domingo, 2 de diciembre de 2007

The Man from Laramie (El hombre de Laramie)

Utilización esplendorosa del mejor Cinemascope por el genial Anthony Mann. La trama conlleva aires de tragedia griega. Pero posee un ritmo desasosegante, que no decae ni por un momento. La más pura esencia del mejor western es sometida a un rigor casi inhumano. Es tortuosa y delirante. Tres protagonistas excepcionales, carne exquisita del film: James Stewart arrastra su carga de amargura con absoluta esplendidez. Donald Crisp, gigantesco como padre vengativo, entona su requiem personal por todos aquellos latifundistas americanos a los que devorara el cáncer de sus ambiciones.


Arthur Kennedy se enfrenta a todo y a todos, se desdobla continuamente, y, como nos tenía acostumbrados, se marca el solito un desenlace con suspense, dado su dualismo malévolo y bien dosificado. Su enfrentamiento dialogístico con Donald Crisp es un "morceaux de bravure" inolvidable. Y es que Arthur Kennedy, ¡qué actorazo!, sabía como nadie poner cara de santo inocente al principio, y acabar luego siendo un villano áspero e implacable. No es sólo un western arrebatador. Es aún mejor. Y el Cinemascope, como ya se dijo, ¡majestuoso!...




























Anthony Mann consigue una vez más elevar el western de toda la vida al súmmun de la perfección. ¡Modélica e imperecedera!