jueves, 6 de diciembre de 2007

Camelot


Joshua Logan se vino a España, se instaló en la monumentalidad del Castillo de Coca, en la paisajística segoviana y los fantásticos interiores medievales de nuestra Reconquista, y recompuso, con un planteamiento magistral, las leyendas Artúricas. Filmó el mejor musical del siglo XX.




















Richard Harris, al desposeerse de su habitual aspereza, crea un Arturo amanerado, pero convincente; tierno, apuesto y sano. Mentalmente ágil, aunque falto de recursos intelectuales, persiste en él cierta sensación lastimera. Una efusión de identidad gay frente a la Naturaleza. Ginebra, más varonil quizás, supone un respiro a su sensualidad reprimida. Sus encuentros amorosos quedan velados. Lancelot detiene la relación carnal de la pareja... ¡Tan sutil reflexión como la que, ante el amor y la amistad, impone su sacrificio a Arturo, es todo un hallazgo! Y es tan explícito a través de esa llamada "transparencia de sentimientos", que resulta inolvidable y enternecedor. Desprende un intenso fulgor.



Vanessa Redgrave, fascinante y dolorosa, trata sin conseguirlo de encauzar sus sentimientos y apetencias libidinosas.









Franco Nero es un error de reparto (estuvo mejor en manos de Damiano Damiani, porque Italia era lo que en realidad le cuadraba), pero a Logan le gustaban los hombres guapos. La música es un "misterio de gozo", las canciones narran el melodrama con estremecedora garra. Joshua Logan fue una veta de colorista platino:




¡Picnic!








¡Bus Stop!


Y Vanessa Redgrave nos destripa las entrañas cuando, en el plano final, se despide de Arturo...










¡Los "adioses" de Joshua Logan son tan perturbadores, tan infinitos en su lucha interna, que al tiempo que se glorifican con latidos de vida, serenos y sin manchas de orgullo, nos inundan de un tumultuoso oleaje tiernamente lloroso! ¡Vagas sombras huidizas, anegadas en lágrimas como las de Vanessa Redgrave! ¡¡"Camelot": un milagro olímpico!!