viernes, 14 de diciembre de 2007

A hatful of rain (Un sombrero lleno de lluvia)



















Alfred Hitchcock sostenía que todo autor cinematográfico que se decidiera a efectuar un film a partir de una obra de teatro, no tenía más solución que destruir por completo la unidad de lugar, y salir de inmediato del decorado.

Fred Zinnemann, director austriaco, que llegaría a Estados Unidos a finales de los 20, y empezó como asistente de dirección, entre otros, del gran documentalista Robert Flaherty -a quien consideró siempre su principal maestro-, probablemente alentado por el aprendizaje testimonial que le aportara dicho cineasta, supo enriquecer la dramaturgia teatral con las posibilidades técnicas de desplazamiento en el espacio y en el tiempo, y que, por supuesto, según Hitchcock, pertenecían específicamente al firmamento cinematográfico.

La Generación Perdida

Zinnemann pasó a formar parte de la que se llamó "generación perdida", junto a John Huston, Elia Kazan, Billy Wilder, Edward Dmytryck, Joseph Losey, Robert Rossen, Jules Dassín, Joseph L. Mankiewickz, Otto Preminger, etc. Explosivo paquete de nuevas y sólidas personalidades cinematográficas cuyo detonante se decantaría hacia una "acentuada transformación en asuntos fuertes", y que, a partir de los 50, ya instalados omnipotentemente en el Hollywood de la nueva literatura, propondrían cierta irónica mordacidad adicional, o un lúcido pesimismo, ya presente en la nueva sociedad norteamericana, y que venía a recargar su atmósfera cinematográfica con cierto tufillo de madurez psicológica más acorde con su otro espejo Occidental: la también mucho más evolucionada y socialmente auténtica "hora fílmica europea".

Era inevitable. Aquel universo tan personal de esta nueva hornada de enérgicos cineastas exigiría un inmediato divorcio de aquellas otras concepciones (en exceso sentimentales, o de desaforados empeños románticos, e incluso sociopolíticos) en las que había libado su anterior élite, (especie, hasta entonces, "casi superior"), y que constituyera la generación de grandes cineastas de la anteguerra.


Creadores de ensueños
 
No obstante, de aquella progenitura magnífica, artesanalmente enriquecida por una mayor libertad creativa, símbolo palpable de una época carente de excesivos anzuelos sensacionalistas, más concisa, menos calamitosa y desprejuicida de los morbosos conflictos sexuales que se avecinaban, (y que recibiera el aplauso entusiástico de un público que jamás podía haber previsto la conmoción bélica que llamaba a las puertas del mundo occidental) poseemos una huella imborrable en la cinematografía americana para la que todos los agradecimientos serían pocos.


Roca genial que ya parecía haber cumplido con su misión terrenal en cuanto a lo que al cine y a su ámbito artístico se refierese, pero que, aunque algo hendida, aún permanecía impávida, y de cuya inmutabilidad, años antes, nadie se habría atrevido a dudar. De aquel ensueño fílmico, laborioso e íntegro, habían formado parte Ernst Lubitsch, Gregory La Cava, John Ford, George Cukor, William Wyler, George Stevens, King Vidor, Frank Capra, Victor Fleming, Preston Sturges, y muchos más que me dejo en el tintero. Su autoría indiscutible aún trepidaba en las pantallas, tal vez algo más condicionada, pero no desplazada por completo ante los nuevos timbrados de talento invitados a compartir (incluso a superar) aquellos símbolos previos por el gran Hollywood ya patentados.

Neorrealismo a la americana

Indiscutiblemente, esta nueva saga surgida entre las estructuras de la posguerra, debía cumplir ahora con su misión. Herida y traumatizada, habría de sucumbir de modo inevitable a una dimensión más escéptica y pesimista del mundo y de la moral, clave perfecta de aquella especie de "neorrealismo a la americana", capaz de pulverizar el prestigio de tantos maestros a los que movieran ciertas deliciosas debilidades por otros universos menos densos y problemáticos de la expresividad artística frente al sentimentalismo o el drama, humanamente más subjetivo, y marcado por un inolvidable tiovivo de tantas semiverdades y mentiras, ya aparcadas para siempre en las décadas precedentes.

Las influencias documentales de Zinnemann ya habían quedado patentes en su espléndido drama sobre la infancia abandonada: "Los ángeles perdidos", rodada a finales de los 40 en los campos alemanes de la Organización de las Naciones Unidas para refugiados. Cuando en 1957 acometiera el gran éxito teatral de Broadway "A hatful of rain", ya había sorteado todos los registros cinematográficos abocadores al nuevo auge naturalista del melodrama, y a cuantos válidos procedimientos le llevaran a alzarse con el Oscar tras su brillante adaptación de la novela de James Jones: "De aquí a la eternidad". Y en 1966, cuando ya parecían habérsele cerrado todas las puertas a nivel profesional, conseguiría de nuevo el preciado galardón al recrear en la pantalla, impecablemente, el biopic histórico sobre Tomás Moro, escrito por Robert Bolt: "Un hombre para la eternidad".

La obra

"A hatful of rain", obra teatral de Michael Vincente Gazzo y Alfred Hayes había sido un rotundo éxito escénico. Probablemente una de las más acentuadoras exposiciones dramáticas del momento (frente a la timorata moral oficial de EEUU) sobre un recrudecimiento que, sin argucias, mostraba la adición a las drogas y los efectos devastadores con que las mismas se estampaban sobre las nuevas oleadas de yonquis, que, presos ya de semejantes abominaciones alucinógenas, iban pudriendo las limpias costumbres de aquella "tierra americana de patrióticas veneraciones y democráticos prodigios"


El oscarizado Zinnemann pulsaría suntuosamente el registro "espacio tiempo" de esta estructura teatral, ya revalorizada en los escenarios. Espectáculo fuerte, cuya dirección intencionada en ningún momento sortearía la terrible condición marginadora a que se vería sometido su protagonista principal: un encubierto yonqui cuyas reacciones y estados de sobresaltos, ya sea entre los recovecos domésticos, o a lo largo de sus errabundas búsquedas proveedoras por entre las frías calles neoyorkinas, iremos captando progresivamente merced a las pistas sensitivas con que el drama se irá labrando ante nuestros ojos, y proseguirá con honesta avidez el tratamiento engrandecedor que Zinnemann le prodiga. Para el espectador no avisado, esta maravilla, sazonada con un reparto magnífico, es capaz de dejarlo K.O.





 


Dos actores espléndidos

Anthony Franciosa


Anthony Franciosa repetiría en el film una interpretación meticulosa, exaltada y febricitante, que ya viviera en los escenarios, haciéndose, en todo momento, merecedor del Oscar al que fue nominado, ¡y no consiguió! Rebulle sublime en ese abandono de hermano amante y comprensivo a que se entrega, dueño enternecedor de los ímpetus callados de la más sublime de las fraternidades. Es la suya una constante sensación de generosa presencia, que nunca se recata a través de los pasadizos crueles de la selva ciudadana. Y que, frente al milagro de la cámara, exhala un calor azul, doméstico, amoroso y comprensivo, ante el hermano que, lloroso y extraviado, implora su socorro. ¡¡Un Franciosa de órdago!!

Don Murray
 

Don Murray es "el yonqui que cree poder aguantar todo lo aguantable" (su interpretación cambiaría por completo el signo de su carrera). Y mientras se debate entre su adición a las drogas y su existencia real, viviendo bajo la guardia de un hermano que le ofrece su condescendencia hasta más allá del sacrificio, ¡nos irá robando el corazón de puntillas! Tras ese padecimiento conmovedor, unas veces confinado al rincón hogareño, otras a su estremecido deambular por las sombras moradas de las calles, rehuyendo, en el agobio invernal de sus días y de sus noches, a la esposa desorientada, que se aflige al sentirse abandonada, y desconocedora, por tanto, del drama en que su marido se halla inmerso (contenida y tierna Eva Marie Saint), o dejándose arrastrar por los pasos duros de un padre (soberbio Lloyd Nolan) que también se pierde en la contemplación de cada uno de los misterios que envuelven la vida de sus hijos, siempre quedará en la mente de todo cinéfilo la amargura lívida y perturbadora de un Don Murray magistral y gigantesco. Sus sonrisas de disimulada desesperación frente al anochecido horizonte de su existencia de drogadicto, sus gestos temblorosos y su reacción condolida ante los estallidos de incomprensión por parte del asombrado padre, pondrán, de igual forma, un broche de oro a una de las visiones del sufrimiento mejor filmadas de toda la historia del cine norteamericano.
Entre estas impecables composiciones de Don Murray y Anthony Franciosa, conducidas con toda la energía del oscarizado Zinnemann, aflora, en efecto, una de las visiones más duras con que se rubrican las condenas implacables de la drogadición, aunque se vean reconfortadas por la más insensata tolerancia a que puede conducirnos el irrefrenable sentimiento de la fraternidad.

Secuencia favorita











"Los e
scalofríos febriles de Murray en el ascensor, y la contienda anímica de Franciosa suplicándole que resista. La escapada sollozante e insensata hacia el parque entre el tráfico feroz y trágico de la jungla neoyorkina, y el tormento solitario de un gemebundo regreso sin resolución a la prisión doméstica"


Un furioso aliento simbolizará la gradual imposición del paulatino oscurecimiento por el que discurren los surcos fatigados de estos dos protagonistas de excepción a lo largo de esta dilatada y soberbia secuencia: ¡el admirable clímax musical del gran Bernard Herrmann!




¡Melo cinéfilo inolvidable! Desciende, maestro y limpio, desde el proscenio de Broadway, para nutrirnos con la esencia más descarnada de la mejor dramaturgia norteamericana! Y, como valor añadido, favorecida por la mano genial de Fred Zinnemann. ¡V.O. sublime!