jueves, 29 de noviembre de 2007

Kim (Kim de la India)

Las aventuras colonialistas Mr. Rudyard Kipling siempre dejaron en sus fervorosos lectores cierto sabor inofensivo, porque, él mismo, así lo imaginamos, no sabía cómo rematar los llamados "lazos afectivos" (que nunca existieron) entre ingleses e hindúes (y para muestra el botón más magistral: "A passage to India" ("Pasaje a la India")- novela imborrable de E. M. Forster, más identificado con la marcada oposición racista anglo-india- obra póstuma, recogida, estudiada y llevada al súmmun de la perfección, en 1984, por uno de los más específicos, equilibrados e irrepetibles maestros del Séptimo Arte: David Lean, gigantesco y afortunado especialista en adecuar sensibilidades literarias a la gran pantalla). Y aunque creemos que con este genio único, el género más espectacular y formalista del llamado tour de force colonialista inglés o americano -cinematográficamente hablando- se fue a la tumba -pese a que John Huston, otoñal y preciosista, nos legara también, en 1975, "The man who would be king" ("El hombre que pudo reinar"), de nuevo un excelente relato de Kipling, aunque se sometiera más a las necesidades episódicas, en cuanto a aventuras audaces se refiere, de sus galanes, obviando así las nefasta arbitrariedad que todo conquistador ejerce sobre sus colonias-, este "Kim" de Victor Saville nos resulta, visto hoy, y como es de cajón, más entrañable que veraz. Pero alguien dijo que la aventura supera a la mentira, o por lo menos la justifica.

Las patrióticas hazañas historicidas (racismo y militarismo incluido), tenían, pues, todos los ases para deslumbrar nuestros ojos infantiles en la vistosa, falsa, legendaria, y, ¿por qué no?, casi mística (por ahí andaba el Lama tibetano a la búsqueda de su fabuloso "río de la flecha") irrealidad de un colonialismo, siempre ominoso, pero que contribuía a recargar de atmósfera de leyenda las necesidades de la imagen, provenientes o no de la literatura.

"Kim" fue un sendero de luz cargado de falsas pistas y extrañas obsesiones. Y para aquel público infantil que se agolpaba en los anfiteatros de nuestros entrañables cines de barrio convertía la jugarreta de lo irreal en lazos afectivos entre alumnos (¡nosotros!, que no sabíamos de la misa la media) y maestros avispados, capaces de convertir lo malo o lo más perverso (todo tipo de sojuzgamiento) de mundos avasallados como la India, en heredades repletas de ensueñsos inofensivos y envidiables. ¡Dichosa MGM! Visto así, nos sobran razones para seguir emocionándonos cinematográficamente, (dejando atrás las crónicas científicas del tratamiento de la verdad, como hiciera Lean y también el gran George Cukor en "Bhowani Junction" ("Cruce de destinos"), con esta sencilla, armónica, colorista y emotiva película.


Cine en suma, y carne de aventuras imposibles. Tampoco podemos pasar del mito frente a él, dado que aún seguimos envidiando (como lo envidiábamos en aquellas tardes cinematográficas de nuestros sábados y domingos irrecuperables) a Dean Stockwell boy, saltando por las atractivas azoteas de Lahore, poniéndonos los dientes así de largos en sus exóticas andanzas entre espías hindúes femeninas "made in Hollywood", "amigo de todo el mundo" y "go-between" del Mahbub Alí, el afgán de barba roja, encarnado por un Errol Flynn de fábula; lo mismo que todavía nos emocionamos con aquel insólito Lama creado por Paul Lukas, iluminado soñador del mito budista, siempre a la búsqueda desesperada del sentido de la vida y de la muerte, capaz de domeñar cobras ante la mirada asombrada y devota de Kim; o por las magias intrigantes y con su puntito de terror de Lurgan Sahib, el vitriólico y ojisaltón Arnold Moss; con los complots y espionajes de un Imperio Inglés que se negaba a admitir que su caudillaje se tambaleaba, y con la bien integrada maldad, que parecía arrancada de "Las mil y una noches", aunque en plan narración John Silver El Largo de "The Treasure Island", del inquietante Emissary, el impagable gordinflas que fue Thomás Gómez.

¡Cuánta ciencia ficción, qué escasa denuncia al uso y abuso del colonialismo inglés, pero qué toque y retoque costumbrista, casi humanista, de este inenarrable "Kim" que nos hacía lanzar gritos como el de los Hermanos Marx: "¡más madera!..." ¡Más, queríamos más en aquellas no menos exóticas tardes de cine!...


Pues, sí, "Kim" es un clásico, malgré tout, curioso, lujoso, y hasta morboso. ¡Qué tiempos aquellos ...! Y es que los chicos de hoy ya no son los mismos.