jueves, 31 de mayo de 2007

Becket








Peter Glenville, al rodar "Becket" de Jean Anouilh no rehuye sus orígenes teatrales. De ahí sus diálogos perfectos. Pero el tratamiento no es ampuloso. Sin embargo, la fuerza visual de su paisajística medieval, le confiere ese aura de los filmes colosalistas. El juego escénico de ambos protagonistas no sólo huele, sino que se constata como tragedia homosexual. Cada instante de Peter O'Toole, en su inconmensurable recreación de Enrique II Plantagenet (que repetiría de nuevo, casi mejorándola, en "El león de invierno" de Anthony Harvey), parece un parto traumático, vicioso, que nos devora por entre el venerado molde de la hornacina emocional masculina, como reverso del verdadero altar pasional concedido al amor femenino.















Su final es apasionante, con una interpretación esquizoide y sublime. Así cuando condena a muerte su amor por Thomas Becket compone, tambaleante y genial, el más tortuoso de los delirios eróticos. El rostro trágico pero enternecedor del gigantesco O'Toole, que parece ir encendiendo brasas por el salón en que transita, vengativo y acobardado, entre sus barones, pone fin al paréntesis de ritualidad de su homosexualidad latente, seducida y desairada por Thomas Becket, encubriéndose, con horror y delirio despechado, bajo el palio regio y consentido del crimen.

Muerto Becket, justifica su masoquismo con el mismo rigor que antes le enloqueciera. Enrique Plantagenet, laurel coronado al que presta su aliento ya sin vida O'Toole, se flagela y alcanza su nivel mítico y ambiguo. Su halo romántico tiene algo de masturbación mental. Por ello, en cada uno de sus encuentros con el amigo perdido, su enorme carga de amargura y de histerismo, siempre resulta (a todo lo largo del film) plato de lo más apetecible.

La escena de la playa es sobrecogedora. Cuando ambos se separan, tras el grito gemebundo de Enrique, todo se desvanece. Un rey que se desangra interiormente, ya que jamás podrá recomponer esa realidad perdida de su amistad, de su amor. Y que Becket ha transformado en "Honor de Dios". La labia engatusadora de O'Toole no es más que la escaramuza extraviada de la pasión. Su corona una herida que el Dios arbitrario de su arzobispo convierte en daga lacerante que se cierne sobre su frente, sus sienes, y sus ojos inyectados en sangre.



Richard Burton parece "una especie de enigma medieval de otro mundo". Su misticismo es racista. Busca una verdad imposible frente al muro de silencio e interesado de la religión. Su contacto con la vida se desintegra al abandonar a su rey. Al morir asesinado entre el rincón solitario de las escalinatas del altar catedralicio de Canterbury, exhala un "¡Pobre Enrique!", como si todavía conservara la primavera inolvidable de su bella amistad insostenible. Sus ojos al cerrarse dejan tras de sí una de las emociones más escalofriantes de cuantas presidieran su vida como Canciller de Inglaterra.

La química entre Peter O'Toole y Richard Burton funciona con esa prestidigitación misteriosa que ofrece una verosimilitud nada metódica, olímpica e inmarcesible, a la maestría interpretativa. ¡Dos pesos pesados del trono cinematográfico! ¡Dos actores de tomo y lomo que, a través del celuloide, ofrecieron una de las citas más seguras al arte nacido en el proscenio! Pero el Oscar se les resistió. El doblaje es magnífico, pero nos escamotea sus voces y su sabroso inglés.

¡La obra de Jean Anouilh jamás pudo soñar con una recreación cinematográfica tan espléndida! ¡Teatro y cine! Una liberación indispensable a través de los grandes recursos de la cámara. Un viaje desde el escenario teatral al otro lado del espejo: la macropantalla. Un ejercicio creativo por parte de Peter Glenville de audacia sorprendente. Una voluptuosidad imperecedera de amores malditos reprobados por la intolerancia religiosa. ¡Un milagro teatral en Cinemascope!

¡Gran música de Lawrence Rosenthal!