lunes, 9 de junio de 2008

El manuscrito encontrado en Zaragoza (Rekopis znaleziony w Saragossie)











Durante la guerra de la Independencia Española, en el sitio de Zaragoza, un oficial francés halla entre las ruinas de un caserón un extraordinario manuscrito, de inspiración cabalística. Entusiasmado, y olvidando los horrores de la batalla, inicia su lectura junto a un patriota aragonés, igualmente atraído por el ocultismo inquietante del libro.

Participemos, pues, junto a ellos, de un imaginado paisaje de la Península Ibérica en el año del Señor de 1715. Un pequeño grupo (tres hombres) que se añade a un pequeño erial rocoso. Un descanso en el camino. Senda entre montes cerrados. Comarca amplia de pueblos escondidos. Paraje de mitos. Leyenda de civilizaciones, de bellezas ocultas entre las cualidades agrestes del ruralismo y del bandidaje. Un silencio que nada promete. Únicamente señales de recuas trajineras, de pezuñas de ganados, de atolladeros de carros y diligencias perdidas en el campo primitivo y descarnado de Sierra Morena. Un bosque rocoso, callado, instante perenne de los panoramas, bajo el fulgor tostado del abrupto sur andaluz. Y en la internación del paisaje, entre un estado revelador que parece disolverse dentro de un tiempo onírico, de laberinto perseverante, en un pasado del espacio que nunca podrá pertenecerle del todo (porque el paraje yermo y quebrado ha absorbido ya a tantas víctimas a través de ese criadero de luminosidad desnuda, que no parece aguardar al visitante más que una sola vez), un importante personaje: Alfonso van Worden, joven capitán de la Guardia Valona que atraviesa Sierra Morena en dirección a Madrid, donde prestará su servicio en la corte de Felipe V, se revuelve y decide reemprender la marcha interrumpida, pese al roncear temeroso de sus acompañantes. Son esas cumbres remotas, esas torres sublimes, esos macizos de la cadena rocosa, los que conforman el misterio azul de un revuelo fantástico que habrá de acogerle bajo las alas de las más extraordinarias invenciones.


La cábala paisajística


¿Qué esconden las ásperas laderas, los exaltados filos de las montañas, los breñales torvos, los hondos horizontes, las articulaciones peñascosas que se rompen trozo a trozo, los olores andariegos, y los fragmentos del andurrial que aparecen como peñones encantados, y se desarticulan cuando alguien se acerca a Sierra Morena? En ella se representa la efigie alborotada de Alfonso van Worden, sano, fuerte; temple y cordura de un Ulises caballero, que todo lo ha entrevisto con celeridad. Pero al que le es preciso detenerse. Es como si cada culminación del paisaje le hubiese estado esperando. Y los ojos del viajero no podrán reprimir ahora, en ese instante eterno que ofrenda el estado de gracia de los panoramas que le rodean, un prurito de adivinanzas, un júbilo de evocaciones, un lugar imaginado en lo agitado de la fantasía, a través de las tradiciones seculares cristianas, hebraicas y árabes, porque en la desnudez ancha y diáfana de Sierra Morena, la porcelana prolija de las crónicas pierden su intimidad, llegan resollando, y se le adhieren entre los ecos que se mantuvieron vírgenes por entre la grama de las laderas. Luego, habrán de abrirle su cueva escondida, estructura laberíntica donde se irá tejiendo en torno a él una enmarañada red de engaños, en el que habitan peregrinos malditos y anacoretas, custodios y confidentes, aparecidos gozosos de tactos carnales, que le muestran una flamante claridad de exóticos sueños. Y que habrán de adherirse perennemente a él como una vida instantánea, tibia y resonante, tan sólo evocable a través de la leyenda. He ahí la virtud de mantenerse en contacto con las fuerzas exhumadas del ensueño, de los tabús empecinados de la antigüedad, de la forja del ocultismo, y de las vinculaciones zahoríes. De abstenerse de los predominantes sambenitos que se crecen entre las crueles culturas homicidas del empíreo cristiano, que prescribiera eternamente a hechiceros y soñadores, y de la diabólica genealogía del Talmud y de sus mitologías intocables. De gozar del poema libidinoso que reanuda, rehabilita y permite resucitar al hombre a las inextinguibles danzas del placer, por aquel entonces inexistentes en el mundo occidental, de los más codiciados santuarios del paraíso musulmán.

Y como escenario de esta provocadora y decisiva peregrinación por las rutas estratificadas de la fantasía o del surrealismo más desbordante, una inmejorable plataforma críptica: la oscurantista España del siglo XVIII, en la que, no obstante, convergen hembras y varones abiertos a la curiosidad, a los prohibidos santuarios del sexo. Que se creen engendrados por semidioses, que viven aterrorizados por las ramificaciones diversas del pecado original, que acometen rutas terrestres para metamorfosearse en tradiciones hiperbólicas predilectas de Yahvé o de Aláh. Y que, tras acabar por convertirse en el epicentro de las memorias más desaforadas, de los ritos más contaminantes, que evocan la bestia que procrea héroes, que se arrodillan en el sanctasantórum de sus crímenes, de sus arrepentimientos y de sus miedos al fuego eterno, contarán y entrelazarán las historias de sus vidas. Todas ellas de elementos fantásticos, ligeramente atenuados en favor de intrigas cortesanas y amorosas, sintiéndose depositarios del nivel cultural más predominante de la "hespérida europea", fundida, no obstante, en el horno de la intolerancia, sin llevar jamás la cuenta de los ajusticiados y disidentes, y que no son más que el numen divertido y destructor de la civilización más envolvente de la historia.

Pero en toda mitología es fácilmente comprobable la incuestionable relación que la masa más acomodada o el vulgo más agitanado establece con la magia, la superstición y el dislate ocultista, que halla su paternidad en esa misma historia. Jamás despejaremos tampoco la incógnita que la convierte en teodolito disfrutable, y sobre cuyo eje pendular dirigir todos los ángulos de tan extravagantes contornos como los que entraña la identidad surrealista. "El manuscrito encontrado en Zaragoza" intensifica ese éxodo anémico de las carnavaladas historiográficas, lanza su espíritu burlón hacia ese espacio ideológico del catolicismo más exacerbado. Es carnívoro con los factores étnicos o gentes de toda cuna capaces de dar vigencia a estilos de vida que no supieron apartarse de la incomodidad de las discordancias que intensificaran nuestras querencias y odios, basándose en tradiciones, ritos, y fanatismos. Ortodoxias nómadas que recorrieran los barrizales europeos entre polémicas sandungueras, cruentas e ilógicas, sin solución posible, como es fácilmente demostrable en el hoy por hoy.


El ensueño surrealista


Frente a este prolijo informe tan nigromante como surrealista, tan cabalístico como racionalista (que parece alimentarse de los pasados más añejos e incautos, y que no sabemos si gozará de los devenires más ingeniosos y apremiantes), que ningún espectador, pese al recóndito significado que acecha en la espesura misteriosa de este aquelarre irrepetible que significa "El manuscrito" de Jan Potocki (y cuya primera parte, aquí glosada, fue recreada espléndidamente en la pantalla por Wojciech J. Has), se crea víctima de un trato discriminatorio, pues reconciliarse con él, aunque conlleve un verdadero "acto de brujería", es como rezarle a un dios "druídico" en noche de luna llena. Y a todo cinéfilo amante de la perfección se le impone, como hecho obligatorio, peregrinar por el film, a través del ritual prodigioso de su trasnochamiento, pese a que nos sintamos confusos y creamos que no nos conduce a ningún sitio, como a su protagonista, Alfonso van Worden. De esta forma especialmente significativa empuñó la pluma Potocki, con la misma mano con la que habría de suicidarse el 20 de diciembre de 1815, y perpetró una de las cabriolas literarias más intuitivas, más fragmentarias, más estilísticamente deslumbrantes. Y hasta más "dionisíaca" en su búsqueda de una geografía interior, aparentemente sacrílega, pero audaz, de cuanto espíritu humano se sienta merecedor de solaz, revelación y enmienda frente a la penitencia, el sacrificio, el cohecho y la esclavitud a que nos somete, o tiñe indeleblemente, la vida.


El manuscrito y sus personajes


Los impulsos emocionales de "El manuscrito", pese a encontrar su cauce más adecuado en los dilemas metafísicos, no invocarán jamás el embeleco puritano de las renuncias, tradición preceptiva que surgiera como contrapunto indispensable para nuestra "gracia" psíquica a través de los enclaves católicos que contaminaran nuestro uso de razón (sin dejar de ser por ello supersticiosa, lasciva y racional), valiéndose de ese oficio de tinieblas con que se significaran un mejor arrimo a la historia sus histéricos servidores. Y desde esa espontaneidad libre de pecado, como un cofre desbordante de modelaciones recónditas que se abre (además de a ese Madrid postizo, bobalicón, churrigueresco y palaciego de los Austrias, en desnuda connivencia con truhanes, gitanos, bandidos, comerciantes, banqueros y nobles de toda laya) a vaticinios tenebrosos de narrativas entremezcladas, a soslayados mayéuticos de la historia dentro de la historia. "Cajas chinas" de anhelos infantiles, de profesiones de fe, de éxtasis humanos, de tétricas ubicaciones, de seguidores misteriosos, de doncellas que brindan su virginidad entre amuletos, plumajes, aromas, y añejos sabores de edén, mientras recorremos la enigmática Sierra Morena, y en su topografía aparece la Venta Quemada, donde se ha confinado un inquietante quehacer esotérico. Afrodisíacos, alucinógenos, narcóticos que restituyen a Alfonso a la edad del niño-héroe que procrea su fantasía. El tinte paródico de la España de los conjuros. Verdad y mentira. La culebra herborística. El árbol de los dos bandidos ahorcados (los hermanos Cicio y Momo Zoto, que simbolizan el arcano decimotercero del Tarot), ficción receptora de la vida y de la muerte, síntoma caricaturesco y espantable de los aparecidos. Ópera bufa de historias alegres, pizpiretas, perversas que abren los cerrojos del "Manuscrito", que nadan en el arrepentimiento, pero veladamente huyen de él. Y que jamás pagan el peaje de sus devociones, de sus ofensas, de su lubricidad anatematizadora, de sus coitos practicados en la sombra. Fantasmas (Ahasverus, el Judío errante), mártires de la sangre, ahorcados, lésbicas odaliscas: las princesas árabes Emina y Zubeida Gomélez, capaces de compartir sexo con el cristiano Alfonso (de cuyo apellido aseguran descender, y perpetuarlo con su embarazo doble). Testimonios confesos y convictos de personajes, deudores del Siglo de Oro Español, que hablan sin cesar, que cuentan y vinculan sus historias (Pacheco, el endemoniado, Don Pedro de Uceda, el cabalista, Avadoro, el jefe de los gitanos, el romántico López Suárez, el intrigante Roque Busqueros, el Caballero Toledo, promiscuo y temeroso del purgatorio, y la adúltera Frasquita Salero), entre fustigaciones y arrobamientos. Y por fin en el vaivén de ese ensueño-vigilia que vive Alfonso, y para hacerlo más seductor, viril y procreador, su simoníaca apreciación expiatoria mientras se define en la dialéctica testimonial de la religión islámica, compleja prueba iniciática, a la que se ha visto sometido por el falso ermitaño, en realidad el jeque Gomélez, y que le conmina a conformar su vida en la energía de la magia, venerando los laberintos de su nuevo nacimiento-aniquilación-salvaguarda, reescribiendo el manuscrito. ¡Levantemos el velo! Como Alfonso van Worden Gomélez: "Quién sepa interpretar "El manuscrito encontrado en Zaragoza" podrá ser dueño de la razón, ... y quizás de la locura metafísica"


Un autor único e inquietante



Jan Potocki (1761-1815) se introdujo en un laberinto, donde otros muchos laberintos e inquietantes diagramas esotéricos le ayudaron a componer este gran fresco de realismo y magia, de la que toda la historia del mundo pudo ser su depositaria, porque en esa circunferencia de todo cuanto ha sido creado, caben, hasta perderse en el infinito, todos los edificios sagrados de las simbologías, de los grandes arcanos, que han construído los Templos de los hombres, y han desempeñado un papel importantísimo en su existencia universal.




El aristócrata Potocki al tiempo que supo rodearse de una gran formación cultural, vivió obsesionado por el ocultismo, la etnografía, la filosofía y, por supuesto, la historia. Fue un gran viajero, conspirador político, científico y arqueólogo entusiasta de la egiptología. "El manuscrito encontrado en Zaragoza" es una de las grandes novelas de la literatura fantástica europea. Realizó varias visitas a España. E incluso se asegura que visitó el taller de Francisco Goya, quien al parecer le inmortalizó en dos retratos, uno de los cuales ha dado la vuelta al mundo. Barcelona, Madrid y Andalucía fueron lugares que amó apasionadamente. Recluido en su castillo de Uladowka, en el que se hallaron muchos textos inéditos de este singular personaje, sus trastornos mentales le llevaron a convencerse de que la licantropía (hombre-lobo) había hecho presa en él. Tras pulir durante meses la tapadera de una azucarera, y convertirla en proyectil, se voló la cabeza de un disparo en 1815.


Artífice fílmico


Wojciech J. Has (1925-2000), gran documentalista, abandonó pronto este medio, a fin de adentrarse en nuevas experiencias fílmicas. Otra obra cumbre (dentro del mejor género fantástico europeo) de su exigua filmografía fue, además de "El manuscrito encontrado en Zaragoza", "Sanatorio bajo el signo de la clepsidra" de 1973.



El mejor actor polaco de su generación


El atractivo actor Zbigniew -"Zbyszek"- Cybulski (que fue llamado el "James Dean" polaco) es el joven Alfonso van Worden. Había nacido en Kniaze el 3 de noviembre de 1927. Fundó un famoso teatro estudiantil al que se conoció por Bim-Bom. En 1960 se trasladó a Varsovia. Aparecería por primera vez como extra en la pantalla en 1954 con el film "Kariera". En 1958, tras un importante rol en "Krzyz Walencznych", el gran director Andrzej Wajda le ofrece el papel protagonista de "Papiol i diament"" ("Cenizas y diamantes"), en el que Cybulski se ve inmerso en el caótico y barroco retablo de las horas que preceden a la liberación de Polonia, y en el que el joven, moralmente embrutecido por la guerra, pese a sufrir cierta crisis de conciencia merced a una ocasional aventura amorosa, acaba por cumplir las órdenes recibidas de asesinar al jefe del Partido Obrero; y, perseguido, acaba por morir en un vertedero de basuras. Desde entonces fue considerado el mejor actor polaco de su generación, también conocida por "joven y airada".

Murió el 8 de enero de 1967, a la edad de 39 años, mientras trataba de alcanzar un tren en marcha en la estación de Wroclaw, (como ya había hecho otras veces) con dirección a Varsovia. Resbaló y fue arrollado por las ruedas. Está enterrado en Katowice. En 1996 los lectores de Film Magazine premiaron a Cybulsky con el tratamiento de "Mejor actor polaco de todos los tiempos"




La restauración


Film de culto. En 1990, Jerome John "Jerry García", músico estadounidense, lider del grupo de rock "Grateful Dead" paga de su bolsillo la restauración del film. Muere en 1995 sin ver cumplido su deseo. Martin Scorsese y Francis Ford Coppola consiguen que se edite en DVD, completado el metraje del director, en 2001. Luís Buñuel, incapaz de repetir el visionado de una película, aseguró haber visto "El manuscrito" tres veces, sin cansarse, lo cual no dejaba de ser un caso excepcional en él.





¡Pincelada definitoria del evangelio surrealista y cabalístico! ¡Galimatías diabólico que sugiere al espectador todo tipo de posibilidades interpretativas de los símbolos herméticos frente a la más satisfactoria de las fantasías! Krzysztof Penderecki compuso una excelente banda sonora en la que, tras combinar la electrónica y la atonalidad, bebió en Beethoven, y añadió compases españoles extraídos de Manuel de Falla y Enrique Granados.