jueves, 10 de mayo de 2007

Le notti di Cabiria (Las noches de Cabiria)

¡Cabiria es el más excelso de los partos de Federico Fellini! Es lo que a Beethoven su "5ª Sinfonía"... Giulietta Masina parece que se descrisma por averiguar qué demoníaco antojo o manía embarga el ánimo de su inteligentísimo marido por recuperar aquel extraño personaje que esbozara en "El jeque blanco" ¡Y a fe que nos lo dejó bien patente! (Aún la recordamos bajando del avión en Roma con su bien ganado Oscar -al Mejor Film de Habla no Inglesa- en la mano). ¿Cómo habrían sido esos eternos ayes lastimeros del naturalismo italiano sin el pícaro Federico de sus primeros claroscuros.








¡¡Y Cabiria llegó!! ¡Una nueva pelandusca, bajita y delgaducha (a contracorriente de aquellas puttanas como ballenas que siempre retrató, y que, a lo largo de su filmografía, aparecerían en playas pestilentes, en el estanco de su infancia, o en aquella aledaña Vía Appia romana). Pero Cabiria es simplona y romántica, vive su prostitución forzosa (¡pobreza e ignorancia!) como si buscara remedio al sarampión de curiosidades amorosas y enternecedoras que la consumen. Tiene peor fama que otras mucho más gordas que ella por enamorarse de su chulo y dejarse tirar al río por él, que, al tiempo que le roba el bolso, la quiere mandar al otro mundo.













Y Cabiria, a la que tanto le cuesta descender por los escalones más bajos de las miserias humanas, no se lo cree. Menos mal que la genial Franca Marzi (amiga de fatigas, también rellenita, culona y guapísima) acostumbrada, como todas las filantrópicas compañeras afiliadas al ramo de la prostitución callejera, a los dédalos tenebrosos de los vicios chulescos de esos machos jóvenes, pobres en sofisterías, y que, si no cuentan con el sustento que proporciona el vicio callejero, muestran su desazón ¡¡hostia va, y hostia viene!!, le equilibra, momentáneamente, sus trastornos románticos.





Pero las obsesiones de Cabiria son delirantes, no se resigna a la estrechez disoluta y vulgar de su existencia. Clama por el milagro, que, por supuesto, no se produce. Giulietta Masina, con su desengaño, su griterío, y su burla, ante la procesión de la romería, es uno de los seres cinematográficos más memorables que el celuloide conserva.














¡El final es antológico, y no se puede contar! Nos acuna como un delirio conmovedor en el que se expresa todo el dolor que muestra tan dulce expresión como la de esa pobre aventurerilla sin porvenir que es Cabiria. No obstante, su desgracia se incorpora a nuestro espíritu con la misma sensibilidad que destila esta impagable presencia femenina. Los ojos de la Masina, con sus lágrimas a lo pierrot, son de un lujo aterciopelado. ¡Giulietta y Fellini, ídolo uno, idolatrada la otra! ¡Cabiria es la más grande empresa de la voluntad artística y el loco entusiasmo que impulsó el neorrealismo italiano!



El doblaje fue magnífico, sobresaliente. Oro Films-Exa la engrandeció con las voces sublimes (inolvidables para los cinéfilos de la década de los 50) de Mercedes Mireya y Carmen Morando. Pero toda indiscutible obra de arte cinematográfica únicamente puede ser auténtica e irrepetible en versión original. ¡Castellano de primera versus legitimidad italiana! ¡Así son las cosas del cine!...