lunes, 27 de octubre de 2008

Lydia Bailey (Revuelta en Haití)


Se ha afirmado, con razón, que el potencial poético e indiscutiblemente artístico que registrara el celuloide, hoy casi primitivo, y ligado con esplendorosa tenacidad a una etapa capital de la cinematografía conocida por colorista, romántico, casi envidiable, y no menos entrañable "cine artesanal", que, para nuestra suerte, conociera un gran apogeo en las décadas 40 y 50 del pasado siglo XX, debe mucho, o casi todo, a una tradición literaria, carente las más de las veces de ostentosas pretensiones artísticas, e incapaz por ello de adentrarse en exhaustivas investigaciones de acontecimientos históricos de gran envergadura. Dotados, pese a todo, de un matiz relajado, muy agradecible para cierto sector adquisidor que volcara en dichas obras una solícita amabilidad de lectora ansiedad, sin importarle en exceso que su faceta narrativa mostrara su aspecto más hueco e imperfecto, esculpido por entre la heráldica literaria (no menos mitificable) que promueven los oleajes de la superficialidad. Una superficialidad, no obstante, capaz de ofrecer también una pocas veces disimulada y sí muy apetecible corriente de curiosidad entre el público, y que pudo por ello alcanzar "un lugar en su tiempo" y una amplia sonrisa de bienvenida que los acogería, fervorosa y testimonialmente, por entre las vitrinas iluminadas de cientos de librerías. Obras estas, no hay para qué engañarse, muy distantes del perdurable estilo o de la excelsitud de los "autores clásicos" más renombrados (que legaran su impronta fascinante a la mejor literatura, o una revelación superlativa al eco inmarcesible que las ingentes y deslumbrantes temáticas de la Historia conceder pueden a los siglos que nos precedieron), como elaboradas, según expresiones literarias de grandes autores contemporáneos, "sin yeso ni jalbegue", dada su calidad un tanto dudosa, pero que al conocer también, ocasional y respectivamente un limitado apogeo comercial, que abriera y cerrara, con una celeridad inevitable, su no menos circunscrito "período de atractivo esplendor" entre el magma lector que tejiera su red de limitadas fidelidades alrededor de esta cuestionable, comercial y circunstancial "autoría literaria", constituyeron, al ser rápidamente fagocitadas por el Séptimo Arte, un inolvidable filón de artesanal atracción artística, y que, aún hoy, conservan su dignidad. Una dignidad nacida del cuidadoso y entusiástico esfuerzo profesional que las volcó en la pantalla grande, y que no imbuyeron en su creatividad, paciente e inspiradora, lo que muchos críticos acabarían por apodar "una sobreimpresión puramente funcional del más panfletario lenguaje cinematográfico".























Artesanal roman
ticismo aventurero


En la actualidad, aunque nos detengamos frente a la excelsitud de las afamadas pinturas que enriquecen los gigantescos museos del Arte con mayúsculas, parece que ya no existe pigmento colorista, ni lente admirativa y cuidadosamente graduada, ni velo capaz de levantar el tiempo de aquella atmósfera inquieta que enriqueciera los talleres artesanales del mejor cine comercial de unas décadas extravagantes que rezumaron en las salas cinematográficas sus torbellinos romántico-aventureros envueltos por un vulgar y barato patronazgo hacia el espectáculo que, no obstante, pudo conseguir hacer las delicias de un público mayoritario, ya desaparecido. Es más, parece que el origen y antecedentes familiares del "más genuino o más primitivo, si se quiere, cine comercial" provoquen un innegable complejo de inferioridad a todos aquellos que lo rememoran como evocaciones estrafalarias y ridículas de una expresión artística polvorienta y olvidada, cuya excitación afiebrada por el recuerdo no pasaría de una leve y vertiginosa erisipela inocente. Ya poco nos queda, por tanto, ante el imparable y demencial avance de las nuevas tecnologías virtuales que hoy nos monopolizan, de aquellos casi prehistóricos arrebatos líricos de un cine basado (la mayor parte de él) en obras literarias que, aunque conscientes del cenizoso silencio que no tardaría en pesar sobre ellas, arrancaron hacia el mercado con todo el ensoñador bagaje de la débil trama emocional que en ellas palpitara; al igual probablemente que quien descorre ilusionado un esperanzador cortinaje de fantasías a sabiendas de que este mismo cortinaje no tardará en desvanecer el perfilado horizonte que diera vida a sus letras frente al sofocante atardecer de un olvido tan perentorio como inaplazable. Un cine que jamás se orientó ni pretendió entregarse, partiendo, como es sabido, de una dimensión menos intimista de la creatividad engrandecedora de otros ilustres autores, hacia una narrativa fílmica en exceso introspectiva (y que ya se hallara en la fuente literaria que lo inspirara), capaz de hacer tangible mediante la fotografía en movimiento el invisible mundo interior que somete a la más exigente prueba del fuego las excepcionales posibilidades que se conjugan por medio de los profundos estudios moralizantes, refinados y hasta sofisticados, de la siempre controvertida psicología humana.

En abierta oposición a los detractores de ese espectro inspirador, una vez personaje poderoso que irradió su gesta naturalista a través de los amplios ventanales que las grandes salas comerciales del Séptimo Arte puso a disposición del hoy considerado grotesco e ingenuo espectador que las abarrotaba, el colmo tan negro como controvertido que estremece con sus movimientos convulsivos el desalentador vaivén del tiempo, como si se tratara de un eterno anciano enfermo y maniático o un mutilé de la guerre, de cuantas en el mundo han sido, sigue hoy, para nuestra irrisión, recorriendo el barrio más o menos perturbador del arte, en cualquiera de las manifestaciones con que éste trate de expresarse, torturando nuestras aspiraciones en esta no menos ridícula vida contemporánea sobre la que perennemente se cernirán, ávidas y fascinantes, las sombras violáceas de la creatividad. Y ese provecto personaje febril, enquistado en nuestro espíritu, se seguirá calzando las mismas pantuflas de colores que, rehuyendo el frío suelo de la desesperanza, aún traten de borrar toda tiniebla con la irresistible suavidad que insuflan tan "enfermizos suspiros de plenitud" como los que, por lo general, presiden la siempre excitante aventura de la creación, se mueva en el terreno que se mueva; siendo, a no dudarlo, el rastro del perfume, "perfume a barro" como muchos lo apodan, que se adhiere a la actividad literaria, el que más se aferre a los bordes de cuanta locuaz muchedumbre sigue a la búsqueda incansable de esa insobornable luminiscencia a la que llaman "gloria de la fama". El triunfo siempre guarda tras de sí unos ojos temerosos llenos de lágrimas contenidas. Nada hay que esconder, por tanto, cuando aseguremos que siempre seremos criaturas desconocidas destinadas, como clientes del mundo, a esperar su turno. Y que la validez de las emociones que comporten el ansia de nombradía tiene mucho de iluminada aureola de barraca de feria, sea adónde sea que nos lleve el tiempo o cuando le toque vapulearnos. Y que a ese cartel propagandístico del auge, de la popularidad, de la celebridad con el que intentemos revestir nuestra desnudez, para que no sea completa del todo, nos movamos por donde nos movamos, se hallará adscrito siempre las titubeantes respuestas empresariales, los grandes emporios de la civilización, probablemente más agobiados por el peso indeciso y preocupante del fracaso comercial (y por el cual naturalmente se mueve la silueta titubeante del autor o creador que cifrara sus mayores esperanzas en el éxito inminente de la obra duramente concebida, y cuyo fiasco, tanto crematístico como acreditativo de esa fugaz fama, siempre perseguida, y que, como todos sabemos, no suele hallar muy a menudo su escenario apropiado y perdurable, acabe constituyendo un dolorosísimo y deprimente golpe para todo orgullo creativo), vastísima tela de araña mercantilista y competitiva, cifrada en sueños y selladas con amenazador marbete de inminente caducidad.


Jean Negulesco vuelve a demostrar su populista, fecunda y no menos clásica vocación aventurera. Escoge "Lydia Bailey" de Kenneth Roberts, novela de simple contextura dinámico-romántica, cuyo clima histórico ofrenda tan sólo las teorías balbucientes de una inmadura, bien que entretenida, formulación novelística al uso. Los objetivos historiográficos del libro se estructuran únicamente en función del ritmo y de la movilidad narrativa que siempre trata de promover la superficialidad de la aventura, y muy alejados, por lo general, de la profundidad psicológica o el secreto estético presentes en las grandes obras literarias. Y por ello mismo parece buscar tan sólo, como voluntad subjetivista de la audacia per se lanzada al azar, los eternos elementos audaces que promuevan el entretenimiento del posible lector, y supeditar, por tanto, los ambientes: suburbios, puertos, tabernas, mansiones, y personajes a unas formas de realidad que, en cierto modo, parecen siempre derivar de la pantomima pseudohistórica aventurero-espectacular favorecida por las fuentes multitudinarias que enriquecieran el cómic.

Así, el cómic novelesco, al agrandarse monstruosamente sobre la pantalla y descubrirnos su fantasiosa microfisonomía en esta nueva topografía dramática que le concede el Séptimo Arte, pasa a convertirse también en eje de la estética cinematográfica: el primer plano. Y cada palabra del texto literario, convertidas en encuadres, se unen y combinan entre sí con el montaje otorgando un especial significado al material plástico de la imagen en movimiento. Y ahí entra en juego, a través también de la secreta esencia artesanal de la fotogenia, la capacidad y determinada perspectiva creativa, mediante la cual el director cinematográfico expresa, con mayor o menor acierto, su innata subjetividad artística reflejándola en ese cuadro sugestivo que es la "gran pantalla". A este respecto, Jean Negulesco asimiló a la perfección, en la mayoría de los largometrajes que dirigió, ese potencial formalista de la teoría estética que enriquece la aventura por la aventura, reproducida a través del celuloide. Sus seductores tratamientos artesanales, cascadas de heterogéneas imágenes inolvidables, pueden ser tan evocadoras como suntuosas, tan mercantilistas como elitistas, tan ambiciosas como semiclásicas, y tan convencionalmente románticas (exigencia ésta jamás descartada por el espectador) como subyugantes.


La Revolución Haitiana (1791-1804) (Henry Boisrolin)

Del 14 al 15 de agosto de 1791, en un lugar conocido como Bois-Caïman en el norte de Saint-Domingue, esclavos reunidos bajo la dirección de un sacerdote vudú, llamado Boukman, juraron durante una ceremonia ritual de ese vudú vivir libres o morir. Una semana más tarde se desató la rebelión de los esclavos conduciendo luego a 12 años de luchas incesantes a la Independencia.


1793 – Proclamación de la libertad de los esclavos por los emisarios franceses enviados para restaurar la paz (nunca alcanzada hasta el triunfo de los esclavos). Esta libertad fue ratificada en 1795, frente a la imposibilidad de mantener la Esclavitud.

1801 – Toussaint Louverture (esclavo y líder de la lucha por la libertad) considerado como el precursor de la Independencia hizo promulgar una Constitución que prácticamente significó el establecimiento de la Autonomía de la colonia con respecto a Francia, ya que planteó la defensa de intereses diferentes a los de la metrópoli.


1802- Napoleón Bonaparte, consciente de que Saint-Domingue escapó de su control, de su hegemonía, ordenó el envío de una formidable flota de expedición militar que llegó a la isla en febrero de 1802. Dicha flota contó con 22.000 soldados que lucharon en varias campañas napoleónicas en el continente europeo, y estuvo a cargo del general Leclerc, cuñado de Napoleón. Tuvo como misión restablecer por la fuerza la Esclavitud.

Al frente de las fuerzas revolucionarias de 10.000 hombres estuvo Toussaint, quien no aceptó la orden de rendición impartida por Leclerc al llegar a las costas de Saint-Domingue. Se desató una guerra de guerrillas que terminó el 7 de junio de 1802 con la captura de Toussaint mediante una maniobra engañosa. Deportado a Francia como prisionero Toussaint murió el 7 de abril de 1803.
1802-1803 Jean-Jacques Dessalines asumió el mando de todas las tropas revolucionarias. Creó la bandera y condujo los esclavos a la victoria, y proclamó al independencia el 29 de noviembre de 1803 y el 1 de enero de 1804 hizo la proclamación oficial restableciendo el nombre indígena de Haití (Tierra montañosa).


Así nació la primera República Independiente en América Latina, la primera República afro en el mundo. Fue la única revolución antiesclavista victoriosa de la historia.


Lydia Bailey










1802. Albion Hamlin, un norteamericano proveniente de Alabama arriba a Cap François, capital de Haití, en busca de la joven Lydia Bailey. El cónsul de EE.UU se dispone a huir de la isla, ya que la revuelta de Toussaint Louverture contra el imperialismo francés parece inminente. El joven Albion, al margen de los problemas políticos que amenazan la isla (conminación contra los rebeldes con la próxima llegada de tropas francesas enviadas por Napoleón; insurrección sangrienta por parte de los nativos de Haití contra Francia, a fin de conseguir su Independencia), insiste en su búsqueda de Mademoiselle Bailey, norteamericana de nacimiento, requerida para la firma de unos documentos que cederán la considerable herencia paterna de Bailey a su nación, EE. UU. Atacado en Cap François como espía de Norteamérica contra los intereses franceses en Haití por sicarios del general D'Autremont, fiel a Napoleón y a la permanencia colonial francesa en la isla, Albion es ayudado por un fiel seguidor de Toussaint, King Dick, que se ofrecerá a acompañar al joven americano hasta la mansión de Lydia Bailey a través de las selvas de Haití, amenazada por los "cimarrones", bandidos y asesinos, comandados por Mirabeau, rebelde al gobierno de Francia, y, asimismo, enemigos de la lucha independentista de Toussaint Louverture.


Albion, disfrazado de nativo, teñida su piel, y en compañía de King Dick, son atacados por los "cimarrones". Hamlin escapa, mientras que King Dick, antiguo compañero de Mirabeau, a quien le había salvado una vez la vida en el pasado, es hecho prisionero por los bandidos. Albion consigue llegar a la plantación de Lydia Bailey, ahora prometida de D'Autremont, y protectora del pequeño Paul, hijo del general francés. Mademoiselle Bailey se negará a firmar los documentos de los que es portador Hamlin. Abandonada por su padre, siendo niña, y enviada a Francia junto a su madre, no desea legitimar la herencia en favor de Norteamérica y de su presidente Thomas Jefferson. D'Autremont, enemigo de Louverture y de su lucha independentista, debe volver a Cap François y ponerse al frente del ejército enviado por Napoleón, a fin de reprimir la revuelta.






















La revolución en Haití es inminente. Rugen los tambores de la Independencia. Cada pensamiento del nativo esclavizado fecunda el total exterminio del blanco que tiraniza su isla. Al odio que late en los corazones de todas las colonias se une el bandidaje y el afán de venganza de Mirabeau contra la población francesa que los ha oprimido durante años. Las tinieblas inexorables de la muerte se ciernen, en un principio, sobre la mansión de Mme. D'Autremont, madre del general. Albion Hamlin salvará a la joven Bailey, apartándola de las nubes perladas del ensueño colonial, en una huida desesperada a través del paisaje tembloroso y vibrátil de las selvas haitianas. De nuevo será necesario recurrir al disfraz y al tinte de la piel. Entre la horrenda confusión, enmarcada por el odio y la muerte hacia el invasor blanco, tratan de enmascarar su escapatoria entre algunos refugiados haitianos atacados por Mirabeau. Acompañan a Albion, el pequeño Paul y la sirvienta de Mademoiselle Bailey, Marie, cuya auténtica tez oscura salvará a Paul de los "cimarrones", ocultándolo entre sus brazos.





















En Cap François, Pauline Bonaparte y su esposo el general LeClerc aguardan, ajenos a la sangrienta revuelta, dispuestos a pactar y traicionar al mismo tiempo con Toussaint Louverture, la llegada de las tropas napoleónicas. Albion Hamlin logra salvar a sus acompañantes, pero desaparece en las selvas donde es ayudado de nuevo por King Dick. La ayuda de Albion proporciona un nuevo criterio de la fidelidad y honorabilidad del visitante norteamericano a Lydia Bailey, que, enamorada de él, y sabiéndole vivo, enviará a Marie como portadora de la traición que se trama contra Louverture por parte del general LeClerc si se decide a pactar la paz con Francia. Hamlin se ofrece a Toussaint como intermediario entre los independentistas y colonizadores franceses, confiando en la impunidad que le concede su ciudadanía norteamericana. Detenido por LeClerc y acusado de colaboracionista con los rebeldes haitianos será nuevamente salvado por King Dick. Toussaint ordena el ataque contra los franceses en Cap François. La lucha se desata en la ciudad. Imposible contener la enormidad de la revuelta. En el vórtice de la vertiginosa circunstancia dramática que asola Cap François, se habrá de concretar el fin del colonialismo francés. En la penumbra de la noche la simbología terrorífica del fuego arrastra consigo a la población blanca. Albion acude en ayuda de Lydia Bailey. La súbita intuición de D'Autremont, ahora a la defensiva tras conocer el amor de Lydia por Hamlin, le conmina a atravesar los barrios incendiados de la ciudad, y acariciar la idea de asesinar al visitante norteamericano. Logra alcanzar la casa de Lydia, que se dispone a huir con Marie y el pequeño Paul, auxiliada por Albion. D'Autremont errará su disparo, que alcanzará a su hijo Paul cuando desciende apresuradamente las escaleras junto a Marie. Entre el grito de Lydia y el horror de la muerte innecesaria del inocente niño, D'Autremont abraza con ansiedad y terror a su hijo, asesinado por su propia mano, mientras las llamas devoran la mansión. Albion, Lydia y Marie, protegidos por King Dick, logran arribar al puerto de Cap François y huir de Haití hacia Norteamérica.


Dale Robertson: Albion Hamlin. Nacido el 14 de julio de 1923 en Harrah, Oklahoma. Una foto suya, ocasional, tras acudir a Hollywood con otros soldados para hacerse fotografiar, es exhibida y admirada en un escaparate de San Luis Obispo, California, población en la que se halla agrupado con The United States Army durante la II Guerra Mundial. Tras servir en el Pacífico Sur, vuelve a Hollywood. Su amigo, el actor Will Rogers Jr., le aconseja no seguir ningún curso de interpretación dramática. No obstante, consigue intervenir en varios westerns y en Shows televisivos. Dotado de un físico espectacular y de un atractivo rostro, es utilizado para escenas de "apetecible-carne" o "Beefcake" masculina. Interviene en 1952 en "Return of the Texan". Su torso desnudo se convierte en el mayor atractivo del film. En 1962 trabaja en ABC TV en la serie "The Roy Rogers and Dale Evans Show". Y en 1981, de nuevo en ABC, reaparece en la serie "Dinasty". Fue un reconocido locutor en Pike's Pick o Bust Rodeo en Colorado Springs.

Camuflado por su indiscutible atractivo físico, fue inútil cualquier intentona por su parte en demostrar la menor cualidad como actor cinematográfico. Fue el típico personaje concebido por Hollywood como suma y compendio de todos los males capaces de identificar a un personaje con el inhibitorio rotativo actoral que rehuye las necesidades dramáticas, a fin de conciliarlas únicamente con el erotismo más seductor que dimanar pueda del cuerpo masculino. La belleza de su varonil rostro fue la solución más cómoda y expeditiva a la que adaptar sus apariciones en la gran pantalla. Y a través de ellas jamás se sublimaron viejas mitologías interpretativas al uso, como por ejemplo, las de Tyrone Power o Robert Taylor, que también perturbaron con su indudable aliciente ("male-fascination") la pantalla grande, alcanzando, no obstante, al contrario que el guapo Dale Robertson, (que, hoy, como uno de los pocos supervivientes del "Star-System" masculino fabricado por el celuloide americano, vive retirado, a sus 86 años, en su rancho de Yukon) derivarían en auténticas leyendas hollywoodenses.

Apareció como secundario en "Two flag west", 1950, como nítido y estimulante protagonista absoluto, por primera vez en su irregular carrera, en "Lydia Bailey" ("Revuelta en Haití") , 1952, en el episodio "The Clarion call", junto a Richard Widmark, dirigido por Henry Hathaway, en el film "O'Henry's full House" ("4 páginas de la vida"), 1952, "The farmer takes a wife" y "Devil's canyon", 1953, "Sitting bull" y "The gambler from Natchez", ambas de 1954.

Contratado por Milko Skofic, esposo de Gina Lollobrigida, aparecería también como principal protagonista masculino, en el rol de Raffaele, en 1958, con la famosa actriz italiana, en "Anna di Brooklyn" ("Fast and Sexy"), dirigida al alimón por Vittorio de Sica (también como actor) y por Carlo Lastricati.






Anne Francis: Lydia Bailey. Nacida el 16 de septiembre de 1930 en Osining, New York State. Durante la Gran Depresión Norteamericana, para ayudar a su familia, y a la edad de 5 años, ya trabajaría como modelo merced a los preciosos rasgos que ofreciera su angelical rostro infantil. Debutaría en Broadway a los 11 años. Aureolada por su desbordante belleza y sus inquietantes ojos azules, no se convirtió en un nuevo arquetipo femenino de "ingenua", ya que su rostro, gran vector sexual que dimanaba de la gran pantalla, era capaz de superar aquellos esquemas fundamentales exigibles a la inocencia, y de espolear y estimular el enfrentamiento de dos aptitudes básicas para la mujer dotada de indiscutible atractivo físico en la historia del cine: ingenuidad y fatalidad. Anne Francis pudo estandarizar su potencial erótico sustentándolo sobre la contradicción que el prejuicio carnal imponía sobre la más vampíricas de las bellezas femeninas. Y casi acabó haciendo añicos los corazones de los espectadores masculinos, dado que su perfil psicológico en la pantalla nunca pudo distinguirse con total nitidez moral. Sus actuaciones, siempre inquietantes, definieron una expresiva individualidad, innovadora para una actriz de las llamadas secundarias, dentro de la gran familia erótica impuesta por Hollywood. Fue una "teenager" fascinante, capaz de mostrarse candorosa, perversa, provocativa, turbulenta y provocativamente erótica. Eros bregó con Anne Francis (al igual que hiciera con otra popular "teenager", la inolvidable y no menos inquietante Piper Laurie), convirtiendo su arrebatadora dimensión sexual, patente en los rasgos perfectos de su rostro, que podría haber condicionado todas y cada una de sus apariciones en la gran pantalla, en uno de los más sabrosos forcejeos morales inventados sobre una actriz inferior del Séptimo Arte.

Su personaje más recordado es probablemente el de la joven habitante de "Forbbiden Planet" Altaira, en 1956, dirigida por Fred M. Wilcox, y basada en "The Tempest" de William Shakespeare. Pero imborrables para el espectador más apasionado por su gran belleza fueron sus deslumbrantes apariciones en "Lydia Bailey", 1952, "A lion is in the streets", 1953, "Rogue Cop", 1954, "Blackboard jungle", "Battle cry", "Bad day at Black Rock", las tres de 1955, y como una de las beldades de Ziegfeld Follies en "Funny Girl", 1968.




Afectada de cáncer de páncreas, mantuvo una gran batalla contra su enfermedad durante los años 2007-2008. Fallece el 2 de enero de 2011, a los 80 años de edad, en una residencia de ancianos de Santa Bárbara, California.


Charles Korvin ... D'autremont
William Marshall ... King Dick
Juanita Moore ... Marie
Adeline De Walt Reynolds ... Mme. d'Autremont
Roy Glenn ... Mirabeau
Angos Perez ... Paul
Gladys Holland ... Pauline Bonaparte
Luis Van Rooten ... General LeClerc

Sendero de plena madurez en el difícil capítulo de la aventura. Capacidad hipnótica de la cámara que retrata de forma magistral, sin perder terreno jamás, un artesanal ejercicio romántico, irónico, audaz y barroco ante la temática histórica. Y que consigue adquirir una consistencia inaudita, de gracil perspectiva, que acaba imponiendo su canto épico frente a una potenciada y espléndida solemnidad formal para goce de todos los espectadores. Esquematismo sublimado y convenientemente dosificado. En "Lydia Bailey" se barajan a la perfección todos los ciclos y formulas de las epopeyas históricas, pese a no contar con grandes alardes de producción y borracheras de presupuestos. No obstante, Jean Negulesco consigue convencernos una vez más de que los valores mitológicos de la aventura carecen de meridiano.