martes, 4 de noviembre de 2008

Criss Cross (El abrazo de la muerte)


"... (Él) Todo lo que me dijiste. No estabas mintiendo. Lo sentías, sé que lo sentías. Me amabas... (Ella) ¡Amor, amor! Hay que preocuparse de uno mismo. Así son las cosas, lo siento. ¿Qué quieres que haga con todo este dinero? Hay que hacer siempre lo que es mejor para uno, y ése fue siempre el problema contigo desde el principio. Jamás supiste en qué mundo vives... Lo sabré mejor la próxima vez... La gente sale herida, no puedo evitarlo. ¡No tengo la culpa de que la gente no sepa cuidarse! Lo siento, pero no puedo ser como tú. No soy como tú, yo no nací así... Sí, tienes razón, soy diferente. Yo nunca ambicioné el dinero. Sólo te quería a ti. Cuando reñimos, solía vagar por las calles. Solía pensar en ti. Hubiera sido maravilloso, pero no funcionó. ¡Qué pena que no funcionara!... Lo siento, no puedo remediarlo... (Un grito) ¡¡Steve!! (El asesino) Sabía que sobornarías a Nelson para que te trajese junto a Anna. Siempre la quisiste ¿no es cierto, Thompson? La querías de verdad. Sabes que yo también. Pero has ganado tú, Thompson. Ya la tienes. ahora ya es tuya. Abrázala. ¡Abrázala fuerte!... ¡¡¡Steve!!!... Anna... (Disparos).

La mujer despojada de su complicado y mítico atavío de fidelidad. Y el amor, que actúa como excitante positivo en la imaginación erótica del hombre subyugado, pasa a convertirse en arma de doble filo, a cual más cortante, cuando se pone en manos del más intenso fatalismo romántico. Epopeya de la depravación a la que conduce el dinero, con final moralizador de violencia desatada. Diagnóstico e investigación de las raíces sociales de una lacra social: "himno del atracador" que bucea en las causas y razones que lo hacen posible, y que únicamente acallará la irascibilidad de las conciencias democráticas americanas merced a un culminante epílogo en el que hará su presencia el más despiadado de los asesinatos. Drama negro nutrido de una impresionante fuerza expresiva, y en cuyo ciclo de virajes morales: susceptibilidad, odio, ambición y miedo, se alimentan también esas argucias freudianas que quieren demostrar a la postre que las pasiones, y no especialmente las que generan los afanes crematísticos, sino la necesidad casi patológica de amar y de ser amado, pueden convertir a cualquier ciudadano en una especie de aventurero mediocre que se debate en el mundo de la delincuencia, y que habrá de acabar indefectiblemente, como nos repiten hasta la saciedad las excelentes fórmulas y el clima moral, tanto del cine como de la literatura negra, corrompiendo el propio juego en el que se ha jugado el todo por el todo, perdiendo hasta su vida por esperar a la mujer que ama.

Thriller

El cine negro americano, a través de un lúcido pesimismo, gira, pues, de continuo en torno al tema del fracaso, o de la desoladora frustración con que toda psicopatología sexual, una vez enmarcada en el ámbito de lo criminal, acaba por emprender un penoso recorrido por entre esa visión escéptica y atrabiliaria del mundo en el que los excesos románticos, que atraen irresistiblemente tanto a hombres como mujeres, pierden su compleja profundidad psicológica y de forma indefectible pulverizan y arrastran la mitología erótica a la mayor de las ruinas físicas y morales. Nuevamente, pues, esos inmarcesibles elementos integrantes de la acrobática rueda del thriller que mueve los ambientes turbios, las penumbras nocturnas, los espíritus torturados, cierto realismo urbano, o el postrer sentimiento del fracaso, tan caros a cierta orientación naturalista y sintomática de una progresiva decadencia social en la Norteamérica de posguerra, se encarrilan hacia una crítica acerba de esa misma sociedad, no menos fascinada por los dos grandes vectores que mueven y dan vida al "decorativismo" social por el que se entrelazan las existencias de la mayoría de los hombres y mujeres ("decorativismo" que como un monstruo malicioso y deslumbrante acaba por destrozar vidas humanas): el mundo de los sentimientos atenazado casi siempre por cierta neurosis turbia y compleja que acaba enfrentándose a la profesionalidad del delito, recubriendo a sus personajes con una especie de baño de ambigüedad moral, y cuyo único refugio se significará en la sórdida negrura que conlleva la sed del dinero. Un mundo siempre en descomposición que, a modo de parábola, se mostrará poblado por seres depravados, criminales sádicos y mujeres amorales, cuyas motivaciones pivotarán cada vez con más frecuencia a través de ese crecido número de psicopatías que, insertadas en determinadas circunstancias sociales, y atrapadas por el imparable incremento de la criminalidad, se convierten en una nutrida avalancha de conflictos psíquicos, aderezados con los indispensables elementos de violencia y erotismo, como si de una difusión a la explicación de los actos humanos más allá del Bien y del Mal se tratase.



La fórmula da, por tanto, sus buenos resultados. Una vez sintetizada y conjugada la ingenuidad del protagonista masculino, atrapado por el maleficio sexual que le impone la vamp, creado ya el inestable trío erótico del que forma parte también el atildado gángster, la pantalla se abrirá a los consabidos ambientes turbios y penumbras nocturnas, todo ello plagado por los espíritus torturados de esas víctimas que jamás lograrán asegurar su impunidad frente al sentimiento de fracaso o crueldad que los envuelve. Un atraco paroxístico a medias frustrado por el conflicto de conciencia del protagonista del mismo; una mujer únicamente movida por su instinto de conservación, y a través de la cual se siguen aplicando esas famosas crónicas de la delincuencia que iniciara con sus series negras uno de sus autores por excelencia: el escritor Dashiell Hammett, a través de una sociedad que únicamente parece rendir culto al triunfo y al dinero. Y en este juego tortuoso de los mediocres que se arrastran por los toboganes de su turbiedad moral, en la que habrán de jugar su principal baza las frustraciones sentimentales, o para ser más explícito, el amor traicionado, la muerte adquiere como siempre el carácter simbólico del final de esas etapas acosadas por los atractivos de la criminalidad, y en las que los delincuentes se extinguen definitivamente en la épica de su propia ingenuidad. Y así "El abrazo de la muerte" posee una herencia temática y plástica en la que sus seres fantasmales, inmersos en una exaltación naturalmente proscrita por la sociedad, no dejan, a pesar de todo ello, de adquirir ante nuestros ojos cierta pulsación lírica inolvidable.


Factótum


Robert Siodmak: nacido en Dresde el 8 de agosto de 1900. De origen judío austriaco, fue contable y luego director de Banco. Arruinado por la crisis económica de los años 20, viaja a Berlín con su hermano Kurt, donde trabaja como vendedor ambulante y periodista. Finalmente, ambos hermanos consiguen escribir guiones para la productora alemana UFA. Robert debuta como director en aquella ciudad con "Menschen am Sonntag" ("Los hombres del domingo") 1929, con guión de Kurt Siodmak, Billy Wilder, Edgar G. Ulmer y Fred Zinnemann. El naciente gobierno nazi acabaría prohibiendo su film "Brennendes Geheimnis" ("Secreto que quema"). Se traslada a París donde rodará siete películas más. A finales de los años 30 viaja a Hollywood, adonde ya se había trasladado su hermano Kurt. Trabaja en la Paramount, y logra firmar un contrato con la Universal en 1943. Integrado en el llamado género negro, logra sus mayores éxitos en films como "La dama desconocida" 1944, "El sospechoso", "Pesadilla"", "La escalera de caracol", 1945, y muy especialmente "Forajidos" (The killers"), 1946, "Una vida marcada" ("Cry of the city"), 1948, y "Criss Cross" ("El abrazo de la muerte"), 1949.

El Comité de Actividades Antinorteamericanas desvanece todas sus esperanzas de continuidad cinematográfica en EE.UU. Desengañado, regresa a Europa. "Tunel 28", 1962, "En el imperio del mal", 1964, y "La invasión de los bárbaros", su último film realizado en 1968, podrán fin a una nueva etapa, quizás menos interesante que la realizada en Hollywood, pero en la que Siodmak expondría algunos de sus hallazgos más personales como tantos otros cineastas malditos que hallaran refugio en el continente europeo. Fallecería en Locarno, Suiza, el 10 de marzo de 1973.



Burt Lancaster: Nacido en New York el 2 de noviembre de 1913. Hijo de un empleado de correos. Su infancia, aderezada por un callejeo continuo, transcurriría en el Harlem oriental. Su apostura física de gran gimnasta le lleva a trabajar en un circo, profesión que abandona a partir de un accidente. Tras la II Guerra Mundial prueba fortuna en una obra teatral de Broadway, y en 1946 un cazatalentos hollywoodense le ofrece su primer papel importante en el cine: "The killers" ("Forajidos"), con Ava Gardner y dirigida por Robert Siodmak. Lancaster, acompañado de su compañero de circo Nick Cravat, evoluciona hacia un tipo de cine de aventuras que consigue grandes éxitos de taquilla: "Su majestad de los mares del Sur", "El temible burlón", "El halcón y la flecha". Su cada vez más compleja personalidad, pese a ser un actor por completo autodidacta, acaba apartándolo de estas endebles interpretaciones, de escaso resultado artístico. 


A partir de 1950 se afianza en logros más sólidos y apunta hacia metas más ambiciosas. Supera todos los componentes de su pasada etapa aventurera, y adquiere un protagonismo fascinante capaz de medir la envergadura interpretativa de un nuevo Lancaster, enorme y apabullante, que le permiten abrir una inesperada puerta al arte interpretativo, definitivamente constatado en inolvidables creaciones, muchas de ellas auténticos clásicos de la cinematografía norteamericana. En 1950 recibiría un merecidísimo Oscar y el Globo de Oro por "Elmer Gantry" ("El Fuego y la palabra") de Richard Brooks. Recibe sendas nominaciones por "De aquí a la eternidad" de Fred Zinnemann, "El hombre de Alcatraz" de John Frankenheimer, y "Atlantic City", de Louis Malle.


Con gran sutileza y una impresionante austeridad formal que superan muchas de las limitaciones impuestas por la cinematografía norteamericana, Luchino Visconti lo convierte en un auténtico icono del cine capaz de sintetizar las formas culturales europeas en dos de sus grandes películas: "El gatopardo", 1963, y "Gruppo di famiglia in un interno" ("Confidencias"), 1974.

 

Acérrimo opositor del Macarthysmo y de la Guerra del Vietnam, defensor de los derechos de los homosexuales, se incorporaría a la lucha contra el Sida. Casado en tres ocasiones, fue padre de cinco hijos. Se sometió a una operación a corazón abierto, y un ataque cerebral lo dejó parcialmente paralítico. Un infarto cardíaco acabaría con su vida el 20 de octubre de 1994 en Los Ángeles.



Yvonne de Carlo: Su verdadero nombre era Peggy Yvonne Middleton. Nacida en Vancouver, Canadá, el 1 de septiembre de 1922. En su infancia recibió clases de danza. Muy joven, abandona la escuela secundaria, y actúa en clubs nocturnos. En los años 40 adopta el apellido de soltera de su madre: de Carlo, y se traslada con ella a Los Ángeles. Contratada por Paramount en 1942, realiza en dichos estudios casi una veintena de películas sin relieve. Un nuevo contrato en la Universal la metamorfosea en exótica protagonista de "Salomé, la embrujadora", 1945. Convertida en una nueva reina del Technicolor (al igual que su rival María Montez), comparte riesgos y penalidades en diversos y disfrutables films de aventuras y sencillos westerns: "El enmascarado", "Casbah", "Río abajo", 1948, "Bucaneer's girl", "The desert Hawk", 1950, "El piel roja", 1951, "Chacales del mar", "El capitán Panamá", 1952. El maestro Raoul Walsh la dirige en dos films "Los gavilanes del estrecho", 1953, y la que quizás sea una de sus mejores y más recordadas interpretaciones: "Band of angels" ("La esclava libre"), 1957, junto a Clark Gable.



Robert Siodmak, al elegirla en 1949 para "Criss Cross", le concede uno de sus mayores éxitos en la década de los 40. Acariciada por una sugestiva fotografía en blanco y negro, la que fuera indiscutible reina del Technicolor, ofrenda por primera vez (como ya hiciera Ava Gardner en "The killers") un intenso fatalismo amoral e inolvidable entre el atosigante andamiaje que modula este excitante thriller, y donde Yvonne de Carlo, despojada de las estampas míticas de procedencia romántico-aventureras de sus anteriores y siguientes films, acusaría una inesperada mutación de las modas eróticas al uso, alcanzando una pequeña cúspide en el género policíaco. Su extraordinaria belleza se halla aquí arropada por un tinte más polémico, capaz de desplazar la temática de los sentimientos y de las pasiones hacia una visión sombría y pesimista de la mujer objeto para quien la felicidad aparece como un espejismo inalcanzable, y que buscará así desesperadamente su refugio en uno de los peores depósitos de la resaca social: la criminalidad.

 


En 1956, Cecil B. DeMille la elegiría para su colosal clásico épico-bíblico "Los diez Mandamientos", otorgándole el papel de Sephora. En dicha década, Yvonne había encarrilado su carrera definitivamente hacia la televisión, cobrando una gran relevancia en el papel protagonista de la serie "La familia Munster". Casada con el actor Robert Morgan en 1955, tuvo dos hijos, Bruce y Michael. Se divorciarían en 1968. En la década de los 70 conseguiría el premio Tony con un musical de Broadway: "Follies". Tras la muerte de su hijo Michael en 1997, sufrió un ataque de apoplejía. Falleció el 8 de enero del 2007 en el asilo de Motion Picture & Televisión Fund de Los Ángeles a los 84 años de edad.


Dan Duryea: (23 enero 1907-7 de junio 1968) Interviene por primera vez en las obras teatrales "Dead End" y "The little foxes". En 1940 interpreta el mismo papel de Leo Hubbard en la versión cinematográfica de William Wyler. 








Característico en papeles secundarios que le sumen en ambientes turbios, deriva con gran frecuencia hacia personajes de carácter un tanto inmaduros. Tras un lento progreso, la década de los 40 le ofrece sus mejores interpretaciones, actitudes mucho más comprometidas como excelso y atractivo villano en films de cine negro: "Scarlet street", The woman in window", ambas de Fritz Lang, "Criss Cross" y "Black angel". Fueron notables sus actuaciones en "Winchester 73" y "El vuelo del Fenix", ya en la década de los 50. En 1959 aparecería por última vez en los primeros episodios televisivos de "Twilight Zone". Fallecería de cáncer en 1968.


 

Dominante plástica del blanco y negro, nuevamente arrancado de la magnífica cantera dramática del mejor thriller. ¡El cine negro se apunta otro tanto! Sobriedad escenográfica entre extraordinarias bocanadas de fastuosidad narrativa. Criminalidad débil, mimada por la venganza y la muerte.





¡Soberbia banda sonora del gigantesco Miklós Rózsa!