domingo, 2 de diciembre de 2007

The Ballad of the Sad Café (La balada del Café Triste)

Plenitud novelística de Carson McCullers. Leída y releída con un silencioso desmayo de apasionamiento y excitación que únicamente los grandes novelistas, limpios de lenguaje, sin recatos ni vergüenzas, son capaces de ofrecerte, como  si se tratara al mismo tiempo de una voz profunda de anímica agitación, para confesarnos los sinsabores, escarmientos y la despiadada maldad con que tantas veces nos golpea, hasta en sus aspectos más sencillos, la existencia humana.  

Simon Callow, su resuelto director, [afamado intérprete de varios films de James Ivory], propone y logra un nuevo tramado de la obra de McCullers, de pura expresión cinematográfica, capaz de poner en marcha los mecanismos mentales de ese clímax único que poseían aquellos polvorientos pueblos del profundo sur Norteamericano.




Vanessa Redgrave está sublime. Es la auténtica Miss. Amelia "marimacho" parida por el indiscutible genio de Carson Mc Cullers.






Keith Carradine, pintoresco bonachón enamorado al principio, despechado luego, se permite, a su regreso, ese desmán que conllevan todas las venganzas soñadas. Su cinismo burlón, atractivo y cruel (como pocas veces se ha visto en la pantalla) no ha lugar para augurios felices. La autodestrucción de Miss. Amelia al enfrentarse a él en el "Café Triste" se pone en marcha. Todos los actos que precedieran la existencia despótica de su lesbianismo controvertido y oscuro, son sometidos a esa nueva medida que impone la masculinidad de ambos cónyuges.


Cork Hubbert:
(Fallecido en Venecia el 28 de septiembre de 2003) como el primo Lymon es todo un descubrimiento. La mascarada que acompañan los actos de este sombrío y lobuno personaje (pequeño gran hombre y actor), inciden en una tremebunda traca final.




 
La imagen espectral de Vanessa Redgrave desde el ventanal entreabierto del ya polvoriento "Café Triste", resquebrajado sobre sus propios cimientos de odio y esperanza, es el más desgarrador silencio de la soledad propalada a los cuatro vientos de aquella América profunda que parecía muerta para todo lo humano. Así nos lo contó Carson McCullers.



Y la Redgrave, antológica, al recrear ese pozo de oscuridad, hipocresía, y, finalmente, encubierta ternura, en que se sumiera Miss. Amelia, nos ofrece la respuesta a ese gran interrogante de la existencia: "¿No es el hombre el mayor enemigo de sí mismo?"... El film es casi un incunable. De atmósfera algo ampulosa y titubeante, pero de especial curiosidad. En manos de John Huston podría haber sido una auténtica gloria. Atención a la música del estupendo de Richard Robbins, que compuso todas las bandas sonoras de James Ivory. Os recordará a "The Remains of the Day" ("Lo que queda del día").


Por ser la única recreación para la pantalla de la gran novela de Carson McCullers, que más podemos pedir. Simon Callow se atrevió con ella, y eso siempre es de agradecer. Además, la Miss Amelia de Vanessa Redgrave no deja de ser un auténtico lujo a nuestro alcance. ¡Un gozo de dolor y escalofrío! ¡Desmadraos y disfrutadla! No valen los prejuicios artísticos cuando alguien es capaz de aventurarse en el mundo irrefrenablemente excitante de la gran McCullers.