sábado, 29 de diciembre de 2007

Strangers when we meet (Un extraño en mi vida)


¿Qué se puede hacer con la gelidez estatuaria de Kim Novak? Richard Quine nos da la respuesta en este maravilloso melodrama pasional, que parece tocado de un halo mágico. ¡Dialogada como los mismos dioses! Unas vidas que nos anuncian los hechos cotidianos y monótonos de cualquier pequeña ciudad norteamericana.





Una situación matrimonial, la de la protagonista, lo suficientemente delirante, para que, ante una nueva ilusión, que se le presenta de manos de Kirk Douglas, acepte convertirse en adúltera. Ambos parecen dispuestos a renunciar a su rutinario mundo.

















¡Es preciosa, olímpica! Kim Novak refulge ante el blanco teléfono, mimada por un furtivo y recobrado deseo, mientras declara su amor a Douglas.












Y hay un final impagable, en el que Kim Novak (¡lágrimas terebrantes del adiós, rostro que tiembla inútilmente en el vacío carcelario de su automóvil, nacimiento y muerte de un amor imposible que nos oprime el corazón!) logra estar más conmovedora que nunca. Quine la adora.  Y Novak da lo mejor de sí misma. Se entrega de lleno a este tortuoso love story mientras su director se retuerce de desesperación por los rincones.¡Tanto la ama que la odia! Y así, para su aventura, en este film, no hay más que desilusión y desesperanza.














La música de George Dunning ¡genial! Se desgrana sobre nosotros como las alas abiertas del pájaro divino de Vishnu, forjado por la belleza definitiva de esta mujer inconmensurable y eterna.







 
¡Desbordante perpetuación, con resonancias casi mitológicas en el festín cinematográfico, del magnetismo irrepetible de una de sus más rutilantes estrellas!: ¡¡Una diosa de vértigo, Kim Novak!!