sábado, 14 de febrero de 2009

Peter Pan

Todos nuestros ensueños partían como de un espejo de libro. Todas las palabras adquirían como una especie de sonido precioso. Eran voces menudas, confiadas, que se estrujaban en el ímpetu contenido de nuestra gloria infantil. Los hechizos se precipitaban sobre nosotros como torbellinos multicolores. Era el mundo todavía como un lindo libro sin estrenar. Nos hubiésemos dormido en su ilusión sintiendo tan sólo la dulzura de existir en él. Libro inmenso que guardaba para nosotros sus láminas oleosas y brillantes, la tentación asidua de sus fábulas, el ábside gigantesco de nuestros sueños. Y cuando recorríamos las aceras inacabables de la ciudad de la mano de nuestros padres, los edificios, con sus portales, sus ventanas, sus tiendas, sus entidades, y, en especial, sus cines, se incendiaban con la graciosa ligereza de nuestros pensamientos hechizados. Sí, porque los cines eran vestíbulos con aleteos de címbalos que anunciaban complacencias, horas puntuales en el reloj amoroso de los padres, una concavidad perfecta e irisada de colores que nos arrastraba como un río que destilase la limpidez y fragancia de un aire no viciado en una ciudad de mármol.






Regreso al pasado

Seguíamos entre claridades y aromas, como almas rescatadas a un vuelo azul de primavera, que hubieran demandado un milagro de salvación desde algún penoso tránsito invernal. Y el milagro nos era concedido. La franja primaveral se hacia carne y forma. Entrábamos por una vereda celeste de resplandores, aquella que se acogía al recuerdo de nuestras lecturas de cuentos, al cuadro de apariciones de nuestras fantasías. Era como penetrar en un ámbito de magnificencias, en el bosque selecto de nuestras alegrías, abrazarnos al pecho paterno o a su acogedora espalda triangular que sostenía nuestros deseos con la delicia de los suyos. El peristilo de la sala cinematográfica nos aguardaba como una carroza engalanada, y ante ella parecíamos despertar con sobresalto, como placenteramente encerrados en una caracola de lienzos clamorosos que ardían como soles. En nuestras palpitaciones inocentes estaban contenidas también todas nuestras devociones, latidos de pureza que hacían temblar las vidrieras y las imágenes coloristas de sus carteles.

Entre aquellos terciopelos que acogían nuestras muecas, aquellos butacones de nuestros fugaces contentos, y aquel gigantesco espejo, alabastro romántico y mágico de la pantalla, el tiempo orillaba con lentitud, tal era nuestra impaciencia, en el jardín de nuestra infancia. Y luego, antes de que diera comienzo la proyección, en aquella originaria gran casa de la espera, se nos improvisaba una seducción palaciega que nos sumía igualmente en un vértigo placentero y fanático. Hechizado santuario, siempre enigmático, del que parecían fluir aromáticos y paganos efluvios a sándalo, a jengibre y jara, a bálsamos dulzones como la miel y embriagadores como el cinamomo.


Amanecer interior: Walt Disney

¡Y "Peter Pan", que en una de aquellas tardes inolvidables, atenazara nuestros corazones entre una blanda palpitación esclavizadora! "Peter Pan" que con su carita de Bobby Driscoll, y su mentirijilla deslumbrante, abriera para nosotros el pregón clamoroso de futuros insomnios entusiastas; y el ansia desnuda, irresistible, enfermiza, sumida ya en el desamparo dislocado pero deleitable de la memoria; y en la intrigante e imposible vigilia de esos sueños que otros soñaran por y para nosotros.





Aquel prodigio fecundo, espontáneo, facilón, de perpetuidad infantil, con que nos arrollara la imagen encadiladora del personaje que no quiso crecer, nacido de la fábula apasionada de Mr. James M.Barrie. Y que se manifestara predominante a través de ese obsesivo fatalismo por el que discurriera, siempre acechante y tortuoso, nuestro mundillo adulto, con los subjetivismos tristones, un tanto "deterministas", que presidieran siempre sus actos, la extravagancia de sus normas y dictámenes. Y ahora, a través del cuento, con tan jocosa expresión de crueldad y enfado como la que se encarnara en los personajes del embrutecido Capitán Garfio, del merengue Señor Smee, y del quejicoso Papá Jorge. Y aquella dimensión fascinante que embriagara nuestra niñez, con sus tradicionales aconteceres, presididos casi siempre por un fuego de hechicería, personificados esta vez por el hada coquetuela y celosona de la inolvidable Campanilla (o Campanita), bajo el tachonado centelleo de nuestros cielos, pletóricos de estrellas, en la azul noche de sueños, acogiendo luego las inalcanzables imágenes voladoras, sortilegio amado de toda infancia, que tan entrañablemente simbolizaran el gafitas y sabihondo Juan y el media lengua de Miguel. Y aquella Wendy adorable, vivo retrato de la gentil Mamá Mary, con su dulce e inagotable palique, sumida por lo general en una vehemente intemporalidad fabuladora, a caballo entre la adolescencia y esa puericia fugitiva y vulnerable; apuntalada en un romanticismo de mujercita, anhelante de ensueños y lagunas de sirenas bajo la magia de la luna; con su apasionada adoración de damisela por el duende Pan, y sus matronales mimoseos remilgados en pro de unos amnésicos y frágiles niños perdidos. Y, ya para finalizar, ¡cómo no!, aquel embrujo inenarrable de zoológica magnitud (casi humana), inseparable y obligada en toda leyenda disneyana, y que pervive en el tierno recorrido hogareño con que nos embobara la maravillosa y servicial perrita Nana, o el insaciable vagabundo de los mares de "Nunca Jamás", el bufonesco y saltimbanqui "¡Cocodrilo, cocodrilón!", que se quiere zampar al amargado Capitán Garfio!




Crepúsculo esperanzador


"Peter Pan" y "Nunca Jamás": auténticos sueños de mentirijillas, colmando con sus verdades el misterio de la infancia; y transportando el mágico principio de nuestro candor hasta el fondo último con que nos desvelara la farsa, placentera y excitante, de toda ficción originaria. Sobrecogidos por la indescriptible magnificencia quimérica de aquel "Peter Pan" irrepetible, aturdidos en un goce de hondo fanatismo almibarado, tras aquella encerrona fetichista y necesaria con que el mundo mágico de Walt Disney enfebreciera la inicial y vulnerable andadura de nuestra candidez, ya, a partir de ahí, todos y cada uno de nuestros sueños se perpetuarían en un ansia de fantasiosa y apasionada nocturnidad compartida, poblada por la esperanza, siempre intangible, de su presencia amada.


El mago



Walt Disney: Nacido en Chicago el 5 de diciembre de 1906, tras haber sido caricaturista y dibujante publicitario en Kansas City, empleándose en la Gray Avertising Company, conoce a Ub Iweks, gran dibujante como el mismo Walt, y ambos trabajan para la Pesmen-Rubin Coomercial Ar Studio. Ambos compañeros tratan más adelante de montar una agencia que fracasa. Con la ayuda del hermano de Walt, Roy Disney, crean la Entidad Laugh-O-Gram Corporation en 1922. Entre 1924-26, ya instalados en Hollywood, y con ayuda de su tío Robert, fundan los Estudios Disney. Nace la serie "Alice Comedies" y la del conejo "Oswald", 1927-28, antecedente directo del ratón Mickey, que verá la luz en 1928, y cuya creación es obra casi probable de Iweks. Con la llegada del sonido crean "Silly Symphonyes", "Skeleton Dance", 1929, donde un esqueleto golpea sus huesos y emite notas de xilofón, y con "Flowers and trees", de 1932, adaptan el Technicolor a sus cortometrajes.

Se inicia la más pintoresca fauna antropológica de los Estudios Disney: el perro Pluto, 1930, el pato Donald, 1934, el caballo Horacio y la vaca Clarabella, rasgos animales que caracterizan a la perfección la psicología de los seres humanos. Personajes que de una elementalidad cándida y bondadosa, van adquiriendo una complejidad cada vez más astuta y agresiva, en especial el pato Donald, magnífica caricatura del americano medio, unas veces audaz e infantil, otras resuelto y vanidoso, colérico y sensual, fácil presa de euforias y rabietas disparatadas. Daisy, la coqueta patita, y el perezoso y eterno despistado Goofy, se unirán al paródico mundo humanoide creado por la factoría Disney para completar los gags cómicos de cuantos personajes se divulgan en aquellas historietas gráficas que llegaron a alcanzar un éxito universal sin precedentes.

Tras "The old mill", 1937, la organización industrial de los Estudios Disney alcanzan su madurez. Se acomete el primer largometraje "Snow White and the seven dwarfs" ("Blanca Nieves y los siete enanitos"), que pese a su éxito mundial, corrobora cierto registro sensiblero y moralizante en los personajes que Disney crea, y que jamás lograrán adaptarse al corte realista presente en la existencia humana. Las virtudes y limitaciones del gran mago de los dibujos animados se suceden con "Pinocho", 1940, "Dumbo", 1941, y Bambi", 1942. En 1940 Walt Disney había acometido un ambicioso proyecto de experimento audiovisual: "Fantasía", por medio del cual intentaría plasmar en imágenes obras famosas de Bach (Toccata y Fuga), Tchaikovsky (Cascacnueces), Dukas (El aprendiz de brujo), Stravinsky (La consagración de la primavera), Beethoven (la sinfonía Pastoral), Ponchielli (La danza de las horas), Mussorgsky (Una noche sobre el Monte Pelado), y Schubert (Ave María). Empleó imágenes reales con dibujos animados, y como nuevo tour de force, ideó un sistema de sonido estereofónico. Pese a todo este esfuerzo colosal, el film representó uno de los mayores fracasos artísticos de los Estudios Disney, ya que la excepcional música de los autores que Disney trata de glorificar aparece etiquetada en una absurda imaginería (como resaltó la crítica) "propia de tarjetas navideñas".

La potencia industrial de la Disney y la perfección de su técnica prosiguen con sus combinaciones de imágenes reales y dibujos en "Saludos amigos", 1942, y "Los tres caballeros", 1943, que inundan las pantallas de la América Latina para las que han sido concebidas. En dicha etapa, Disney cuenta con un adaptador, Edmundo Santos, que fuerza su éxito en dicha programación Latinoamericana a través del enérgico estímulo con que sus doblajes al español dota a las mismas. La gran era del dibujo animado, y con ella el imperio Disney, parece cerrarse definitivamente al estallar la Segunda Guerra Mundial. Tras la etapa de decadencia, ya irreversible de la Walt Disney Productions, tratando de recaptar al público mundial con frecuentes motivos de su era de esplendor, ven la luz, a partir de 1950, "Cenicienta", "Alicia en el país de las maravillas", 1951, quizás el producto que más consolida el gran arraigo artístico, pese a fracasar estrepitosamente en taquilla, de la Compañía, y que se ve beneficiada, como jamás ningún otro largometraje de dibujos animados lo lograría ni antes ni después, con la extraordinaria plástica, perfectamente moldeada, de la abigarrada fauna propuesta por el libro de Lewis Carroll, y "Peter Pan", 1952, modélica adaptación de la historia de James M. Barrie, y auténtica obra maestra de la factoría Disney, que alcanzaría un gratificante triunfo mundial (no obstante, ambos films fueron duramente criticados por "edulcorar las obras originales, de las que se descartaron todos sus elementos perturbadores, a fin de convertirlas en fábulas anodinas e intrascendentes", más aptas para el entusiasmado público infantil que rebosaba las salas) En la década de los 60 Walt Disney, plenamente reactualizado en su trono, alcanza altas cuotas de comercialidad con "Mary Poppins", 1964, y sus nuevos largometrajes de animación que aún llegará a coordinar plenamente, "La dama y el vagabundo", 1955, "La bella durmiente", 1959, ambas en versión Cinemascope, "101 Dálmatas", 1961, "Merlin el encantador", 1963, y "El libro de la selva", 1967.


En el recuerdo


En 1966, se le realiza una operación quirúrgica para extraerle un tumor pulmonar. Un colapso circulatorio acaba con su vida el 15 de diciembre. Disney obtuvo 26 premios Oscar, y 4 de ellos fueron honoríficos. Estuvo casado con Lillian Bounds, coloreadora de celuloide. Su boda tuvo lugar en 1925. En 1933 Lillian dio a luz una niña, hija única, Diane Marie Disney. El matrimonio adoptaría más tarde, en 1936, a una segunda hija, Sharon Mae Disney, que moriría en 1993, cuatro años antes que su madre, Lillian Bounds, fallecida el 16 de diciembre de 1997. La leyenda sobre el cuerpo criogenizado de Walt Disney ha provocado misteriosos rumores, hoy completamente desechados, ya que la constancia de que su cuerpo fue incinerado es indiscutible. Una segunda leyenda, la de su hipotético origen español, al considerársele hijo ilegítimo de un médico y de una lavandera, y cuyo nacimiento se situaría en Mojácar, Almería, de donde su supuesta madre biológica habría emigrado a Norteamérica, entregando en adopción a su hijo a la pareja formada por Elías y Flora Disney, ha quedado hoy plenamente desmentida. En los años 40, siendo de dominio público la ascendencia española de Walt Disney, bajo el nombre supuesto de José Guirao Zamora, fueron investigados los archivos parroquiales de la localidad española sin que elemento gráfico alguno pudiera llegar a confirmar tal aseveración .


El rostro de Peter Pan


Bobby Driscoll: Nacido Robert Cletus Driscoll, el 3 de marzo de 1937, en Cedar Rapids, Iowa. Debuta en el film "The fighting Sullivans", 1944, al ser elegido entre 500 niños, junto a Thomas Mitchell y Anne Baxter. Se convierte en el "first live actor" de la Factoría Disney al ser contratado por el gran magnate como actor principal de "Song of the South", en la que se combinan imágenes humanas con secuencias de dibujos. Su compañera de reparto fue la actriz infantil Luana Patten. Pese a ser propuestos ambos para el premio especial de la Academia de 1945 como grandes revelaciones infantiles, Disney decide que no se presenten a la Ceremonia. Primer actor bajo contrato exclusivo de los Estudios Disney, es cedido a la RKO, y consigue un Oscar especial en 1949 por "The Window" ("La ventana") dirigida por Ted Tetzlaff, junto a Ruth Roman, Barbara Hale, Arthur Kennedy y Paul Stewart :"La sorprendente fuerza y el terrorífico impacto de este sencillo melodrama de suspense se convierte en pieza maestra merced a la brillantísima actuación de Bobby", comentaría el New York Times. Interpreta a Jim Hawkins en una nueva y espléndida versión del clásico de Robert L. Stevenson "Treasure Island", junto a Robert Newton, dirigido por Byron Haskin, en Gran Bretaña. La producción es detenida al confirmarse que Bobby, sus padres y el mismo Disney no se hayan en posesión del "British work permit" (permiso de trabajo británico). El film se realiza en seis semanas, plazo máximo de concesión para su rodaje en la isla Británica. Ante la posibilidad de rodar una versión de "Tom Sawyer", Walt Disney tropieza con la negativa de David O. Selznick, que se niega a ceder sus derechos sobre el libro, adquiridos años atrás. En 1952 interpreta "The happy Time" dirigido por Richard Fleisher.









Presta su rostro y su voz al famoso personaje de "Peter Pan", uno de los mayores éxitos de la Factoría Disney.




En 1957 abandona Hollywood. Desgraciadamente, su vida empieza a deslizarse por la pendiente. Sufre numerosos arrestos por posesión de drogas, asaltos y falsificaciones. Condenado a 6 meses de prisión, es internado en un hospital psiquiátrico. Bobby Driscoll moriría trágicamente el 30 de marzo de 1968, sin un céntimo y completamente sólo en una vivienda abandonada de un barrio de New York. La causa de su muerte se debió a un infarto producido por un ataque de hígado y un avanzado estado de arterioesclerosis.

Refiriéndose a Bobby Driscoll con el mayor de los afectos, Walt Disney siempre aseguró que su "kid actor" permanecería en su memoria como la más viva personificación de su propia juventud".





Recuerdo aquellas noches de primavera y verano persiguiendo el fantasma juguetón de una sombra inexistente a lo largo del pasillo bañado por la luna; y mis furtivos paseos silenciosos frente al ventanal del comedor iluminado de plata; y mis desesperanzadas mañanas, tras el animado y nocturno secreteo conjurador de tan soñada perspectiva. "Peter Pan" con sus sonrisa de fauno y su mágica melopea de zampoña, y el centelleo mirífico del hada Campanilla, transponiendo el umbral fantástico de la noche: la culminación de una esperanza que, desde aquel lejano y paradisíaco Olimpo, amada estrella de "Nunca Jamás", pasó de largo entre las desasosegantes quimeras de nuestra niñez. Viva simiente que, con toda probabilidad, no hubiese deseado crecer nunca.

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