevo a John Huston, con fuerza satánica pero sin derivar jamás hacia el melodrama. Y Albert Finney, transmutado en Lowry, y a su vez en Firmin, deslumbrante, inquietante, malicioso y provocador, será víctima del auténtico teatro del horror que paulatinamente ha ido destrozando su existencia, y valiéndose de su veneno: el alcohol, se entrega a la fascinación de la muerte, entre imágenes impresionantes que, en manos de John Huston, siguen poseyendo esa vocación realista que jamás se ha desprendido de las adherencias estilísticas del expresionismo.


Jacqueline Bisset



(Yvonne Firmin): Una fascinante y contradictoria imagen femenina capaz de entregarse como víctima propiciatoria al complaciente sadismo del alcoholizado esposo que una vez abandonó. Jacqueline Bisset, una vez enterrado definitivamente el mito de la vampiresa seductora y artificiosa, acierta a sacar partido, en una de sus mejores interpretaciones cinematográficas, al forcejeo moral entre Eros y Thanatos, entre el deseo y la frustración carnal, que, en perpetuo duelo, volverá a vivir junto al no menos contradictorio Geoffrey Firmin. Profundamente atractiva, sin incorporarse, pues, en ningún momento al elemento clave e implacable que crea su caldo de cultivo en el mosaico de la mitología sexual, Yvonne Firmin parece aprestarse a recibir el correspondiente y aleccionador castigo que va a condicionar, a través de los actos violentos de su despechado y alcohólico esposo, su afán por recobrar el amor perdido. Y Jacqueline Bisset, además de su belleza, entrega e inteligencia, aporta al personaje de Yvonne una participación emotiva y erótica en su más pura acepción. Es el ser perfecto, frágil e inadaptado, que extraído de una vida a la que una vez creyó no poder adaptarse, vuelve avergonzada para reencontrarse violentamente con su propio Yo. Jacqueline Bisset crea en "Under the volcano" uno de sus más inolvidables rituales mágico-eróticos, pero muy apartada de la actriz arquetipo. Y no obstante, al constituirse en pieza dramática tan capital en el film, deja confirmado, finalmente, ante la patalla grande ese salto cualitativo que la convierte en un nuevo mito. 








 Anthony Andrews: (Hugh Firmin)










Katy Jurado: (Doña Gregoria)





 





Ignacio López Tarso: (Dr. Vigil Laruelle)








Uno de los films más complejos del que fue uno de los directores autodidactas más activos, inteligentes, y potenciadores de la conmoción que puede ofrendar la imagen en movimiento. El ritmo y la coherencia narrativa de "Under the volcano", forzosamente necesitado de la  funcionalidad expresiva de sus actores, ya que el director debe alejarse un tanto de la planificación decorativista para centrarse en una grandiosidad dialogística inolvidable e irrepetible, convierten a esta película, lucha denodada de la imagen frente a la disensión que puede nacer entre el cine y una de las novelas más imposibles de plasmar en la pantalla, en un obra de un interés cinematográfico capital. ¡Espléndida, magistral, estremecedora!