viernes, 28 de marzo de 2008

A passage to India (Pasaje a la India)

La imagen cinematográfica posee esa exaltación fulminante, rotunda, efigiada por una especie de alumbramiento que nos recoge en la butaca, y pasea ante nosotros, por entre la sala cerrada, como una oleada de eternidad, creando una especie de unanimidad química que transforma todos nuestros sentidos en auténtico paladar. Es como si el cine gozara de su hora bíblica. Del decurso vetusto del romance mantenido por atesoradas esencias. Esencias que forman el encadenamiento fílmico. Caudal, a su vez, de la voluntad de un mago: en este caso ¡David Lean!

Un crítico, Roger Elbert, gran admirador de "Doctor Zhivago", decía: "Comprendo el ajetreo incesante de Lean, entiendo su sufrimiento, sus extraños cambios de ánimo y de personalidad. La vida de una película no se halla tan sólo en cuidar a cada uno de sus personajes, como puede ser la complejidad difícilmente plasmable del mismo Zhivago o de Lara. La vida de una película se halla también en cada una de sus esquinas, de sus rincones; en el conflicto mental que vive el artífice a la búsqueda perfecta de cada ángulo de la imagen, de la belleza"

Del cine documental al cine de prestigio

 
Mientras Gran Bretaña vivía bajo las amenazas de los bombardeos nazis, el cine inglés se mostró especialmente activo tratando de mantener alta la moral de la población y la esperanza de una victoria final: la "V" en los dedos y la sonrisa optimista en los labios de Winston Churchill habían formado parte, más de una vez, de los grandes documentales ingleses en los años del conflicto que la enfrentaron a Alemania. Los llamados films of facts habían utilizado abundante material de archivo, gráficos explicativos, y entrevistas famosas ante las cámaras. Las películas británicas de ficción con tema bélico alcanzaron tal rigor documental, que muchas veces resultaba enrevesado rastrear la frontera que separaba el documento de la reconstrucción. Noel Coward, dramaturgo famoso durante aquella aciaga década, contó con el inapreciable apoyo de un recién llegado David Lean para dirigir "In which we serve", 1942 ("Sangre, Sudor y lágrimas") que rehabilitó las posibilidades creadoras de un didactismo realista, aunque basado en la ficción, y acabaría por convertirse en el film oficial de la resistencia británica. 

En 1945, apenas acabada la II Guerra Mundial, Lean arrancaría de nuevo con uno de sus mayores éxitos artísticos, al exponer con gran sensibilidad narrativa una de las más bellas historias de amor imposible, presidida por la angustia que conllevara la aventura extraconyugal de una sencilla madre de familia de la pequeña burguesía de posguerra: "Brief Encounter", que inauguraría, por lo menos, en la cinematografía inglesa (ya Sacha Guitry lo había hecho en Francia en 1936), de un modo sistemático, el comentario en off de Celia Johnson, protagonista del film. El testimonio romántico se convertía por fin en una historia veraz.


El documental, que había nacido en Francia, hermanándose al cine, había seguido dando sus frutos, pero, en la década de los 50, pasó a convertirse en "documental de arte". "Nuit et brouillard" de 1955 (pavoroso viaje a través de los campos nazis de exterminio judío) de Alain Resnais, había seguido a "Les statues meurent ausssi". Gran Bretaña sería la primera en rechazar aquella contemplación objetiva del "documental de arte". "Le cinema de qualité" tenía, pues, sus días contados, pese a que las acusaciones sobre la barbarie blanca que lanzara Resnais seguían vigentes en toda Europa: "Cuando los hombres mueren entran en la Historia. Cuando mueren las estatutas entran en el Arte. A esta botánica de la muerte le llamamos cultura".

Arthur Rank había formado ya un colosal imperio cinematográfico en Gran Bretaña, en busca siempre de beneficiosas conexiones comerciales con Norteamérica. Proseguiría así su política de prestigio, tan alejada del documentalismo de qualité francés, y en 1946, en plena postguerra, la proteccionista cuota de pantalla inglesa se vería elevada al 45%. David Lean, al que ya se conocía como "el William Wyler inglés", llevaría a cabo, con enorme éxito de taquilla, dos de las experiencias más interesantes de la Rank: su díptico Dickensiano con "Great Expectations" ("Cadenas rotas") y "Oliver Twist", fieles y majestuosas adaptaciones del texto del gran autor Charles Dickens.
Reputación: Superproducciones
Había nacido en Croydon, Greater London, en 1908. A menudo citaba a John Ford como uno de sus directores favoritos. Tras sus brillantes éxitos iniciales, David Lean vive un sintomático desplazamiento hacia un relevante y espectacular clasicismo narrativo (acostumbraba a nombrar como una de sus referencias épico-heroicas más notables a "The searchers" ("Centauros del desierto"), que ya exaltaría en sucesivos films, considerados como síntesis perfecta entre "cine de autor" y "cine colosalista", nutrido siempe por una impactante constelación de estrellas.


Esta órbita de gran superproducción se iniciaría con "The bridge on the river Kwai" (con la que consiguió su primer Oscar de la Academia). Film de extrema belleza y de patética historia (quizás como una lejana rememoración de las virtudes documentalistas frente a la noción más clásica de la narrativa basada en la ficción, ya propugnada en los momentos más expresivos y realistas de "In which we serve"), reflexión sobre la condición humana, inmersa en su gran aventura sádico-bélica (y también desgarrada por el antibelicismo), que, obsesionada y embrutecida por un irracional sentimiento de heroicidad, ya no parecía tener cabida en el impulso renovador de la nueva sociedad europea, y, por el momento, en la norteamericana. En efecto, este film modélico, irrepetible, rayano en la genialidad, llevaba implícito en la objetividad preciosista (desnudez diáfana, lujuriante, de las junglas asiáticas, entre las que se sitúa ese escenario dantesco formado por los campos de concentración japoneses) que le confiriera este gran maestro, una, todavía hoy, inexplicable ambigüedad fundamental frente a la absurdidad del "heroísmo inútil": ¿representaban Alec Guinnes, Sessue Hayakawa y Jack Hawkins, un calamitoso canto a una indiscutida e indiscutible tradicionalista disciplina militar (sistema de pensamiento viripotente, de una filosofía basada en la futilidad de la valentía), y William Holden y Geoffrey Horne (irónico y desencantando falso oficial norteamericano el primero, héroe indeciso, incapaz de matar el segundo) el inicial aldabonazo vitalista a su irracionalidad?

 "Seven Pillars of Wisdom": T.E. Lawrence


Nuevamente con capital americano proveniente de la Columbia, Lean conseguiría superar con creces el inmenso éxito de su precedente con su macro-producción "Lawrence of Arabia". Con ella logra abrir una impactante brecha exaltadora del equilibrio que podía nacer entre el más sugestivo y gigantesco espectáculo visual cinematográfico y el profundo estudio de una personalidad tan compleja (genialmente recreada por un Peter O'Toole en estado de gracia) como fuera la del arqueólogo, escritor, y agente político inglés, Thomas Edward Lawrence (Lean, basándose en la obra autobiográfica de Lawrence "Los siete pilares de la sabiduría", saldría airoso del entrelazamiento narrativo "sublimidad e ideología" que dicha autoría comportaba, y conseguiría su segundo Oscar)

A través de Metro-Goldwyn-Mayer, y producida por Carlo Ponti, su siguiente film "Doctor Zhivago", con Julie Christie y Omar Sharif, basada en la polémica novela del Premio Nobel ruso, Boris Pasternak, supuso su mayor éxito comercial, volviendo a superar con este nuevo y magistral planteamiento ideológico-romántico la vieja discordancia entre el arte narrativo con mayúsculas (como ya sucediera en aquella magna complementación que presidiera su inolvidable compendio ilustrativo y erudito a partir de los escritos de Charles Dickens), obsequioso con minorías de paladar más selecto, y el super espectáculo en que se articulaban los llamados films mamuts, con vistas al taquillazo y a la aceptación de grandes masas de espectadores. El fracaso posterior que supuso, a nivel de crítica y de taquilla su, a todas luces soberbia y esplendorosa, "Ryan's daughter" en 1970, y hoy revalorizada merced al DVD, le mantuvieron alejado de la dirección hasta 1984. En dicho intermedio había abandonado ya otro proyecto "The Bounty" (que filmaría Roger Donaldson), y tras "A passage to India", otros intentos creativos que se volatilizaron fueron "Out of Africa" y "Empire of the sun". Moriría de cáncer a los 83 años, mientras preparaba una nueva y épica superproducción, "Nostromo", según la novela de Joseph Conrad. Marlon Brando, Paul Scofield, Anthony Quinn se hallaban entre el gran reparto estelar del film.

A su, no siempre reconocido por la crítica, revalorizador clasicismo narrativo, ensombrecido quizás por la voracidad conjunta de su magna paleta cromática y su vasta perspectiva colosalista, merced a las cuales (¿cómo dudarlo?) su genial estilo alcanzó un sello propio, excelso e indiscutible, David Lean añadía: "Jamás habría aceptado el consejo de una gran mayoría de los así "llamados preeminentes críticos" para los que un disparo significaba únicamente el cierre hermético de una vulgar tetera... Además, las buenas películas sólo pueden ser hechas por un grupo de maniáticos con dedicación"



Edward Morgan Forster (1879-1970): simbolismo de tres personajes literarios Mrs. Moore, Adela Quested, Dr. Aziz

... Aziz llevaba unas zapatillas muy finas, mal calzado para cualquier país. En el límite de la zona residencial entró en una mezquita para descansar. Siempre le había gustado aquella mezquita... Aziz veía tres series de arcos, rescatados en parte a la oscuridad por una pequeña lámpara colgante y por la luna... Allí estaba el Islam, su propio país, más que una fe, más que un grito de batalla, más, mucho más... Islam... donde su cuerpo y sus pensamientos encontraban un hogar... Uno de los pilares de la mezquita pareció estremecerse... Finalmente, una inglesa quedó iluminada por la luz de la luna. Bruscamente, Aziz se sintió lleno de indignación, y empezó a gritar: "¡Señora; esto es una mezquita, no tiene usted derecho a estar aquí!"... La mujer dejó escapar una breve exclamación de sorpresa... "Tendría que haberse quitado los zapatos; está usted en un sitio sagrado para los musulmanes"... "Me los he quitado"... "¿De verdad?"... "Los dejé a la entrada"... "En ese caso le ruego que me perdone. Siento mucho haber hablado" "¿Puedo entrar si me quito los zapatos, verdad?" "Por supuesto, pero muy pocas señoras se molestan en hacerlo, sobre todo si creen que nadie las ve" "Eso da lo mismo. Dios está aquí"... ¿Podría saber su nombre?"... "Mrs. Moore" Al avanzar, Aziz descubrió que su interlocutora era una mujer de edad... "Que Dios está aquí... Excelente, de una gran delicadeza... Imagino que acaba usted de llegar a la India" "Sí, ¿cómo lo sabe?" "Por la manera que ha tenido de hablarme"...

... Ronny y Adela..., no, no se querían. Adela se quedó inmóvil, mirando la roca resplandeciente. ¿Debería romper su compromiso?... Si el amor lo fuera todo, pocas parejas seguirían unidas al terminar la luna de miel... Aziz era un oriental muy bien parecido... La admiración de Adela no quería decir que Aziz le atrajera personalmente... Adela dio rienda suelta al tema del matrimonio y dijo con su habitual franqueza y espíritu inquisitivo: "¿Tiene usted una o varias esposas?... La pregunta ofendió extraordinariamente a Aziz... Si Miss Quested hubiera dicho: "¿Adora usted a uno o a varios dioses?", no le habría parecido mal. Pero preguntar en la India a un musulmán educado cuántas esposas tiene..., ¡desconcertante, terrible! Le costó trabajo ocultar su confusión. "Una; una en mi caso particular", balbució Aziz. Le había cogido la mano para seguir trepando. Pocos pasos más allá había un buen número de cuevas, soltó la mano de Adela, y pensando: "¡Malditos ingleses, hasta cuando tienen la mejor voluntad!", se introdujo por una de las abertura para recobrar la calma... Miss Quested siguió adelante, sin la menor conciencia de haber cometido una equivocación; al no ver a Aziz entró en una cueva, pensando con la mitad de la mente: "El turismo me aburre", y haciéndose preguntas sobre el matrimonio con la otra mitad. Aziz esperó un minuto dentro de la cueva, y encendió un cigarrillo. Cuando salió al exterior, se encontró al guía, solo... Le explicó que su invitada había entrado en una cueva. "¿Cuál?... El guía indicó todo el grupo de manera imprecisa. "Tu obligación era no perderla de vista"... "Aquí hay doce cuevas por lo menos. ¿Cómo voy a saber en cuál de ellas se encuentra mi invitada?"... Había cuevas en todas las direcciones. "Cielo misericordioso, Miss Quested se ha perdido"... Multitud de hendiduras llevaban en una dirección y en otra, semejantes a rastros de serpiente... De repente pudo ver a Miss Quested durante un momento, barranco abajo; enmarcada entre rocas...

... En seguida empezó la vista del juicio. La sala se hallaba abarrotada y hacía mucho calor. La primera persona en la que Adela se fijó fue en el más humilde de todos los presentes, alguien que no tenía, oficialmente, ninguna relación con el juicio: el hombre que movía el punkah, ventilador manual... Aquel individuo tenía la fuerza y la belleza que florece ocasionalmente en los indios de extracción humilde. Cuando esa extraña raza está ya cerca del polvo y se la condena como intocable, la naturaleza recuerda la perfección física que consigue en otros sitios, y produce un dios... Adela buscó a su alrededor, pero Mrs. Moore estaba ya muy lejos, en el mar. "Aziz es inocente," había contestado Mrs. Moore, la primera vez que había expresado una opinión sobre aquel punto... Mr. McBryde concluyó, quitándose las gafas: "El procesado es una de esas personas que llevan doble vida. Me atrevo a decir que ha ido degenerando gradualmente, y que se ha mostrado muy hábil en la tarea de mostrar sus tendencias"... El día fatal se estaba repitiendo en todos sus detalles... ¿Por qué le había parecido aburrida la excursión? El sol se alzó de nuevo, la elefanta les aguardaba y los pálidos relieves de la roca se deslizaron a su alrededor para ofrecerle en seguida la primera cueva; Adela entró, y el resplandor de una cerilla se reflejó en sus brillantes paredes... "Entró usted sola en una de esas cuevas?" "Así es, efectivamente" "Y el procesado la siguió"... "El detenido la siguió, ¿no es eso?", repitió Mr. Mc Bryde... La visión de Adela incluía varias cuevas. Se veía a sí misma en una de ellas, pero también estaba fuera, contemplando la entrada, en espera de que Aziz la cruzara... Era la duda que le había asaltado con frecuencia, pero sólida y atractiva, como las mismas colinas. "No estoy...", las palabras eran más difíciles que la visión. "No estoy completamente segura"... Mc Bryde parecía asustado: "Le estoy sugiriendo que el detenido la siguió" Adela movió la cabeza. "Por favor, ¿qué quiere usted decir?"... "¡No!", dijo la muchacha con voz apagada y sin inflexiones... Miss Quested iba a tener un colapso nervioso. Aziz se había salvado... "¿Qué es ello, qué es lo que está usted diciendo? Hable más alto, por favor"... "Me temo que he cometido una equivocación" ¿Qué clase de equivocación?" El Presidente se inclinó hacia adelante. "El doctor Aziz nunca me siguió al interior de la cueva"... "Voy a leerle el contenido de la declaración que firmó usted dos horas más tarde en mi bungalow"... "Recuerde que habla usted bajo juramento, Miss Quested."... "El doctor Aziz nunca"... "Lo retiro todo", dijo la muchacha con tono prosaico y voz muy clara. El superintendente contemplaba a su testigo como si fuera una máquina estropeada. "¿Se ha vuelto loca?"...

David Lean (1908-1991): cuatro imágenes cinematográficas irrepetibles: Dame Peggy Ashcroft, Judy Davis, James Fox, Victor Banerjee
 

Era preciso adentrarse en la originalidad expresiva con que el gran escritor inglés lleva a cabo este virtuoso experimento sobre una clásica historia triangular, barajando los actos de algunas situaciones incomprensibles, a través de estas dos mujeres inglesas liberales que (sin comprender el extremismo de los prejuicios raciales que imperaban en aquella época en la India), se ven inmersas, tras conocer al caballeroso doctor Aziz en una situación totalmente tabú, la de la confraternización entre dos civilizaciones condenadas, ya de antiguo, a un imposible encuentro: Inglaterra que, pese a hallarse ya en un proceso de decadencia colonizadora irreversible, trata de mantener la arrogancia de su dominación. La India, susceptible, que atiranta forzadamente su frente hacia la adivinación de la voluntad de su poderoso dominador. Y a distancia, cuando sale de su encierro secular, trata de comunicar sus ansiedades humanas, su semblante afable, su voz más estridente, antes dormida, frente al amo que se aburre, pero no cede. Esa Inglaterra Victoriana que, a cada tropiezo con la susceptibilidad del colonizado, teme perder su arbietrariedad sometedora, como el viejo profesor altanero que se ve obligado a dimitir ante sus subalternos, y mostrándoles el mapa viejecito de la "Gran joya de la Corona", de pronto gimotea: "Seguid, desde ahora, vosotros solos, si podéis"

"A passage to India" no ofrece el menor rodeo de indiferencia sobre este choque de dos civilizaciones. Sobre el entramado que enfrenta a ambas culturas. A través de esa postura equitativa que mueve, con ternura, poesía y profundidad, la relación entre los tres personajes ya esbozados, halconea la vieja emoción de esos seres, radicalmente distintos, que, pese a hallarse condenados a rechazarse, quieren ser generosos, y derretir las sombras acomodaticias de una incomprensión arcaizante. 
  


Mrs. Moore no aceptará jamás dos formas diferentes de ser y de ver el mundo. En el silencio y en la oscuridad plateada de la noche, acoge, con un estremecimiento sensitivo, el desprendimiento patriarcal, coránico, caballeroso, de las difíciles magnificencias con que el musulmán Aziz la recibe bajo la claridad de la luna en el recogimiento monástico de la mezquita. A través de la riqueza narrativa de Lean, se cruza un pacto solitario, como tendido distantemente desde raíces nacidas de unos impulsos recónditos que viven de la savia modeladora de una confraternización cincelada de delicadeza y simpatía. Hay una ausencia del pasado entre Mrs. Moore y Aziz (que éste jamás aceptará por obediencia), que mueve la presencia corporal y anímica de estos dos seres maravillosos desde la lírica consustancial de la bondad y de la comprensión cenital para el pensamiento y el espíritu. Y que en la noche, en la mezquita bañada por el azul plateado de Selene, posee un instante único de floración, de gracia exaltadora y vigorosa de dos mundos, precisos y fugitivos (capaces de rehuir la impasible vulgaridad reaccionaria y desdeñosa del Imperio dominante, receloso, y pretendidamente colonizador). Dos universos que se apresuran a acercarse tras ese portal cerrado del antagonismo racial, y que se sienten traspasados de una única respiración, allí dentro, frente al caudal gigantesco del Ganges, en una nueva modelación íntima, entre la que se quedan solos, con sus únicos pasos, sus únicas voces, sus únicas respiraciones, y los únicos ruidos de sus ropas. David Lean es el feriante silencioso que asoma con su cámara por entre aquel mundo magnífico de su cielo protector, en aquel país tan recóndito, y se inclina como un genio nocturno para dejarnos traspasados de la delicia del momento espectacular, desbordante de color y aromas, como si se trataran de los viejos sabores del paraíso. Así lo consolida y así lo cuenta. Su anhelo tiene toda la presencia corporal de quien jamas se enmienda, y se afirma siempre en sus emociones humanas y artísticas.


Adela Quested tratará de vivir a fondo toda la turbación de tan particular experiencia como la que supone su pasaje a la India. "Debe ser horrible sentirse aquí emocionalmente desgraciada" (probable reflexión interna) Frente a las Cuevas de Marabar se internará, de forma espontánea, por atajos y senderos lingüísticos de inconexo impudor inquisitivo. Pero, quizás, sin buscarlos, sin proponerse, a conciencia, ninguna pasional premisa indagatoria. Atraviesa en compañía de su guía Aziz la falda de la grandiosa loma, pasa del suelo apacible a la roca quebrada. Surgen a lo lejos las encendidas apariciones de la ciudad de Chandrapore, limitada, apenas distinguible junto al río Ganges. Luego, se esconde, de un brinco, del contacto ceremonioso de la mano de Aziz. "Usted es quizá la calentura pasional que recorre mi rubor sensitivo, mi belleza demacrada por el fuego de la emoción, devorada por el deseo que acabo de descubrir", golpea hinchadamente este pensamiento el corazón de Miss Quested, aun sin articular palabra alguna. Es todo eso lo que promete aquella senda rocosa, lo que se desprende de ese mar perdido incorporado a la piedra, a cuantos viven en soledad sus conmociones voluptuosas, aunque no hayan de recorrerlas jamás. ¡Y precisamente por eso!... Del ocio aburrido de la excursión, Adela se enfrenta al muro roto de Marabar. Es un mar borrascoso en su raciocinio. Un frío mar, duro y ceniciento, que emerge de la piedra, y se queda quieto, observándola. Ella penetra en él. Lejos de este jardín de embriagadoras impresiones, tan abandonado como el suyo, se halla el amor que no siente... Aziz no la sigue, desaparece entre otra oquedad abrupta. ¡Nadie! De fondo, creado el paroxismo, y poseída por el gélido confín de su soledad concupiscente, una luz diminuta aguarda a que la "busquen", como un ojo infinitesimal que contempla los riesgos y aventuras que comportan las pasiones, no compartidas. ¡Ese viejo dolor humano de desear y no ser deseado! Adela inmóvil y llorosa... Aziz ni viene ni se acuerda de la cueva donde la llama busca un fugaz rescoldo a esa oscuridad de aislamiento que Adela provoca, y que conserva un silencio terrible; un silencio enceguecido, en crisis, frente al paisaje ancho, entre una inmensidad de peñones infernales, mordidas sus órbitas entre el pliegue vertical y oculto de la cueva de Marabar... Pero de pronto cruje la seroja que empasta la cuesta, y entre los pilares caídos y destrozados del entorno rocoso que cría el matojal, Adela se interna en una huída despavorida, como contradiciéndose en su ruta, dejando tras ella el grito angustiado de Aziz. Miss Quested, aterrorizada, entre el paisaje cavado de la montaña, escapa de esa intimidad imposible de cuantos lugares configuraran, de modo alarmante, en su mente, cierto desorden envilecedor. Su piel, como muros rotos, forman parte de la misma piedra del monte, que adquirirán un valor objetivo de fatalidad, de violencia, como barrenos que desgarrasen su virginidad. Este ámbito abrupto, tan emocional y delirante, pese a conservar la integridad de la joven "intacta", será así captado, con una suntuosidad misteriosa, sobrecogedora, de evocador y tortuoso concierto dramático, por el genio magnetizante de David Lean








A través de Mrs. Moore, he de resaltar su comprensiva nobleza, su honestidad particular contra los prejuicios raciales, y su postración mortal frente a la inmensidad coruscante de un universo cristalino, bajo el cual se refugia en su regreso a Inglaterra (a fin de no formar parte de las injustas maquinaciones judiciales que acusan a Aziz, tras el desequilibrio emocional de Adela). Se aflige, respira con ansia, y nos abandona con un temblor de párpados azulosos que se encienden en ráfagas de sensibilidad inolvidable. Y a Adela Quested, cuya resonancia estremecida, íntima y sollozantemente despaciosa, siempre encomendada a la absurda truculencia reaccionaria "del que dirán", una vez conocidos todos los abismos pasionales en que se debate a través de su sugestiva confesión final en el juicio, acabará por liberar al doctor Aziz de su desatinada denuncia por violación. 




David Lean esculpió con "A passage to India" su postrer trabajo. Entre riesgos, vigilias y agonías, no es menester explicarlo, no existió en su estilo contradicción ni modificación del concepto. Su escuela artística, henchida por la imagen monumental que formara el árbol mítico de su esencia cinematográfica, queda bien claro en este autor: era todo voluntad y sabiduría ilimitada. ¿Había, pues, sorprendido ese secreto de trazos personales, mágicos y espectaculares, proyectados desde la invención de la realidad literaria que también nos legara el autor de la novela, E.M.Forster? Lean adivinó cada latido, concedió a cada palabra escrita la más inesperada categoría de promesa sin antecedentes visuales, y la convirtió en cine: ¡sus imágenes alcanzarían la permanencia de la belleza y de la magnificencia de todo cuanto le circundó! 





Adela Quested: Así que he de odiar los misterios.
Richard Fielding (profesor del
Instituto de Chandrapore, -James Fox de nuevo ante las cámaras-): Los misterios los creamos nosotros, los ingleses.
Mrs. Moore: Me gustan los misterios, pero detesto las invenciones.
Richard Fielding: Un misterio es tan sólo un altisonante término para la invención. El profesor Godbhole y yo
sabemos que La India es una invención.
Profesor Godbhole (Brahmán del Decán - eternamente característico Alec Guinnes-): De acuerdo, siento recono
cerlo.
 
Un gran reparto
 

Dame Peggy Ashcroft: actriz teatral inconmensurable, dominó el escenario inglés durante 50 años. Fulgurante en sus escasas apariciones fílmicas (muchos críticos aseguraron que a causa de su escasa fotogenia convencional). Fue la materna y memorable boa constrictor de Glenda Jackson en "Sunday Bloody Sunday" de 1971. Ambigua y enternecedora, como la misionera Barbie Batchelor, ofreció un tránsito delicioso y una trémula conciencia clarificadora de su mejor trabajo (naturalmente premiado por la British Academy of Televisión Film) en aquel gigantesco relato, psicológicamente mítico y turbulento, que fuera la Serie Televisiva de "Jewel in the Crown" ("La Joya de la Corona"), evidentemente triunfadora merced a sus Emmy, Globo de Oro y 5 Premios Bafta, dirigida por Christopher Morahan y Jim O' Brien para Granada TV, y basada en la emocionante y colosal obra de Paul Scott.

 
Mrs. Moore ofrece ese pedigree de suavidad súbita y conspicua de los elegidos, ese temblor del silencio auténtico, virtuoso, que habla con la intención de los ojos de cuantos recónditos idiomas ensarta el rosario de la sensibilidad, de la perspicacia que posee la claridad de la pureza y de la inteligencia. Nos llena de liberal sutileza con ese filo de graciosa desnudez y nobleza que destila de la pulpa desbordante del corazón. Es como si David Lean, desde las sombras suntuosas que vislumbrara en su idílica creación de Barbie Batchelor en "The Jewel in the Crown", 1984, le hubiera ofrecido un nuevo amanecer artístico, ya definitivamente irrepetible, entre las cuevas de Marabar, los rebordes de raso plateado del Ganges, y el perfume, ya transpirado a través de Paul Scott, entre el colorido y los contornos tibios y carnales de la India. Especie de inmortal bienestar edénico por entre el cual Mrs. Moore, estricta y tierna, retendría, con una nueva sensación de presencia sublime, el instante interpretativo de Mrs. Batchelor, otra vez fraguada como un recuerdo perenne entre los inigualables vislumbres hindúes de E.M. Forster. Fue coronada, por supuesto, con un merecidísimo Oscar. Fallecería en 1991. 






Judy Davis: Actriz impactante, de una belleza felina, refinado ingenio, e incandescente inteligencia. Su rango de anticonvencional idiosincrasia ha precedido siempre su imagen. Efigie también reverenciada con el paño precioso de su talento interpretativo. Aptitud esta igualmente refrendada por el genial Woody Allen. Nacida en Perth, Australia, en 1955. A los 17 años abandonó su hogar, rehuyendo los atolladeros represivos de una educación familiar basada en un clausural concepto del más exacerbado catolicismo. Como Mel Gibson, se formó en el National Institute of Dramatic Art. Judy Davis ascendería fulgurantemente al estrellato con su interpretación en "My brilliant Career ", 1979, dirigida por Gilliam Armstrong. Varios premios consolidaron este magnífico retrato, ya consustancial en ella, de mujer fuerte y vulnerabilidad vacilante. Nominada al Oscar por "Apassage to India" 1984, y en 1992 por "Husbands and Wives" de Woody Allen (volvería a colaborar con él en "Deconstructing Harry" 1997, y "Celebrity" 1998


Victor Banerjee: Hijo de una distinguida familia Bengalí. Nacido en Calcuta en 1946. Su interpretación de mayor relevancia fue la magnífica recreación del generoso Doctor Aziz, atrapado en las redes confusas y emocionales de Adela Quested. Intervino en la última producción de Satyajit Ray "Ghare Baire"James fox





 James Fox: Prof. Richard Fielding 
Alec Guinnes: Brahman Godbhol











Una secuencia para la eternidad

Judy Davis (Adela Quested) participa de un imaginado paisaje hindú, rebulle en su bicicleta entre el aliento amarillento del atardecer. Un camino, revelado en el aire inmóvil, diáfano, rasgado únicamente por la intimidad de un misterio, y que la impregna de un rumor preciso en el que parece hallarse encerrado el atractivo manantial de sus contenidas avideces pasionales. No sabe por donde se mueve. Ni si se mueve siquiera. Aspira una especie de perfume, de temblores tortuosos, que van abriendo ante ella una emoción de jardines abandonados, de espacios vividos y muertos, a través del poder sugestivo y lúbrico de unas imágenes lascivas que muestran, con gustosa sencillez, sus conceptos de supremacías libidinosas y sexuales. Una intimidad lujuriosa descortezada de las raíces de la tierra, que permanece allí, entre la eternidad abandonada de un templo alzado al calor del amor y el deseo, ahora extraviado entre atrayentes efigies inmóviles en la fugacidad del tiempo. En el interior del templo, dentro del ruido alto de sus enormes follajes y lianas, entre un grupo nómada de pequeños micos amenazantes, remedo de la malicia indolente y fogosa del hombre, Adela cree captar, mórbidamente ruborizada, el poder sugestivo de la posesión intemperante y obscena que reflejan los relieves licenciosos ocultos en el viejo jardín del templo abandonado. En sus fundamentos ruinosos se halla abarcada la verdad de la Naturaleza. Judy Davis-Adela Quested brilla con especial encanto, su hechizo, la agitación que conmueve sus miradas, suavemente filtradas por los tintes patéticos del deseo, alcanzan su máxima plenitud morbosa, confesada en la complacencia sublime, inquietante, de su bellísimo rostro, sin el menor decoro, escrúpulo ni vacilación, merced a la infinita sabiduría cinematográfica de David Lean, creador de esta secuencia sublime no contenida en la obra de Forster.

 

Secuencia que alcanza su plenitud, tenue y sutílmente arropada por el genial comento musical escrito por Maurice Jarre, nuevamente ganador del Oscar de la Academia. Filigrana sonora impecable con que Jarre positivamente, reinventa una y mil veces el detallismo perfeccionista, minucioso, de un estilo musical siempre reconocido y degustable, cuya inevitable grandiosidad es todo un compendio de notas encandiladoras, eternamente asimilables al clasicismo cinematográfico de este gigantesco narrador que fuera Sir David Lean.







     Testamento épico social glorioso, seductor, capaz de fraguar todos los cimientos de la perfección más absoluta. Obra maestra a conciencia, a la que no mueven modas de su pedestal único. Un lujo para nuestro sustento vivencial, al grito de : ¡¡No hay crepúsculo para los dioses, cuando sus obras son sometidas a la medida demostrable de la más incontrastable genialidad!!