sábado, 19 de mayo de 2007

Los gallos de la madrugada

Si José Luis Saenz de Heredia no hubiese mamado de la encrucijada franquista, "otros gallos le habrían cantado" El hombre sabía hacer cine. Le gustaba Renoir, Dassin, De Sica, Monicelli, Comencini, y eso se nota. Era mediterráneo hasta el tuétano. Estos "Gallos de la madrugada" le cantaron bien. La película parece una tragedia griega con cachondeo incluido. Tiene un jolgorio de erotismo reprimido, pero siempre a flor de piel, en una España nauseabunda.




Los gallos cantan claro







































































































































La "censura curial" estuvo a punto de prohibirla si no se mataba a la interfecta, o seáse, a la casquivana de turno. Tras la protagonista, encubiertamente, alienta la "Fedra" de Eurípides, actualizada y españolizada por Don Miguel de Unamuno. Pero, en su conjunto, y merced a las posibilidades de sus maravillosos intérpretes, Heredia fue capaz de "exponer" su película con una agilidad, ritmo y coherencia tan envidiable como diabólica. Aislando la historia en un entorno de atractivo primitivismo mediterráneo, la dotó de un gran sentido de funcionalidad expresiva capaz de potenciar la carnalidad de la imagen hasta límites insospechados para la época en que se rodó, consiguiendo con ello un extraordinario e inesperado efecto irónico-dramático, por completo apasionante. Pasando del postizo final misógino-punitivo de la protagonista femenina, cuya trayectoria domina, enriquece, y abre nuevos horizontes a la cinematografía española de principios de los 70, el film progresa plano a plano dadas las poderosas y muy diversas personalidades que lo enseñorean. Entre el turbio pintoresquismo de "Los gallos de la madrugada" y su riqueza expresiva, cuela también un sugestivo armazón del drama pesimista sobre la degradación humana y la aplastante inflexibilidad del destino a que se verán sometidos sus vulgares y honestos habitantes mediterráneos. Un realismo puro y simple tal como lo entendieron los italianos del neorrealismo. Y, al mismo tiempo, Heredia concede a este balance de universo rarefacto de pueblo costero en el que sus hombres y mujeres parecen quemar inútilmente sus vidas, una especie de caricatura surrealista-canaille -por medio del afilador, personaje interpretado por Fernando Fernán Gómez-, como un homenaje casi blasfemo a Luis Buñuel, que multiplica la potencia corrosiva que poseen sus imágenes misóginas, narcisistas y exasperadamente antropológicas.










Fedra, desaforada y tentadora, se desmelena






















































"Conchita" Velasco está inconmensurable. Guapa a rabiar, descocada como una Melina Mercouri cualquiera. Toda ella es pura sexualidad: su lujuria subyuga. Oír como se desgrana en su boca ese castellano castizo y vallisoletano, acompañado de risotadas y gritos estridentes, es un “boccatti di cardinali” en toda regla. ¡Parece otra desmelenada "Venus de Botticelli", pero surgiendo esta vez de las aguas almerienses en plan putón ibérico, vestida o desvestida como para entregarse a todos los placeres verbeneros habidos y por haber en este mundo de horterillas y gárrulos farragosos! Pudo haber sido (yo creo que lo es) la mejor actriz del cine español. Si Hollywood le hubiera podido hincar el diente, a buen seguro que la habría consagrado como a otras tantas diosas mediterráneas que pasearon sus gracias por el celuloide norteamericano.


































Fernando Fernán Gómez y Alfredo Mayo atrapan, ¡sobre todo el primero!. Tony Isbert (doblado) está insólito frente al desmán libidinoso de la Velasco. Se parece a Gary Cooper. Mereció mejor suerte en el cine. ¡Hurra por el valor de Heredia al tratar estos desafueros carpetovetónicos en una búsqueda desesperada de la autenticidad latina del deseo, y más en una época tan difícilmente salvable! Pudo ser más, pero... con lo que nos quedó, hay que conformarse. Los zooms son una lata, ¡pero estaban de moda!


"Fedra", como ya se indicó, late por cada poro de aquella, por entonces, "Conchita" Velasco. Tragedia mediterránea como para relamerse de "gustirrininis olímpicos".