miércoles, 2 de marzo de 2011

Mountains of the moon (Las montañas de la luna)

"Finalmente, mi compañero Speke ha salido victorioso de la empresa. Su viaje relámpago le ha llevado a las ignotas aguas del Norte, y ha descubierto que sus dimensiones exceden con mucho de nuestras s excitables perspectivas. Hemos desayunado frugalmente antes de que me anunciara el prodigioso hecho de que él, John Hanning Speke, había descubierto las soñadas fuentes del Nilo. Quizás fue tan sólo una inspiración: en el momento en que vio el gran lago Nyanza, del que ya nos habían hablado las caravanas de esclavos, antes de nuestra vuelta a Tabora, no tuvo la menor duda que del inmenso lago que se encontraba a sus pies nacía ese atrayente río que ha sido objeto de tantas especulaciones y el objetivo estimulador de tantos exploradores anteriores a nosotros. La convicción del afortunado descubridor era fuerte; sus razones eran débiles..." (Richard Francis Burton). La aventura es un ensueño loco. Su significación, como si se acuñara constantemente, semeja un enfebrecido y gratuito tiovivo que siempre vapulea e impresiona al hombre. La aventura posee y ha poseído a todo lo largo de los siglos en los que el ser humano se incautara de este planeta, habitándolo y maltratándolo, una maquinal representación, un continuo mascullar: "¡Hay que seguir, hay que seguir!", una invocación de complicidad que, pese al abatimiento y angustia que dicha connivencia tantas veces conlleva, nos ha infundido un irresistible deseo (al que muchas veces también se le ha añadido el aditamento quijotesco y por ello mismo literario) de intentar constantemente experiencias nuevas, de crecernos en nuestras emprendidas hazañas, como si en ellas el hombre llegara, en efecto, a realizarse plenamente. El histórico reloj del riesgo nace, no nos engañemos, de ideas casi siempre preconcebidas. Jamás invade la imaginación del hombre (entelequia, desvarío, visión, o como quiera llamársele) sin dejar de ofrendarle un estremecimiento directo, enérgico, decidido o de precipitada avidez, unas veces en pequeña escala, otras casi gigantescas, a ese embaimiento que lo absorbe. En torno al espejo de la aventura suele formarse una especie de vehemente correspondencia: un reflejo frenético de búsqueda, una asociación enfermiza de criaturas sincréticas, que no cuestionan razas y lenguas, que a través de sus hazañas, muchas veces fantasmagóricas y siempre arriesgadas, se sienten unidos por una familiar característica de humanos rasgos psicológicos, y cuya personalidad ofrece un inexplicable conglomerado de deseos e impulsos demenciales; estímulos que, por ello mismo, y a simple vista tantas veces se han mostrado como desorganizados e informes. Sin embargo, al margen de todo ese escepticismo enloquecido con que muchas veces se pueda juzgar el sentimiento de la aventura, ésta se nos revela también al igual que una ciencia hermética; como tácita logia de una gnosis humana impenetrable, de casta camaradería incomparable que durante siglos ha tratado de desplazarse por el fatigoso laberinto del mundo tratando de crear un sentimiento de intimidad casi amoroso con sus semejantes, ansiosos por aprehender junto a ellos una extraordinaria disciplina exploradora e interpretativa, o, lo que es más, reveladora de un equilibrio inherente a este universo que nos ha creado.




Un sueño, una aventura: el río Nilo



El Nilo y su nacimiento, desde nuestros orígenes más remotos, ha generado en el hombre una trama emocional gigantesca. Su misterio ha tejido a nuestro alrededor un ardid, cual invisible tela de araña, capaz de atraparnos en el más pródigo fenómeno de fascinantes preferencias investigadoras. Un nombre puede significar todo o nada. Y cuando a una arteria telúrica, fuera montaña, valle o río, resultaba imposible darle caza, pasaba a formar parte de la nomenclatura de la tiniebla. Y si esa sombra se mostraba intensa e "indocumentada" es porque ocultaba un probable misterio y sorpresa, y una emanación de deleite morboso en ser turbada, en ser perseguida, en volverse más deseable y atraer la vida hasta el rincón callado de su cuna, donde mostrar, finalmente, su veracidad; el celo rabioso del acto aventurero que concediera trascendencia de confesión a los misterios de este planeta. La sombra que nos negó su nombre es como un niño en su origen: sabe que para justificar su presencia, tras el arcano de su génesis, su objeto no es más que el hombre, y que sin él, pese a ofrendarnos su presencia, no "existiría".


Las aguas desfiguran sus secretos. Los silencios del desierto ocultan los mil ojos de las fuentes. ¿Cómo descubrir los velados hontanares milagrosos del Nilo que se vuelcan por entre las margas moradas y perdidas de África, por las crucíferas de sus murallas rocosas, por el fermento de sus selvas inextricables, por las quebradas abruptas que acaban desmenuzándose en arenas? El Nilo bruñe la historia, y en Egipto y Sudán se tiende lento y dócil, estruendoso y rítmico, como un tapiz de jardín acuático que, nacido de lo hondo de los tiempos, arrastra susurros recónditos, lejanos y muelles con el ímpetu de una eterna juventud virgen. El Nilo reduce a servidumbre a esa humanidad que besa la tierra; la deja en la soledad sensitiva de un terco misterio, intacto entre los siglos, como un dios necesitado del culto, que muestra la orla de su vestidura jerárquica a los ojos de los hombres, pero que no evidencia la nube azul de la que mana, porque se goza de su belleza no revelada como de un reino patriarcal que ostentara, caprichoso, un sello de pureza y perennidad.



África prolífica, magna e inhóspita: lagos de confines cegadores, cumbres que la nieve cubre, llama de verdores magníficos, doradas desnudeces de aguas dulces que resplandecen, cordilleras de carnes polvorientas, oleajes de sonidos entre aromas vírgenes, desbordantes, que recorren las soledades anchurosas de sus selvas. Albergue gigantesco de despavorida e ingente vida animal, de amuletos de salvajes linajes humanos; lienzo infinito que parece desvanecerse, ya trastornadas sus incalculables raíces, a lo largo de desiertos desmesurados, ahora avivados por serpientes y escorpiones. Fraguas de espejismos que reciben las llamaradas del cielo y se agrietan podridos por el bochorno ardiente de sus vientos poderosos. Allí, sobre el más cincelado de los continentes, entre espectrales cabriolas solares, en medio de la Creación, canta su tonada la muerte, porque África huele a sangre; engulle avidez, roe sus entrañas, sacia su vientre abrasado, brama en sus noches de inocencia y ferocidad, se fortalece de su misma fragilidad y barbarie, talla imágenes de dioses mortificadores, y palpita tan suya que se cierra entre tierras deseadas. África aguija de ansiedad los corazones, arranca del firmamento una mirada de pureza, no concede más verdad que el misterio de sus criaturas, y posee un aliento de intemperies por entre las que crece un estrépito indefinido de imploraciones descubridoras. África vive doncellil por la maternidad de sus ríos que no envejecen, y se viste de montañas de trémula luna, mientras el silencio interior de su vida se eleva como una prometida gloria del mundo hasta las orillas mismas del cielo. De la vivacidad de sus estirpes, de grandes lagos entre eternas delicias, y de sus Montañas de la Luna, en el corazón del continente, el mayor de sus ríos nace. Lo contaron durante siglos los hijos extraviados de África, que también buscaron distancias bajo el aire nómada del mundo. Y entre ahogos, calenturas, ímpetus, terquedades, África, recóndita y convulsa, recogió, finalmente, los clamores afanosos de ilustres sombras suicidas que hollaron sus desiertos y sus lechos selváticos a la búsqueda de las fuentes del Nilo.








Burton y Speke









Richard Francis Burton: nacido en Torquay, Inglaterra, el 19 de marzo de 1821. Hijo de un oficial británico, el capitán Joseph Netterville Burton y de Martha Baker perteneciente a una acomodada familia de Hertfordshire. De dicho matrimonio nacieron también Maria Katherine Elizabeth y Edward Joseph Burton. Su infancia transcurre entre viajes. Desde Inglaterra parten hacia Francia e Italia. En 1825 la familia se instala en Tours. Al joven Richard nada le falta: es apuesto, culto, intrépido, soñador y magnífico políglota. Había aprendido con increíble facilidad a hablar latín, francés e italiano. Aunque es un punto muy discutido, se le atribuye un romance con una gitana (romaní). Ello aclararía el hecho de que el audaz conquistador se hiciera con los complicados rudimentos de este lenguaje que le ayudarían más adelante en su aprendizaje, con rapidez "casi taumatúrgica", de los idiomas "hindi" y variadas lenguas indostánicas con las que el "romaní" se hallaba estrechamente relacionado.

En 1840 se integra en el Trinity College de Oxford. Llevado de su exceso de vitalidad, se muestra como un joven turbulento con el resto de alumnos (reta a duelo a un compañero que se había mofado de su bigote). Su carácter le crea de igual forma continuas amonestaciones por parte de sus profesores. Estudia árabe y aprende esgrima. Finalmente, es expulsado del Trinity College. A partir de 1842, Burton se alista en el ejército de la "Compañía de India Orientales". En dicha Compañía amonesta, amenaza y provoca, ganándose una reputación de elemento insurrecto, exaltado y alborotador. En muchos escritos se dedica a criticar con enorme dureza la política colonial inglesa. Arremete también contra el pretencioso y dominante "modus vivendi" de los oficiales de la Compañía. Una de sus más famosas invectivas fue: "Qué se puede esperar de un Imperio sufragado por tenderos".

Destinado en el Decimoctavo de Infantería Nativa de Bombay, Burton sigue dando muestras de un carácter autoritario e impulsivo, y se mantiene firme en sus posiciones sustanciales: la crítica constante y el desplante a la comunidad británica, a la que juzga insensata y frívola en su trato con la colectividad hindú. Su eventual estancia militar en Bombay fue muy significativa. Destaca como un genial experto en su dominio lingüístico de los idiomas hindi, guyaratí y maratí. Por su activa participación en las culturas y religiones de la India su profesor hindú le llega a considerar "ornado de conocimiento y experto en las más sobresalientes virtudes", y le convida a vestir el cordón brahmán o janeu, bien que los detractores de Burton duden de que dicho honor se llevara a efecto, ya que ello habría requerido un excesivo período de estudios, ayunos y afeitado parcial de su cabeza. Naturalmente la adhesión del joven inglés a la cultura hindú provocaría graves repercusiones entre sus camaradas militares que, acusándole de haberse vuelto "indígena", lo excluyeron de sus círculos llamándole "el negro blanco". Fue apodado también como "Dick el rufián" porque en sus pendencias personales sobresalía como un feroz luchador imbatible. Se inicia en cartografía y se convierte en un experto en el uso de los instrumentos de medición. Dichos conocimientos los emplearía con gran ductilidad en sus futuras empresas como explorador.

Viaja por la India disfrazado de nativo, y adopta el alias de Mirza Abdullah. Se implica como agente en una investigación encubierta sobre burdeles muy frecuentados por soldados ingleses, y en los que "jovencitos" de diversas edades ejercen la prostitución. Burton inicia un ataque inmediato contra estas prácticas sexuales "invertidas" y escribe informes detallados sobre las mismas. De nuevo sus detractores, dado el interés que siempre demostrara Burton por la sexualidad, le acusan de haber tomado también parte activa en las prácticas que describe en sus escritos como agente de su general Sir Charles James Napier que le había encargado dichas indagaciones. Dado de baja del ejército colonial por enfermedad, vuelve a Europa en 1849. En 1850 escribe una guía hacia las regiones de Goa y a la estación balnearia de Ooty donde Burton estuvo convaleciente a la espera de su recuperación de una enfermedad contraída durante su estancia en Baroda, la antigua Chandravati. Su primer libro se tituló "Goa, and the blue mountains".







Visita la escuela de esgrima de Boulogne. En dicha ciudad francesa conoce a su futura esposa Isabel Arundell, joven católica y miembro de una de las más ricas familias aristocráticas de Inglaterra. Su noviazgo con Burton se iniciaría cuatro años más tarde, y el matrimonio se consumó diez años después, ya que, pese a que Isabel declaró haberse enamorado locamente del futuro explorador desde el principio, la boda tuvo que celebrarse con la acérrima oposición de su familia. Mujer inteligente y profundamente devota, estimuladora de la carrera literaria de su marido, no dudó, tras su viudez, en quemar muchos de los manuscritos y obras inéditas de Burton (entre ellas la traducción de la obra erótica árabe del siglo XV "El jardín perfumado", no tan sólo trasladada al inglés por su esposo, sino profusamente comentada con anotaciones del gran explorador como acostumbrara a hacer en todas sus traducciones).


Isabel Arundell, escribiría en su biografía: "Me desprendí de dichos manuscritos y en especial de "El jardín perfumado" a despecho de las grandes sumas ofrecidas por editores. La obra de mi esposo, sus esfuerzos, así como el famoso libro erótico habría sido leído con verdadero interés científico por 15 de cada mil lectores, el resto únicamente lo habría hecho por satisfacer sus más bajas pasiones. Sé que mi actitud, al desalentar el pecado de dicha lectura, beneficiaría espiritualmente a mi marido en el más allá"





Entre 1851 y 1852 Burton logra sustraerse de la estructura monolítica formada por el ejército merced a la autorización que le concede el Consejo de Administración de la Compañía Británica de las Indias Orientales. Interviene también la Real Sociedad Geográfica que accede a que el inquieto aventurero viaje a Medina y La Meca (Hajj o peregrinación) dada su familiarización con las costumbres musulmanas, tras los siete años transcurridos en la India. Se hace circuncidar para evitar el riesgo de ser descubierto y viaja disfrazado de árabe. Fue el segundo europeo (el primero había sido Ludovico Di Barthema, viajero e historiador italiano, en 1503) en conseguir llevar a cabo el Hajj. Usó de todo tipo de disfraces, incluyendo el de pashtun o patán, por temor a que su dominio de la lengua árabe pudiera levantar sospechas. Burtón escribió: "Nada podría salvar a un europeo de la ira del populacho o a alguien que tras efectuar la peregrinación se pudiera mostrar a sí mismo como un infiel" Durante el viaje su caravana fue atacada por bandidos. Burton narraría en 1855 su Hajj en "The pilgrimage to Al-Medinah and Meccah".









En 1854 es transferido al departamento político de la Compañía de las Indias Orientales, y en septiembre de ese mismo año conoce a John Hanning Speke, por entonces teniente del ejército, con quien efectuaría su más famosa expedición. Una siguiente exploración (Burton sigue ejerciendo el espionaje para su antiguo general Sir Charles James Napier) le lleva al interior del País Somalí (Somalia). El Gobierno Británico posee amplios intereses comerciales en el Mar Rojo y teme por los mismos. Burton fue el primer europeo que logró llegar hasta la capital, Harar, tras una larga expedición de cuatro meses. Consiguió una entrevista con el emir y permaneció como invitado suyo durante diez días. Su regreso fue accidentado y estuvo a punto de morir por falta de suministros.


En un siguiente viaje a Somalia, esta vez en compañía de los tenientes John Hanning Speke, G.E. Herne, William Stroyan, y cierto número de exploradores africanos, son atacados por una tribu de Somalíes (unos doscientos guerreros). Stroyan muere, Speke es capturado sufriendo numerosas heridas en todo el cuerpo, pero consigue escapar milagrosamente arrastrándose hasta el mar donde es recogido por Burton, que, a su vez, había sido ensartado por una jabalina somalí que le entró por una parte de la mejilla, y salió por la otra, dejándole una terrible cicatriz, visible en muchas de las fotografías y retratos que de él se conservan. El terrorífico ataque y el fracaso de esta segunda expedición fue descrito por Burton en "First footsteps in East Africa" (1856). El explorador fue víctima, además, de una investigación que lo culpabilizó del desastre. En 1855 se reincorpora al ejército y es enviado a Crimea. Toma parte en el conflicto bélico entre Rusia y el Imperio Británico, en la plana mayor de Beatson's Horse, cuerpo de guerreros locales conocidos como Bashi-bazouks, comandados por el general Beatson en los Dardanelos. Se produjo un motín por parte de los Baszhi-bazouks que se negaron a cumplir órdenes, y el nombre de Burton, en detrimento de su carrera, no fue eximido de la investigación llevada a cabo por los Altos Mandos Británicos. En 1856 la Real Sociedad Geográfica financia una nueva expedición hacia Zanzibar y un desconocido "mar interior" del que se poseen insuficientes testimonios aunque se dé por cierta su existencia. Burton formará parte de la misma junto con Speke. El viaje tiene por objeto el estudio de las tribus locales, aunque en esencia se trata de intentar conseguir nuevas rutas comerciales con las ignoradas, atrayentes y misteriosas interioridades de África, e incluso tratar de descubrir las fuentes del Nilo. Burton y Speke salen de la costa oriental de África en dirección oeste en busca del misterioso "mar interior" el 27 de junio de 1857.


Richard Francis Burton moriría de un ataque al corazón en Trieste el 19 de octubre de 1890.











John Hanning Speke: nacido el 4 de mayo de 1827 en Bideford, Devon, Inglaterra. Descendiente por parte paterna de una antigua familia del condado de Yorkshire, situada al nordeste de la isla británica, y que había emigrado a Somerset, zona sudeste inglesa en el siglo XV. Su madre, Georgina Hanning había nacido en dicho condado. Merced a las influencias maternas ejercidas ante el Duque de Wellington, el joven John obtuvo una importante puesto militar en la Armada India, a la que se integró en 1844. Formó parte de la división comandada por Sir Colin Campbell en el Punjab. Su permanencia en el ejército retrata bien el carácter de Speke: soldado eficiente, deportista y naturalista entusiasta. Con el grado de capitán explora grandes zonas de la cordillera del Himalaya, cruza las fronteras del Tibet y traza importantes mapas de los amplios territorios del sudoeste. Pero sus sondeos geográficos más acuciantes y perquiridores impulsan su entusiasmo hacia el misterioso continente africano. Su nombre entra por primera vez en la historia en 1854, cuando se une al capitán Richard Burton en una arriesgada misión investigadora en el interior de Somaliland (Somalia). Atacados por una tribu somalí cerca de Berbera, situada a 155 millas al sur de Aden, tiene lugar una terrible matanza. Uno de los oficiales acompañantes, William Stroyan, muere en el ataque, una jabalina atraviesa aterradoramente el rostro de Burton, y Speke es torturado por los guerreros somalíes, logrando escapar cuando le dan por muerto, y es rescatado por Burton.


El joven Speke, de 27 años, regresa casi inválido a su hogar en Inglaterra. Tras una penosa y no muy larga convalecencia, se alista como voluntario en la guerra de Crimea sirviendo con los regimientos turcos. En 1856 acepta una tentadora invitación de Richard Burton para unirse a la más importante de las expediciones de las que tomaría parte a lo largo de su breve vida: verificar los vagos informes que se conocen así como la verdadera existencia de grandes lagos (también llamados "mar interior") en la zona este central del inexplorado continente africano. Como prioridad, una vez la expedición se pone en marcha, se impone el hallazgo de un primer lago, el Nyassa. Dicha ruta permanecía todavía completamente bloqueada por los árabes cuando los exploradores se ponen en marcha. Ayudados por los Omani Árabes de Zanzibar, salen de dicha isla el 27 de junio de 1857 siguiendo hacia la zona norte o boreal, acompañados por un ingente grupo de porteadores y guías avezados a dichas rutas (antiguos itinerarios de caravanas). En Noviembre arriban a un poblado llamado Kaze, en la región Unyamwezi, donde son informados por un comerciante árabe de que, tierra adentro, se emplazan realmente tres enormes lagos. Speke llega a la conclusión de que con el hallazgo de los mismos se podría demostrar al mundo que se tratan de las misteriosas fuentes del río Nilo.


Durante las largas jornadas los expedicionarios se enfrentan a percances nefastos. Ponen rumbo al sur-oeste a fin de evitar encuentros con los peligrosos Masai. Acosados por enfermedades tropicales, Speke se queda eventualmente ciego, y atacado por la noche por una plaga de pequeños escarabajos depredadores, uno de ellos se introduce en su oído, destrozándole el tímpano entre terribles dolores. Burton trata de atajar con aceite caliente la acometida interna del insecto así como la infección que se produce a continuación, y Speke ensordece definitivamente de un oído. Burton sufre unas atormentadoras inflamaciones en las piernas, e inhabilitado para andar debe ser transportado en parihuelas por los porteadores, muchos de los cuales acaban por desertar de la expedición: "Infinidad de veces me pregunto por qué seguimos y no tengo respuesta. Me pregunto y el eco nefasto me contesta: ¡pobres idiotas, el diablo os conduce!" -Burton-. Alcanzan el lago Tanganyika (así bautizado por Burton y cuyo significado es "lugar de encuentro de las aguas") en febrero de 1858. La magnificencia del gigantesco lago (que Speke no puede apreciar por hallarse temporalmente ciego) conmociona a Burton. En este punto, no obstante, gran parte de los equipos se han perdido, arruinado o han sido robados por los porteadores. Permanecen en la zona que no puede ser explorada con entera satisfacción por la falta de recursos. Burton vuelve a enfermar: "Aunque el lago era enorme no pudimos llegar a comprobar que fuera en verdad la fuente del Nilo. Seguimos sus brazos de agua, pero o acababan secándose o convirtiéndose en marismas impenetrables. Muchos de los porteadores bebieron aguas fétidas, enfermando de disentería, malaria y desesperación" -Burton-. Corre el mes de junio y la expedición se ve obligada a retroceder hasta Kaze. Una vez en la aldea, Speke, ya mejorada su visión e inducido por Burton que no puede acompañarle por hallarse enfermo, explora la región norte durante veinte días plenos de enormes dificultades dada su carencia de suministros e instrumentos para el estudio de la zona. El 30 de julio Speke descubre un torrencial riachuelo. Moviéndose a todo lo largo del mismo, el 3 de agosto comprueba que el mismo se desborda en un lago cuyo horizonte se perfila hacia el norte. El explorador no duda ya de que se trata de que sería bautizado como Lago Victoria o Victoria Nyanza, y dibuja en un mapa las montañas que encierran su inmensidad en la citada zona norte: "Las montañas de la luna". El firme convencimiento por parte de Speke de que del gigantesco lago surte la no menos dilatada fuente del Nilo es tajante. Speke, entusiasmado y agotado, vuelve a Kaze el 30 de agosto y confirma a Burton el éxito de su investigación, que ha reflejado en sus mapas, vanagloriándose de haber descubierto, finalmente, el auténtico nacimiento del Nilo. Burton no reacciona de forma tan entusiástica como su compañero, se muestra un tanto irónico con respecto a que del emplazamiento del gran lago fluya el perpetuado Nilo, y con ello tal vez comete su mayor error, como si con dicha vacilación por su parte ante las teorías expuestas por Speke buscase un ilógico pretexto para defender su propio mito.


De modo fulminante Burton decide regresar a Zanzibar (por supuesto la expedición ha adquirido dimensiones de auténtico desastre ante la total falta de recursos). Speke, desencantado, no puede oponerse a tal decisión. Su resignación a sufrir de forma pasiva la refractaria actitud de su autoritario compañero, que, aunque es cosa que ignoramos, bien pudo dar lugar a ciertas pendencias personales, tiñe de negro la amistad entre ambos exploradores. Arriban en estado calamitoso a las costas de Zanzibar a primeros del año 1859. La descripción de la expedición sería descrita por Burton en "Lake regions of Equatorial Africa" en 1860. Speke narraría su propia versión en 1863 en "The journal of the discovery of the source of the Nile".


Seriamente apesadumbrado por el proceder de Burton, que decide permanecer en África, Speke, reafirmándose en sus predicciones, regresa apresuradamente a Inglaterra. Allí cuenta con el soporte de Sir Roderick Murchison, presidente de la Real Sociedad Geográfica. Las pruebas aportadas por Speke ante dicha sociedad ponen de manifiesto la probable veracidad del descubrimiento de las fuentes del Nilo. No obstante, el escepticismo de muchos componentes de la misma se mantiene ante las investigaciones y pruebas aportadas por el entusiasta expedicionario, entre ellos el propio Burton, que declarararía: "Estoy convencido que el Nilo nace de muchos lagos, no sólo de uno. He refutado en mi libro "Lake Regions of Equatorial Africa" los descubrimientos de Speke. La Royal Geographical Society acepta su versión aunque sea anticientífica y le ha enviado de nuevo a África". En efecto, una nueva exploración promocionada por Murchison partirá hacia Zanzibar al año siguiente. La incógnita sobre el Victoria Nyanza no admite ya más coacciones ideológicas. Speke se halla esta vez al mando de la misma acompañado por el capitán J. A. Grant, único europeo junto a Speke que integrará el viaje. La comisión expedicionaria se compone de unos 200 hombres, porteadores y guías, y parte de Zanzibar en octubre de 1860.


El 24 de enero de 1861 alcanzan Kaze. Se desencadenan las esperadas hostilidades nativas, extorsiones, enfermedades y deserciones. Finalmente, Speke y Grant, en octubre de 1861, consiguen alcanzar el Victoria Nyanza por el recodo suroeste. Y siguiendo las orillas del oeste, el 16 de enero de 1862, cruzan el río Kagera, la más remota corriente del Nilo. El 19 de febrero penetran en la capital de Uganda, donde la expedición es retenida durante varios meses por el rey Mtesa. Speke logra persuadir a Mtesa con promesas de que su participación en la misma será recompensada por el Imperio Británico, y acompañados por nuevos guías, Speke y Grant ponen su pie en el venero del inmenso lago del cual surte el Nilo. El misterio de las famosas fuentes, con sus 2000 años de incógnita, ha sido resuelto finalmente. El siguiente paso es penetrar en Unyoro, reino de Buganda, colindante con las zonas este y norte del Nilo Victoria y las orillas orientales del Nyanza. Se multiplican las complicaciones para salir de Unyoro que impiden a Speke y Grant visitar otra amplia zona del gigantesco lago (la denominada después Albert Nyanza), que podría ratificar su conexión con el Nilo. Con numerosas dificultades la expedición avanza por lo que se prevé forma parte del curso del Nilo, y el 3 de diciembre entran en contacto con una nueva zona inesperada: un puesto avanzado a cargo de John Petherick, cónsul británico en Khartum, encargado de auxiliar a los expedicionarios.


El 15 de febrero de 1863 llegan a Gondokoro, el punto límite de Egipto que indica la última posibilidad navegable desde el norte del río Nilo. En Khartum Speke telegrafiaría a Londres las excepcionales noticias de que era portador: el curso del Nilo había sido trazado definitivamente desde sus fuentes primigenias. Recibido con enorme entusiasmo a su regreso a Inglaterra, Speke publicaría en ese mismo año 1863 su "Journal of the discovery of the source of the Nile", un gran trabajo pleno de informaciones geográficas, etnológicas y zoológicas, narradas con un estilo impecable y atractivo y que aumentaría en gran medida la popularidad del concienzudo explorador.


Pese a todo, gran parte de la aristocrática, aislacionista, militar, y un tanto escéptica sociedad británica, que posee su muy acreditado y cerrado círculo, dicta también sus términos desmitificadores ante los descubrimientos aportados por Speke, poniendo sumo cuidado en rechazarlos con su ostentoso tradicionalismo "belicoso". Y, por supuesto, suscitaría lo que siempre se suscita con tales actitudes: una mezcla de antipatía y de envidia. Speke no había podido seguir la totalidad del curso del Nilo desde el Victoria Nyanza hasta Gondokoro, y el caudal que podría partir, sin haber sido demostrado por los expedicionarios, de la zona del Albert Nyanza sigue siendo todavía desconocido. Muchas de las "culturales corporaciones ciudadanas" más prestigiosas de la sociedad británica siguen esgrimiendo sus férreas normas de rechazo a todo cuanto no pueda ser demostrado. Inexplicablemente Burton y el por entonces famoso educador disciplinario (capaz de asegurar que la correa era el mejor método didáctico para el alumnado) James McQueen se hallan también entre ellos, y ambos critican las "aventuradas" conclusiones de Speke en su obra conjunta "The Nile Basin", publicado en 1864. Burton no muestra el menor escrúpulo en precisar los supuestos errores que expone su antiguo compañero, asegurando empecinadamente que el lago Tanganyika es la verdadera fuente del Nilo. El punto crítico de la citada polémica sobre la autenticidad del nacimiento del gran río africano debía dilucidarse en un público careo de ambos expedicionarios; uno de los anualmente celebrados debates (esta vez sobre el candente tema de las famosas fuentes) que se celebraban en la sección geográfica de la Asociación Británica en la ciudad de Bath. El mismo había sido fijado para el 16 de Septiembre del año en curso 1864.


La tarde anterior Speke asistió a una cacería en el distrito de Box, muy próximo a Bath. Apartándose del grupo de cazadores se apoyó en un muro semiderruido, puso en tierra su escopeta dejándola medio amartillada; dirigió la boca del arma hacia él, detonó el cañón y el proyectil penetró en su pecho infligiéndole una profunda herida de la que Speke moriría en pocos minutos. Burton se enteró de la muerte de su compañero al día siguiente mientras la sala de la Asociación Británica de Bath aguardaba el comienzo del debate. (Burton y Speke habían permanecido sentados cara a cara sin dirigirse la palabra en el hall de lectura del famoso edificio el día antes, 15 de septiembre. Burton, de acuerdo con su esposa, que se hallaba presente, reconoció que tal situación resultaba de una frialdad exasperante, se puso en pie, exclamando: "No puedo permanecer aquí ni un minuto más", y abandonó bruscamente el hall). Como era previsible se especuló sobre el posible suicidio de Speke. Dos testigos supuestamente presenciales juraron, no obstante, ante la investigación llevada a cabo por el oficial criminalista que la causa de la muerte de Speke no había sido más que un infortunado accidente. El obituario de "The London Times" aventuró la suposición de que a John Hanning Speke, mientras trataba de saltar el pequeño muro junto al que fue hallado cadáver, había levantado el percutor del rifle distraídamente, que la detonación del arma fue motivada por dicho descuido, y el disparo penetró en su pecho al doblarse sobre el muro y situarse por encima del cañón. Alexander Maitland, biógrafo de Speke, lo dio por cierto. Pese a todo, la muerte del expedicionario y su esclarecimiento no concluía ahí. Dado el trágico "cronometraje" de su muerte, la teoría del suicidio nunca logró ser rebatida totalmente. Se adujeron varios motivos posibles: Speke deseó evitar con su muerte aquel debate absurdo y humillante con su antiguo amigo; o bien, Speke se hallaba profundamente avergonzado por el trato que había conferido a Burton. No existen evidencias documentales que puedan ofrecer su soporte a ninguna de estas aseveraciones. No obstante, por cartas que se conservan se da por cierto que Speke había padecido ya una latente paranoia de manifiesta contraposición hacia el impetuoso y despótico Burton durante su primera expedición, lo cual aclararía que, al final de la misma, recelara de él y que mostrara una total frialdad hacia su amistad inicial, no permitiéndole intervenir en su segunda expedición. Sus diferencias de carácter se centraban especialmente en las actitudes moralistas, arrogantes e imperialistas hacia otras culturas, tan patentes en aquella Inglaterra Victoriana, y muy arraigadas en la rígida personalidad castrense y aristocrática de Speke. Algunos biógrafos llegaron a sugerir que algunos amigos homosexuales de Speke, y muy particularmente Laurence Oliphant, diplomático, viajero y autor literario, famoso por su novela satírica "Piccadilly", hurgaron en ciertas llagas "inexpresables" acerca de los sentimientos de Speke, en todo momento reprimidos por su fuerte ascendiente moral, y sobre los que el mismo Burton abrigara sospechas durante la desastrosa expedición en la que ambos exploradores permanecieran estrechamente unidos, obligados a compartir todo tipo de calamitosas situaciones. Sea como fuere, los comentarios malintencionados "acabaron por afilar las espadas", enturbiando de manera definitiva la por otro lado no menos emotiva y admirable amistad que una vez uniera a Burton y Speke.


Bob Rafelson asume las proporciones de una gran aventura cinematográfica


Nacido en New York el 21 de diciembre de 1933. Se inicia en televisión, en la Columbia Screen Gems durante la década de los 60. "The Monkees", un famoso show televisivo producido y dirigido por él, le granjea cierto grado de celebridad entre las audiencias estadounidenses, lo que le permite crear, en asociación con otros compañeros de televisión, la BBS Productions. Debuta en el cine con "Head", co-escrita por Rafelson y Jack Nicholson, protagonista del film. BBS Productions inscribe sus principios artísticos a través de cierto "deshielo" cinematográfico con nuevas ideologías expresivas. "Easy Rider", dirigida por Dennis Hopper, "Five easy pieces", del propio Rafelson y que obtuvo el "New York Film Critics Circle" y una nominación al Oscar como "Best Script", y muy especialmente "The last picture show", tierna e inteligente visión de la Norteamérica desencatanda y profunda, del prácticamente debutante Peter Bogdanovich, se convierten en los más avanzados y célebres portavoces fílmicos de la citada Compañía.


En 1982 prefigura una nueva y brillante eclosión erótica al realizar una nueva versión de la novela de James M. Cain "The postman always rings twice" con una mórbida y apasionada lingüística visual enriquecida por las posibilidades expresivas de sus deshinibidos protagonistas: Jack Nicholson y Jessica Lange. El thriller psicológico "Black widow", 1987, resulta decepcionante. En 1990, Rafelson se replantea nuevas posibilidades de la semántica cinematográfica, y se embarca en un espectacular tempo aventurero con espíritu inquieto de investigador incansable. Rueda en Kenya "The Mountains of the Moon", una enérgica renovación por penetrar el significado de la fotogenia paisajística al tiempo que la condición humana contemplada en su sentido más individualista dentro del marco de la gran aventura. Y para ello elige la primera y más famosa de las experiencias de los exploradores del siglo XIX Sir richard Francis Burton y John Hanning Speke en busca de las fuentes del río Nilo (obviando, no obstante, la segunda expedición llevada a cabo por Speke). "Man trouble", 1992, y Blood and wine", 1997, pese a la siempre excelente colaboración interpretativa en ambos films de Jack Nicholson, obtienen escasa repercusión en taquilla.







"Mountains of the Moon"








"Había leído, comentaría Rafelson, las novelas históricas de William Harrison "Burton & Speke" y "The mountains of the moon" de Sir Richard Burton. El nudo argumental de ambos libros, la estrecha relación afecto-odio de dos arriesgados expedicionarios gozaba de toda la excitabilidad neurótica en su ostentación de cuanta miseria, jactancia y tortuosidad presupone el riesgo aventurero, que a su vez desarrolla una vivencia intensa nada desdeñable, y una ilimitada carga de emoción y abigarrada fantasía. En una tierra remota, a través del espíritu de un tiempo apasionado y violento, se movía la historia de Burton y Speke. Personajes a los que admiré de inmediato. Fue como si me sintiera "hambriento" por trasladarlos a la pantalla. Pensé en la gran cantidad de extranjeros que habían llegado a Estados Unidos y que fueronn capaces de realizar allí grandes films. ¿Por qué no intentar, pues, rodar también una película en Inglaterra y África?"... Con el soporte del productor Daniel Melnick, Rafelson adquirió los derechos sobre "Burton & Speke", después de que el director Oliver Stone renunciara a los mismos. Warner Bros. distribuidora interesada en el rodaje propuso que la interpretación de los dos exploradores debía pasar a manos de dos estrellas en auge en la década de los 80: Mel Gibson y David Bowie. No obstante, Warner había sufrido una decepcionante aventura anterior en África con "Greystoke: the legend of Tarzan", y el estudio temía fracasar de nuevo si retomaba un segundo rodaje en el dificultoso set africano. Supervisar constantemente un film en localizaciones remotas resultaba fatigoso para los magnates de Warner Bros. Su vice presidente detestaba volar una vez y otra, y perder su valioso tiempo en lugares que particularmente detestaba. Rafelson comentó: "Aparte de la viabilidad comercial de la historia, ellos significan más bien poco. ¿Por qué tienen que andar importunando?"...

Finalmente, Bob Rafelson y Daniel Melnick trasladan el proyecto a Carolco Pictures, productora de "Air America" interpretada por Mel Gibson. Decidido el rodaje, ya en las manos el espléndido guión escrito por William Harrison en colaboración con Rafelson, y un presupuesto de $18 millones, el equipo se traslada a Inglaterra e inicia el casting. Se entrevistan a 150 actores, muchos de los cuales no pueden entender por qué Bob Rafelson se propone realizar un film "sobre el ex-marido de Elizabeth Taylor".



Patrick Bergin, un actor dublinés de robusta figura masculina realzada por un provocativo primitivismo, capaz de configurar a la perfección la semi extinguida tradición del patológico héroe aventurero, y recién incorporado a los medios interpretativos de la cinematografía británica, encarnará al vital e impulsivo Burton. Y sobre Iain Glen, actor escocés que ya había intervenido como extra en el rol de estudiante norteamericano en el film "Gorillas in the mist", 1988, recaerá la elección de Speke. Glen posee un rostro de clara tez y belleza casi femenina, ojos penetrantes con destellos de mórbido puritanismo y presumible soberbia imperialista muy acorde con lo que se sabe de su personaje. Y en contraposición a Bergin, brutal, sarcástico y sencillo, es sumamente atractivo, un veraz retrato de la imperialista Inglaterra decimonónica como lo fuera también el gran expedicionario, y que en cuanto a virtudes (arriendo temporal en el protagonismo de Glen) muestra no menos franqueza que su compañero, sin dejar de ostentar al mismo tiempo el citado orgullo y aridez característico de la arrogancia inglesa del siglo XIX.






Los fastos en la pantalla























... La llegada de Speke se perfila en el horizonte. Encuentro inicial en Zanzibar con Burton. El joven Speke ha abandonado voluntariamente libros, las lujosas salas londinenses, el civilizado y militarista espíritu inglés. Zanzibar abrasada por el sol, puerto depauperado por la indiferencia del mundo, pródiga a todo extranjero capaz de adoptar una actitud de fascinación y un impulso vital de acoplamiento ocasional con el desequilibrio exótico de África. Burton posee un diligente toque de rudeza, la brusca mentalidad aventurera que acoraza a los anglosajones que se dejan atrapar por la voluptuosidad mítica y la lasitud animal de los atardeceres moribundos y el esplendor irrespirable del inmenso continente inexplorado. África y su misterio crea vínculos. Se vive en una dimensión que no es la ingenua realidad tal y como la ha inventado el hombre. Ofrece la libertad de soñar, pero es necesario sufrirla liberándose de las ataduras formales e internándose en el azar. La aventura gigantesca pronto será evaluada. Esos dueños del conocimiento enigmático que conlleva la vasta perspectiva exploratoria de los sueños geográficos, siervos, no obstante, de las limitaciones de la carne, no tardarán en enfrentarse a la silueta salvaje que no admite vínculo alguno con los hombres dioses. Un ataque nocturno en las dunas somalíes frente a las titilantes fosforecencias de las llamas. Un primer enfrentamiento con la acción repentina y bárbara de la aventura. Muerte y tortura; incertidumbre y embriaguez de la huida.







































En Burton y Speke, una vez de vuelta a Inglaterra, palpita por segunda vez el germen de una exaltación decidida e irrefrenable. El nuevo arrebato expedicionario se interna en sus vidas. África y las misteriosas fuentes del Nilo: la gran contingencia expedicionaria definirá ampliamente la autenticidad heroica de ambos exploradores; nueva escala de valores a sus individualidades, y cada una de ellas habrá de cernerse sobre la imagen emocionada del otro. Lucidez y pánico de lo inesperado jamás experimentado antes. Asedios amenazadores entre las arideces desérticas o las feracidades selváticas. Solitarios y sombríos panoramas que golpean sus noches y sus días. Afecciones corporales que engendran nuevas formas erizadas del horror: fiebre, ceguera, ataques de insectos depredadores, tribus ignotas que crean ese centro de tinieblas, frío y sanguinario, que desgarra el inexplorado continente africano, ojos inquietos y calculadores de hechiceros que insinúan ininteligiblemente su desprecio hacia los hombres dioses que los invaden. Nuevos avances. Un dédalo de paisajes atormentadores. Millas y millas de vacilación, largas soledades, desasosiego de las voluntades. La verdadera naturaleza de África se ofrece ante Burton y Speke con pasión y espanto. Al mismo tiempo les admira comprobar que esa grandiosa proporción de la búsqueda propuesta vive íntimamente unida a ambos, que no se halla asaltada por el menor deseo de autonomía, y que a los dos pertenece con total seguridad, sin ansiar el menor retroceso. Surge Tanganyika, el lago gigantesco. La excitación de Burton lo embriaga. Speke no se atreve a afirmarlo, pese a que su compañero insiste en la prueba abrumadora de que Tanganyika es el gran venero nilótico. Una nueva exploración, esta vez sin Burton que permanece paralizado entre la tribu de Kaze que los acoge, lleva a Speke, finalmente, hasta las orillas del Nyanza. "¡Las auténticas fuentes del Nilo!", comunicará a su compañero con ese extraordinario ardor que únicamente los horrores vividos durante la sorprendente expedición puede infundir a su convencimiento. Pero ninguno de los dos exploradores volverán a reforzar su maravillosa complicidad.















De nuevo en Inglaterra, se entremezclan ideas contradictorias de la opinión pública. Intrigas del triunfo. La amistad posee también su hora de expiación, por ejemplo: la de no poder seguir siendo fiel al hombre con quien se compartieron los más ardientes sentimientos de afecto, creencias y preocupaciones. Burton y Speke enfrentados a causa de la interferencia engañosa de Laurence Oliphant. El orden moral de la civilizada Inglaterra se presenta en un aspecto más ensoberbecido e imperfecto frente a los dos exploradores temerarios y ávidos de descubrimientos. Mas las locuras del hombre jamás disminuyen a pesar de las advertencias. Al fin todo lo compartido muere. Y como si los largos días vividos en África los hubiesen devuelto a su patria llenos de presagios y premoniciones, no cabe ya más que esperar un desenlace fatal. Atardecer moribundo de John Hanning Speke; silueta titubeante, meditabunda y dolorida de Richard Francis Burton. Y en torno a sus conductas excitantes, el misterio de una expedición inenarrable. Requerido por un escultor que se dispone a esculpir el rostro de Speke, Burton moldeará su recuerdo sobre la masilla con sus propios dedos, configurando la imagen más veraz del amigo perdido.
















Fiona Shaw: Isabel Arundell




El Séptimo Arte jamás podrá sustraerse por completo a la moda del film de aventuras. Explotar el pintoresquismo de un continente como el africano, convertir en manzana de la discordia a dos amigos entrañables (expedicionarios auténticos insertados en una de las mayores hazañas de la historia de los descubrimientos), revelar al espectador con indudable maestría tan poético y terrorífico retrato, como irónico y fatalista (el que supuso la gran odisea de Burton y Speke), dota al mismo tiempo a la irrepetible aventura, que no pierde de vista tampoco ciertas incisivas anotaciones críticas y ambiguas, de una exaltación tan atractiva como sentimentalmente admirable. La pantalla ofrenda, pues, una nueva recepción triunfal a la odisea humana, y veremos a sus gallardos héroes, indisolublemente ligados a la crónica del conflicto social que la misma genera, desplazarse de igual forma entre una temática de sentimientos y emociones que, a diferencia de otros films de aventuras más al uso, acaban adquiriendo un tinte más polémico y comprometido. Un relato nostálgico y elegante, articulado en una línea narrativa zigzagueante entre dos mundos, y que al tiempo que embriaga nuestros sentidos con sus variados matices paisajísticos, rezuma una visión sombría y pesimista del hombre arrebatadamente enfrentado a la más audaz de las hazañas, muchas veces casi un espejismo inalcanzable.