"Pascali's island" está dedicado en exclusiva a Dalaem (Laura), gran arqueóloga, gran mujer, amiga eminente, ser inigualable.Harto quehacer presupone tratar de delimitar cuanto sentimiento de fatalismo avala en los hombres la siempre angustiosa pleitesía hacia la vida. No hay lucha más difícil de soportar que la que se desarrolla en el interior de nuestras conciencias. Es como una eterna penalidad sin mitigación. Un castigo que, trasladado a los poderes estatales de los Imperios, siempre olfateador de hedores disidentes, manda al patíbulo, a través de una práctica convicción sugeridora de famosas "cazas de brujas", no tan sólo a sus súbditos más fieles sino indefectiblemente a los sospechosos. Si los Estados castigan la traición por la falta de una certera ósmosis y relación con sus ciudadanos, es justo que la talla moral del vasallo, que forzosamente ha de proceder de lo bajo, no de lo alto, genere su propia inquisición y emprenda su particular cruzada contra el inocente, elaborando poco a poco sus normas interrogadoras, su austera regla intolerante, su triunfo clandestino a la desesperada convencido de la culpabilidad de aquél al que persigue. Si bien es cierto que debemos siempre a la corrupción mundana el desencadenamiento de estas auténticas guerras emocionales. Un deslizamiento de confusión en nuestros sentimientos (aquéllos que infaliblemente exigen los frutos premiadores de nuestro trabajo) que nos convierte en esclavos comprados en los mercados mercenarios del mundo, más contaminados por las preocupaciones pragmáticas que por toda otra sugeridora absolución capaz de promover el más sensitivo espíritu fraternal entre las relaciones humanas. La interesada severidad del funcionario probo viene avalada tantas veces por la prueba de fuego del fanatismo que nos hace sonreír ante el entusiasmo que sentía Rousseau por la que él consideraba "intrínseca bondad del hombre". El racionalismo aristotélico siempre se ha encarnado de la manera más dramática en los problemas de conciencia de la criatura humana. Santos hubieron que combatieron a Aristóteles con la propia dialéctica más aristotélica. Se refirieron a Dios en un intento de absorber el racionalismo y concederle tan sólo una calificación cristiana. Pero Dios bien puede traducirse por sentimiento. Y en el sentimiento se halla implícita la carne y el espíritu, acostumbradas desde tiempos remotos a su dura convivencia. Es este un dilema puntal en todos los dogmas. No es necesario estar bautizado, ni ser circunciso para que lo incontrolable de las aplicaciones de nuestros sentimientos concilien pasiones y duden de la interpretación tradicional del amor, o que constituyan su propio orden y racionalidad desviacionista del sentimiento más puro, buscando su análisis más lógico a la duda, y que acaben proporcionando sus armas más dolorosas para el asalto a ese vehemente misterio que por lo general alimenta el exasperante recelo, la venenosa suspicacia en quien, no obstante, busca desesperadamente, para huir de la penitencia de su prisión, los más nobles motivos que hagan posible nuestra existencia y cohabitación humana: honor, fidelidad, amistad, amor y justicia.
La época: principios del siglo XX
1908. Una isla griega en el Egeo bajo la ocupación turca. El Imperio Otomano está a punto de derrumbarse. El último de los sultanes, Abdul Ahmid II, permanece en su palacio de Constantinopla. Pero, a pesar de protegerle la mayor red de espionaje que ha conocido la historia, la actitud rebelde es ya incontrolable en todos sus dominios. El viejo orden europeo está también al borde de la extinción. Los acontecimientos se precipitarán muy pronto en la Gran Guerra.Solemnidad formal, en su vertiente intimista, del ciclo histórico
Solimán el Magnífico, 1521-1566, había logrado mantener una sólida y monolítica estructura imperialista sobre Grecia. La posterior decadencia del Imperio Otomano coincidirá obligatoriamente con un resurgimiento revalorizador del sentimiento nacional griego. Palpita un delirio de entusiasmo que desarrolla ideologías y un latente contagio de pasiones nacionalistas a través de aquel aire saturado de odio, ansioso ya por abrir un brecha definitiva en el imperialismo turco que pesa como una vergüenza sobre el orgullo griego. Constantinopla concede a Grecia, como si de un arriendo temporal se tratase, la jerarquía ortodoxa como único alivio en la vida pública del vasallo griego. Hacia el siglo XVII las primeras inspiraciones de resistencia a la ocupación turca asoman provocativamente entre refractarias bandas de ladrones, conocidos por "kleftes", afincadas en zonas montañosas y que hostigan sin descanso a los contingentes otomanos. A ellos acabarán uniéndose finalmente los milicianos griegos "armatolos", que formados por las guarniciones turcas para combatir a los "kleftes", se incorporarán, como primeras grandes avanzadillas del movimiento de liberación de los territorios griegos, a las filas de los rebeldes a los que había que combatir. En 1770 el levantamiento del Peloponeso es reprimido por las fuertas del sultán de Constantinopla. A principios del siglo XIX surgen sociedades secretas, llamadas "heterías", imbuidas por las ideas de la Revolución Francesa, que intentan conseguir el apoyo independentista de las grandes potencias europeas. Las "heterías" encarnan la causa de la libertad, manteníendose en el exilio, y se refuerzan en Viena, París, Atenas, y Odessa, donde los defensores de la Gran Grecia Independiente se erigen en los más elocuentes movilizadores de aquella insurgente oposición contra los otomanos.
Constantinopla dicta disposiciones severísimas que entrañan graves penas contra los integrantes de las "heterías". Un nuevo levantamiento, esta vez apoyado por Rusia, fracasa. El 25 de marzo de 1821 el patriarca Patrás proclama oficialmente la revolución griega. Sumadas todas las fuerzas hostiles de la península del Peloponeso acaban derrotando y expulsando de Grecia al invasor turco. Pero el orden y la paz se muestran incapaces de responder al sueño de independecia griega. Surgen conflictos internos, posiciones extremistas que no alcanzan un entendimiento entre los mismos rebeldes. El sultán de Constantinopla se vale de ello y prepara una contraofensiva, favorecida por la no intervención de las grandes potencias europeas que invocan el principio de la Santa Alianza (documento -26 de septiembre de 1815- que garantizaba militarmente la defensa de los principios del absolutismo monárquico, y salvaguardaba así "el fundamento de solidaridad entre monarcas rusos -ortodoxos-, austriacos -católicos- y prusianos -protestantes-, reyes por la Gracia de Dios, una de cuyas máximas firmadas consistía en "extremar la vigilancia para detectar y sofocar las iniciativas revolucionarias liberales"), y subordinan el mantenimiento de la paz en Europa al statu quo. Ayudado por el virrey de Egipto, el sultán sofoca definitivamente la rebelión griega. Las tropas turco-egipcias logran su más importante victoria en Creta, y, acto seguido, desembarcan en el continente donde su celo por recuperar las posiciones griegas no constituirían tan sólo una batalla sino una terrorífica matanza. Tras la masacre cristiana, intervienen, finalmente, los gobiernos europeos. Se firma el Tratado de Andrinópolis el 14 de septiembre de 1829. Rusia, Francia y Gran Bretaña obligan al sultán de Constantinopla a conceder el estatuto de autonomía a Grecia. Y en 1830, el tratado de Londres reconoce la independencia de Grecia e instaura en la nación una flamante Monarquía Absolutista. 1843 abrirá sus puertas a un primer golpe de Estado incruento bajo el reinado del joven Oton I. Se instaura una Monarquía constitucional, y en octubre de 1862 , tras un nuevo golpe de Estado, Oton es depuesto. Turquía cede la región de Tesalia y el sur del Épiro en 1881, tras el Tratado de Berlín de 1878, pero nuevos insurgentes radicados en las islas del Egeo, aún bajo la soberanía del sultán, siguen sublevándose contra las tropas otomanas. En 1908 el cretense Eleftherios Venizelos proclama la incorporación de la isla de Creta a Grecia.Barry Unsworth: documentada recreación ambiental
De la degradación de los modestos empleados del sultanato otomano, observadores secretos inscritos en la línea política de la extensa red de espionaje que Constantinopla ejerciera en sus posesiones isleñas del mar Egeo, Unsworth extrae una historia capaz de adquirir un tinte polémico y comprometido, pero muy apta también para adscribirse al documentalismo exótico con que la arqueología, que siempre embriaga nuestros sentidos con la caricia de los paisajes y con la poética seducción de su universo nostálgico y misterioso, se añada felizmente al estudio de los medios populares en que suele desarrollarse.
Ámbitos del ensueño arqueológico enfrentados esta vez a cuanta corporeidad fatalista contraen las resonancias de los ciclos nacionalistas, griegos en este caso, sometidos a los absolutismos imperialistas y en constante beligerancia intolerante que orquestan los rugidos testimoniales de cuantas realidades sociales han vivido bajo la política asfixiante de sus conquistadores. La arqueología posee, por tanto, su propio himno panteísta a la Naturaleza que la encubre. Es un secreto de luz que nos provee de su fuego, y nos abre su gruta fascinante y deificada en la que, como pulsación vivificante, se transforma en un canto prometeico a esos atrevidos héroes capaces de consumar los ciclos épicos, las resonancias paganas, que enriquecen los descubrimientos.
También los géneros políticos, fórmulas de comprobada rentabilidad, alimentaron y seguiran alimentando toda penetración comercial, ya sea literaria o cinematográfica, garantizando la incuestionable estabilidad de sus mercados. Ininterrumpidamente, han poseído un carácter de excepcionalidad en la cual tanto el misterio, la aventura como el amor pueden conducirnos al más inesperado de los hechizos. Pero la nota más aguda, la que siempre nos supera en toda obra concebida por la pluma, será siempre la arrolladora potencia de los sentimientos. En ellos se resume toda la
esencia picoteadora del viejo mito vivencial humano. Amamos las personalidades psicológicas sensibles y estudiadas. Las posturas hostiles siempre nos atrapan como si se tratasen de inevitables "hazañas biológicas" constantemente ejemplarizadas en el acaecer de nuestra existencia como hombres. Buscamos los elementos violentos del drama como si nosotros mismos (lectores y espectadores convertidos en Prometeos) intentáramos robar el fuego sagrado, que, a través de la letra impresa o de la imagen proyectada en la pantalla, también se erigen en "secreto de la vida". Nos identificamos, y, ¿por qué no?, casi envidiamos a esos viajeros extraviados que andan en busca de refugio, con su trasfondo de misterio, con sus encubiertas lacras sociales y sus muchas veces macabras verdades; y con sus susceptibilidades inquietantes, sus prefiguradas y atractivas tipologías románticas. Y ya, por descontado, merced a cuanta artimaña comportar puede todo viraje moral, nos extasia la impresionanate fuerza expresiva que exhuma el diagnóstico o mejor la investigación de sus raíces sociales."
Pascali's Island" no se inscribe en corriente alguna de "optimismo crítico" No asciende por cumbres afortunadas. Se abre a la corrupción y a la injusticia. Su filosofía social acaba completamente desmontada sin que nadie le haga frente. Cuenta, como tantas obras hicieran, la fábula del dragón de la plutocracia. Nos anuncia el abuso que el vencido puede llegar a perpetrar en quien cree que es su vencedor. No abroga las arbitrarias diferencias sociales. No estimula la autocrítica en la política, ni en la intelectualidad, pero cree en el espejismo de la prosperidad del pequeño latrocinio. No presta oído a los agoreros. Ve molinos de viento donde en realidad existen gigantes. Ensombrece los rostros de los países que acogen su aventura. Pone el dedo en la llaga del error cometido. Denuncia sus secretos, pero encarna entrañablemente un sueño: el arqueológico. Y compone, como postrer acto, a través de violentas requisitorias emocionalmente equivocadas, un trágico tríptico de víctimas que, movidos por una casi patológica necesidad de "reformismo", tras ofrendar testimonio de esa pérdida de valores que tantas veces hacen perder terreno al hombre, se inmolan a sí mismos.Barry
Unsworth nace en 1930, en County Durham, al norte de Gran Bretaña. Cursa sus estudios en Manchester University. Se traslada a Francia donde imparte lecciones de inglés. Reverencia la antigüedad clásica. Y a partir de 1960, viajando incansablemente a Grecia y Turquía, aspira el aire mediterráneo a pleno pulmón. El arte griego le conmueve y vuelca toda esta arrolladora revelación en sus futuras obras. Imparte enseñanza en las Universidades de Atenas y Estambul. Miembro del cuerpo Docente de Literatura de las Universidades de Durham y Newcastle. En 1988 reside en la Universidad de Lund, Suecia, designado por British Council.Su primera novela "The Partnership" se publica en 1966. Siguen "The Greeks have a world for it", 1967, "The hide",1970, y "Mooncranker's gift", 1973, por la que recibe el Premio Heinemann. En 1980 publica "Pascali' s island", cuya acción sitúa en los últimos años del Imperio Otomano. En 1982, tras el éxito de su predecesora, retomando un tema similar, describe la aventura de un espía inglés en Constantinopla en "The rage of the Vulture". Su novela más reciente, publicada en 2009, es "Land of marvels".
En la actualidad reside en Umbria, Italia. El conjunto de su obra fue premiado en 1998 con un "Honorary Litt D." (Doctor en Letras) por la Manchester University.

LA ISLA DE PASCALI

El visitante inglés
(En el Hotel)... (Pascali, al recepcionista) "Buenas tardes, señor Mardosian... Señor Pascali... Creo que ha llegado un nuevo huésped... Supongo que se refiere usted al señor inglés... ¿Es inglés, eh? Alto, rubio... Se llama Bowles... ¿Ha venido por mucho tiempo?... Una estancia indefinida ha dicho... ¿Indefinida? Le habrá dado una buena habitación... La número 16, con vistas al mar... ¿Le ha indicado para qué ha venido? El motivo de su visita... Creo que ese caballero es un arqueólogo... (Pascali se asombra) ¡Un sabio nada menos! Tal vez pueda serle de utilidad...
Es posible. ¿Por qué no se lo pregunta usted mismo? Le encontrará en la terraza... ¿En la terraza? Gracias... (Mardosian observa a Pascali mientras se marcha con un gesto de reproche) (Pascali se presenta al recién llegado, tras cruzar el hall del Hotel) Disculpe señor, ¿puedo hablar con usted?... (Bowles extrañado) Sí, claro... Me llamo Pascali, Basil Pascali. Tengo entendido que acaba de llegar a la isla, y he pensado que si usted no habla turco yo podría servirle de ayuda, porque necesitará un intérprete o un guía... Supongo... Puedo serle de alguna utilidad. Vivo aquí, en el pueblo. Soy muy conocido en la isla. Todos me conocen. Todo el
mundo conoce a Basil Pascali... Es usted muy amable, señor Pascali (Se estrechan las manos) Me llamo Bowles, Anthony Bowles... Es un placer conocerle... Ahora iba a tomar una copa ¿Quiere acompañarme?... Sí, desde luego (Bowles toca las palmas para que acuda el camarero. Pascali sonríe y le imita) Veo que conoce bien nuestras costumbres... He viajado mucho por esta parte del mundo... ¿Ah, sí?... ¿Qué quiere tomar? (Piden una bebida típica. Aparecen varios oficiales turcos que saludan a un alegre ciudadano alemán) (Pascali comenta) Los turcos han reforzado la guarnición. Hace una semana un pelotón cayó en
una emboscada, en las montañas. Los rebeldes griegos se muestran activos. Muy activos... (Bowles inquiere interesado) ¿Quién es el alemán?... Herr Gesing. Representa la Firma Manssel de armamento. Es su delegado aquí, en la isla... (Bowles observa detenidamente a Pascali) No tiene usted acento. Habla muy bien... Al menos lo procuro. Mi madre era mitad irlandesa y mitad francesa. Llegó desde Constantinopla. Era bailarina y acróbata de una Compañía ambulante... ¡Qué curioso! En cuanto a esa oferta suya de hacerme de intérprete... Es usted muy
amable... Puede que le tome la palabra... Estoy a sus órdenes... Tengo que hacer algunas gestiones. Usted debería ponerme en contacto con las autoridades... ¿Con las autoridades? (Pascali desconfía) ¡Hum..., sí!... (Aparece una atractiva mujer en la terraza que observa a ambos. Bowles queda intrigado por esa presencia. Pascali la requiere) ¡Lydia! Es Lydia von Neuman. Es vienesa. Tiene un estudio de pintura en el barrio turco. (Lydia Neuman se acerca hasta la mesa) Basil, ¿has encontrado una cara nueva? (Pascali sonríe) ¡Buenas noches! Lydia te presento a
Anthony Bowles (El visitante se levanta y estrecha su mano. Pascali la halaga) Lydia es una artista. Una excelente pintora... Y Basil es el más amable de mis críticos (Todos sonríen) ¿Quiere tomar algo con nosotros?... Gracias (Lydia toma asiento junto a ellos) Lydia desciende de una antigua familia vienesa de las mejores... Basil, por favor... Y se educó en Inglaterra... ¿En serio? (La observa Bowles) ¿Qué quiere tomar?... Vino blanco... El señor Pascali me contaba la historia de su madre... (Lydia sonríe a Pascali) Es uno de sus temas favoritos... Según me decía era
acróbata... ¿Cómo acróbata? (Duda Lydia divertida) Me dijiste que era profesora de piano... (Pascali se muestra despreocupadamente irónico) Mi madre tuvo muchas profesiones a lo largo de su azarosa vida, y acabó ejerciendo la más antigua de todas, la de prostituta... (Bowles observa a Lydia) La verdad, no creo que la señorita... (Lydia ríe, y Pascali insiste en el balance de su dudoso origen valiéndose de su labia desinhibida) No sé quién fue mi padre, de qué raza era o qué posición social tenía. Mi madre me contó cosas muy diferentes y
en distintas ocasiones. Sabía inventar historias... (Lydia se muestra comprensiva) Un talento que desde luego heredaste tú... Resumiendo, para no resultar pesado, finalmente llegó a ser la amante de un funcionario del Ministerio de Finanzas, un maltés que se apellidaba Pascali (Lydia vuelve a reír, mientras se dirige a Bowles) No crea ni una palabra. Sólo pretende escandalizarle (Ríen todos) ¡Al contrario!... (Lydia) Se quedará aquí mucho tiempo, señor Bowles?... Puede que una semana o dos. Esta zona es muy rica en restos arqueológicos... ¡Oh!, ¿es usted a
rqueólogo? ¡Qué interesante!... Si, estoy reuniendo material para un libro sobre la antigüedad clásica en las costas de Asia Menor y en las islas. (Pascali se despide de ellos) Perdónenme... (Lydia) Es fascinante la arqueología, verdad?... Sí, al menos lo parece. (Pascali abandona la terraza. Se hace con la llave de la habitación de Bowles, y registra su equipaje. Halla una pequeña cabeza de estatua clásica en una de las maletas)... Curioso tipo (Comenta Bowles al quedarse a solas con Lydia) ¿Basil? Es una institución en la isla. Un personaje increíble.... ¿A qué se dedica?... Pues,
enseña francés, alemán, inglés. El pobre se gana la vida como puede... Pensaba pedirle que hiciera de intérprete para mí en el curso de unas negociaciones, pagándole desde luego... Hágalo, por favor, le vendrá estupendamente."
Informe y requerimiento de Pascali al Gobierno de Constantinopla que le ignora
"
Señor de todo el mundo, sombra de Dios en la tierra, que el Señor os conceda la prosperidad y la paz. Al sultán Abdul Ahmid II: no me conocéis excelencia, soy vuestro observador secreto en esta isla; uno de ellos al menos, porque supongo que habrá otros muchos. Perdonad mi osadía al dirigirme a vos, pero la necesidad me impulsa a ello. No puedo soportar más la negligencia de vuestros funcionarios. A pesar de mis repetidas y humildes peticiones, jamás he recibido de vuestro Ministerio ni una sola palabra de reconocimiento. ¡Nunca! Desde el principio hasta hoy,
veinte años llevo sentándome ante mi mesa, en mi habitación, junto a la costa de esta isla, lejos de Constantinopla y de los centros de vuestro poder. Este es mi último informe: los griegos sospechan de mí, excelencia. Estoy seguro... El yate del americano, Smith, sigue ahí. Llevan diez días recogiendo esponjas, o eso dice él que hacen. Tiene una tripulación de tres hombres, dos italianos y un polaco... ¿Y qué puedo comunicaros de nuestro misterioso inglés? ¿Qué está haciendo aquí? Una estancia indefinida. Eso por si solo ya es sospechoso. ¿Y la pistola? ¡No! Se propone algo que todavía no he averiguado..."
Lydia von Neuman
(Basil Pascali visita a Lydia von Neuman en su estudio de pintura del Barrio Turco. Acude al portalón de entrada, y abre a Pascali. Se muestra un tanto contrariada como si no fuera la visita que esperaba) "Oh, Pascali, ¡qué sorpresa!... (Basil) ¿No te molestaré, verdad?... No, estaba trabajando (Le muestra sus manos impregnadas de óleo) ¡Vamos, pasa! (Lydia le muestra el cuadro) Dime, ¿qué te parece? Pero, sé sincero. Ya sabes cuánto valoro tu opinión... Francamete bueno... El rojo, ¿no crees que es demasiado fuerte, violento?... No, me gusta. Es muy sensual... Me alegro de que hayas venido... (Pascali se muestra irónico) Hoy no
tengo mucho que contarte... Puedes ponerme al día de los últimos rumores... (Basil duda) He estado pensando en ese yate de la bahía, pertenece a un americano. ¿Le conoces? Un tal Smith... (Lydia sonríe) Sí, mejor dicho ¡no!. A él no. He hablado con alguien de su tripulación, un italiano. Bajó a tierra a comprar provisiones hace dos o tres días... ¿Crees que de verdad están cogiendo esponjas?... Humm, claro, ¿por qué no?... He oído algo, no sé dónde, dicen que están vendiendo armas a los rebeldes... ¡Oh, Basil, a veces se te desboca la imaginación. Si esos rumores
tuvieran fundamento ya habrían registrado el barco... Al parecer, eso es lo que han hecho... ¿Y encontraron algo comprometedor?... No... ¡Lo ves! Cuéntame cosas de ese recién llegado... ¿Del inglés? Un típico producto de su raza, diría yo. Un poco petulante, como creyéndose superior... Sí, ya sé. Complicado, con su aire dominador (Basil observa a Lydia atentamente un poco celoso) ¿Qué crees que hace aquí?... Nos lo dijo anoche. Le interesan las ruinas. Está escribiendo un libro... ¡Claro! (Observa Pascali sarcástico. Lydia sonríe misteriosa)
Podrás preguntárselo si quieres. Espero que llegue dentro de un momento... Perdona (Pascali celoso y desconcertado) Sospecho de todo el mundo. Durante siglos los turcos han gobernado estas islas. Ahora el Imperio se derrumba, y los europeos acechan como buitres para hacerse con el botín... Tú también eres en parte europeo, Basil. ¿Lo has olvidado?... Yo ya no sé lo que soy... (Llega Anthony Bowles y permanece en el patio. Lydia le llama desde la terraza interior) Ha encontrado la casa... (El visitante) No ha sido difícil... suba, estamos aquí... ¿Pascali?... Señor
Bowles... Anda, sé bueno y tráele al señor Bowles una copa de vino... Encantado... Perdón, no pensé que... No se preocupe, Basil es un viejo amigo (Pascali les observa)... ¿Puedo? (Bowles desea ver el cuadro pintado por Lydia) ¡Hum, es precioso!... Basil dice que este rojo es muy sensual. ¿Ve ese lienzo tan bonito? Lo compré en Tánger. ¿Conoce Tánger?... Sí, y me encanta... A mí también. Es tan misterioso. Esa forma que tienen de cantar por las mañanas, por toda la ciudad (Basil Pascali presta atención a la conversación con rostro un tanto adusto) desde esas torres,
¿cómo se llaman? Man... minuetos... ¡Minaretes! (Aclara Bowles)... ¡Eso, minaretes!... (Anthony Bowles pasea ahora con Pascali por las callejuelas de la isla) He ido a echar un vistazo a las ruinas. Es una zona muy extensa. No creo que nadie las haya estudiado a fondo... Y a usted le gustaría hacerlo... Sí, desde luego. Pero quiero un contrato de arrendamiento, digamos por un mes, para poder desenvolverme con libertad... Esa zona pertenece a Mahmud Pashá, el gobernador de la isla. Tiene muchas tierras a lo largo de la costa... Pero al Pashá se le podrá
ver, supongo... Yo no me acercaría mucho a él. Es un hombre todopoderoso... Sin embargo... No le dejarán llevarse nada de esas ruinas (Asegura Pascali) Para eso necesitaría un permiso de Constantinopla... Me lo imaginaba, pero no tengo intención de excavar... En ese caso, le diré que no hay por qué exigir un contrato; tiene libre acceso a toda esa zona... Lo prefiero (Insiste Bowles) Quiero tener derecho por escrito... ¿Realmente lo considera necesario?... Creo que es la mejor política a la larga. Lo que también voy a necesitar es un intérprete, y le pregunto si su oferta sigue en pie, a cambio de una cantidad, claro... ¡Oh, no, no!... Sí, sí, permítame que insista... Es usted muy amable, y si puedo ayudarle en algo le concertaré una entrevista con el Pashá..."
Primer testimonio: el misterioso Anthony Bowles
La iniciativa de Anthony Bowles llega hasta las dependencias gubernamentales de Mahmud Pashá. Acompañado de Pascali, explica puntualmente su deseo de arriendo durante un mes de una costa isleña conocida por Terra Rossa. Bowles confiere a su petición un carácter de solemne irrevocabilidad al que mueve su sospechoso afán por acceder a la zona arqueológica con toda libertad. Una libertad refrendada por contrato y sellada con tan sustanciosa cantidad como la que ofrece al Pashá: 500 liras turcas, una auténtica fortuna en dicha época. Pascali expone a Bowles que
tal ofrecimiento es un auténtico dislate, puesto que por ese precio podría adquirir la isla al completo. El Gobernador turco y su primer ministro aceptan con un mohín de asombro la oferta del visitante. Política y pragmatismo se alían por lo general a la fuerza arrolladora, impúdica, que concede su índole incidental a la ambición. Bowles deberá abstenerse de toda excavación arqueológica, pero gozará de impunidad total en sus investigaciones por entre las ruinas de Terra Rossa. Bowles asegura que la astronómica cantidad ofrecida le será transferida
por su Banco en Londres. El informador comprueba en la Banque Imperiale Otomane de la isla que las 500 Liras no han sido depositadas allí por la cuenta londinense. Una semana más tarde Bowles, tras convocar de nuevo a Basil Pascali, solicita una segunda audiencia de Mahbub Pashá y su ministro. Un vago sentimiento de recelo y fatalismo se teje alrededor del informante turco. En sus tribulaciones, noche tras noche, asoman pesadillas de soledad y olvido. Sus escritos a Constantinopla, con tanto reproche, son confesiones bastardas del hijo que clama al padre que jamás habrá
de reconocerlo. Pascali merodea entre la palpitación de sus horas calladas, como ave enferma de la isla. Todo el paisaje le late como un eco en el que se exalta una palabra: ¡fiebre! Una clara conciencia de sus celos juega con él y su soledad. La isla, su templo y su condena, le muestra su flamante cara oculta: la entrega sensual de Lydia von Neuman a Anthony Bowles. Se lleva a efecto la nueva entrevista con Mahmud Pashá. El arqueólogo inglés hace gala de su impertinente diplomacia pendular. Confirma un hallazgo en las ruinas: un collar de oro y turquesas de gran valor, y, finalmente, el más preciado objeto arqueológico
: la pequeña cabeza de mármol de una estatua clásica. Un temor repentino quiebra el encanto del descubrimiento: ¡el arqueólogo miente! (Pascali recuerda la noche de su llegada a la isla, el registro efectuado en su habitación, el hallazgo de dicha pieza arqueológica en una de sus maletas)... Mahmud Pashá se muestra ahora como irritado mendigo que reclama sus derechos perdidos. La restitución del contrato firmado a Bowles. Los objetos encontrados, como otros posibles hallazgos, deben pasar a manos del Gobierno. Terra Rossa le pertenece.
Bowles exige por la reversión del contrato una cantidad impensable: ¡2000 liras turcas! Y se impone peligrosamente a la voluntad de los gobernantes, que palidecen asombrados y amenazantes. Finalmente, la cantidad acordada para la devolución será de 1500 liras. Bowles, más inspirado por un deseo de lucro que por sus falsos afanes arqueológicos, juega bien sus cartas en aquella anarquía representada por pequeños gobernantes isleños, que esculpen sus sueños de ambición y poder en mármoles de pequeño valor. Mahmud Pashá y su concienzudo primer ministro,
ampliando sus poderes autonómicos en la isla, comprenden que, sustrayéndose de la influencia hegemónica que Alemania ejerce ahora sobre dicha nación (y representada por Herr Gesing), han sobrepasado sus límites: Terra Rossa es patrimonio del Gobierno de Constantinopla. Y, por consiguiente, patrimonio temporal de la nueva supremacía alemana en Turquía y sus posesiones: "El inglés no es importante, asegura el primer ministro a Herr Gesing, sólo es un arqueólogo... ¡Cree que soy imbécil! Está buscando en Terra Rossa. Se lo advierto. No intente engañarme o tendrá que atenerse a las consecuencias...", amenaza el representante alemán a Mahmud Pashá y a su ministro.
Bowles descubierto por Pascali
(Bowles ha aceptado las 1500 liras tras entrevistarse con el primer ministro en presencia de Basil Pascali, que actúa de intérprete. Bowles indica, no obstante, un nuevo descontento) "A propósito he ido a las ruinas esta mañana y he visto que han puesto dos soldados de vigilancia. (Pascali traduce al ministro) Dice que no sabe nada de esos soldados... Sí, él dira todo lo que quiera, pero allí están. Y en el contrato no se hablaba de vigilancia militar. Acepto las 1500 liras. No es suficiente, pero prefiero llegar a un acuerdo... Tenemos que recoger el dinero en su despacho a las siete, aquí, en la ciudad... ¿A las siete? bien...
Dice que lleve los documentos con usted... sí, claro... (El primer ministro se despide con rostro desabrido. Basil Pascali y Anthony Bowles se miran con gesto de satisfacción) Esto merece una copa... Se diría que ya ha pasado usted otras veces por una situación semejante... Por supuesto que no. ¿Cómo se le ha ocurrido eso?... (Pascali, sonríe) No lo sé. Por cómo ha actuado. ¿Qué me dice de los soldados?... Han acampado allí, en las ruinas. Temerán que me lleve lo que encuentre... ¿Y no va a hacerlo, verdad?... No, claro que no, pero ya sabe cómo es esta gente. Su
ayuda me ha sido muy valiosa, Pascali. Cuando todo se arregle, me encargaré de que reciba su recompensa. Estos turcos son absoluta y totalmente mercenarios. No hay en ellos,... ya sé que es un término anticuado, pero no existe en ellos el concepto del honor. No me extraña que el Imperio Otomano se resquebraje si lo que he visto es un ejemplo. (Pascali observa atentamente a Bowles, con una sonrisa irónica) Esa cabeza la trajo usted... Perdón, ¿qué ha dicho? (Inquiere perplejo Bowles) Que la trajo usted, no la encontró aquí. No tiene usted por qué fingir
conmigo... ¿Fingir? ¿De qué me está hablando?... De esa cabeza de mármol. De la que sacó de su maletín con aire de triunfador. Permítame que le diga que esa escultura estaba ya en su poder el día que puso el pie en esta isla. Y deduzco que lo mismo ocurre con el resto de los objetos que mostró sobre la mesa del Pashá... Debe tener alguna razón para decir eso... La encontré en su habitación la noche de su llegada... ¿Ah, sí? ¿Y qué estaba buscando? ¿Es usted policía... (Pascali ríe) No tengo nada qué ver con la policía... Entonces es una especie de informante... ¡Oh!, no u
na especie, ¡soy un informante, y de los mejores!... ¿Un espía?... Y usted un estafador. Las leyes que castigan la estafa son muy severas en los dominios del Sultán, por no decir salvajes. Una sola palabra mía bastaría para estropearle su juego y hacerle perder del todo ese dinero (Pascali mira fijamente a Bowles) ¡700!. Quiero 700 liras. Creo que es justo... ¿Se lo ha dicho a alguien? (Bowles se inquieta, pero mantiene su fría sangre inglesa) Me refiero a lo de la cabeza... No, (Asegura Pascali. Y luego sigue con aire amenazador) pero he dejado todo por escrito dentro de un sobre lacrado que será enviado a cierto lugar en el caso de que yo muera o desaparezca... Permítame que lo dude. Aún así, le daré 400. Tiene derecho a una parte... 550 si el trato con el Pashá sale adelante. (Propone ahora Pascali)... 500 (Decide Bowles), también contando que el trato con el Pashá continúe... ¡Hecho! (Durante la noche Basil Pascali escribe entusiasmado en su diario) 500 Liras, más dinero del que he visto junto en toda mi vida. Lo suficiente para dejar esta isla, ir a Constantinopla y descubrir cuál es el destino de mis informes secretos dirigidos al Sultán. Ahora los dos sómo cómplices. Bowles y yo. Durante algún tiempo debemos unir nuestros caminos..."
Segundo testimonio: el descubrimiento
La quimera arqueológica cede al pragmático fraude descubierto, y, finalmente, confesado ante Pascali por Anthony Bowles. Pero a la quimera muchas veces la sorprende el celo a que también nos somete la férrea disciplina del azar. Y será ese mismo azar, más o menos presente en muchos acontecimientos de nuestra existencia, el que hará fructificar en Bowles la simiente de un sueño encubierto, pero siempre latente en su vida: el de un evidente y fausto descubrimiento arqueológico. Bowles, distraído de su camino, tras el perpetuo verano isleño, concede una última
pleitesía a la callada hora del atardecer en las ruinas que pronto abandonará. El andariego lleva consigo esa sensación de paisaje tributario del remoto mundo clásico que, pese a la añagaza perpetrada por medio del mismo, provoca en él melancólicas evocaciones. Un traspiés en el terreno, rinconadas profundas que reciben el vaho calentado por la siesta. Una mano de bronce rasga con su traza el misterio de la piedra. Una talla secular parece rasgar con su presencia encubierta el azul lejano de la isla. El descubrimiento arqueológico se le ofrece con el ritmo y la
palpitación que dejan los arcanos tras los altares viejos de la historia. A partir de ahí la fuerza emocionante que conlleva el hallazgo será inmediatamente adversa a los planes de huida preconcebidos por Bowles. Para sopresa de Pascali, el falso arqueólogo inglés solicitará un aplazamiento a la emprendida rescisión de su contrato a disponer de libertad de movimiento en Terra Rossa: (Pascali) ¿Retrasar la entrega? ¿Por qué? (Bowles) Aún no he terminado mi investigación... ¿Su investigación?... Lo único que importa ahora es el tiempo... Empezarán a sospechar si se retrasa... ¿A sospechar, qué? ¿No les dije que estaba escribien
do un libro?... Y eso que más da. A ellos no les importa su libro?... Oiga, Pascali, quiero que les dé mi palabra... ¿Qué?... Que les dé mi palabra de honor de que no voy a llevarme ningún tesoro que encuentre... Pero si no hay tesoros en ese lugar... Cierto, tiene razón. Pero ellos no lo saben. Sólo necesito un par de días"... Dos días serán necesarios para recuperar la estatua de bronce que se oculta en la ladera originaria que la encubriera. Basil Pascali merodea, desconfía nuevamente del forastero y de su agasajo de
complicidad. La sospecha se hace realidad. Bowles compartirá su descubrimiento con el informante turco, solicitando su ayuda. Explica puntualmente a Pascali su intención de hacer patente el hallazgo de la talla de bronce a las autoridades turcas, pero exigirá que su nombre se relacione con su exhumación. Pascali se estremece temeroso. Su prevención le mueve más hacia el laurel de triunfo que cree vislumbrar en el entusiasmo de Bowles que en su sinceridad al exponerle sus intenciones. La moral del forastero se alterna en un memorial de constantes fraudes (descubierto por Pascali) llevados a cabo por Bowles en diversos países mediterráneos. El arrogante inglés se ha apoderado de la mentira, de la vida y del aire que santifican los vestigios arqueológicos. En sus coloquios amistosos se barajan encubiertas emociones de una vida oscura, presidida por la falsedad y el lucro. Bowles puede encerrar de nuevo la sagacidad habilísima, revestida de la emoción silenciosa e inocente de que nos provee la tierra y su misterio, con que ha organizado sus anteriores estafas.
Los acontecimientos se precipitan.
(
En las ruinas. Pascali ayuda a Bowles a exhumar la estatua) "Desde que era pequeño me fascinaba el mundo clásico. Cuando la gente me preguntaba qué quería ser, yo siempre respondía que arqueólogo. Toda mi vida he soñado con descubrir algo. Y lo he conseguido. Es como si todo lo que he hecho me hubiera conducido aquí. Mírela. ¿No es fantástica?... Sí, lo es. Y no es una copia. Ya era antigua cuando llegaron los romanos a la isla. Lleva aquí, en esta ladera, más de 2000 años. ¡2000 años!... Es una estatua muy hermosa... Espero que me ayude a limpiarla cuando acabe de desenterrarla... Desde luego... ¿Es
cierto que jamás le han contestado de Constantinopla?... Ni una vez. Ni una palabra en veinte años. Y sin embargo el dinero llega puntual cada mes... Alguien daría la orden al Banco para que lo siguieran enviando. Y como no ha habido contraorden, le siguen pagando. Puede que quien diera la orden ya esté muerto. ¿Que piensa hacer cuando tenga el dinero?... Ir a Constantinopla a averiguar que ha ocurrido con mis informes... Es el último sitio donde yo iría. Allí todo ha acabado... Rumores... Es la pura verdad... Pero es la
única forma que tengo de dar sentido a mi vida... Mi querido amigo, ¿tiene usted idea de cuántos informadores deben de haber en el Imperio Otomano? ¿Cree que toda esa gente del Ministerio les tiene a todos fichados en un archivo? Nadie lee nada, Pascali... Si eso es cierto, también su negocio ha terminado. Ha pensado que su porvenir depende de la ciénaga que ha sido hasta ahora su vida... ¿Ciénaga?... Sí, el Imperio es una ciénaga y los dos pertenecemos a ella, como las orquídeas y las serpientes... No lo había pensado, y en ese caso debería irme. Este es un momento
crucial en mi vida. Usted no sabe qué pocas estatuas griegas en bronce existen en la actualidad... ¿Creí que había dicho que iba a entregarla a las autoridades?... Y voy a hacerlo. Me conformo con que asocien mi nombre al descubrimiento. Fíjese en esa cara (Observando extasiado la estatua) Corresponde al gran final del período clásico. Muy cercano al ocaso. Al borde de la decadencia. Por eso es tan maravilloso. Gracias por su ayuda (El informante le observa con desconfianza) Oiga, Pascali, hágame caso. No vaya a Constantinopla. Con los idiomas que sabe podría trabajar
en Europa como intérprete... Todo depende del dinero... Tendrá su dinero. Le doy mi palabra. 500 Liras..." (Pensamientos de Pascali) "Los he dejado juntos, al señor Bowles y a su amor de bronce. ¿Será posible que renuncie a él y se lo deje a los infieles? No puedo creerlo..." (Acude al Banque Nationale Otomane. El cajero se muestra irritado) No conozco a ese señor Bowles... (Pascali se muestra sorprendido a la vez que aterrorizado) ¡Tiene que conocerle! Espera una cuantiosa suma de Londres. 500 Liras. Me ha pedido (Miente) que venga a enterarme de si ha llegado. ¡
Aquí no hemos recibido nada... ¿Está seguro!... ¡Nada! ¿Cuántas veces tengo que decírselo?... (Pascali abandona el Banco. En el puerto ve a Lydia) ¡Lydia!... ¡Oh, Basil, qué susto me has dado!... Tengo que hablar contigo. Necesito saber qué pasa. Está pensando en robar la estatua... ¿Qué estatua?... ¡No te hagas la tonta! ¿Qué hacías en el barco del americano? ¡Él también está metido en el asunto!... ¿Estás espiándome?... Para ti no soy nada. Todos estos años he estado observándote, queriéndote... Basil, no... ¿Le quieres, verdad? A ese inglés tan fino y educado... Sí,
ahora ya lo sabes (Confiesa Lydia apesadumbrada) ¿Te irás con él cuando se vaya? ¡Contéstame!... Esto es el final, todo se ha terminado en nuestra isla. Tú también debes irte... Yo no tengo adónde ir... (Lydia se aleja llorosa)"
Ahora sé con certeza qué es lo que debo hacer" (Voz en off de Basil)... No dudé en explicarles todo. Las autoridades sabían lo de la estatua, pero no imaginaban que fuera lo bastante loco como para intentar robarla. El primer ministro me dijo que me fuera a casa y esperara allí. Este inglés nos engañará a todos. A los hombres del Pashá les robará la estatua de bronce, y a mí no me dará el dinero que me ha prometido. Ha llegado el momento que más temía. Ya vienen, voy a ser su guía... (Los vigilantes de las ruinas han sido asesinados. En la ladera Bowles, Lydia, Smith
y sus ayudantes tratan de alzar la estatua de bronce, para extraerla de su escondite) (Bowles a Smith) No haga movimientos bruscos. Tenga mucho cuidado... (Disparos de los hombres dirigidos por el Pashá. Pascali, horrorizado y arrepentido, lanza un grito: ¡¡¡Nooooooo!!!)... (Lydia, Smith... Siguen los disparos. Se acerca a Bowles) Perdóneme... Están equívocados... (Últimas palabras de Bowles. Pascali huye, sollozante, bajo una copiosa lluvia, y se lanza sobre el oleaje de la playa próxima. Luego corre hacia su casa y encuentra un sobre en la entrada dirigido a él)
La carta de Bowles:
Basil Pascali: "Le envío la suma que acordamos (los billetes se hallan en el interior del sobre) Debe irse de la isla cuanto antes. Espere en el promontorio al amanecer (Pascali solloza amargamente al comprobar el gran error de desconfianza cometido en la persona de Bowles, la probidad del mismo, y su vileza al denunciarle) Una barca irá a recogerle. Anthony Bowles" (Pascali prensa el sobre entre sus manos sin dejar de sollozar con incontenible desesperación)
Postrer testimonio informativo de Pascali al Señor del todo el mundo
"Han pasado ocho días. No me equivoqué en cuanto al americano. Los rebeldes ya tienen armas. Han entrado en las ciudades. Todo ha terminado. Vuestro Imperio se acabó, Abdul Ahmid II. El señor Bowles tenía razón. Lo sabía entonces y lo sé ahora. Nadie leyó nunca mis informes, y nadie los ha conservado. He sido vuestro último espía. Y mi trabajo fue completamente inútil. Ahora ya no me queda más que esperar. Un día de estos, muy pronto, los griegos vendrán por mí. Nunca pensé que todo acabara así. No era mi intención matarles Yo les quería. ¡Les quería a los dos!... Señor de todo el mundo, sombra de Dios en la tierra, que el señor os conceda la paz y la prosperidad.
James Dearden: hijo del afamado director de cine británico Basil Dearden. Nacido el 14 de septiembre de 1949, se integra al mundo literario, y finalmente, a la dirección cinematográfica. En su carrera parece invocar el estilo paterno, nada desdeñable, y suma una artesanal filmografía (entre 1977 a 1999) formada por siete películas, entre las que destacan "Fattal attraction", 1987, "Run" y "A kiss before dying", ambas de 1991. De todas ellas, resultará elocuente su extraordinaria entrega, que llega hasta el Festival de Cannes de 1988, al plasmar en la pantalla con especial entusiasmo y una eficacia indudable la magnífica novela de Barry Unsworth "Pascali's island".
Ben Kingsley: nace como Krishna Bhanji en Scarborough, Yorkshire, el 31 de diciembre de 1943. Hijo de un doctor de origen musulmán, Harji Bhanji, y de una una modelo y actriz de origen judío, Anna Lyna Mary. Krishna cursa estudios en Pendleton College (hoy Ben Kingsley Theatre) en Pendlebury, Salford (UK). Conoce a Robert Powell, más tarde gran director inglés, en el Manchester Grammar School, con quien cursaría su carrera. Ben se inicia en el mundo teatral en 1977 con la obra de Ben Johnson (adaptada por Peter Hall) "Volpone", representada en el Royal Nathional Theatre. Actor serio y severo, capaz de lograr esas famosamente llamadas "transformaciones alegóricas" con el más convincente tono desesperado y dolido, se especializa en numerosas producciones teatrales shakesperianas.
Aparece por primera vez en la pantalla en "El miedo es la clave", 1972, papel de escaso relieve, que, no obstante, llama la atención del actor y director Richard Attemborough, que ve en el exquisito y perspicaz estilo interpretativo de Kingsley la combinación perfecta, capaz de enternecerse ante el dolor, mostrarse enflaquecido, deshecho e insomne, y conceder el consuelo que siempre implican los sentimientos más profundos del ser humano, a fin de otorgar su imagen ideal al personaje de Mahatma Ghandi, en el film "Ghandi", que Attemborough rueda en 1981-1982. Su interpretación irrumpe en la pantalla con un absoluto dominio de esa "transfiguración alegórica" ya indicada. Mahatma Gandhi en la piel de Ben Kingsley se convierte de nuevo en aquel ser clarividente, tenaz, entrañable, enérgico e inolvidable que enseñoreó la historia con su mesiánica visión de una libertad basada en los conceptos más humanos de la resistencia no violenta frente a las tiranías coloniales o dictatoriales, y por la que entregó su vida. Tras conseguir el Premio de la Academia de Hollywood al Mejor Actor del Año, ratifica su capacidad para roles que le exigirán nuevas, explosivas y un tanto sorprendentes propuestas interpretativas (apoyadas por un inaudito mecenazgo de excepción por la cinematografía internacional) a las que Kingsley hará frente con una seguridad elocuente, de conceptos descriptivos capaces de lograr una importancia decisiva en las caracterizaciones que imprime a sus siguientes films, y que lo convertirán en uno de los actores más sólidos y habituales en la complicada estructura de valores impuestos por el Séptimo Arte. Además de la espectacular "Gandhi", "Pascali's island", 1988, "Schindler' list", 1993, "Death and the maiden", 1994, "The confession", 1999, se hallan entre sus films más recordados.Actualmente, casado con Daniela Lavender, actriz brasileña, reside en North Leigh, Oxforshire. En 2000 fue condecorado con The Order of the British Empire, y en 2008 premiado con "The Cinema for Peace Honorary Award", por sus caracterizaciones interpretativas como Mohandas Gandhi, Itzhak Stern ("Schindler' list") y Simon Wiesenthal en el film de 1989 "Murderers among us: The Simon Wiesenthal Story"


Charles Dance - Helen Mirren
Anthony Bowles - Lydia von Neuman
Un Imperio diversificado que encubre la desnudez de sus espías olvidados, de su inmediato fin por entre la enmascarada victoria del progreso revolucionario. La grandeza colonial de un tiempo ya por tanto en incontrastable decadencia. Y tras la aventura y el peligro, una nueva función descriptiva alcanza su corporeidad: la arqueología. Un nuevo reflejo del ditirámbico tema sagrado de la historia que, entre las brumas de lo desconocido, halla la inquietud mística del arte a través de la mezquindad que proyectan las sombras dominadoras del imperialismo. Todo ello forma un conjunto visual convincente, y un documento no menos arqueológico de desbordante fantasía.
Loek Dikker compuso una sugestiva "Overture", junto con una combinación musical de flauta y orquesta estremecedora, que se despliega y aleja, con espléndida alternancia dramática, sin dejar de volcarse sobre la imaginada fibra sensible del espectador. Y que tras seguir con emoción los puntos más vulnerables de las imágenes propuestas por el film, se exalta de nuevo como un sonoro rito clásico en los títulos de despedida.