viernes, 15 de agosto de 2008

The reckless moment (Almas desnudas)


No hay aroma familiar ajeno a la desdicha, como no hay ilusiones primeras (atrayentes, al menos a simple vista) a las que no acabe por atrapar la garra de la frustración. Todo juicio y apreciación juvenil, al dejar de fantasear, se expone a los retorcimientos sinuosos, a la prueba irrefutable del descarrío. Ante la serenidad conmovedora de un rostro, nos resulta impensable que, a fuerza de la terquedad e insistencia que se atrincheran tras el espejuelo de la resignación (aquél que refleja las viejas novelerías del cariño), anide el gesto oculto de probo estoicismo, capaz de soportar la tortura sin proferir palabra. Cualquier impuesta encrucijada entre la culpabilidad y la inocencia reclama su misión salvadora. Esa aflicción que nos devuelve al hijo perdido, tras arrastrar su carromato de desdichas, e incluso después de haberse acusado en confesión y de ser merecedor de justa cólera, queda enterrada en su oficio de tinieblas, cuando la madre llora por aquella noche extraviada del hijo. No hay testimonio de realidad social que no cumpla con ese rito milenario que colma la exégesis de la maternidad. Ni fuerza capaz de hacerla retroceder con desmesurados pronósticos. La desesperación de la madre atribulada puede mantenerse inmutablemente digna ante un cuerpo ensangrentado y tibio todavía; sorda a la amenaza, aunque trémula de ira. Cualquier gesto de estupefacción y sorpresa le es arrancado a jirones. Su oculta mirada llameante, agarrotada pero diligente, a manera del cazador furtivo, sometida al aire frío de la madrugada, compadece siempre en su corazón la desdicha filial, aunque se le adjudique el homicidio. Convertida en protectora, jamás será tirana. La madre es esa efigie condenada a la cera, aunque sangre por dentro. Acompaña cada invocación amorosa con un amén envalentonado, que, no obstante, cumple con su llanto en la noche, que es cuando suena su lamento de malherido solitario. Su rostro puede quedar tan oscuro como los cuadros murales. Es un busto anónimo, ignorado en la sombra. Una imagen corriente que no parece pertenecer a nadie. Son únicamente los labios que se precipitan a besar de nuevo el cordón natalicio; los dedos que funden con su caricia insomne y favorecedora su promesa de vida; la acogedora cúpula penetrada de los espacios del tiempo. Y para ser del todo ella, se pierde en un trastorno, como si se encaminase a un culto humilde y recogido. Pero todos sabemos que ese es precisamente su "momento temerario".



"Reckless moment": detengámonos, pues, un instante en esta denominación porque vale la pena. Es, en verdad, el momento en el que habrán de afilarse ciertas armas para servir a las consignas de aquella gran familia norteamericana, surgida de esa sana y estimulante mitología democrática. Y cuyo esquema fundamental, que fue creciendo y tornándose más complejo tras la II Guerra Mundial, espoleó y estimuló (como nunca hasta entonces) para la lucha en su defensa al pueblo estadounidense. Hay un cordón umbilical que recorre la secreta idea de que cualquier contradicción que pueda conllevar un desequilibrio social y político capaz de crear una atmósfera inquietante y amenazadora sobre el santuario pluralista y liberal más avanzado del mundo (efervescencias revolucionarias europeas que llenan de temor al pacato burgués del confort y del electrodoméstico), amamanta el veneno de la desestabilización. Una sombra de complicidades inconcretas y negras se instala (tras la guerra) en la inmediata recuperación de un país que fuera el mayor portavoz del optimismo político de la era "rooseveltiana". Una gran nación a la que no agobia el remordimiento. Y que insiste machaconamente, frente a la desmembrada Europa, sobre sus breves reseñas históricas, basadas en las virtudes y en la ejemplaridad de la inquebrantable salud de su sistema democrático.


El Codigo Hays


Pero este régimen, proclive a las más feroces invectivas puritanas, y que en la década de los 30 (1934 para ser más exactos, y no descalificado hasta 1967) se cernió sobre la desatinada credulidad intolerante del pueblo americano, para convertirse en "Código Nacional del máximo rigor purista e intransigente", minuciosamente reseñado por los líderes del Partido Republicano en la época de Will H. Hays (conocido en Hollywood como "el zar del cine"), y que se hizo popular amparándose en su apellido ("Código Hays"), acabó por significarse como dolorosísima "Historia Agridulce" de contenciosa o divergente perspectiva hacia las psicologías liberales del mundo occidental. La hiperbólica reciura Hays no alcanzaría tan sólo a la moral sexual, sino también a la social, política y hasta racial. Gentes vocingleras y excitadas que enardecerían al irreflexivo pueblo, que se contagiarían unos con otros, canonizando con su apoyo alborozado a la "Republicana Congregación Intolerante", que siempre parecería revestida para el sacrificio entre babeantes expresiones de inocencia, y que se complacería en desafiar al mundo, arrastrada por la euforia de sus adalides, que, no obstante, jamás dudarían en jactarse de poseer el sistema político más privilegiado del mundo, y de haber conseguido abolir las injustas diferencias sociales en la nueva Norteamérica de posguerra.

Pero un salpicado excesivo siempre provoca manchas. Rodar con la ignorancia y el fanatismo de pueblo en villa, y de villa en ciudad, también tiene algo de tumor maligno. En todo arrebato social se cuece una especie de sadismo implícito, que hurga sin piedad en la llaga de una degeneración moral encubierta, por la que igualmente acostumbra a moverse una sociedad burguesa titubeante. Y más de una carcajada de desprecio se deslizaría asimismo en aquella gazmoña Norteamerica ante la ingenuidad de ciertos discursos gubernamentales, que, irremediablemente, acabarían perdiéndose entre las convencionales barreras geográficas y políticas que siempre desgajaran los Estados Unidos.


Por lo menos, el cine, temeroso por necesidad de los alaridos de descontento que pudieran llegar a afectar al "box-office" (recaudación en taquilla), y más dado a concienciarse con las exigencias de la evolución histórica y social de los USA, propondría también su "reckless moment", rizando el rizo ante esta "estigmatizada y anónima colectividad humana" que forman los países, por medio de Frank Capra, y a través de sus imposibles y "cuentistas" filosofías sociales: "En EE.UU. sólo es infeliz el que quiere, porque la Sociedad Estadounidense se halla abierta a todos, y la corrupción y la injusticia se desmontan haciéndoles frente. Cualquier norteamericano puede convertirse en multimillonario o en Presidente de la nación. O, en el mejor de los casos, frente al lucro ilegítimo y excesivo, frente a la duda del mérito y la honestidad de sus hijos (más o menos ilustres), frente a la necesidad de dignificar al ciudadano medio, sea éste del medio social que sea, con los buenos réditos que asignar pueden la Justicia y la Ley, siempre acabará apareciendo el denodado y audaz caballero de los nuevos tiempos, capaz de arrojar del Templo, a poder ser dignamente, cualquier conato de maltratada justicia" (A lo que habría que añadir que en comerciar y expender no existe falta alguna, y sí lo hay en la preponderancia lucrativa, porque siempre surgirá también más de un mercachifle que sea capaz -es inevitable- de concederse anuencia a sí mismo para ser algo más ladrón que otro) No en vano, Capra fue caracterizado por Juan Antonio Bardem como "nuestra crédula abuelita Frank Capra".


El "Maccarthysmo"


Y por si fuera poco, a un mismo hecho casi siempre se le pueden adjudicar dos versiones. Y será a partir de 1947 cuando la influencia determinante del comunismo juegue en esta exégesis del drama social en que se viera envuelto el ciudadano norteamericano un preponderante papel. Como elemento psicológico, una de las verdades más rápidamente apreciadas es que el pueblo, en general, recibe de la historia lo que se merece, por tomarse con ella libertades "chaplinianas". Y a fin de devolverle cierta estabilidad, momentáneamente perdida, yerra, se enfrenta (a veces gana, otras pierde), y se deja martirizar, y hasta asesinar, por los mismos verdugos (o banda secreta, como nos apercibiese Mauritz Stiller en su famoso film mudo de 1912, "Las máscaras negras") de cuyo clan formaron parte. Muchas de las aspiraciones más nobles del hombre (si exceptuamos aquél que es capaz de convertirse en fácil presa de los fanatismos), provocarán, como es de cajón, pocas simpatías en el endurecido y metalizado corazón gubernamental, por mucha que sea la liberalidad de la que se precie. Joseph Raymond McCarthy, nacido el 14 de noviembre de 1908 fue Senador Republicano Estadounidense por el estado de Wisconsin desde 1947 a 1957. Hasta febrero de 1950 se mantuvo como personaje "poco conocido". La máscara secreta de este heredero, nada altruista, del irreflexivo legado intransigente de aquella democracia arrastrada a la picota por su "misticón" antecesor Will H. Hays, cae con súbito arrebato cuando, en aquel "febrerillo el loco" de 1950 lanza una pública imputación contra 205 supuestos "comunistas" infiltrados en el Departamento de Estado, al que siguieron el Ejército y la Administración Pública. McCarthy, coronándose con los laureles de "defensor de los auténticos valores americanos" alentó durante sus 10 años en el Senado una sistemática e insensata cruzada anticomunista, refrendada por los elementos más conservadores de la clase política americana, entre los que se encontraba el futuro presidente Richard Nixon. Frente al Comité del Senado para las Relaciones Internacionales que dirigió, desde 1950 hasta mediados de 1956, (cuando ya se le conocía como Red Scare) desfilaron cientos de ciudadanos: grandes directores y actores de Hollywood, gente de los medios de comunicación, del gobierno, militares y funcionarios, todos ellos acusados por McCarthy como sospechosos de espionaje soviético o leales en diferentes grados al comunismo, que había evolucionado encubiertamente entre la tipología social del país. Estos procesos, propiciados por la "guerra fría" entre Estados Unidos y la Unión Soviética, y la guerra de Corea, fueron denominados como la "caza de Brujas". El término "Maccarthysmo", antecedente próximo del "Codigo Hays", aún vigente por aquellas fechas, fue acuñado como "grotesca caricatura" de un país que fue capaz de dar rienda suelta a una desacreditadora e intolerante persecución anticomunista, y cuya vinculación a dicho partido no pudo ser demostrada en ninguno de los casos que se trataron en el Comité del Senado. Joseph R. McCarthy, de nefasta memoria, fallecería el 2 de mayo de 1957.






Su verdadero nombre era Max Oppenheimer, de origen judío, y había nacido el 6 de mayo de 1902 en Saarbrücken, Alemania. Debutaría en el teatro desde 1919 a 1924. Su carrera cinematográfica arrancaría, hacia 1929, en Berlín, en Universum Gilm AG (Aka UFA). Allí, en 1931, dirigió "Dann schon lieber Lebertran" un corto cómico, al que seguiría su largo más aclamado en esa época "Liebelei" ("Amoríos"). El gran perfil artístico de Ophüls, su romántica elegancia emblemática, se distinguen por primera vez en este film: descripciones psicológicas de sus personajes femeninos, vida lujosa y elegancia en los decorados, y la meditación irónica que conlleva todo duelo entre el hombre joven y el avejentado.

 

Tras el incendio del Reichstag, ascensión al poder de los nazis, y primeros ataques hacia la etnia judía en Berlín, se exilia a Francia en 1933, donde, cinco años más tarde, adquiere la ciudadanía que le ofrece el país. Cuando la nación gala cae en poder de Hitler, pasa a Suiza, y, finalmente, llega a Estados Unidos en 1941. Preston Sturges será su gran mentor, dado que Hollywood ignora su trabajo por completo. "The exile", 1947, con Douglas Fairbanks Jr. será su primera película norteamericana. Su actividad, que podría haber resultado una de las más aureoladas en aquella Meca del Cine, poco renovadora e inconformista, jamás recibió, en función a las grandes obras que su enorme talento podría haber ofrecido a la historia del Séptimo Arte, el venerado aldabonazo de taquilla por la que se rigieran los éxitos Hollywoodenses. No obstante, antes de volver a Francia, en 1950, impuso su estremecedora eficacia impresionista en tres dramas fatalistas, de gran estilo romántico y refinamiento formal en su sentido más estético: "Letter from an unknown woman", 1948 ("Carta de una desconocida"), "Caught" ("Atrapados") y, en especial, "The reckless moment", 1949, ("Almas desnudas"), a la que, además, recompensó con todo el vigor de una historia naturalista, algo cercana al thriller, y que se convertiría en un valioso documento social sobre el precio de la vida en un país superdesarrollado en el que no se escatiman los elementos crueles que podía encubrir su gran democracia "Maccarthysta".

Con "La Ronde", 1950, ("La Ronda"), ya en Europa, incunable donde los haya, film hedonista (que, no obstante, finaliza con una significativa frase del narrador: "la felicidad no es alegre"), con sus travellings virtuosos y sus inolvidables evocaciones del impresionismo, al que era tan afecto, ganaría el Premio BAFTA. Entregado a su gran pasión: el espectáculo afiligranado en su máxima expresión, pero sin obviar la ironía de sus lúcidas reflexiones sobre las relaciones humanas y que los misterios amorosos, tantas veces trágicos, conllevan también, rodaría "Madame de...", 1953, y su film póstumo "Lola Montes", 1955, con una bellísima Martine Carol y el siempre magnífico Peter Ustinov, en la que tendría lugar una de las utilizaciones más maduras del formato Cinemascope, desdeñado hasta entonces en Europa. Toda la ingeniosidad y exquisitez de Ophüls se hallaba ya vertida sobre su nuevo guión, "Les amants de Montparnasse" cuando le sorprendió la muerte a causa de un problema cardíaco el 25 de marzo de 1957 en Hamburgo, Alemania. No obstante, fue enterrado en el cementerio francés de Le Père Lachaise.




















 


Con una sutileza poco común, nace una impensada e importantísima mutación frente al arquetipo femenino americano, caracterizado esta vez (a diferencia de la clásica "ingenua" o "vamp") por el de una madura e intrépida madre de familia, dispuesta a todo para sostener el estamento familiar. Asistiremos a su arrojado enfrentamiento protector de ciertos valores que ella considera "justos y necesarios" (repentinamente pisoteados) de una sociedad inmersa en un engañoso bienestar, surgido de la tan cacareada mitología democrática norteamericana. Y que, como es de esperar, acabarán por llenarla de una "sana indignación", estimulándola, casi espoleándola, a fin de aprestarse a una lucha casi sin cuartel en defensa de tales principios.




Una muerte accidental del pretendiente indeseable, aunque provocada por la inconsciencia juvenil de su hija mayor, convertirá a esa madre (tras la habitual ausencia marital por motivos empresariales en Europa) en heroína individual que retomará el pedestal de su matriarcado, y que habrá de centrarse en un fatídico examen de "toma de conciencia" que evite por todos los medios posibles que su hija pueda resultar inculpada. Ophüls expone ciertas situaciones límites que van desde el melodrama social al ambiente abyecto del "thriller", pero que jamás restan fuerza ni enturbian el rico vigor de este sombrío retrato social estadounidense. Entre esos cotidianos escenarios domésticos, a través de un envidiable uso de la alternancia pendular en que su protagonista se ve atrapada, asoma un personaje muy alejado de tan ejemplar retablo familiar, que, en un principio, encaja a la perfección con el clásico arquetipo del sórdido canalla, meticuloso, que parece permanecer impertérrito frente al mundo que se derrumba alrededor del idealizado pilar doméstico en el que se funden gran parte de los pasionales remolinos tradicionales de Norteamérica. Unas cartas acusadoras por medio de las cuales es imposible disociar los vínculos de la joven protegida con el pretendiente accidentalmente muerto, (cuyo cadáver aparece en un lago próximo al hogar sacudido), y que agravarán la odisea protectora emprendida por la protagonista, y ahora atrapada por el atosigante andamiaje del chantaje.





La fascinadora presencia de sus dos personajes principales son los vectores más importantes que mueven el drama de Ophüls. Resulta altamente revelador la atenta observación de sus pensamientos únicamente por las actitudes de los cuerpos. Una melancólica desventura (que se irá afinando lentamente hasta extremos de sutileza amorosa) acompañada por una inesperada integridad moral ahora explicitada, contra todo lo imaginado, por una insobornable sinceridad del extorsionista (hechizo fotogénico de su protagonista masculino, difícil equilibrio entre la pureza lírica y el erotismo, virtud nada fácil de plasmar a través de la imagen), que luchará a brazo partido contra su "compinche", más reacio a renunciar a las rentables garantías del chantaje, y a desprenderse de la preciada mercancía acusadora. Y cuya redención final, escena culminante del film, revalorizará la evolución psicológica de un marco social bien definido (estamentos fanáticos y no menos extorsionistas, ya manifestados en las posturas imperantes del "Maccarthysmo"), potenciador desde un principio de la angustia del espectador, pero que acabará poniendo sobre el tapete toda posibilidad regeneradora, sea bajo la crítica y pesada losa del existir, sea frente a la agitación social que, en cualquiera de sus vertientes, promover pueda la sordidez humana, aunque venga encubierta por la sociedad más adelantada del mundo.






















 


James Mason: Nacido en Yorkshire (Inglaterra) el 15 de mayo de 1909. Estudió arquitectura en la Universidad de Cambridge. Atraído por el teatro, actuaría en el "Old Vic" de Londres y con "Gates Company" en Dublín. El cine inglés, obligado por la cuota "Cinematograph Films Acts of 1927", reclamaría en la pantalla incensantes figuras de sus ya un tanto reputados actores teatrales. Una de ellas sería la excelente presencia de Mason, que, antes de dar su salto a Hollywood, interpretó numerosas películas británicas.

La Meca del Cine acoge a un Mason en su mejor evolución y madurez interpretativa, realzada por el magnetismo de su voz y el elemento perturbador y atractivo de su apariencia (capaz de inaugurar nuevos derroteros seductores o conceder a la palabra fotogenia un flamante contenido estético frente a los almibarados galanes al uso), que, uniéndose a una de las expresividades más convincentes e inolvidables jamás volcadas en la pantalla, lo convierten en una de las bazas culturales de mayor calidad interpretativa en lo que al cine se refiere. Fue Gustave Flaubert en la maravillosa versión de "Madame Bovary, 1949, que rodó Vincente Minnelli,  Donnelly, chantajista, en "The Reckless moment" ("Almas desnudas"), 1949, de Max Ophüls, adúltero violento en "East Side, west side", 1949 de Mervyn LeRoy, junto a Ava Gardner, con quien volvería a encontrarse en "Pandora and the Flying Dutchman", 1950, una colorista fantasía de Albert Lewin rodada en España, "Rommel en "The desert fox" ("Rommel, el zorro del desierto"), 1951, de Henry Hathaway, espía sibilino engañado a su vez por una extraordinaria aventurera Danielle Darrieux en "5 fingers" ("Operación Cicerón"), 1952, y Brutus en "Julio Cesar", 1953, de Joseph L. Mankievicz, actor decadente junto a una inolvidable Judy Garland en "A star is born" ("Ha nacido una estrella"), 1954, de George Cukor, Capitán Nemo en "20.000 leagues under the sea" ("20.000 leguas de viaje submarino"), 1954, de Richard Fleischer, Humbert Humbert en "Lolita", 1963, de Stanley Kubrick, el inquietante gangster sin escrúpulos en "North by Northwest", 1959, de Alfred Hitchcock, etc. bastarían para completar una de las carreras históricas que más altas cartas de nobleza concedieran al arte cinematográfico.

Nominado en tres ocasiones al Oscar, !inconcebiblemente¡, y para oprobio de la "escasa inteligencia" que presidiera, ya de antiguo, la Academia hollywoodense, jamás lo consiguió. Falleció en Lausanne (Suiza) de un ataque cardíaco el 27 de julio de 1984. Fue inhumado en Corsier-sur-Vevey, a pocos metros de su entrañable amigo Charles Chaplin.











Joan Bennett: J. Geraldine Bennet, nacida el 27 febrero 1910 en Palisades (New Jersey). Hermana de las también actrices Constance y Barbara, hijas de los actores Richard Bennet y Adrianne Morrison. Tras muchos papeles secundarios, aparece como principal protagonista en "El capitán Drummond" con Ronald Colman, en 1929. Actriz de comedia, "Mi chica y yo", "Mujercitas", "Big brown eyes", Tay Garnett la convierte en "femme fatale", tras teñirle de rubio platino su endrina cabellera a lo Hedy Lamarr en "La fugitiva de los trópicos", 1938. Fritz Lang le ofreció sus más inolvidables roles: "El hombre atrapado", 1941, "La mujer del cuadro" (rostro de mítica evocación expresionista del mejor Lang), 1944, "Perversidad", 1945, y "Secreto tras la puerta", 1948. Jean Renoir la dirigió en "Una mujer en la playa", 1947. Pero una de sus interpretaciones más recordadas sería, sin duda, la de Lucía Harper, madre audaz y abnegada en "The reckless moment". Su marido Walter Wanger dispararía por celos contra su agente Jenning Lang, en 1951. El escandaloso incidente (Lang resultó herido en una ingle) la apartaría del cine cuando se hallaba en la cumbre de su fama.
Actriz de gran belleza, desarrolló un estilo artesanal de gran eficacia en cuantos papeles intervino. Sus recursos interpretativos le confirieron siempre una acepción de las llamadas "epidérmicas" o reveladoramente estéticas, que evocaba cierta especie de manifestación pictórica y atractiva en un arte tan popular y de masas como en el que tantas veces se erigiera el cine. Fallecería el 7 de diciembre de 1990 en Scardale (Nueva York).
Capítulo innegablemente realista de unos escenarios cotidianos estadounidenses servido por una innovadora técnica exploratoria de los sentimientos humanos. Puntos de vista particularmente notables. Exuberante vitalidad entre la evocación impresionista de Ophüls y el "thriller" norteamericano. ¡Arma de gran calibre en manos de una de las más impactantes interpretaciones de James Mason! Relato de portentosa agilidad. ¡El mejor Ophüls "made in Hollywood"!