sábado, 22 de diciembre de 2007

Los días del pasado

En Mario Camus siempre han predominado los verdaderos sentimientos que promueven las historias de amor. Explora los aspectos de la ternura, y crea maravillosas transferencias en cuanto a puntos de vista que examinan los aspectos ocultos de la personalidad humana (en el caso que aquí nos ocupa, ideológicos, como fueron los de los maquis que siguieron su lucha contra la dictadura franquista en la década de los cuarenta). Pero sus películas no adolecen de delicadeza, de esa riqueza íntima en la que caben tantos silencios expresivos, capaces de revalorizar, aunque sea de forma tan triste como en esta bellísima película, nuestra (por otro lado tantas veces mancillada) vida amorosa. Las ideologías, sean del tipo que sean, crean, en efecto, casi siempre un universo inviolable de tiempos críticos. Y en ellos hombres y mujeres suelen perderse en sus sondeos más personales. Pueden ser seres que se desean con pasión los unos a los otros, pero que acaban rechazando el hermoso fulgor que desprende la sencillez del amor, para ir, gradualmente, dejándose atrapar por la elementalidad de otras conductas (como pueden ser las de la heroicidad y la renuncia, si en el camino de la monumental farsa de la vida, se interpone una guerra despiadada como lo son todas).

Marisol, el gran acierto


Juana, el personaje recreado por una maravillosa Marisol, dará un paso de gigante al recorrer esos paisajes fríos del norte peninsular en busca del hombre a quien ama y que supone que él también la ama. Al mismo tiempo desea salvarlo de una muerte anunciada. Allí, en ese mundo desconocido del Norte Español se siente desbancada y sola, pero no deprimida. Y al tiempo que hará una íntima revisión de su vida, aflorarán sus paralelismos reivindicativos con esos hombres perdidos en las montañas tras el capítulo cerrado de la guerra, y, por supuesto, cierta frustración encubierta, socialmente hablando, por aquel ensueño republicano con que la guerra civil hizo añicos las esperanzas de tantos ciudadanos normales de este país. Todo lo pone en solfa Camus, a través de la mirada y el comportamiento espléndido de esta joven maestra, que vivirá una amarga variación de Romeo y Julieta entre la mediocridad de un pequeño pueblo, con los fríos vitales del invierno, las represiones franquistas, y el capítulo cerrado de su búsqueda sentimental.  

Camus crea, merced a un reparto magnífico, un melodrama adulto y sociológico. Es un film desolador, pero también es una maravilla. A través de ese romance envenenado por los horrores belicistas, y la opresión que el poder puede ejercer aún en pueblos tan perdidos como el que aquí se nos muestra, es estimulante el acierto de Camus al elegir a la mejor Marisol para encarnar al personaje central.

De su boca (la explicación histórica que imparte en la clase embobando a sus alumnos) parten los valores eternos de la sencillez y de la verdad, sin apasionamientos patrioteros. Una épica social que Marisol cuenta sin los tremebundismos del Espíritu Nacional Franquista, y medida con la sensibilidad de la honestidad. Es un momento inolvidable. Camus acentúa la belleza de la historia que cuenta con la exaltada devoción de quien también supo lo que era llorar por ese tiempo perdido de la verdad con mayúsculas, y que aquí, en el comportamiento de sus personajes, tiene bastante razón de ser.


Insisto en que Marisol pudo convertirse en una de nuestras actrices más angelicales. Personalmente es mi Julie Christie española (hasta se parecía a ella y todo). A mí, todavía hoy, me deja K.O. (Jamás olvidaré su Mariana Pineda televisiva ).Camus capta de manera definitiva (lo hizo también con su inolvidable Los pájaros de Baden-Baden) un significativo ensayo psicológico que al mismo tiempo parece marcar, en su tiempo real, el tono de todo lo que en el film sucede. Véanla, disfrútenla, con su color esplendoroso, con su costumbrismo casi casi vital, con esa autoría recatada que del drama tiene Mario Camus. Los párrafos de diálogo de aquella gran Marisol, perdida para nuestro cine poco después, siguen siendo bellísimos y escalofriantes en su elementalidad. Pero yo prefiero aventurarme en ratificar (es mi muy particular visión) que la película está dialogada como los mismos dioses. No en vano mi valoración es de un cien de cienes.



Un sueño de color y armonía. Sombras de una vaga felicidad. Y Marisol, entre las lejanías verdeantes, anegando nuestros sueños con su sonrisa. ¡Cuánta nostalgia!